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5 de octubre de 2021

Delfines

 

Los delfines comenzaron a aparecer cuando faltaban unas treinta millas para llegar al pequeño puerto de la isla de Tabarca. Habíamos navegado durante horas desde Mallorca, y la excitación inicial de la travesía había dado paso a una apatía generalizada, contagiosa, que nos tenía a todos sumidos en un silencio terco que nadie se atrevía a romper. Jorge, que se había sentado en la proa, mudo e inmóvil como un santón, fue el que dio la voz de alarma, y todos acudimos en tropel, trastabillando y resbalando sobre la cubierta. La desidia obstinada que se había adueñado de nosotros desapareció, y se vio sustituida por un estado de febril excitación. Todos gritábamos a la vez, frenéticos, infantilizados de golpe ante la visión de aquellos esbeltos animales que nos acompañaban, surcando el agua a ambos lados del barco, cruzando de vez en cuando a escasos centímetros de la proa. Emitían unos cortos e intensos chillidos que nos hacían aplaudir de entusiasmo. El agua era transparente, límpida, y los delfines parecían flotar debajo de nosotros en un aire azul y húmedo, en una suerte de cielo paralelo e irreal que nacía efímero bajo la línea de flotación del barco. Mi felicidad era completa, como la del niño que saborea un polo de limón en la orilla de la playa en un verano sin fin. Pensé en Silvia (“esto tiene que verlo”), y me giré para ir a buscar mi teléfono móvil y hacer algunas fotos de los delfines, incluso algún vídeo corto. No llegué a dar ni dos pasos por la cubierta del velero cuando, de manera súbita, un pensamiento se adueñó de mi mente, de una manera vertiginosa e incontestable. No, no haría ninguna foto. Ninguna representación de los delfines nadando junto al barco, por buena que fuera, transmitiría las emociones que sentía dentro de mí, un estallido de felicidad que me hacía oscilar constantemente entre la risa y el llanto. Se lo contaría. Se lo explicaría en la cama, después de hacer el amor con el ansia inaplazable de la primera vez. Se lo narraría explicándole hasta el más mínimo detalle, cómo la piel de los delfines refulgía bajo el sol, cómo parecían sonreírnos, alborozados, contentos también de jugar con aquel objeto que surcaba el agua sobre ellos. Se lo contaría, abrazados, desnudos, con su cabeza apoyada en mi hombro y sus dedos trazando caprichosas y efímeras trayectorias sobre mi pecho. Le contaría cómo nadaban entre chillidos, cambiando de rumbo súbitamente, en décimas de segundo. Se lo explicaría con la voz calma que da el deseo saciado, oliendo su cuerpo, aspirando con ganas esa mezcla de olor a sudor, a un discreto resto de perfume, a nuestros fluidos entremezclados. Le contaría cómo los afilados morros de los delfines parecían abrir el mar, proyectando a ambos lados pequeños regueros de espuma. Se lo susurraría al oído, recorriendo con un dedo sus cejas, acariciando sus pechos, menudos y suaves, pasando la yema de los dedos por sus pezones oscuros, sintiendo cómo se endurecían paulatinamente. Le explicaría cómo pensé en ella, cómo la dicha de ese momento se engarzó de manera instantánea con su imagen en mi mente, y cómo la visión de los animales, juguetones e inocentes, me pareció un inmejorable augurio para un primer encuentro que, minutos antes, se me antojaba lleno de incertidumbres y dudas.


Seguía pensando en nuestra inminente reunión, ahora sí, barriendo de mi mente el desasosiego y la inquietud que se había empezado a extender por mi cabeza, como una mancha oleaginosa y pegadiza, desde que habíamos salido del puerto de Sóller el día anterior. Silvia y yo habíamos pasado meses de interminables conversaciones a través del chat del ordenador y de llamadas telefónicas. De ahí habíamos pasado, de manera inevitable, a fugaces y desesperados encuentros sexuales, viéndonos a través de la pantalla del ordenador o del teléfono, encuentros que indefectiblemente terminaban con nosotros sudorosos, exhaustos, desnudos en la cama o en el sillón frente al ordenador, con el placer del orgasmo reciente combinado con una creciente insatisfacción fruto de la inexistencia del contacto con la piel del otro. Mientras contemplaba cómo su pecho se agitaba, recuperando su respiración normal, sentía cómo la pantalla del ordenador se transmutaba de ventana que nos permitía acceder el uno al otro en una barrera que me impedía besar a esa mujer, acariciar sus pechos menudos mientras ambos nos sumíamos en una suave modorra, dentro de aquella habitación en penumbras de su casa insular, a cientos de kilómetros de la mía.


Y allí estaba, en un pequeño velero que había pedido desviar de nuestra travesía inicial de Mallorca a Barcelona (“no tenemos prisa, podemos ir a Tabarca, visitáis la isla, me dejáis allí y luego seguís viaje bordeando la costa”). Mis compañeros, navegantes entusiastas y con muchos días de vacaciones por delante, no pusieron ninguna objeción al plan, y menos cuando supieron de mi tartamudeante boca el motivo de que quisiera desembarcar en la pequeña isla. Rojo como un tomate, les expliqué lo del Silvia, y con un contundente “¡No se hable más, vamos a desembarcar a este náufrago voluntario en Tabarca!” quedó zanjado el asunto. La embarcación, ligera y muy marinera, surcaba con elegancia las olas, con la vela mayor y la génova desplegadas, aprovechando un viento de través que nos impulsaba a buena velocidad sin que necesitáramos la ayuda del motor. Los delfines habían devuelto a nuestros espíritus el inicial entusiasmo de la navegación, borrando de un plumazo la pereza y el aburrido abandono de una travesía sin complicaciones. El casi imperceptible flamear de las velas, la suave brisa, el inmenso mar azul que surcábamos sin complicaciones bajo un cielo despejado y claro, todo hacía que las preocupaciones y cargas que soportábamos en tierra firme se deslizaran por la popa y se perdieran en el mar, disueltas en la estela de espuma que la nave dejaba tras ella. Una gran sonrisa se dibujaba en nuestros rostros mientras seguíamos aplaudiendo con entusiasmo las cabriolas y piruetas de los animales.




Los delfines siguieron acompañando al barco un buen rato, justo hasta cuando la pequeña isla de Tabarca se empezó a recortar contra el cielo azul en la distancia, entre hurras y gritos de “¡Tierra a la vista!” de mis compañeros de viaje. Como si de una manera inexplicable comprendieran que su compañía ya no era una novedad, sustituida por la excitación que provocaba en nosotros el avistamiento de nuestro objetivo, nos obsequiaron con una última tanda de contorsiones y giros en el agua cristalina y desaparecieron bajo el velero, de manera tan súbita como habían aparecido. El viento seguía hinchando las velas, y la nave se deslizaba ágil hacia el noroeste de la isla, donde se encontraba el pequeño puerto en el que amarraríamos el barco. Me deslicé hacia el camarote donde tenía mi teléfono móvil. Comprobé que había cobertura y le envié un mensaje a Silvia, con una aproximación del tiempo que tardaríamos en llegar a puerto. No había prisa. Como casi todos los habitantes de Tabarca, vivía a menos de diez minutos caminando del pequeño puerto de la isla. Me esperaría allí. Hurgué en mi mochila y busqué una de las manzanas que había comprado antes de salir. Mi pequeño ritual. Encerrado en el camarote, mordí la manzana con gusto, sintiéndome como el Jim Hawkins de “La isla del tesoro” dentro del barril de manzanas, protegido y a la vez asustado de los peligros del mundo exterior. Casi había terminado la fruta cuando escuché el suave ronroneo del motor. Debíamos estar muy cerca del puerto, y mis compañeros ya habrían arriado las velas. Subí a cubierta y comprobé que, efectivamente, encarábamos a la mínima velocidad la amplia bocana del pequeño puerto de Tabarca. Usé mi mano como visera para protegerme del sol radiante que caía a plomo, y divisé a Silvia en el muelle. Llevaba un vestido azul que ondulaba levemente, movido por la pequeña brisa marina. Se había puesto uno de sus sombreros, como dejado caer sobre su mata de pelo indomable, en perpetua lucha con peines y cepillos. Conforme nos acercábamos al muelle, pude divisar su rostro, sus cejas expresivas, enarcadas de forma natural y perpetua, que con un apenas perceptible movimiento dotaban a su rostro de un aire de indefinido estupor, de sorpresa o de interrogación. Adoraba esas cejas, y un involuntario estremecimiento de placer anticipado recorrió mi cuerpo al pensar en mis dedos recorriéndolas, en mi boca besándolas. Silvia sujetó su sombrero, plantada sobre el muelle, y ahora ya podía ver su rostro anguloso, sus ojos marrones y su boca curvándose en una sonrisa que dejaba aflorar sendas arruguitas en la comisura de los labios. Me miraba fijamente, con aquella cara de brujita buena, o de payasita bondadosa que inflamaba mi corazón cuando la contemplaba.


Sentí las risas de mis compañeros cuando me vieron saltar con desesperación medio metro antes de que la proa del barco tocara el amarradero. Les lancé las amarras para que las afianzaran en las cornamusas del velero y, con un gesto de despedida, caminé, medio corrí, hacia Silvia, que seguía inmóvil a unos veinte metros de mí. “Tengo que contarle lo de los delfines. Le va a encantar”. Lloré de felicidad, lo achacaría al sol ardiente. Silvia permanecía inmóvil, con esa sonrisa que se extendía por su cara más que la de cualquier mujer que hubiera conocido. Sólo su vestido seguía ondulando, movido por los jirones de viento que jugaban caprichosos con la tela. Cuando llegué a su altura, enarcó aún más sus cejas, que se convirtieron en dos grandes signos de interrogación bajo el cabello que pugnaba por escapar del sombrero. Siguió inmóvil cuando pasé a través de su cuerpo limpiamente, sin oposición, dejándola atrás, sin más sensación que la de un olor a jabón limpio y a un rastro casi imperceptible de un perfume que ya jamás podría olvidar.

19 de julio de 2021

1976

 La arena de la playa hierve, quema los pies, y por eso has decidido correr por la arena mojada de la orilla para volar la cometa; pero no habías contado con esa ola traicionera que ha empapado la tela, y ahora te cuesta una barbaridad arrastrarla. Tampoco ayuda el polo de limón que sujetas con la mano izquierda y que gotea sobre tu brazo, marcándolo de churretes amarillos. Tiras y tiras del hilo, tus pies se hunden en la arena y la cometa se arrastra perezosa, como si se abrazara a la orilla del mar, sin ganas de levantarse. Sientes sobre ti la mirada guasona de tus primos, el cabeceo de irónica comprensión de tus padres (“ya te lo dijimos, es demasiado grande para ti…”) y, sobre todo, los disimulados destellos de los ojos verdes de Natalia, la hija de los vecinos del tercero A que hoy os ha acompañado a la playa. Es esa mirada, entre curiosa y burlona, la que te encorajina, hace que aprietes los dientes, corras más rápido y tires del hilo con todas tus fuerzas. Por fin, dando un bote desgarbado, la cometa despega y se eleva un palmo, dos, tres, y no puedes evitar un grito de júbilo cuando la larga cola de papel abandona el levísimo surco sobre la arena y se eleva dubitativa hacia el cielo. Imaginas la cara de Natalia, abriendo los ojos de admiración, y de repente el brazo no te duele, aunque la cometa parezca rebelarse y querer volver a tenderse lánguida sobre la playa. Casi caes de espaldas cuando un golpe de viento la frena en seco sobre tu cabeza, abombando el plástico, tensándolo contra el débil armazón de madera barata. Te giras, pones tu mano pringosa de helado sobre tus ojos a modo de visera, y la contemplas, quieta, rígida, desafiante como un potro salvaje que se niega a ser domado, tirando con fuerza de las riendas que sujetas con la mano derecha. El jirón de viento la eleva, jugando con ella, hasta dejarla casi vertical sobre ti, proyectando su sombra temblorosa ante tus pies. Por fin, la ráfaga la abandona, y la cometa se desploma laxa, en caída libre, solo para volver a ser atrapada por un remolino que la agita de manera espasmódica de un lado para otro. Vuelves a correr, y la cometa abandona el pequeño torbellino para iniciar un vuelo grácil, elegante, desplegando una amplia curva en un cielo sin nubes, de un azul cegador. Ahora das la vuelta, y la cometa te sigue, como resignada a ser gobernada por una mano infantil pero firme. Has vuelto al punto de partida, frente a tus primos, tus padres y Natalia, tu vecinita, que ahora sí te mira admirada, con los ojos muy abiertos bajo su pamelita de color rosa. Miras hacia el grupo, satisfecho, desafiante. Te sientes el amo del mundo, con los pies medio hundidos en la arena fresca, y le das un gran bocado a tu polo de limón mientras sujetas el hilo de la cometa, a la que ahora se disputan unos invisibles bailarines que la hacen girar en una alocada y frenética danza sobre el mar calmo. Gira enloquecida, y de repente es propulsada hacia arriba con una fuerza que casi te arranca el hilo de la mano. De forma súbita cae desmadejada, y el hilo se destensa en una larga curva. Tus primos aplauden entusiasmados, tus padres sonríen, y Natalia te mira, tus ojos van de los suyos a la cometa, y de pronto los cierras, porque no puedes soportar tanta felicidad, sientes el calor de esa mañana irrepetible, el rumor de las olas, el azul intenso del cielo que ilumina hasta el último rincón de tu corazón, y ahora una mano diminuta tira de la tuya, abres los ojos y te encuentras con una mirada inocente en una cara levemente  enfurruñada…



-Papi, ¿me devuelves la cometa?

8 de abril de 2020

37.6


Encontré la báscula en una caja, en el sótano. Estaba detrás de las cajas que los hombres de la mudanza habían apilado allí. Tardé unas semanas en verla, la casa era grande y me tomé mi tiempo para organizar todas mis cosas. Era una caja de cartón, de tamaño mediano, cerrada con precinto, similar a las que habían descargado los transportistas con mis pertenencias. Me llamó la atención, eso sí, que  no estuviera rotulada. Pensé que había etiquetado escrupulosamente todas las cajas, antes de que los de la mudanza las cargaran en el camión. No tenía constancia de que alguna se hubiera quedado sin rotular, pero pensé que podría haberla llenado al final, cuando estaba harto de guardar libros, ropa y trastos varios, cuando pensaba que jamás acabaría de vaciar mi piso, y que la habría cerrado y apilado sin más.

Abrí la caja, arrancando con fuerza el precinto transparente, y vi una báscula de baño de color negro, sobre una pila de papeles y unos sobres cerrados. Aquello no era mío. Sin duda, los anteriores dueños de la casa se habían dejado la caja olvidada en el sótano y los transportistas que yo había contratado para mi mudanza pensaron que era mía, que la había llevado yo en mi coche por contener cosas demasiado personales o extremadamente frágiles. En todo caso, no preguntaron, y la caja quedó oculta tras las que ellos trajeron en el camión.

Volví a cerrar la caja como pude, y esa misma mañana llamé al empleado de la inmobiliaria con el que había hablado para comprar la casa. Solo tuve trato con los anteriores propietarios el día de la firma en la notaría. Eran un matrimonio de mediana edad, de aspecto triste y extramadamente parcos en palabras. Pensé que, posiblemente, se hubieran separado, y por eso pude comprar la casa tan barata. No crucé con ellos más de dos frases, firmamos los papeles y se fueron con rapidez, como si huyeran. Todos los trámites burocráticos y dudas sobre la compra las había solventado a través de la inmobiliaria, así que llamé al empleado que lo gestionó todo y le comuniqué que los anteriores propietarios se habían dejado una caja olvidada con una báscula y papeles, haciendo hincapié en que en ningún momento había examinado el contenido. El hombre tomó nota y me olvidé al instante del tema, pensando en que pronto volvería a llamar para notificarme que alguien pasaría a buscarla.

Recibí la llamada al cabo de unas horas. Con brevedad, el empleado de la inmobiliaria me comunicó que los vendedores no querían recuperar la caja, que sentían mucho las molestias y que si por favor podía tirarla a la basura. Aquello me extrañó. Se habían olvidado una caja con papeles personales y no querían recuperarla. No veía el sentido de la cuestión. Durante un buen rato, anduve dándole vueltas al tema. Llegué a pensar que no se habían olvidado la caja, sino que por alguna causa que se me escapaba la habían dejado allí aposta. Pero… ¿por qué? Sencillamente, no me entraba en la cabeza. Al final, con un encogimiento de hombros, decidí que tampoco era tan importante. En cuanto pudiera, tiraría la caja a la basura y daría la cuestión por zanjada. No soy amigo de hurgar en las vidas ajenas, y si a ellos no les interesaba recuperar el contenido, a mí tampoco me interesaba saber qué había allí.
Mi báscula se estropeó dos días después de aquella llamada. Simplemente, dejó de funcionar. No es que yo sea un obseso de las dietas, o de mantener el peso ideal a toda costa, pero tenía por costumbre pesarme después de ducharme, era algo que simplemente hacía, casi que por curiosidad. Con la báscula rota, hubiera tardado días, o semanas, en comprar una nueva, dependiendo de mis ganas de ir a la ciudad. Pero claro, pensé en la báscula que había en la caja de los anteriores propietarios. Parecía que estaba en buen estado, y si los vendedores de la casa habían renunciado a la caja, pensé que aquello me convertía automáticamente en propietario de la misma. Tras una breve disputa ética en el interior de la cabeza, resolví que me quedaría la báscula y tiraría el resto del contenido en cuanto tuviera ocasión, así que bajé al sótano, volví a retirar el precinto y saqué la báscula del interior de la caja.

La báscula funcionaba perfectamente. Era un modelo relativamente moderno, digital, con unos números grandes, de color rojo, visibles a la perfección aún entre el vaho que se formaba en el cuarto de baño tras mis largas duchas. Así que, sin cargo de conciencia alguno por mi parte, la nueva báscula quedó instalada en el baño, en unrincón al lado del colgador de toallas anclado a la pared , y yo pude seguir cumpliendo con mi costumbre de pesarme tras la ducha.

La primera vez que la báscula se encendió sola, me estaba afeitando. El colgador de toallas quedaba a mi izquierda, a unos tres metros. Disfrutaba de un rasurado lento, sin prisas, la cara cubierta de espuma, cuando por el rabillo del ojo vi el reflejo rojo de los números en el pequeño espacio que ocupaba el artefacto al lado del toallero. No me sorprendió demasiado. Ya había pasado con la báscula vieja, los sensores reaccionaban a una corriente de aire lo suficientemente fuerte y la pantalla se activaba durante unos segundos, iluminándose. Había dejado la ventana abierta para que el cuarto de baño se ventilara, y la báscula estaba justo debajo. No le di más importancia. Tras unos segundos, la pantalla se apagó y continué con mi afeitado. Fue la segunda vez que la báscula se encendió cuando la inspeccioné. La ventana del baño estaba cerrada, y ninguna corriente de aire podía haber activado el sensor. Fui hacia el aparato y me quedé mirando la pantalla con los números iluminados de color rojo. Marcaban “37.6”. Moví la cabeza, extrañado. Aunque la ventana hubiera estado abierta, ninguna corriente de aire podía ser lo suficientemente fuerte como para que esos números se marcaran en la pantalla. También recuerdo que, mientras estaba parado frente a la báscula, una sensación de incomodidad me invadió. De repente, el silencio del cuarto de baño me pareció ominoso, tenso. Noté que mi cuerpo estaba rígido, tirante, como a la espera de que algo sucediera. De manera súbita, los números desaparecieron, y la báscula volvió a su estado habitual. La tensión de mi cuerpo desapareció, y me reconvine mentalmente por mi nerviosismo. Achaqué la aparición de los números a algún desajuste interno de la báscula. En todo caso, no importaba demasiado. No me había costado nada, y si se estropeaba como la otra estaría en la misma situación que antes de rescatarla de la caja.

Durante unos días, me acostumbré a la súbita aparición y desaparición de los números en la báscula. Siempre los mismos. 37’6. Siempre la misma sensación de incomodidad. Continuaba aceptando la teoría de un fallo en el aparato, supongo que para combatir la sensación de incomodidad de aquellos segundos en los que los números rojos iluminaban la pantalla. Por otra parte, la báscula continuaba funcionando bien, con unas oscilaciones que no escapaban a la normalidad, cien, doscientos gramos… Pero mi parte lógica me decía que algo no iba bien. Aquella aleatoriedad en los momentos en los que la pantalla se iluminaba contrastaba con el hecho de que siempre aparecieran los mismos números. No le encontraba lógica a ese hecho, y noté que mi nerviosismo iba en aumento conforme los días pasaban y la pantalla de la bascula continuaba encendiéndose.

Fue el vaho producido por una de mis duchas hirvientes lo que destapo el horror. Curiosamente, ninguno de los encendidos aleatorios de la báscula se había producido mientras me duchaba. Pero aquel día, sí. Me encantan las duchas interminables, con el agua muy caliente, incluso en verano. Los músculos se relajan y no quisiera salir de la ducha, solo disfrutar del agua resbalando por mi piel. Indefectiblemente, el vapor del agua se enseñorea del baño, convirtiendo la estancia a algo parecido al Londres de las películas de Jack el Destripador, con la neblina flotando, creando una atmósfera onírica e inquietante. Aquella tarde, disfrutaba de una de mis eternas sesiones bajo el agua, con los ojos cerrados. Cuando los abrí, vi la pantalla de la báscula iluminarse con los números que yo tan bien conocía. Pero había algo más. Algo que el vapor de agua ayudaba a perfilar. Una silueta sobre la báscula, claramente una figura humana, muy delgada, no demasiado alta. De manera instantánea, corrientes de puro horror recorrieron mi cuerpo. Las piernas se me aflojaron, mientras contemplaba aquella silueta perfilada entre las brumas del vapor, con la cabeza inclinada hacia abajo, mirando la pantalla.

Tuve que agarrarme a la mampara para no caer. La figura permaneció sobre la báscula durante unos segundos que se me antojaron interminables, pero que claramente coincidían con el tiempo que la pantalla se había iluminado en ocasiones anteriores. El tiempo se detuvo, ni la figura sobre la báscula ni yo nos movíamos, solo las volutas del vapor caracoleaban flotando por la estancia. Paralizado por el terror, contemplé cómo la figura menuda, escuchimizada, descendía del aparato y caminaba lenta, perezosamente, hacia el lavamanos. Comencé a temblar. La figura tenía que pasar por delante de mí. Recé para que no se detuviera. Pero lo hizo. Al pasar frente a mí, giró su cabeza, mirándome directamente a los ojos. No pude soportar aquella visión. Jamás podré encontrar palabras que definan aquel horror. Perdí el control de mi cabeza y comencé a chillar, cerrando los ojos con tal fuerza que me dolieron durante días.

No sé cuánto tiempo pasé así, gritando con los ojos cerrados. Debió ser mucho. Cuando ya no me quedó aire en los pulmones, los abrí poco a poco, rezando porque la figura hubiera desaparecido. No fue así. Volví a sentir los latigazos de terror puro recorriendo frenéticos mi espina dorsal. Allí estaba, frente al espejo, y entre los jirones de vapor podía distinguir aquellos ojos, aquel rostro... Antes de desmayarme, aún pude ver algo que brillaba en una de sus manos, y la sangre gotear de sus muñecas abiertas.

Cuando desperté, la figura había desaparecido. Yo estaba hecho un guiñapo, roto, desmadejado, tirado en un rincón de la ducha mientras el agua seguía cayendo frente a mí. Salí como pude del baño inundado de vapor, me vestí como pude y corrí hacia el sótano. Una idea terrible se abría paso en mi mente, y tenía que confirmarla. Vi la caja en el mismo sitio, pegada a la pared, y frenéticamente tiré de los precintos. Empecé a sacar los papeles, y los hojeé mientras el terror y la pena se entremezclaban en mi mente. Allí estaba todo. Los informes médicos, las fotos, aquellos ojos hundidos de la niña en la cama del hospital… Las lágrimas empañaron mis ojos mientras leía el último informe, fechado apenas unas semanas de que yo comprara la casa, con una cifra escrita a mano. 37’6.

20 de septiembre de 2019

La escuela


Algunos días como hoy, antes de ir a la escuela-hospital, doy un rodeo y me acerco a la orilla del mar. Sé que es peligroso, esta parte del litoral es territorio de uno de los grupos más sanguinarios de la zona, y un encontronazo con una patrulla armada hasta los dientes significaría la muerte inmediata, o algo peor. El color de mi piel, en estos tiempos asesinos y en esta tierra empapada de sangre y plomo, castigada por el odio y la avaricia, supondría una condena inmediata. Pero necesito ver el mar de vez en cuando, descalzarme, caminar por la arena y plantarme frente a esa inmensidad azul. Más allá del horizonte, dejando muy atrás el gigantesco petrolero hundido frente a la costa, con su popa oxidada sobresaliendo del agua, está mi hogar. Mientras las olas lamen perezosas mis pies, pienso en lo que dejé atrás. Mi pueblo, mi familia, mis amigos, los olores, sonidos y sabores, todo lo que siempre consideré mi verdadera patria, más allá del sentido de pertenencia a un territorio. Siempre me hago las mismas preguntas, mientras aspiro el olor a salitre y escucho el incansable graznar de las gaviotas. ¿Qué hago aquí? ¿Por qué dejé la seguridad de mi hogar para venir a esta tierra olvidada de la mano de Dios, arrasada por la guerra y el odio? ¿Por qué insisto en ayudar a estas gentes, condenadas desde su nacimiento a una vida miserable y, probablemente, a una muerte temprana? Es entonces cuando una vocecilla agazapada en mi mente empieza a susurrarme, muy queda, apenas imperceptible, que vuelva, que pase rápidamente por la escuela-hospital, que recoja mis escasas pertenencias y, sin despedirme, busque la manera de volver a mi casa, con los míos. “Ya has hecho bastante, ya les has dado muchos años de tu vida. Es suficiente. Están condenados, y tú nada puedes hacer”. Y cuando estoy convencido, cuando ya me veo cruzando el océano en la sentina de uno de los barcos que se atreven a burlar las patrulleras de los paramilitares, cuando avisto a través del ojo de buey las costas de mi país, próspero, seguro, rico y civilizado, pienso en los niños.

Hoy, como cada día, van a jugarse la vida para acudir a la escuela-hospital. Algunos vendrán caminando decenas de kilómetros A los más afortunados los traerán sus padres a lomos de un mulo agotado, o subidos a un carro de madera. Aunque a los niños les gusta aprender, no vienen para empaparse de cultura. Los padres les permiten acudir a la iglesia semiderruida por las raciones de comida, que luego se reparten entre toda la familia. Se juegan la vida esquivando las patrullas de los diferentes señores de la guerra para que padres, hermanos, abuelos, sobrevivan un día más. Algunos van directamente al hospital, para ser tratados de desnutrición, sarampión, varicela, enfermedades erradicadas hace décadas en mi país. A pesar del horror de su vida diaria, los niños sonríen. Estudian, siguen mis explicaciones con interés, y el examen de hoy no será un suplicio, como lo es en las avanzadas escuelas de mi continente, sino una aventura de la que se sentirán orgullosos, la adquisición de conocimientos, algo que en esta tierra maldita les está vedado.

Nos han atacado varias veces. No les gustamos. No les gusta que ayudemos a los niños, no les gusta que les enseñemos, que los alimentemos y curemos. Es esa una de las pocas cosas en la que los distintos grupos que asolan la región a sangre y fuego están de acuerdo. Los niños son una fuente de futuros soldados, y un soldado solo tiene que saber apretar un gatillo y estar dispuesto a matar y a morir sin más preguntas. Algunos de los soldados que han atacado nuestra escuela-hospital no eran mucho mayores que los niños que acuden a ella. Milagrosamente no ha habido muertes, aunque una vez unos soldados borrachos arrastraron a la doctora Fatimah al bosque, mientras sus compañeros nos apuntaban a la cabeza con sus armas. Fatimah volvió viva, magullada y golpeada, con algo roto para siempre en su interior. Nunca volvió a ser la misma, la que cantaba canciones de su país mientras operaba, la que nos iluminaba a todos en medio del caos. Pero se quedó, allí sigue, y su mirada perdida cuando volvió del bosque se combina con la mirada de los niños y me provoca una vergüenza infinita, y al final me quedo, porque no voy a ser yo el cobarde que huya mientras ella, con su alma rota para siempre, sigue operando a los niños.

Todos sabemos que algún día se acabará nuestra suerte, que no les bastará con saquear la iglesia, con robarnos lo poco que nos queda ya, y que posiblemente todos seamos asesinados, o esclavizados, como ha pasado en otras sitios similares al nuestro. Pero un día más amanece, un día más escuchamos a los niños aproximarse desde más allá del pueblo en ruinas, esquivando las minas señalizadas, y supongo que pensamos que una deidad misericordiosa nos protege, y abrimos las viejas capillas reconvertidas en aulas, y la cripta transmutada en sala de curas y desvencijado quirófano, y dejamos que los viejos muros de la iglesia se llenen de una risa infantil que rebota en las paredes, una risa que en este horror cotidiano se vende muy cara.

Como siempre, se me ha hecho tarde, hipnotizado por el mar. El sol de esta tierra ardiente empieza a crear ríos de sudor por mi negra piel, la hace brillar, y sonrío pensando en las viejas y tópicas metáforas sobre el ébano. Suspirando, echo una última mirada al inmenso y deslumbrante azul, renunciando por enésima vez a volver a mi próspera y rica África, a la civilización del  continente que lidera el mundo, libre de guerras, hambre, enfermedades y penurias. Todavía debo atravesar las ruinas de lo que un día fue el pueblo de Nerja, y caminar kilómetros bajo el sol ardiente para llegar a la escuela-hospital. Hoy, mis alumnos se examinan de matemáticas.

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                     

9 de abril de 2018

Señales

Tal y como describen las sagradas escrituras, un gigantesco agujero se ha abierto en el cielo. Negro, tan oscuro que parecía absorber el color azul que lo rodeaba. Un círculo perfecto. Lo he visto. Hasta hoy, he vivido para escudriñar el cielo,  una nueva señal, y he sido el elegido para verla. Cientos de generaciones de Contempladores, desde tiempos inmemoriales, vivimos observando el cielo, esperando, rezando, sin apartar la vista del sector que nuestros preceptores nos señalan. Nadie más puede contemplar el cielo sin arriesgarse al castigo. Lo más normal es morir sin ver nada más que las nubes o la lluvia cayendo sobre nuestros ojos, pero los dioses son caprichosos. El Agujero puede tardar miles de años en volver a abrirse, o unos pocos meses. No hay manera de saberlo. Pero hay algo más duro todavía que pasar una vida entera mirando el cielo sin que nada ocurra, y es estar contemplando un sector del cielo mientras el Agujero se abre en otro. La apertura y el Descenso suceden durante un brevísimo instante. Si el Agujero se abre detrás de un Contemplador, este no va a tener tiempo de verlo. Como mucho, si se gira con rapidez, podrá ver la parte final del Descenso, pero no podrá contemplar la mano de Dios lanzando la Señal. Yo la he visto. Ahora pienso en la vida de los Contempladores que me han  precedido, y en la de los hermanos que no han tenido mi suerte. Rezo por ellos, y viviré para dar testimonio de un breve instante que ha justificado la existencia de miles, de millones de Contempladores.

Esta vez, Dios no ha tenido compasión, y su puño ha golpeado el centro de la ciudad. Casas, iglesias, personas… todo aplastado, desaparecido en un instante. Es la voluntad de Dios. La aceptaremos, y rezaremos con el mismo fervor con el que lo haríamos si la Señal hubiera caído en las afueras de la ciudad, como la vez anterior. No importan los muertos, ni los desaparecidos, ni los barrios arrasados. Dios ha decidido enviarnos un templo, una nueva maravilla ante la cual los ciudadanos se arrodillarán para darle gracias por su magnificencia y pedir perdón por sus pecados. El cielo se ha abierto, una nueva muestra del poder de Dios se alza en medio de la ciudad. Mi misión contemplativa ha terminado, a partir de ahora podré caminar entre las personas, hablar con ellas, explicarles cómo se abrió el Agujero y el nuevo templo cayó del cielo. Ellos, claro está, recordarán el brutal estruendo, la gigantesca nube de polvo, las ruinas de las casas aplastadas, el gemir de los heridos, pero yo les hablaré del Descenso, de cómo la enormidad que ahora se alza en el centro de la ciudad parecía un simple juguete en la mano de Dios, que yo pude entrever durante un brevísimo instante que perdurará para siempre en mi memoria y en mi corazón.

El nuevo templo no se parece en nada a los anteriores. Este es rectangular, de un intenso color amarillo, y de un material que no conocemos, suave, liso, sin fisuras ni aristas. Los que se han atrevido a tocarlo dicen que es cálido al tacto. Los dos lados alargados están decorados por una especie de columnas incrustadas en la pared, a intervalos regulares. El templo, desde uno de sus lados cortos, se eleva hasta una increíble altura. Es hueco por dentro, una hendidura semicircular se abre en uno de los extremos cortos, y se prolonga por toda la longitud del edificio en forma cónica. Desde las colinas de las afueras de la ciudad se puede distinguir perfectamente cómo el otro extremo corto del templo está cerrado y cubierto por el extraño material amarillo, y cómo el agujero final del cono ocupa casi toda su extensión. Una inmensa placa de un metal desconocido, que refulge bruñido al Sol,  recorre gran parte de la longitud del templo, tapando en parte la hendidura cónica, hasta un punto en el que es sustituido por la singular materia amarilla común al resto del edificio. Esta placa enorme, extraordinariamente lisa y pulida, parece fijada a la parte superior del templo por un gigantesco tornillo con una hendidura en forma de estrella.

Como he dicho, este templo no se parece en nada a los que Dios nos ha enviado con anterioridad. No parece haber ningún rasgo común entre ellos, pero eso es algo que escapa a nuestra humana comprensión, y que solo Dios sabe. El anterior, el que cayó hace 875 años, era cuadrado, sólido, hecho de un material blando y desconocido. El alargado, que nos fue enviado hace 1732 años, tiene forma de lanza, veteado de líneas amarillas y negras, con una punta negra afiladísima. Este parece un observatorio. Esa es la opinión de la mayoría de sacerdotes que lo han estudiado, y también la mía. El enorme agujero de uno de los extremos encierra un sector concreto del cielo, y el primer Contemplador ya se ha situado en el otro extremo, con la mirada fija en la porción de bóveda celeste que el cono dentro del templo parece enfocar.

Mi misión ha terminado. Como ya he dicho, a partir de hoy serviré a Dios dando testimonio de su inmenso Poder, que me fue revelado por su gracia divina, y permaneceré en el Templo Amarillo hasta el fin de mis días…


El niño, de unos diez años de edad, ríe y aplaude mientras contempla cómo el sacapuntas amarillo desaparece en el agujero que parece flotar, abierto en medio de su habitación. Le parece mágico. Anteriormente ha lanzado un lapicero y una goma de borrar, que se han esfumado a través del agujero. Ahora ve cómo la abertura se hace más pequeña, se está cerrando. No tiene más objetos que arrojar, no encuentra nada en su mesa de estudio. Súbitamente, una idea parece iluminar su rostro. Sale corriendo de la habitación, y tras unos instantes vuelve a situarse frente al agujero. El petardo mide unos diez centímetros de largo, su padre piensa que él no sabe dónde los esconde, pero él vio dónde guardaba la caja. Con un gesto maligno, lo enciende, lo mantiene frente a él durante unos instantes, mirando hipnotizado cómo las chispas avanzan por la corta mecha, y por fin, con un gesto rápido, lo arroja por el agujero que se va haciendo más y más pequeño. 

6 de agosto de 2017

Regresa el mar

Mientras conducía por la mañana hacia el trabajo vio las olas avanzando entre las viñas. Al día siguiente vio los peces, una isla entre la vegetación, delfines saltando alrededor de los árboles... "El mar está regresando", le dijo a su mujer. No hubo tiempo de psiquiatras. Lo encontraron muerto en el coche. Sus ropas estaban empapadas de agua salada y su cuerpo exhalaba un tenue olor a algas podridas.

Mare Nostrum

Hace un rato que el marinero se ha marchado. Con la boca pastosa, balbuceando, medio masticando las palabras. “Bueno, compañero, hora de retirada. ¡Hasta otra!”. Se ha levantado afanosamente, sacudiéndose la arena de la ropa con un par de torpes manotazos, y se ha alejado por la arena con un leve tambaleo, no sé si por la costumbre de pasar más tiempo sobre la oscilante cubierta de un barco que en tierra firme o, simplemente, por el vino y el aguardiente que lleva en el cuerpo. Me ha dejado solo, sentado en la arena, con la espalda apoyada en una barca desvencijada. Siempre tuve la tonta superstición de que las cosas también sienten, y a ratos imagino que lo que quedaba de la barca, apenas cuatro tablones podridos deshaciéndose a la intemperie, sentía añoranza del mar. Tonterías de viejo, supongo.

El marinero (no sé cómo se llamaba, en ningún momento nos dimos nuestros nombres) apareció cuando ya la luna, como diría un mal poeta, rielaba en la superficie del mar, arrancando destellos plateados de las pequeñas olas que apenas destacaban de la superficie. Yo había acabado de abrir la primera botella de vino, y buscaba  la copa que mi amigo me puso en la bolsa, cuidadosamente envuelta en papel de periódico. Cuando levanté la cabeza, allí estaba el hombre. Sucio, desaliñado, con unas ropas que solamente un empedernido optimista dejaría de calificar como puros harapos y jirones. Sus ojillos, semiocultos por una mugrienta gorra, brillaban codiciosos mirando la botella recién abierta. Me plantó un “buenas noches, compañero, parece que va a hacer fresco”, y algo en su expresión de viejo sátiro borrachín me ánimo a invitarlo a sentarse y a compartir con él la primera de las botellas que pensaba abrir esa noche de despedida. Se negó desdeñoso a compartir la copa, y agarró la botella por el gollete, dándole un largo trago. Luego, se pasó la manga de su chaqueta por el ralo bigote. “No está mal, se puede beber”. No quise decirle que en las tres botellas que llevaba en la bolsa había invertido los ahorros que me quedaban, ni que aquel vino era, aunque pareciera mentira, más viejo que él. Me limité a asentir y a seguir bebiendo.

El marinero es parlanchín. Enlaza un tema con otro a velocidad vertiginosa, sin apenas solución de continuidad. Posee la discreción de quien se ha visto envuelto en mil peleas por hacer la pregunta inadecuada en el momento inoportuno. No me ha preguntado qué hacía yo allí, sentado frente al mar, con un bocadillo a medio comer al lado, mal vestido con un abrigo que dejaba al aire mis esqueléticos tobillos. Tampoco ha hecho ningún comentario cuando el abrigo (también regalo de mi buen amigo, el último que me quedaba, el único que me ha ayudado a escapar de aquella triste habitación) ha dejado entrever que debajo solo llevo una bata de un color verde desvaído tras mil lavados y desinfecciones. El marinero se ha limitado a parlotear y a beber. Hemos hablado, hemos reído y hemos callado en algunos momentos. Yo le he hablado de brulotes vándalos ardiendo más allá del horizonte y del tiempo, lanzados a toda vela contra la flota bizantina, y el marinero ha recordado tormentas en alta mar, rezando desesperado a todos los santos que recordaba, dando tumbos por cubierta mientras cataratas de espuma lo dejaban al borde de la muerte. Yo he recordado un cuerpo de diosa juvenil y unos ojos negros mirándome a través de gotas de agua salada, y él me ha hablado de juergas de días, de báquicas celebraciones tras el regreso de una singladura productiva, de resacosos despertares al lado de los ronquidos de alguna de las paquidérmicas putas de los lupanares de Tánger. Yo le he hablado de Esculapio, el dios que nos observaba gravemente, representado en una escultura a unos pocos metros detrás de nosotros, y el marinero recordaba, temblándole ligeramente los labios, las filas de prisioneros obligados a excavar, tras la guerra, en el yacimiento donde encontraron la estatua más de cien años atrás, medio muertos de hambre y frío. También ha callado cuando mi mente se ha extraviado, bebiendo silencioso mientras yo cabeceaba confuso, mirando al mar, esperando a que mi cerebro se recuperara del cortocircuito.

Cuando se acabó el vino, el marinero fue a buscar aguardiente (“¿no tendría usted algo suelto? Me he dejado la cartera en la pensión”), un matarratas ardiente que ha hecho bullir nuestras entrañas y que hemos trasegado con la misma indiferencia con la que hemos hecho desaparecer las botellas del carísimo vino. Y al fin, tras la última gota de aquel infecto brebaje, el marinero se ha marchado, silbando una irreconocible tonadilla que parecía retorcerse afanosa por entre sus escasos dientes.


Vuelvo a estar solo, borracho, espantando a manotazos los recuerdos, pero temiendo el olvido  que me mata lentamente, mientras el amanecer se insinúa por el horizonte. El frío se cuela por los bajos de mi abrigo, haciéndome estremecer bajo la delgada bata verde, y una creciente brisa hace revolotear las grises guedejas de mi pelo. Extrañamente sereno, he metido la mano en la bolsa, sin dejar de mirar el mar, sintiendo en mi mano el tacto cálido del mango de la navaja de afeitar.

2 de julio de 2017

El funeral de Lady Blue Sky

Si don Salvador Mellado,  director de la funeraria “Paz Eterna”, hubiera sido japonés, sin duda se hubiera hecho el harakiri, avergonzado por el tremendo error que desembocó en un escándalo sin parangón en la pequeña y aburrida ciudad de Arlanda, escándalo al que hubo que sumar denuncias judiciales varias y, lo peor, el descrédito de un establecimiento que funcionaba de manera impecable desde hacía más de cincuenta años. Un servicio exquisito y serio, cientos de funerales celebrados a la perfección, y todo se había ido al garete por el estúpido error de un empleado novato. No obstante, en su fuero interno, don Salvador pensaba que el fallo  había sido suyo, al aceptar que se celebrara en su establecimiento el último adiós a un personaje tan inusual como el de Luis Valero, que había salido de Arlanda hacía veinte años para transformarse en la capital en Lady Blue Sky, “drag queen”, transformista, adalid de la lucha por los derechos de los homosexuales y reina indiscutible del Desfile del Orgullo Gay. Don Salvador, hombre recto y conservador, intentó negarse a organizar el funeral de Lady Blue Sky. Sabía que aquello le traería complicaciones en una ciudad tan conservadora como Arlanda, pero la insistencia vehemente de la hermana del finado, unido al hecho de que fuera amigo personal de la familia y que don Salvador conociera a Luisito desde pequeño, habían acabado por ablandar su corazón, y al final cedió. Le tranquilizaron un poco las promesas de la hermana del finado, en el sentido de que el funeral no se saldría de madre, y la muchacha aceptó sin discusiones la imposición de don Salvador, en el sentido de que la ceremonia se celebrara en la sala más apartada de la funeraria.

Cuando don Salvador se arrepintió de haber sido tan blando, ya era tarde. A pesar de que palideció visiblemente mientras la hermana de Luis le explicaba las disposiciones de Lady Blue Sky para su último adiós, ya no podía echarse atrás. Ya estaba todo firmado, y solo le quedó encomendarse a Dios para que la cosa transcurriera de forma discreta, sin más alboroto que el estrictamente necesario. De todas maneras, no se sentía con fuerzas para afrontar la organización de un funeral tan peculiar, así que cometió su segundo error, esto es, delegar dicha organización en la persona de Javier, un empleado voluntarioso y decidido, que trabajaba en la funeraria desde hacía solo unos meses. Javier, pletórico de entusiasmo, le prometió que él se encargaría de todas las ceremonias de ese día, y Don Salvador decidió quedarse en su despacho y rezar para que el funeral de Lady Blue Sky acabara cuanto antes y saliera razonablemente bien.

El día del funeral, la sala donde se iba a celebrar el último adiós a Lady Blue Sky pronto se abarrotó con un heterogéneo grupo de personas que parecían recién salidas de una cabalgata del Orgullo Gay. Plataformas, camisetas ajustadas, peinados extravagantes de colores diversos, minifaldas fluorescentes, maquillajes extremos… Así lo había querido Lady Blue Sky. Diversión y jolgorio hasta el final. Nada de llantos. Toda la sala estalló en gritos y aplausos cuando Shangay Storm subió las escaleras hacia el estrado para pronunciar unas palabras de despedida, embutida en unas mallas de vinilo azul eléctrico, taconazos de palmo y tupé rubio platino. Shangay acalló el bullicio haciendo gestos con las manos (“y ahora vamos a recibir a nuestra queridísima Lady Blue Sky”) y el extravagante grupo de asistentes guardó un silencio respetuoso mientras el ataúd entraba en la sala, empujado por dos operarios.

Don Salvador temblaba de ira al recordar las explicaciones, entre balbuceos y lloros, que le dio Javier sobre lo que ocurrió en aquel momento. Un malentendido, unos documentos que se traspapelaron, los operarios que se despistaron… El caso es que, en el momento en el que entró el ataúd en la sala, los aplausos y gritos con los que los amigos de Lady Blue Sky pensaban recibir los restos mortales de su reina se congelaron en el aire de la sala. Un estupor generalizado se apoderó de los asistentes. Una bandera española y un crucifijo dorado cubrían el ataúd, rigurosamente negro. Con eficiente profesionalidad, los operarios colocaron frente al  féretro coronas con cintas escritas con diversos mensajes y recordatorios: “El Colegio de Notarios, con respeto y amor”, “Tus amigos del Registro de la Propiedad jamás te olvidarán”, “Jueces de Arlanda, en recuerdo de los gratos momentos vividos a tu lado”, y similares.


Sí, un error, pensó don Salvador. Un error que perseguiría a su establecimiento hasta su muerte. Un error que había convertido a su funeraria en objeto de escándalo, mofa y escarnio público. Porque, mientras en la sala del funeral de Lady Blue Sky docenas de “drag queens” se interrogaban con la mirada presas de la estupefacción, en una sala situada en la otra punta de la funeraria, donde se celebraba el funeral de don Marcial García, ilustre notario de Arlanda con cincuenta años de profesión a sus espaldas, miembro del Opus Dei e ilustre cofrade de la Hermandad del Santo Sufriente, aparecía un ataúd blanco, cubierto con una bandera con los colores del Arco Iris, mientras por unos altavoces sonaba a todo trapo “In the navy”, de los Village People. Pero lo que provocó un amago de infarto en doña Enriqueta, viuda de don Marcial, de misa diaria e intachable proceder, fue el momento en el que se corrieron las cortinas del fondo de la sala y una gigantesca foto de un culo masculino, pétreo, los glúteos musculados apenas cubiertos por un tanga de cuero negro, presidió la sala donde se despedía al ilustre Notario don Marcial García.