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25 de mayo de 2017

El Tesoro.

Mi abuela Juana encontró un tesoro. Era un tesoro modesto, no como el del cuento de Alí Babá y los cuarenta ladrones, una cueva abarrotada de monedas, joyas, piedras preciosas, coronas de oro puro, etc… Ni siquiera era un tesoro como los que enterraban los piratas en cofres repartidos por islas remotas. Pero, si nos atenemos a la definición de la Real Academia Española, “una cantidad de dinero, valores u objetos preciosos guardados”,  o “Conjunto escondido de monedas o cosas preciosas, de cuyo dueño no queda memoria”, nadie debería discutir que lo que encontró mi abuela a comienzos de lo que ha pasado a la Historia como “los felices años veinte” era un auténtico tesoro.

La historia de cómo mi abuela encontró ese tesoro y posteriormente su familia lo malvendió por cuatro chavos me fascinó e indignó a partes iguales desde muy pequeño. Era para mí un momento mágico, que se prolongó durante mi juventud y parte de mi época adulta, hasta que mi abuela murió. Escuchar aquella historia mil veces repetidas tenía para mí un efecto balsámico. La había escuchado, como ya he dicho, durante un larguísimo período de mi vida, pero curiosamente mi memoria ha aislado uno de los momentos, o lo ha modelado a su conveniencia, esculpiéndolo en mi mente de una manera quizás idealizada, un compendio de todas las sensaciones que experimenté en todos aquellos instantes en que le pedí a mi abuela Juana que me explicara cómo había encontrado un tesoro cuando era una niña. Igual es posible que ese recuerdo grabado en mi mente jamás hubiera sucedido. Quién sabe…

En esa recreación, llamémosle así, idealizada, era domingo por la mañana. Mis padres habían salido, mi hermana ya no vivía con nosotros. Desperté tras una noche de borrachera, empapado en sudor, con la boca reseca, llena del sabor amargo y químico de la cocaína cortada. Tenía sed y me dolía la cabeza. Montse me había dejado hacía unos meses, y el recuerdo de la puerta del coche cerrándose y su silueta alejándose para siempre, recortada contra el muro de mi vieja escuela en un amanecer sucio y gris, aún seguía atormentándome. No recordaba que en aquel momento me afectara demasiado, simplemente la espada de Damocles había caído por fin sobre mí, era algo que ya esperaba. No obstante, un dolor negro, pegajoso, se había comenzado a extender por mi alma, asfixiándola cada día un poco más. La bebida y el polvo blanco al que me estaba aficionando peligrosamente apaciguaban el dolor, lo aletargaban, pero con la resaca se reactivaba y volvía con más fuerza.

Salí de mi cuarto, con un pantalón de pijama y la camiseta que había llevado la noche anterior, apestando a humo y alcohol. El piso estaba en silencio, y mi abuela estaba en el sofá, en su rincón de siempre, tejiendo con sus agujas, que se movían entre sus dedos a una velocidad que siempre me había parecido vertiginosa. Le espeté un cavernoso “Buenos días”, a pesar de que era más tarde de las doce, y ella me dirigió una de sus miradas,  entre cariñosa y reprobatoria. Me dirigí a la cocina, y sin que me viera me bebí del tirón una cerveza. Había escuchado que la resaca era en realidad un síndrome de abstinencia, y solía recurrir a un botellín para que los niveles de alcohol en sangre no bajaran demasiado. El frescor de la cerveza me calmó un poco, pero seguía sintiéndome cansado, hundido en la miseria. Volví al comedor, el silencio solo roto por el “clinc clinc” de las agujas de tejer y el sonido monótono del viejo reloj de pared. Mi abuela seguía tejiendo. Tenía las piernas, hinchadas y amoratadas, sobre un taburete acolchado con unos cojines. Vestía sus habituales ropones negros. Era viuda desde 1963, tres años antes de que naciera yo. Mi abuelo había muerto con los pulmones reventados por las minas de plomo y cobre de Linares, antes de que toda la familia emigrara a Catalunya en un lento pero imparable goteo. Siempre, o casi siempre, llevaba sobre el vestido una toquilla de punto, también negra, plagada de medallitas de santos, de oro y plata. Era muy religiosa, y recuerdo el jolgorio que se apoderaba de mí cuando la veía cantar “La Internacional” puño en alto con todas aquellas imágenes de santos y vírgenes prendidas del pecho. Me arrellané en la otra punta del sofá, y mi abuela giró la cabeza. Tenía unos ojos muy azules. Yo también los tengo de ese color, pero al lado del azul de los ojos de mi abuela, los míos parecían casi negros. Me dio las explicaciones pertinentes sobre la ausencia de mis padres (se han ido con tus tíos a “Saturní”, tienes “fritangó” y “burguesas” en la nevera), y yo asentí con la cabeza. Otro domingo de resaca brutal, con el recuerdo de Montse zumbando por mi cabeza y la expectativa del trabajo al día siguiente. Suspiré y le dije: “Abuela, cuéntame lo del tesoro”.

Mi abuela, Juana, sonrió. Cerró los ojos, volando con la mente hacia principios del siglo XX. Ni ella recordaba qué edad tenía cuando encontró la vasija. Había nacido en 1916, y según contaba tenía cinco o seis años cuando se encontró las monedas, por lo que el hallazgo debió de producirse hacia 1921 o 1922. Vivía en Baños de la Encina, un pueblecito de Jaén de donde no se movería hasta que se marchó a Barcelona cuando el último de sus hijos abandonó el pueblo y cambió la vara de agitar olivos por la llave inglesa de una fábrica. Baños, como lo llaman sus habitantes, es un pueblecito situado en un cerro, a unos 450 metros de altitud. Posee un castillo  extraordinariamente bien conservado, a pesar de los avatares de la Historia. Lo construyeron los musulmanes a finales del siglo X, y hasta su conquista definitiva por Fernando III en 1225 cambió frecuentemente de manos, siendo conquistado y reconquistado por musulmanes y cristianos. Aquel día, mi abuela, su hermana y otro niño pasaron al lado de las murallas del castillo de camino al campo, para buscar habas. Siempre pensé que habían salido a buscar agua al pantano, pero mi madre me confirmó ese dato irrelevante en una conversación que tuvimos tras la muerte de mi abuela. Había llovido con fuerza, y mi abuela se fijó en una vasija rota entre el barro, al pie de las murallas. En aquel momento no le dio mayor importancia, pero a la vuelta volvieron a pasar por el mismo sitio y se fijó de nuevo en la vasija. Había algo que destellaba bajo el sol inclemente del día, y se desvió del camino, subiendo por la ladera que conducía a la fortificación milenaria. Allí, observó que entre los trozos rotos de la vasija había unas monedas, cubiertas de barro y orín, salvo algunos partes que la lluvia había limpiado un poco y que provocaban los destellos que ella vio. Pacientemente, las recogió y las guardó en su mandil, y sin darle mayor importancia volvió a su casa con su hermana y su amigo.

Cuando mi abuela llegó a su casa, corrió hacia la buhardilla, donde sus padres conservaban alimentos y lo que a duras penas extraían del pedazo de tierra que cultivaban. Allí tenía una casita de muñecas, y se puso a jugar con las monedas. Su hermana Marta no tardó en explicarle a su madre el hallazgo, y mi bisabuela subió a preguntarle a su hija qué era lo que había encontrado. “Pesetillas falsas”, contestó mi abuela. Algo en el brillo de aquellas diecisiete monedas debió llamar la atención de mi bisabuela, ignorante y analfabeta como casi todos los habitantes de Baños. Cogió una de las monedas y la llevó al boticario, a que le echara “el agua fuerte” para limpiarla. El hombre, una de las pocas personas medianamente cultas del pueblo, frotó la moneda y ante sus ojos apareció una pieza de oro puro de más de mil años de antigüedad.
Era a partir de este punto en la historia de mi abuela cuando la indignación se iba apoderando de mí. La maravillosa historia de cómo una niña encontraba un tesoro a principios del siglo XX se transformaba en una sórdida urdimbre de codicia, ruindad y el sempiterno pisoteo de las pequeñas élites rurales a los campesinos ignorantes y analfabetos. He de confesar que esa indignación también albergaba un sí es no es codicioso. Solía reprochar cariñosamente a mi abuela que se hubieran dejado arrebatar el tesoro tan fácilmente (“si hubierais conservado esas monedas, ahora seríamos ricos”). Curiosamente, ese pensamiento también se incrustó en mi mente junto con el relato, la idea de que esas monedas podrían haber cambiado el destino de una familia tan modesta como la nuestra, descartando, o más bien sin contemplarla, la idea de que un puñado de monedas de oro, repartidas entre la amplia descendencia de mi abuela, no hubieran supuesto un gran cambio en nuestro patrimonio.

La noticia del hallazgo corrió rápidamente por un pueblo dado a habladurías y falto de novedades. La Juana, la hija de la Anica, se había encontrado un tesoro de monedas. Como he dicho, es aquí donde la historia del hallazgo se troca en una especie de crónica sobre la avaricia humana. Los padres del niño que acompañaba a mi abuela en su excursión reclamaron la mitad del tesoro, y en cuestión de días, la pequeña niña que era mi abuela se vio declarando ante el juez del pueblo, que sería una especie de juez de paz o mediador, pero en todo caso con la atribución de impartir justicia. Esta especie de árbitro rural interrogó a los miembros de la excursión, y su veredicto fue que el tesoro pertenecía a mi abuela. No obstante, dictaminó que tres o cuatro monedas (mi abuela nunca lo dejó claro) le fueran entregadas a los padres del niño, en una decisión que contradecía de manera absurda la conclusión inicial sobre la pertenencia del tesoro.

Fue esta decisión judicial el principio de una rápida sangría del tesoro de mi abuela. A partir de aquí, el relato se tornaba confuso. Lo único que pude sacar en claro de la historia fue que las fuerzas vivas del pueblo, esto es, el boticario, el cura, el alcalde y las familias que acumulaban propiedades, les compraron a los padres de mi abuela las monedas que le quedaban. Yo, sentado al lado de mi abuela en el sofá, me echaba las manos a la cabeza cuando explicaba que su padre, con el producto de la venta, viajó en burro a la ciudad de Bailén para comprar ropa, colchones, utensilios de cocina, etc. Mi abuela se encogía de hombros, como justificando a sus padres (“había mucha necesidad, mucha hambre, y vendieron las monedas por cuatro perras”) pero con un cierto punto de orgullo al haber colaborado, tan pequeña, a una leve mejora de las penosas condiciones de la familia. Llegados a este punto de la historia, el ya de por sí exiguo tesoro habíase reducido a dos monedas, que mi bisabuela quiso conservar para cuando su hija fuera mayor, pero ni esos tristes despojos le dejaron. Una ricachona del pueblo se presentó un día en la puerta de la casa de mis bisabuelos y, entre adulaciones y súplicas, salió de allí con las dos monedas en el bolsillo.


Ahí terminaba la historia, con mi abuela sumida en ensoñaciones del pasado, sin dejar de tejer. Yo seguía sentado a su lado, sumido en mi desmayada laxitud resacosa, pensando en aquel tesoro que le habían escamoteado a mi familia, pensando en Montse, adormecido por el sonido rítmico de las agujas del reloj de pared. Todavía hoy, convencido de que la posesión de aquellas monedas no habría cambiado el destino de nadie, pienso en aquella niña de cinco años, sacando monedas embarradas y cubiertas de óxido de una vasija rota y depositándolas pacientemente en su pequeño mandilito. A veces, mi hijo se sienta a mi lado y le explico cómo su bisabuela Juana encontró un tesoro al lado de un castillo, hace ya casi cien años.                                          

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