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28 de mayo de 2017

De Casasana a Sacedón

El viajero, tras una penosa noche a la intemperie, durmiendo poco y mal en un banco de piedra de una pequeña plaza, se pone en marcha cuando las primeras luces del Sol todavía no se han enseñoreado de las intrincadas callejuelas de Casasana. A pesar del frío y del poco descanso se siente eufórico. Guarda en la mochila las prendas veraniegas con las que ha intentado, con poco éxito, protegerse del frío montañés de la aldea, y se pone en marcha con decisión. Tiene la impresión de que la jornada que le aguarda no puede ser peor que el penoso día que deja atrás, y mochila al hombro recorre con anticipada nostalgia los rincones silenciosos del villorrio, mal iluminados por unas farolas que derraman una luz fatigosa, desvaída, sobre las piedras. Se asea con felino talante en una fuente de piedra y, sin más preámbulos, emprende el camino hacia Sacedón. Apenas guarda el viajero rencor a Casasana por la falta de hospitalidad de sus gentes, y sabe que incluso ese resto de resentimiento se verá dulcificado con el tiempo por el bálsamo de la larga conversación con los hijos de Felipe “el Sastre”. Así pues, en paz con Casasana, abandona con buena presencia de ánimo el pueblo por una pequeña carretera, que desciende serpenteando con ánimo juguetón desde las alturas de la aldea.

 El viajero, al partir de Casasana en plena noche, no ha encontrado a ningún lugareño que le confirme la idoneidad de la ruta que ha escogido. Tampoco acertó la noche anterior a preguntar, más preocupado por dejar atrás los sinsabores de la jornada pasada que de preocuparse por la que venía, y al cabo de un buen rato de caminar por la carretera la incertidumbre se apodera de su ánimo. Tiene el viajero todavía muy presentes las penosas vicisitudes del día anterior, y cree que sus mermadas fuerzas no soportarán bien otro extravío por los mal señalizados caminos de la zona. Pensar que puede estar siguiendo un camino equivocado hace todavía más penoso el camino, y cuando el día despunta y el sol cae inclemente sobre él, la euforia que ha sentido al abandonar Casasana se esfuma. La carretera serpentea atravesando extensos cultivos de cereales, y el viajero no encuentra una triste sombra donde descansar.

Tras un buen rato de caminar, fatigado y preso del desasosiego, el viajero divisa a lo lejos un rebaño de ovejas que se mueven de forma aparentemente aleatoria y al unísono por los sembrados, como un ovino cardumen en un mar de cereal.  El viajero, que lleva más de una hora sin divisar a ningún ser vivo, decide adentrarse en el sembrado y abordar al pastor para preguntarle si está en el camino correcto hacia Sacedón. El camino a través de los terrones de tierra se hace fatigoso, con las botas del viajero hundiéndose en la tierra polvorienta. El rebaño tan pronto se mueve hacia el viajero como se aleja de él, juguetón e imprevisible, provocando constantes cambios de dirección del viajero en su afanoso camino por el sembrado. Por fin, tras un buen rato de jugar al gato y al ratón bajo el sol inclemente, el viajero aborda al pastor, que resulta ser nativo de Marruecos o algún otro país del norte de África, y que apenas chapurrea un castellano básico y apachizado del que el viajero no logra sacar nada en claro. Tras un buen rato de besuguesca conversación, el viajero, resignado, abandona al sarraceno pastor con una apresurada despedida y vuelve a la carretera, preso de una desesperación que empieza a desbordar su alma lenta, magmáticamente.

Tras una hora de camino, solo acompañado por el monótono repicar de sus botas en el asfalto y las cansinas chicharras, dolorido por las llagas de los pies y con el ánimo quebrantado, el viajero se para a descansar bajo la raquítica sombra de unos choperillos. Desfallecido, le pega unos buenos tientos a la bota de vino para intentar alegrar el talante. El cuerpo se le afloja, resentido por la noche pasada al raso en Casasana, y no tarda en quedarse dormido. Despierta al cabo de un par de horas, con la boca reseca de quien ha abusado del vino y de una siesta a destiempo. Bebe un poco de agua y retoma el camino, algo más compuesto de cuerpo y alma. Piensa que, al fin y al cabo, como decía aquel, el camino es su destino, y que ya llegará a algún sitio.

Al cabo de un buen rato de caminar a buen paso, el viajero llega a la entrada de un pequeño pueblo, Santa María de Poyos, que encuentra desierto, con las puertas de las casas cerradas a cal y canto. El viajero deambula por las calles durante un rato, notando en todo momento un olor como a pescado podrido que le desagrada profundamente. Algunas casas son una pura ruina, con los restos de las paredes derruidas y vigas renegridas amontonadas en su interior. No se cruza con un alma, ni ve abierto bar alguno donde poder descansar y comer algo. Pronto decide seguir camino por la carretera y abandonar el desolado lugar. Al encarar las últimas viviendas, divisa a una vieja sentada en el poyete de una casa, impertérrita bajo el sol ardiente. Viste de negro riguroso, color que se extiende hasta el pañuelo que cubre su cabeza. El viajero, inicialmente, se dirige hacia ella para preguntarle por el camino, pero algo en la mirada de la vieja cuando levanta la cabeza hacia él hace que, con un escalofrío, desista y aligere el paso para salir del pueblo.

La suerte, por fin, parece aliarse con el viajero, y al cabo de un rato divisa Sacedón, que se cuece perezoso bajo el sol del mediodía. Sacedón, desde la construcción del embalse de Entrepeñas en 1956, ha sido un pueblo con vocación marinera, una especie de emporio turístico en medio de un secarral. El viajero, cuando entra en Sacedón, parece un viejo maquis, sucio, cansado, arriesgando la vida para bajar al pueblo a buscar algo de comida. Estupefacto, avanza entre barcos y yates de distinto tamaño, varados en descampados frente a tiendas de artículos navales cerradas a cal y canto. Como más tarde averiguará, Sacedón es ahora un pueblo en pie de guerra por culpa del trasvase Tajo-Segura, que está vaciando el embalse y dejando al pueblo sin el caramelo del negocio turístico acuático. Por doquier se divisan carteles en contra del embalse. Sacedón no quiere volver a ser un pueblo de secano.

Tras callejear desganadamente por el pueblo, el viajero decide entrar en una tasca para remojar el gaznate con algo fresco y, de paso, llenar el estómago, vacío tras la parca cena, por llamarla de alguna manera, de la noche anterior. El local es pequeño, pero fresco y con un sí es no es hospitalario. Unos abuelos juegan desanimadamente al dominó en una mesa, trasegando de tanto en tanto pequeños sorbos de cerveza de sus botellines. La dueña del figón es una mujerona, entrada en años y en carnes, de escote exuberante, al que el viajero no puede evitar echarle una mirada entre lasciva y avergonzada cuando la mujer se acerca a tomarle la comanda. Marta, que tal es su nombre, es simpática y dicharachera, con una risa fresca y desvergonzada que agita sus abundantes pechos. Observa la mochila y los avíos del viajero, depositados en el suelo al lado de la mesa, y con un deje burlón interpela al viajero.

-¿Qué, de viaje?

El viajero, intentando apartar la vista de las cárnicas esferas blanquísimas que pugnan por escapar de la blusa de la dueña, balbucea unas explicaciones apresuradas sobre su viaje.

-Sí, vengo de Casasana, siguiendo la ruta de Cela por la Alcarria…

-Pues buen paseo se ha pegado usted esta mañana. Casasana estará a unos buenos quince o dieciséis kilómetros. ¿Y los ha hecho usted del tirón?

-Qué remedio… Solo he pasado por Santa María de Poyos, y no había un alma. Bueno, una señora mayor, pero no he visto ningún sitio para parar y descansar…

El viajero sabe que ha dicho alguna inconveniencia cuando las conversaciones cesan de repente. Uno de los abuelos ha girado la cabeza con brusquedad hacia el viajero, volcando con el brazo su botellín de cerveza, que rueda por la mesa y cae al suelo estallando en mil pedazos. La cara de la dueña se transforma en una máscara en la que el viajero cree adivinar una mezcla de incredulidad y espanto. Durante unos dolorosos y eternos instantes, nada se escucha en el bar, hasta que el correr de una silla sobresalta al viajero. Uno de los abuelos se ha puesto en pie e interpela al viajero, con una voz temblorosa.


-¿Por dónde dice que ha pasado?

La dueña se gira, todavía con la desagradable mueca en la cara, y camina hacia la mesa donde el abuelo sigue mirando al viajero con obsesiva fijeza. Durante unos minutos, el viajero, incómodo, con ganas de largarse, los escucha cuchichear, hasta que el viejo vuelve a sentarse y se reanuda la partida, aunque sin dejar de lanzar furtivas miradas hacia el forastero encogido en su silla. La dueña desaparece tras la barra, y al cabo de unos momentos vuelve con una botella de vino frío y un enorme bocadillo envuelto en papel de plata. Su mirada es ahora triste. Se agacha hasta pegar la boca casi en la oreja del viajero, y con voz temblorosa le musita al oído.

-Invita la casa, pero por favor, váyase, no ha hecho usted nada malo, pero márchese, se lo ruego.

El viajero, estupefacto, solo acierta a asentir. Recoge sus bártulos y, sin decir palabra, abandona la tasca. Solo al cabo de un rato, mientras se come el bocadillo frente al menguante embalse, mirando las aguas azules y quietas, recuerda algunas lecturas, ata algunos cabos y siente cómo las piernas se le aflojan y un escalofrío recorre, helado y lento, su espalda.

2 comentarios:

  1. Buff. Que atmósfera! Bravo!

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  2. Felicidades, lo he leído de un tirón. El viajero que siga su historia, no nos dejes así.

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