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17 de diciembre de 2016

1976

La arena de la playa hierve, quema los pies, y por eso has decidido correr por la arena mojada de la orilla para volar la cometa; pero no habías contado con esa ola traicionera que ha empapado la cometa, y ahora te cuesta una barbaridad arrastrarla. Tampoco ayuda el polo de limón que sujetas con la mano izquierda y que gotea sobre tu brazo, marcándolo de amarillos churretes. Tiras y tiras del hilo, tus pies se hunden en la arena y la cometa se arrastra perezosa, como si se abrazara a la orilla sin ganas de levantarse. Sientes sobre ti la mirada guasona de tus primos, el cabeceo de irónica comprensión de tus padres (“ya te lo dijimos, es demasiado grande para ti…”) y, sobre todo, los disimulados destellos de los ojos verdes de Mamen, la hija de los vecinos del tercero A que hoy os ha acompañado a la playa. Es esa mirada, entre curiosa y burlona, la que te encorajina, hace que aprietes los dientes, corras más rápido y tires del hilo con todas tus fuerzas. Por fin, dando un bote desgarbado, la cometa despega y se eleva un palmo, dos, tres, y no puedes evitar un grito de júbilo cuando, por fin, la larga cola de papel abandona el levísimo surco sobre la arena y se eleva dubitativa hacia el cielo. Imaginas la cara de Mamen, abriendo los ojos de admiración, y de repente el brazo no te duele, aunque la cometa parezca rebelarse y querer volver a tenderse lánguida sobre la playa. Casi caes de espaldas cuando un golpe de viento la frena en seco sobre tu cabeza, abombando el plástico, tensándolo contra el débil armazón de madera barata. Te giras, pones tu mano pringosa de helado sobre tus ojos a modo de visera, y la contemplas, quieta, rígida, desafiante como un potro salvaje que se niega a ser domado, tirando con fuerza de las riendas que sujetas con la mano derecha. El jirón de viento la eleva, jugando con ella, hasta dejarla casi vertical sobre ti, proyectando su sombra temblorosa ante tus pies. Por fin, la ráfaga la abandona, y la cometa se desploma laxa, en caída libre, solo para volver a ser atrapada por un remolino que la agita de manera espasmódica de un lado para otro. Vuelves a correr, y la cometa abandona el pequeño torbellino para iniciar un vuelo grácil, elegante, desplegando una amplia curva en un cielo sin nubes, de un azul cegador. Ahora das la vuelta, y la cometa te sigue, como resignada a ser gobernada por una mano infantil pero firme. Has vuelto al punto de partida, frente a tus primos, tus padres y Mamen, tu vecinita, que ahora sí te mira admirada, con los ojos muy abiertos bajo su pamelita de tela rosa. Miras hacia el grupo, satisfecho, desafiante. Te sientes el amo del mundo, con los pies medio hundidos en la arena fresca, y le das un gran bocado a tu polo de limón mientras sujetas el hilo de la cometa, a la que ahora se disputan unos invisibles bailarines que la hacen girar en una alocada y frenética danza. Gira enloquecida, y de pronto es propulsada hacia arriba con una fuerza que casi te arranca el hilo de la mano. Súbitamente, cae desmadejada, y el hilo se destensa en una larga curva. Tus primos aplauden entusiasmados, tus padres sonríen, y Mamen te mira, tus ojos van de los suyos a la cometa, y de pronto no puedes soportar tanta felicidad, y los cierras, sintiendo el calor de esa mañana irrepetible, el rumor de las olas, el azul intenso del cielo que ilumina hasta el último rincón de tu corazón, y de pronto una mano diminuta tira de la tuya, y abres los ojos y te encuentras con una mirada inocente, con una cara levemente  enfurruñada…

-Papi, ¿me devuelves la cometa?

Cajera

Ya está aquí la gorda. Como cada mañana. Con su bata sucia, sus pelos como cerdas en la papada y ese pestazo de no pasar por la ducha desde hace semanas. Y tengo que sonreír, claro, porque si saco el ambientador y hago gestos con las manos, como la semana pasada, se irá al encargado y me montará un buen pollo, la tía. O sea, que a tirar de sonrisa, Pili, mientras la gorda coloca sus chocolatinas y sus bollos en la cinta y te mira con esa cara de que el cliente siempre tiene razón y esas mierdas, perdonándote la vida. Agacha la cabeza y cobra, y que se vaya de una vez, no te busques más problemas.

Las diez… cinco horas por delante, y las piernas hinchadas, porque hay que ayudar al cliente a embolsar, y una casi no puede ni sentarse. Total, para esta porquería de taburete… Ahora viene la vieja. Venga, a pesar la manzana, la pera, los dos tomates, el cuarto de sardinas que huele que apesta. Ahora, a esperar a que saque el monederito azul, a que busque las monedas, mientras la cola detrás aumenta y la gente se impacienta, bufa y resopla mientras la abuela se toma todo el tiempo del mundo para sacar las puñeteras monedas, contarlas, repasarlas mil veces… Y todo mientras me cuenta su vida, sus achaques, sus historias. Y claro, tengo que seguir sonriendo y hacer como que me interesan sus problemas. Como si no tuviera yo los míos. Y el otro durmiendo en casa. Claro, anoche había partido y el señor no podía verlo en casa con su mujer y su hija, no. Tenía que bajar al bar con los colegas, a ponerse hasta las trancas de cerveza y hacer el burro hasta las tantas. Ni sé a qué hora ha venido. Y una a levantarse a las siete, apañar a la niña y salir zumbando para la guardería con el café a medio bajar por la garganta mientras don Iván ronca como un cerdo, oliendo a cerveza y al perfume barato de las cuatro putillas que siempre rondan por el bar, a ver lo que cae… Menuda tripa está echando, parece un viejales de los que siempre se había reído cuando salíamos todo el grupo juntos. En qué estaría yo pensando, joder… Con lo cachondo y guapo que era mi Iván, y lo que se está estropeando y la mala hostia que tiene ahora. Y encima sin dar ni golpe, que no sale del bar con el rollo de la crisis y que si no hay trabajo de nada.

Mira, la que faltaba, la Juani… Venga, reina, a perdonarme la vida un rato, a hacer la hipócrita con los abrazos y los besos y los “qué guapísima estás” y “hay que ver lo que te echamos de menos” y “tenemos que quedar para liarla como antes”, mientras le cobro su pintalabios o sus cremas, o cualquier potingue que a la señora le apetezca. Que sé que por dentro se ríe de mí, la muy hipócrita, y me repasa de arriba a abajo para luego echarse unas risas con las otras arpías, la Vanessa y la Marta, que “vaya culo está echando la Pili”, que “qué cara de amargada tiene”, que “parece una vieja”… Envidia de la mala me tienen, que me llevé al Iván en sus morros, que sé que todas iban detrás de él… Eso no me lo quita nadie, y algún día se lo voy a decir en todos los morros, como que me llamo Pili.

Hombre, ya está la Jeny camelándose al encargado… Tempranito empieza hoy. Claro que sí, guapa, mueve un poco más el pandero, que tu dinerito de gimnasio te cuesta… Cómo se nota que vive con sus papis y tiene tiempo libre, y que no tiene que llevar a la niña a la guardería, trabajar, ir luego a buscarla, hacerle la comida, cambiarla, llevarla a casa de los padres o los suegros, volver al trabajo… No, la señora tiene tiempo libre para correr en su  cintita y bailar y sudar hasta la última gota de grasa. Mírala, tres meses en el súper y ya quiere ser jefa de cajeras. Y el otro imbécil babeando detrás como un adolescente salido. Pero esa no me quita a mí el puesto, aunque también tenga que mover las tetas delante del gordo ese, que bueno, vale, he engordado un poquito, pero la Pili es mucha Pili todavia.

Ufff, la que faltaba, la de las ofertas y los cupones y los folletos y la madre que la parió. Venga recortar papelitos, y que si “niña, que aquí hay un dos por uno y no lo has hecho”, que si “¿me has cobrado la segunda unidad a la mitad?”. Media hora con ella, y la cola que llega hasta donde el pescado. Claro, la Mari de baja, la nueva que no da abasto, y el encargado venga “jiji” y “jaja” con la Jeny, no se vaya a romper la muñequita si se pone a cobrar como las demás…

No me pasa la mañana. Tres cuartos de hora para el desayuno, y como vamos flojos de personal, a tomarse el café a trompicones y a fumarse el cigarro cagando leches. Y luego tres horas para irme. Total, para luego malcomer y salir zumbando a dejarle la niña a mi suegra, y aguantar sus indirectas, su cara de asco cuando me mira, agachar la cabeza cuando me da un billete para “que le compre algo a su niño o a su nieta”… Casi que prefiero esta mierda, los niñatos que me miran las tetas y se van riendo y dándose codazos, o los que me miran sin verme, como si fuera un robot que cobra, o las broncas cuando alguien se cuela, y el dolor de pies, de las piernas, el sudor, este asqueroso uniforme que se pega a la piel…


Y ya tenemos al que faltaba. Ya estamos todos. Don Ismael, mi profe del Instituto. Como cada día, otro solterón de los de fruta por piezas y paquetitos de pescado o pollo. Y los bollitos de crema, claro, que mucha comida sana pero el tío se tira su buen cuarto de hora dando vueltas por la pastelería hasta que al final siempre pica, desde aquí se puede escuchar el suspiro cuando no se puede resistir a meter los bollos en la bolsa. La verdad es que están buenos. Sigue tan despistado como siempre. No me reconoce, y eso que hace tiempo que dejé el Insti. Eso sí, le debe de sonar mi voz o mi cara, a pesar del maquillaje, porque noto que me mira desde lejos, o cuando pasa sus cosas por la cinta. El caso es que no me mira como los viejos verdes que me repasan con la vista mientras les cobro. Igual le sueno, pero no acaba de caer… Mejor, que menuda bronca me daba, que si no me esforzaba nunca llegaría a nada, que la vida era muy dura y aprovechara las oportunidades… Lo que me faltaba, que me viera aquí de cajera, como si no tuviera bastante con las chicas… Otra cosa será cuando me hagan jefa de cajeras, que la pedorra de la Jeny no me conoce, y a esa me la  meriendo viva. Sí, cuando sea jefa de cajeras me acercaré, me haré la encontradiza y se lo pienso soltar, hombre, don Jaime, ¿no se acuerda de mi…? Que me vea con mi uniforme azul y mi placa, y que me diga si he llegado a algo en la vida o no. Esperaré, claro que esperaré...

Tiburón

Tiburón. Así le llamaban todos, y desde el primer momento en que lo vi supe que pocas veces un mote estaría más justificado. “Ten cuidado con el Tiburón”, me dijeron. Esa advertencia, musitada por el operario que me enseñó mis funciones en el almacén, condicionó también mi percepción de aquella gigantesca nave, que desde ese preciso instante se me antojó una pecera enorme, un ecosistema marino por donde pululaba incansable una multitud de especies subacuáticas, cada una con sus características, funciones y formas de moverse. Todas ellas, sin embargo, tenían un nexo común: intentaban evitar al Tiburón, o, si no había más remedio, se acercaban a él tomando todas las precauciones posibles, con los sentidos excitados al máximo para escabullirse ante la más mínima señal de alarma. Los ataques del Tiburón eran tan certeros como imprevisibles y aleatorios. Su sonrisa, o la mueca que la sustituía, resultaba tan intimidante como la de los escualos con los que se le identificaba, y su mirada torva, maligna, esparcía a su alrededor una sensación de peligro que asfixiaba a los pececillos como si unos invisibles y pegajosos tentáculos los sujetaran.

Vi al Tiburón en acción mientras los operarios del turno de noche entrábamos en el almacén, agolpándonos en un pasillo angosto, donde se mezclaba durante unos instantes la resignación de los que entrábamos en la helada nave con la perspectiva de ocho horas de trabajo por delante, y la efímera euforia de los operarios del turno de tarde que marchaban a buscar la cena, la televisión y la cama que les sacara el frío del cuerpo. Nunca supe cómo empezó la pelea, y si guardo un recuerdo de ella fue porque, de manera casual, se desarrolló a mi lado. Fueron breves segundos, durante los cuales tuve la sensación de que el pasillo se inundaba, y el banco de peces se movía de forma perfectamente sincronizada, aislando al Tiburón y a su víctima. El desgraciado era un colombiano con la cara llena de cicatrices, un tipo alto y de aspecto intimidante que se encaró con el depredador por alguna nimiedad. La respuesta fue salvaje, un cabezazo en la nariz y una rapidísima sucesión de puñetazos, los brazos tatuados moviéndose de manera vertiginosa,  que acabaron con el pobre tipo en el suelo, a mi lado. Tragué aire, pero tuve la sensación de que solo me entraba agua salada y espumeante, mezclada con sangre. De manera tan súbita como había comenzado, el torbellino se calmó, el pobre tipo limpió de sangre su cara cortada y el flujo de pececillos que entraban y salían se reanudó.

 Era un depredador de barrio, carne de calle, curtido en cientos de peleas a pie de asfalto, el despiadado resultado de la constante lucha por la supervivencia en las ciudades dormitorio. Cazar o ser cazado. El Tiburón, obviamente, eligió lo primero: batidas de caza entre los bloques impersonales, inmensas colmenas minúsculas donde se hacinaban las familias de trabajadores lamiéndose las heridas del cansancio, el hastío y la desesperación. Peleas por un palmo de terreno, pequeños robos, atracos a punta de navaja a aterrorizados jubilados a los que les robaban las pensiones del día de cobro, sin atisbo de piedad… Yo conocía bien el percal. Yo era de los cazados. Había crecido oteando el peligro, vigilante, con un ojo en los juegos callejeros y el otro en la esquina, siempre atento.

Me integré bien en el cardumen del almacén, al fin y al cabo conocía la rutina. Incluso acabé perteneciendo al  pequeño grupo de pececillos a los que el Tiburón otorgaba algo vagamente parecido a la amistad, aunque a mí más bien me parecía un salvoconducto otorgado por un reyezuelo perdonavidas, una tolerancia que tenía que ganarme día a día riendo sus bromas pesadas y desviando la atención hacia otros peces.

Durante meses conviví ocho horas diarias con el Tiburón, testigo mudo e impasible de su particular reinado del terror, que de manera inexplicable parecía extenderse incluso a los encargados y jefes, que miraban hacia otro lado y hacían la vista gorda ante sus borracheras, sus accesos de furia y su particular tiranía sobre el resto de los peces. Soporté con mi mejor sonrisa de cobarde superviviente sus bravuconadas, escuché con fingido interés los relatos de sus delitos en su barrio... En definitiva, me convertí en una más de las rémoras que sobrevivían al amparo del Cazador.


Un buen día salí del acuario como había entrado, sin armar demasiado alboroto, manteniendo un perfil bajo, que se dice ahora. Un nuevo trabajo, nuevos pececillos y nuevas costumbres. A veces pensaba en el Tiburón, en aquella extraña integración suya en el mundo laboral, moviéndose a sus anchas en el almacén en lugar de estar aislado como sin duda permanecían algunos de sus amigos de juventud. Un día lo encontré, paseando por el mercado. El tiburón empujaba un cochecito de bebé, al lado de su mujer. No me pareció tan agresivo fuera de la pecera, incluso mostró hacia mí una extraña deferencia, una simpatía despojada de todo atisbo de agresividad. Recuerdo que le hice unas carantoñas a su hijo, aunque mantuve lejos las manos de su boca y de la inquietante sonrisa con la que me obsequió. 

Dallas 1963

A Abraham Zapruder, un sastre con cara de sastre de cincuenta y ocho años de edad, le dolía la mano. Hacía tiempo que esperaba en su privilegiada posición, en lo alto de uno de los pilares cercanos a la pérgola de la Plaza Dealey. Aguardaba, como gran parte de los ciudadanos de Dallas, a John Fitzgerald Kennedy, y cada elevación del murmullo de los ciudadanos, nerviosos y alterados ante cualquier sonido proveniente de Houston Street, provocaba que de manera automática alzara la cámara para no perderse la aparición de la caravana presidencial. Por fin, tras una sucesión de falsas alarmas, el típico estruendo de las Harley Davidson anunció la entrada en Elm Street de los motoristas que encabezaban la comitiva. Abraham respiró hondo y volvió a levantar el tomavistas, intentando controlar su respiración para estabilizar la máquina y que la película no saliera movida. Tras filmar a los motoristas durante unos breves instantes, giró con rapidez el tomavistas y volvió a enfocar la curva, frente al almacén de libros escolares. Tras unos segundos de incertidumbre, el Lincoln Continental donde viajaba el Presidente tomó la curva con pausada majestuosidad. A Zapruder le recordó, por la forma en la que casi parecía deslizarse por el asfalto, al lento navegar del barco en el que había llegado a América más de cuarenta años atrás. El hombrecillo de las gafas redondas, el emigrante huido de la Rusia revolucionaria, pensó en la historia que le contaba su madre cuando era pequeño, sobre la ocasión en la que había visto de lejos la comitiva del Zar en un viaje a Moscú. Y allí estaba él, a miles de kilómetros, mirando a través de la lente de su tomavistas al hombre más poderoso de la más poderosa de las naciones. No obstante, durante unos brevísimos instantes, no fue el saludo del Presidente, o su sonrisa, o el vestido de Chanel que lucía Jackie lo que llamó su atención, sino un niño de pantalones rojos y camisa blanca que corrió en paralelo al coche de Kennedy durante un par de metros, antes de quedarse parado sobre el césped de la plaza.

Abraham no asoció el primer estampido a un disparo. Pensó, como muchas otras personas ese día, en un petardo, o en la explosión de la rueda de un coche. Estaba maldiciendo mentalmente al letrero que durante unos instantes le tapó la visión de la limusina cuando sonó la segunda detonación. Cuando el cartel desapareció y el coche volvió a aparecer en el visor de su tomavistas, observó estupefacto cómo el Presidente y el Gobernador Connally se retorcían en sus asientos, como zarandeados por una mano invisible. El brazo de Abraham se tensó, y en uno de los revoloteos inexplicables de la mente humana en una situación de tensión, el sastre agradeció que esa tensión le ayudara a mantener el tomavistas estable en su mano.

Cinco segundos. Una fracción de tiempo que normalmente se desliza de manera intrascendente por la Historia, pero que a Abraham Zapruder, aquel día de noviembre de 1963, se le antojó una eternidad. El mundo pareció frenarse, avanzar al ralentí, como si imitara el lento avance de la limusina presidencial, mientras Jackie, la Primera Dama de sonrisa deslumbrante que enamoraba a América, pasaba un brazo por encima de los hombros de su marido, como si en lugar de un balazo fuera víctima de una indisposición repentina. Cinco segundos inacabables en los que el desconcierto se adueñó del público de la plaza Dealey, congelando los aplausos, convirtiendo las risas en muecas de estupor, transformando a los ciudadanos que vitoreaban a Kennedy en autómatas sin alma súbitamente desconectados a la vez. Abraham sintió que hasta la brisa se paralizaba, y un atronador silencio se apoderaba de la plaza. Fue entonces cuando sonó la última detonación y el lado derecho de la cabeza del Presidente se volatilizó en una macabra lluvia de fragmentos de hueso, sangre y trozos de cerebro. De manera súbita, el tiempo pareció querer recuperar su velocidad habitual, e incluso a superarla, como si fuera una bobina de cine manejada por un operario inexperto, y a Abraham le pareció que todo discurría a una velocidad disparatada. El escolta trepando a un estribo del Lincoln, Jackie gateando desesperada por la parte trasera del coche, el conductor acelerando en medio de los gritos histéricos de la gente… todo se tiñó de vértigo, de prisas y de confusión.


Abraham Zapruder tuvo la impresión de que jamás podría bajar el tomavistas, como si estuviera hechizado por el monótono ronroneo de la máquina, prisionero de aquel momento terrible que solo él había podido filmar. Por fin, apelando a toda su fuerza de voluntad, detuvo el tomavistas y lo dejó caer laxo a lo largo de sus piernas, mientras permanecía parado mirando estúpidamente la calzada vacía. Durante los años venideros le preguntarían hasta la saciedad cómo había vivido esos momentos, hasta el punto de convertir sus respuestas en una sucesión de tópicos repetidos con desgana. Jamás dijo que en aquellos momentos, cuando fue consciente de lo que había pasado, solo pudo pensar en el niño de los pantalones rojos y la camisa blanca, y en cómo se habría sentido cuando vio la cabeza del presidente estallar como una sandía madura.

1 de noviembre de 2016

Tiburón

Tiburón. Así le llamaban todos, y desde el primer momento en que lo vi supe que pocas veces un mote estaría más justificado. “Ten cuidado con el Tiburón”, me dijeron. Esa advertencia, musitada por el operario que me enseñó mis funciones en el almacén, condicionó también mi percepción de aquella gigantesca nave, que desde ese preciso instante se me antojó una pecera enorme, un ecosistema marino por donde pululaba incansable una multitud de especies subacuáticas, cada una con sus características, funciones y formas de moverse. Todas ellas, sin embargo, tenían un nexo común: intentaban evitar al Tiburón, o, si no había más remedio, se acercaban a él tomando todas las precauciones posibles, con los sentidos excitados al máximo para escabullirse ante la más mínima señal de alarma. Los ataques del Tiburón eran tan certeros como imprevisibles y aleatorios. Su sonrisa, o la mueca que la sustituía, resultaba tan intimidante como la de los escualos con los que se le identificaba, y su mirada torva, maligna, esparcía a su alrededor una sensación de peligro que asfixiaba a los pececillos como si unos invisibles y pegajosos tentáculos los sujetaran.

Vi al Tiburón en acción mientras los operarios del turno de noche entrábamos en el almacén, agolpándonos en un pasillo angosto, donde se mezclaba durante unos instantes la resignación de los que entrábamos en la helada nave con la perspectiva de ocho horas de trabajo por delante, y la efímera euforia de los operarios del turno de tarde que marchaban a buscar la cena, la televisión y la cama que les sacara el frío del cuerpo. Nunca supe cómo empezó la pelea, y si guardo un recuerdo de ella fue porque, de manera casual, se desarrolló a mi lado. Fueron breves segundos, durante los cuales tuve la sensación de que el pasillo se inundaba, y el banco de peces se movía de forma perfectamente sincronizada, aislando al Tiburón y a su víctima. El desgraciado era un colombiano con la cara llena de cicatrices, un tipo alto y de aspecto intimidante que se encaró con el depredador por alguna nimiedad. La respuesta fue salvaje, un cabezazo en la nariz y una rapidísima sucesión de puñetazos, los brazos tatuados moviéndose de manera vertiginosa,  que acabaron con el pobre tipo en el suelo, a mi lado. Tragué aire, pero tuve la sensación de que solo me entraba agua salada y espumeante, mezclada con sangre. De manera tan súbita como había comenzado, el torbellino se calmó, el pobre tipo limpió de sangre su cara cortada y el flujo de pececillos que entraban y salían se reanudó.

 Era un depredador de barrio, carne de calle, curtido en cientos de peleas a pie de asfalto, el despiadado resultado de la constante lucha por la supervivencia en las ciudades dormitorio. Cazar o ser cazado. El Tiburón, obviamente, eligió lo primero: batidas de caza entre los bloques impersonales, inmensas colmenas minúsculas donde se hacinaban las familias de trabajadores lamiéndose las heridas del cansancio, el hastío y la desesperación. Peleas por un palmo de terreno, pequeños robos, atracos a punta de navaja a aterrorizados jubilados a los que les robaban las pensiones del día de cobro, sin atisbo de piedad… Yo conocía bien el percal. Yo era de los cazados. Había crecido oteando el peligro, vigilante, con un ojo en los juegos callejeros y el otro en la esquina, siempre atento.
Me integré bien en el cardumen del almacén, al fin y al cabo conocía la rutina. Incluso acabé perteneciendo al  pequeño grupo de pececillos a los que el Tiburón otorgaba algo vagamente parecido a la amistad, aunque a mí más bien me parecía un salvoconducto otorgado por un reyezuelo perdonavidas, una tolerancia que tenía que ganarme día a día riendo sus bromas pesadas y desviando la atención hacia otros peces.

Durante meses conviví ocho horas diarias con el Tiburón, testigo mudo e impasible de su particular reinado del terror, que de manera inexplicable parecía extenderse incluso a los encargados y jefes, que miraban hacia otro lado y hacían la vista gorda ante sus borracheras, sus accesos de furia y su particular tiranía sobre el resto de los peces. Soporté con mi mejor sonrisa de cobarde superviviente sus bravuconadas, escuché con fingido interés los relatos de sus delitos en su barrio... En definitiva, me convertí en una más de las rémoras que sobrevivían al amparo del Cazador.


Un buen día salí del acuario como había entrado, sin armar demasiado alboroto, manteniendo un perfil bajo, que se dice ahora. Un nuevo trabajo, nuevos pececillos y nuevas costumbres. A veces pensaba en el Tiburón, en aquella extraña integración suya en el mundo laboral, moviéndose a sus anchas en el almacén en lugar de estar aislado como sin duda permanecían algunos de sus amigos de juventud. Un día lo encontré, paseando por el mercado. El tiburón empujaba un cochecito de bebé, al lado de su mujer. No me pareció tan agresivo fuera de la pecera, incluso mostró hacia mí una extraña deferencia, una simpatía despojada de todo atisbo de agresividad. Recuerdo que le hice unas carantoñas a su hijo, aunque mantuve lejos las manos de su boca y de la inquietante sonrisa con la que me obsequió. 

La barbería

Vengo a la barbería de don Paco desde que tengo uso de razón. Al principio, mi madre me acompañaba. Me sentaba en un asiento adaptado colocado en el sillón, mientras don Paco me ajustaba el blanquísimo delantal al cuello. Ahora, mientras espero mi turno en la pequeña y pulcra barbería, sonrío al recordar el miedo que sentí cuando vi por primera vez a don Paco esgrimir su afilada navaja y dirigirse hacia mí sonriendo. Las primeras veces seguía sintiendo ese miedo irracional, y mi madre me tenía que calmar mientras sentía el cortante metal deslizarse por mi pelo, segando con rapidez mis rebeldes guedejas. De manera progresiva, ese miedo desapareció, y al cabo de un tiempo mi madre ya me enviaba solo a la barbería, con el billete para pagar cuidadosamente doblado dentro de un bolsillo. Ahora, pasada ya la frontera de los treinta años, sigo afeitándome y cortándome el pelo aquí. Es mi pequeño placer semanal. Soy un hombre de costumbres, incluso reconozco que algo aburrido, y adoro el ritual de llegar a la barbería, con sus olores inalterados a potingues, colonias y lociones para después del afeitado que don Paco sigue usando sin ceder ni un ápice a las nuevas tendencias. Eso no va con él.

 La barbería sigue exactamente igual a como yo la recuerdo cuando yo era pequeño.  Los dos sillones de confortable cuero, algo ajados por el tiempo, uno siempre vacío –don Paco nunca ha tenido ayudantes ni aprendices-, el amplio espejo, la estantería llena de frascos de colonia y masajes, las butacas donde los clientes esperábamos nuestro turno, la mesita llena de viejos tebeos, diarios deportivos y alguna revista picante que don Paco colocaba discretamente bajo la pila para que los niños no tuvieran acceso a ellas, la puerta que da acceso al pequeño sótano…

Los clientes son gente como yo, hombres poco amantes de la novedad y de exotismos en lo que al arreglo capilar se refiere. Nos conocemos todos. Algunos traen a sus hijos para que don Paco les corte el pelo, como hacía mi madre conmigo. Me gusta charlar con ellos de cosas insustanciales, de la jornada de Liga, del tiempo, de las pequeñas cuitas diarias… Es un agradable preludio al acto del corte de pelo, o al afeitado, o a ambas cosas. Un leve escalofrío de placer recorre mi cuerpo cuando don Paco extiende los polvos de talco sobre el cuello del cliente tras el cual voy yo, retira el mandil, cobra y aguarda a que yo me levante y ocupe mi sitio en el butacón de cuero. Don Paco, por inercia, pregunta qué corte de pelo quiero. Yo siempre le respondo lo mismo –como siempre, don Paco- y durante unos minutos me abandono al hipnótico sonido de las tijeras y la navaja modelando mis cabellos.

Me gusta pensar que la barbería de don Paco es un idílico paréntesis, una tregua que la vida me da en este torbellino loco y frenético en el que se ha convertido el mundo, una especie de viaje en el tiempo hacia los olores y sensaciones de mi infancia. En definitiva, un ancla que me mantiene aferrado a tiempos más seguros, donde todavía los sinsabores de la vida no me habían ni rozado. Los viejos y fieles clientes de don Paco buscamos eso, la seguridad de que algo no ha cambiado, que permanece invariable. Creo que el corte de pelo es una excusa para disfrutar durante unos placenteros momentos de un refugio en el que nada cambia a lo largo de los años.

No obstante, a veces nuestro tranquilo reducto se ve alterado por la presencia de un advenedizo, de un desconocido que, no se sabe por qué razón, ha ido a parar al establecimiento de don Paco. Suelen ser hombres que han encontrado su barbería habitual cerrada, y han acabado en la de don Paco. Normalmente los soportamos con estoicismo, dejando caer sobre ellos el peso de nuestra indiferencia, que acaba por sumirlos en un total mutismo. Otras veces, sin embargo, soportamos a un pesado parlanchín que no sabe callarse. Como el de hoy. He coincidido con Tomás, uno de los habituales, y hemos entrado juntos en la barbería. Y allí estaba él. Enfundado en un impecable traje, encantado de conocerse, fanfarroneando en voz alta por su teléfono móvil. Tomás y yo nos hemos sentado para esperar nuestro turno, pero pronto hemos renunciado a nuestra charla ante el parloteo incesante del entrajado, que esparcía por nuestro apacible reducto su cháchara insoportable y estridente. Que García es un imbécil, que a Puri, la de Contabilidad, me la estoy trabajando a base de bien, que a Hortelano le voy a hacer la cama hasta echarlo a la puta calle, que estoy en una barbería como las de antes, sin mariconadas, y que igual vengo todas las semanas…


Don Paco trabajaba sobre el pelo del entrajado con resignada profesionalidad, pero ha sido ante la última afirmación del insoportable cliente cuando ha dado un pequeño respingo. Con la navaja en la mano, nos ha dirigido una mirada interrogatoria. Tomás y yo hemos asentido con la cabeza, levantando los hombros, y antes de bajarlos don Paco ya estaba cercenando con quirúrgico temple la garganta del plasta. Un leve gorgoteo ha sustituido a su enojoso parloteo, mientras don Paco echaba hacia atrás el sillón, giraba la cabeza del entrajado y colocaba debajo el cubo. Con la sincronización que da la práctica, Tomás ha colocado el cartel de “Cerrado” en la puerta de la barbería y yo he desenrollado el enorme plástico al lado del sillón. Ni una gota de sangre ha manchado el cuero. En menos de cinco minutos ya habíamos dejado el paquete en el suelo del sótano, junto con la pala, y estábamos de nuevo en la barbería. Le he cedido gentilmente el turno a Tomás y he cogido una vieja revista de la mesita, suspirando de placer mientras me arrellanaba en la butaca. Lo dicho, no hay nada como mantener las viejas costumbres…

9 de octubre de 2016

M.A.R.Y.

El doctor Poch, responsable del Proyecto Planeta 5, permanecía hierático e inexpresivo, arrellanado en su confortable sillón frente a uno de los enormes monitores de la sala 36 del Centro de Control de Experimentos Evolutivos. Parecía hechizado por el parpadeo del cursor en la caja de la contraseña, justo en medio de la pantalla. Por fin, como si un invisible hipnotizador hubiera chascado los dedos liberándolo del encantamiento, suspiró largamente, se enderezó en su asiento y tecleó la clave: MARY27P5. Instantáneamente, todas las pantallas de la sala cobraron vida, mostrando con nitidez las imágenes que enviaban las cámaras de la zona de experimentación y las naves de observación estacionadas a varios kilómetros de altura sobre ella. El doctor Poch sonrió. Le gustaba el experimento 27. Básicamente consistía en lo mismo que los otros 26, esto es, abandonar en un planeta inhóspito a un numeroso grupo de presidiarios a los que se les había borrado completamente la memoria, devolviéndolos a un estado salvaje y primitivo, y estudiar su evolución, introduciendo algunas variables que cambiaban en cada experimento. Más tarde o más temprano, los descendientes de los presidiarios, tras miles de generaciones, llegaban al Punto de Colapso que hacía inevitable la limpieza total del planeta y sus habitantes y el comienzo de un nuevo experimento con un relevo de condenados y nuevas variables en sus inicios. El motivo de su regocijo era que se había permitido una pequeña travesura, relacionada con la variable Religión. Según el protocolo, tras unas generaciones sin apenas intervención de los responsables del experimento, en las que los presos se limitaban a cazar, pescar, recolectar y, en definitiva, a sobrevivir en un ambiente hostil, se introducía el Elemento Religioso. En el estado primitivo del grupo, cualquier cosa les proporcionaba un punto de partida para desarrollar un embrionario concepto de la explicación sobrenatural a su presencia en aquel inhóspito planeta. La travesura que tanto divertía al doctor Poch consistía en ese catalizador inicial. Desdeñando las habituales apariciones revestidas de mágica majestuosidad de algunos androides de las naves de observación, acompañadas de un espectacular despliegue de luz y sonido, él había optado por escoger un objeto salvado de la limpieza del Experimento 26, uno de los que más se había desarrollado antes del habitual Colapso Total. Un pequeño divertimento sin importancia, al fin y al cabo, pero con un toque de originalidad que, dentro de la absoluta rigurosidad del experimento, le proporcionaría algunos momentos de solaz para sobrellevar mejor la tediosa contemplación del proceso evolutivo de los individuos. El doctor Poch ajustó algunos parámetros, dictó algunas observaciones y se dispuso a observar…
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Ainui, con total conciencia de su importancia como Sumo Sacerdote de la Diosa, encabezaba con majestuosidad el cortejo que se encaminaba con parsimonia, entre cánticos y danzas de los habitantes del valle, hacia la enorme gruta donde moraba la deidad benevolente que les favorecería en una nueva temporada de lluvias. Unos pasos por detrás de Ainui, también imbuidos de la solemnidad que la ocasión requería y orgullosos del honor que se les había hecho,  caminaban los elegidos para servir a la Diosa y obtener su favor antes de que el agua comenzara a caer. Los dos desfilaban ataviados con los trajes rituales, hechos a imagen y semejanza de las sagradas imágenes que reposaban junto al cetro de la diosa en la habitación de los muros mágicos. Los tejedores habían hecho un gran trabajo, y nada tenían que ver los atuendos actuales con las burdas y lamentables imitaciones de antaño. Se había conseguido imitar con bastante fidelidad los amplios ropajes de la Diosa, la tela que llevaba al cuello y el tocado negro con flores de la cabeza. También se notaba el esmero en la elaboración de la vestimenta del muchacho que representaba al esposo de la diosa, con sus ropas negras ceñidas y la cara tiznada con restos de madera calcinada por el fuego. Los dos portaban sobre sus hombros los cetros sagrados. El del muchacho era prácticamente igual que el original, un largo palo coronado por unos pelos tiesos que se habían podido imitar bastante bien con delgadas lianas teñidas de negro. El cetro de la muchacha era otra cuestión, ya que distaba mucho de parecerse al auténtico, expuesto en toda su magnificencia dentro de la pequeña habitación de los muros mágicos. Ainui pensaba que era ingenuo pretender igualar la sobrenatural perfección del sagrado instrumento, por lo cual se daba por satisfecho con la pobre imitación hecha con ramas de árbol y hojas de palma teñidas.
Por fin, la comitiva llegó a la gruta que albergaba la habitación de los muros mágicos. El gentío cesó en sus danzas y cánticos y entró ordenadamente en la inmensa caverna, iluminada por la cientos de antorchas cuyas sombras danzantes producían un temor supersticioso entre los congregados. La minúscula habitación de los muros mágicos estaba en medio de la caverna, sobre un pequeño montículo de piedra. Unos rayos de luz cenital, filtrados por unas aberturas en el techo de la gruta, caían sobre el cubículo transparente, iluminando el cetro sagrado y las imágenes de la diosa. Los habitantes del valle lo miraban arrobados de fervor religioso. El largo palo curvado en un extremo y tallado con extrañas inscripciones, las varillas brillantes que surgían de la parte superior, sujetando un tejido negro y brillante como nadie había visto jamás. Ainui se arrodilló frente a la habitación, tocando con las palmas de las manos el material frío y transparente que protegía el cetro. Musitó las oraciones que se habían transmitido de sacerdote en sacerdote, de generación en generación, luego se volvió hacia los muchachos, que aguardaban entre él y la multitud, y levantó las manos en alto para que comenzara la danza ritual. La muchacha levantaba su cetro en alto, mientras el chico danzaba en torno a ella, imitando las posiciones de las imágenes. Lo hacían bien, la diosa estaría complacida. Tras el baile, el sacerdote los condujo tras el pequeño montículo donde descansaba el cubículo, hasta el borde de la sima que los conduciría directamente al servicio de la Diosa. El pueblo cantaba una letanía obsesiva, un crescendo que pronto llenó hasta el último rincón de la caverna con una plegaria monocorde. Tras un leve momento de vacilación, la pareja saltó, ella siempre con el cetro en alto, en medio del rugido de satisfacción de la multitud.
Ainui estaba solo. Todos se habían marchado, confiados en que la Diosa estaría satisfecha y la temporada de lluvias sería favorable. Musitó una breve plegaria frente a la habitación del cetro, y una vez más examinó, sin entender, los extraños signos trazados en una placa de metal dorado. Los podría dibujar de memoria, pero le resultaban ininteligibles:

PARAGUAS USADO EN EL RODAJE DE LA PELÍCULA “MARY POPPINS”
MUSEO DEL CINE DE SAN FRANCISCO
1964

 Algún día la Diosa le daría el entendimiento para interpretarlos, pero entretanto, solo cabía tener Fe… Salió caminando despacio de la caverna, sintiendo, como siempre, aquellla extraña e inquietante sensación de escuchar una carcajada sofocada en medio del aire denso de la cueva.


8 de octubre de 2015

La chica más guapa de la ciudad.

La encontró en un bar. Sara seguía siendo la más guapa, el regalo de los dioses con el que él jugó durante un tiempo para luego romperlo y olvidarlo en un rincón. Ella no habló, no escuchó sus torpes excusas. Se sumergieron en un remolino de luces, música y alcohol cada vez más hipnótico. Cerró los ojos, aturdido, y la música cesó. Las manos de Sara se entrelazaban en su nuca. Algo comenzó a gotear de las muñecas de la mujer, resbalando por su cuello. Abrió los ojos. Sara ya no era la más guapa.

Los amigos del Facebook.

Adrián saltó de la cama, se desperezó y comenzó a bajar las escaleras hacia el comedor. Tropezó y casi cayó rodando, pero recuperó el equilibrio. Conectó el ordenador. Abrió el Facebook. Todos sus amigos habían desaparecido. Las fotos, los comentarios, todo. Solo había tres solicitudes de amistad. Juan, Rafa y Andrés. Abrió la boca, sorprendido. Los tres habían muerto hace tiempo. Como un mazazo, la verdad le golpeó en las sienes. Miró la escalera, comprendiendo. Así es como funciona, pensó...

Marea.

La silla traqueteaba por la pasarela de madera que llevaba a la playa. Cuando las ruedas cayeron en la franja de gruesa arena, Pedro escuchó los jadeos de Ana mientras intentaba hacer avanzar la silla. Entonces, bruscamente, el mar se acercó más y más. Supo que otra persona ayudaba a Ana. Dejaron la silla justo al borde del agua. Pedro miraba las olas que comenzaban a lamer las ruedas. Musitó un breve "adiós" y miró al horizonte. El sol se ocultaba. Cerró los ojos y escuchó el rumor de la marea.

Ludopatía.

Ana lo vio abrir la puerta y cruzar lentamente el umbral, apestando a tabaco, whisky y a un olor extraño que no supo identificar. Lo vio avanzar hacia ella, las manos en los bolsillos, la cabeza hundida.

-Has vuelto a jugar y has vuelto a perder, ¿no?

-Sí.

-Ya ni siquiera te esfuerzas en buscar excusas. Un día de estos te jugarás la vida.

El levantó la cabeza despacio. Sonrió tristemente.

-Ya lo he hecho. Pero no la mía.

Fue entonces cuando Ana identificó el olor. Cloroformo.

El postre.

Miró a la mujer estirada en la cama. Ojos del color de las ciruelas verdes, labios de fresa, dientes manchados de carmín semejantes al fruto de la granada. Un levísimo y cuasi imperceptible vello en los brazos, suave como el melocotón. Fijó su vista en los pechos, y no pudo evitar pensar en dos apetitosos y maduros melones. Se inclinó para besarla. Sonó su móvil. 
-Sí, cariño, estoy en la cena. Ya acabo. Voy a tomar el postre -miró a la mujer-. Creo que hoy me inclinaré por una macedonia...

Error de cálculo.

Helena despertó y vio sobre su cabeza un fragmento del techo. Su casa. No pudo ver nada mas. Estaba tendida, inmóvil, los párpados abiertos y los ojos fijos. Olía a flores. Oía, como en un murmullo, a gente que lloraba. Quiso gritar y no pudo. De repente, la cabeza de su marido apareció sobre ella. Logró mover los párpados. Él lo vio, alarmado. Luego sonrió; ¡estaba salvada! No vio el pequeño frasquito , ni notó las gotas en sus labios, pero lo oyó musitar: "se lo dije. La dosis era pequeña".

Factura infernal.

Caronte, erguido en su barca, se encaró con el hombre mientras extendía una mano esquelética: -Son dos monedas. El otro, con aire de mundo y gesto cómplice, contestó: Toma tres y me haces una factura por cinco. Luego ya lo arreglaré con Hades. Caronte enarcó una ceja, sorprendido, y de repente estalló en carcajadas, presa de un ataque de risa que amenazaba con desestabilizar la barca y hundirla en el río Aqueronte: -Vaya, aquí tenemos a otro político...

Frío.

Pasó el invierno, y hasta el último friolero se deshizo de su chaqueta para exponer su piel al sol. Pero ella seguía teniendo frío, el alma petrificada por cristales helados y la piel cubierta de cuchilladas del viento invernal. Paseó bajo el sol ardiente su cuerpo encallado en un 16 de Enero hecho del vacío congelado de una ausencia. Unos niños que jugaban entre las rocas la encontraron muerta, acurrucada en una oquedad. Tenía las manos amoratadas y una lágrima congelada en la mejilla.

Atrapado en el tiempo.

Me quedé atrapado en el tiempo, en un día que no recuerdo de hace ya muchos años. No consigo salir de ese momento en el que te giraste y te perdí para siempre. Como vivo allí, a veces me entretengo cambiando algunos detalles, como si esos breves segundos fueran un recortable que puedo colorear y modificar a mi antojo. Inserto una banda sonora con canciones que alguna vez significaron algo para los dos ("Podemos ser héroes, un día nada más..."), cambio tu vestido, tu peinado, la estación, la temperatura... Lo único que permanece invariable, inmutable en su estupor, soy yo, aprisionado para siempre jamás tras el volante del coche, mirando estúpidamente cómo tu cuerpo se desvanece entre las brumas sutiles de un nuevo amanecer.

El voyeur.

Blanca cabalgaba sobre mí en el asiento trasero de mi coche, estacionado discretamente en un descampado. Su pelo caía alrededor de mi cara, impidiéndome ver cualquier cosa que no fuera su mirada ardiente y su boca entreabierta de placer. Atisbé al hombre a través de su melena sedosa. Estaba parado junto a la ventanilla, su mano derecha perdida en su entrepierna. Me extrañó su expresión, triste y melancólica. Lo miré con rabia y sorpresa. Blanca también lo vio, y con un leve gesto congeló mi reacción. Su cuerpo febril pareció recargarse de lujuria, y acelereró sus embestidas, mientras sentí como la cascada de su pelo saltaba abruptamente hacia atrás y escuché cómo su boca proyectaba hacia el techo del coche el ronco gemido de un orgasmo interminable. El hombre lloraba mientras Blanca lo miraba jadeante. Hoy, un año después, he vuelto al descampado. Me he acercado al coche y he espiado a la pareja que fornicaba con furia en el asiento trasero. Pegando la cara al cristal, he tenido el orgasmo más triste de mi vida, justo cuando Blanca ha clavado en mí sus ojos llenos de salvaje obscenidad.

27 de abril de 2015

El insecto de Coney Island.

  -¿Es usted checo, señor?

  La pregunta, por no esperada y por producirse a escasos centímetros de mi nuca, tan cerca que me pareció notar sobre mi piel el cosquilleo de los labios del desconocido que así me interpelaba, me produjo tal sobresalto que a punto estuve de soltar un chillido de pánico dentro de la caseta de madera. Sin duda, el dueño de la voz, ronca y con un marcadísimo acento checo, que se había situado tan cerca de mí sin que yo me apercibiera de la aproximación, había escuchado mi comentario ("menuda tomadura de pelo") pronunciado en mi lengua materna, mientras contemplaba lo que pretendía ser un enorme y monstruoso ciempiés, medio carcomido por el polvo y los años. Paseando por las semidesiertas calles del parte había encontrado la pequeña caseta ("¡Pasen y vean al auténtico monstruo de Kafka! ¡Solo por un dólar!") y me había decidido a entrar, atraído por el letrero toscamente pintado con letras rojas medio cubiertas de polvo. Y allí estaba, absorto frente a lo que parecía ser el fruto de la tramposa asociación entre un alienado entomólogo y un taxidermista no menos perturbado. Con el corazón todavía pugnando por conseguir un ritmo regular, me giré para quedar frente a mi inesperado interlocutor, con una brusquedad que denotaba mi nerviosismo.  Intenté recomponer mi estado mental, mientras recorría con la mirada al hombretón de fieros bigotones que, a su vez, me observaba curiosa y beatíficamente, destilando una amabilidad que no se correspondía con su aspecto tosco y desabrido. Esa mirada amable me ayudó a calmarme, y logré contestar con cierto garbo y seguridad.

  -Sí, señor, en efecto, nací en Strakonitz. Por su acento, deduzco que usted también es checo...

  El hombretón afirmó, orgulloso, al tiempo que ejecutaba una aparatosa reverencia.

  -Heinrich Pollak, de Praga, para servirle. Es un verdadero placer recibir en mi humilde exposición a un compatriota. Un verdadero placer.

  Más calmado ante el inofensivo (y un tanto estrambótico) aspecto del gigante, pude observarlo con más tranquilidad. Era un individuo ciertamente descomunal, un tipo que, de haber albergado algún sentimiento de animosidad hacia mi persona, me hubiera podido despedazar con suma facilidad. No parecía ser ese, por fortuna, su estado de ánimo, aunque me apresuré a balbucear una excusa, recordando las palabras en checo que me habían identificado como compatriota del hercúleo propietario del establecimiento.

  -Le ruego me perdone, señor Pollack... no era mi intención ofenderle... estoy un poco confundido.

  Pollack hizo un exagerado gesto con las manos, quitándole todo atisbo de importancia a mis palabras.

  -Por favor, señor... ("Löwy, Herman Löwy, me apresueré a decir) Löwy, no se preocupe. Es lógico, y más tratándose de un checo, que esté usted confundido. Al fin y al cabo, debe haberle resultado chocante ver a... -se interrumpió, haciendo un teatral gesto con las manos, pretendiendo crear expectación- la criatura. Una criatura de la que la práctica totalidad de la Humanidad desconoce su real existencia. Y, para más escarnio, expuesta en este horrendo lugar.

  Evidentemente, Pollack no se referia a la ruinosa caseta de madera en la que nos hallábamos, una pequeña construcción carcomida por insectos y termitas que amenazaba con venirse abajo en cualquier momento. Pollack, abriendo los brazos de manera exagerada, catalogaba así al Parque de Atracciones de Coney Island, donde a la sazón se encontraba la caseta que albergaba a "la criatura", como así la llamaba Pollack.

  No le faltaba razón a mi compatriota cuando describía así al viejo parque de atracciones, que por las fechas en las que yo lo estaba visitando exhalaba sus últimos resoplidos, varado frente al mar como una agonizante ballena atascada en la arena. Posiblemente, Coney Island haya sido el parque de atracciones más deprimente del mundo. Esta rotunda afirmación cobra, en este caso, tintes grotescos si pensamos que lo albergaba el país que ha conseguido exprimir el negocio del entretenimiento y la diversión hasta extremos inverosímiles. Coney Island había sido, en los comienzos del siglo XX, el parque de atracciones más visitado por los neoyorquinos, aunque por lo que había podido leer el lugar siempre había tenido algo de enfermizo, de premonitoria decadencia. Desde el principio habían compartido espacio en Coney Island atracciones del tipo tradicional junto con insanos espectáculos de monstruos y fenómenos, emporios del juego, la prostitución y el engaño, convirtiendo el lugar en una moderna Gomorra junto al mar. Incluso había llegado a tener una ciudad habitada exclusivamente por enanos, Lilliputia, con sus 300 habitantes dedicados a divertir a los visitantes.

  Así me sentía yo frente a aquel bigotudo titán, empequeñecido como uno de los habitantes de Lilliputia, encogido, esperando las próximas palabras de aquel orate al que, evidentemente, no convenía provocar con innecesarias chanzas. No obstante, parecía que el mero hecho de haber nacido en el mismo país bastaba para provocar en Pollak una viva simpatía hacia mi persona. El gigante, con otro de sus teatrales gestos, movió las manos como si empujara un objeto invisible, en realidad reclamando mi total atención. Comenzó a hablar, eligiendo con cuidado sus ampulosas palabras, como dirigiéndose a un distinguidísimo auditorio de respetados intelectuales.

  -Seguramente, como persona ilustrada que parece usted, conocerá la historia de nuestro insigne compatriota, el célebre escritor Franz Kafka. Y cuando digo "la historia", me refiero a la parte de su historia que nos ha sido permitida conocer. Como usted sin duda sabrá, hay en la tortuosa vida de Kafka muchas lagunas sobre las cuales no tenemos conocimiento alguno. Una de ellas es la que se refiere a la concepción de su relato "La Metamorfosis". Todos creen que ese relato es fruto de su imaginación, pero no es así. Por lo menos, no es así... del todo. Verá...

  No quiero consignar aquí la sarta de invenciones, desvaríos y locuras que salieron por la boca de Heinrich Pollak a partir de ese preciso instante. Habló durante lo que se me antojaron horas de su tío abuelo Oskar Pollak, amigo de juventud de Kafka... Me mostró ajados y prácticamente ilegibles recortes sobre el extraño hallazgo de un insecto gigante en la casa de una familia de Praga en 1911, habló sobre las demenciales explicaciones que la familia dio a las autoridades, y de cómo al final el asunto se olvidó y quedó sepultado en lo más profundo de las hemerotecas. Habló del interés extremo de Kafka por el tema, de sus conversaciones con la familia... Habló y habló hasta que, paulatinamente, conseguí calmar su verborrea y, entre grandes efusiones de afecto y promesas de volver con más calma, pude salir de aquel antro para no volver jamás. Salí al aire fresco, abandonando aquel cubil de pesadilla y locura, sacudiendo la cabeza para desechar toda aquella retahíla de sandeces. No obstante, algo hizo que me parara en seco a los pocos metros. Algo que me había llamado la atención momentos antes de que Pollak me asustara. Un agujero en el lomo del bestial insecto, rellenado por lo que parecía ser una pieza de fruta podrida y momificada. Como la manzana que el señor Samsa arrojó a la criatura en la que se había convertido su hijo Gregorio, la misma que se le quedó incrustada en la espalda, pudriéndose hasta el día de su muerte.



5 de marzo de 2015

Todos ríen.

Ha pasado mucho tiempo desde que escribí un relato. Demasiado. Bloqueo, pereza... no sé explicar las razones. La verdad es que echaba de menos la sensación de dar por terminadas las correcciones del texto, suspirar y pensar: otra criatura al mundo. La nueva "criatura" se llama "Todos ríen". Un cuento largo, mucho más de los que estaba escribiendo últimamente. Hacía años que no escribía un cuento de casi cinco paginazas... Como siempre, la idea apareció un buen día, y aquí está. Obviamente, el relato es deudor de Poe (Edgard, Edgard, ¿cuándo dejaré de ir a parar a ti?), ahí están "La carta robada" y, quizás de una manera más tangencial, "El corazón delator". Como siempre, no lo busqué, pero ahí están las lecturas y las imperecederas influencias del maestro. Espero que disfrutéis de su lectura tanto como yo he disfrutado escribiéndolo.

TODOS RÍEN

Todos ríen

Todos se ríen de mí. Desde el alcaide de la prisión hasta el último preso que ha llegado, ese que avanza muerto de miedo por los pasillos, con su hatillo de ropa en las manos, escuchando los insultos y amenazas de los presos más veteranos. Incluso ese preso, que por las noches ahoga el llanto con la cabeza incrustada en la almohada de su jergón al pensar una y mil veces en su penoso destino y en los años que pasará en esta ratonera, estalla en carcajadas incontrolables cuando le hablan de mí y de las circunstancias que me llevaron a la cárcel. ¡Cuánto más hubiera yo preferido ser recibido como él, con insultos, gritos, gestos obscenos…! Una y mil veces hubiera optado por ese desfile vergonzoso, entre los escupitajos, las amenazas y el ruido infernal de los presos agitando las rejas de sus celdas, que caminar como lo hice, entre el estrépito de las carcajadas, viendo cómo los presos se doblaban de la risa a mi paso, las caras congestionadas por una incontrolable hilaridad. Las risotadas me atormentan por las noches, cuando la galería queda en silencio y solo algún sollozo sofocado rompe el sosiego de la prisión. Ni siquiera el recuerdo de las cosas perdidas, mi familia, mi libertad, mi honor, todo lo que había sacrificado en aras de una venganza obsesiva y enfermiza, era tan lacerante como esas risas incontrolables que, aún en el silencio nocturno, restallaban dentro de mi mente. Ni un solo momento, desde que la policía vino a buscarme para llevarme al invernadero del viejo y enfrentarme con el cadáver de mi víctima y, ¡ay de mí!, con la concluyente e hilarante prueba de mi culpabilidad, he dejado de escuchar las risas. Debo reconocer que, en un principio, los agentes intentaron mantener la compostura, supongo que más por respeto a mi aterrorizada familia que por deferencia hacia mi persona. Mas, cuando los agentes lograron zafarse de mi suplicante esposa y me arrastraron por las escaleras hacia el coche que nos esperaba frente a mi casa,  sólo bastó un atisbo de risa en uno de ellos para que todo el grupo estallara en las risotadas que, desde aquel momento, no dejarían de acompañarme. Rieron ellos, rió el agente que nos esperaba frente al invernadero y de risa moría el juez que me enfrentó al chapucero resultado de mi pretendidamente perfecto crimen. No hizo falta investigar. Confesé. ¿Qué otra cosa podía hacer? Acepté, como no podía ser de otra manera, mi culpabilidad. Obviamente, hubo un juicio, y todavía recuerdo la cara congestionada del juez al intentar contener su risa mientras pronunciaba una sentencia que me condenaba de por vida a permanecer entre los muros de esta prisión, convertido en el hazmerreír de los presos, sin ni siquiera el consuelo del respeto que ofrece la triste veteranía de los años muriendo en vida o el haber cometido a sangre fría el terrible crimen que me ha traído hasta aquí. Todo se acaba perdonando entre los presos. Todo… menos la estupidez, el supremo error que me ha convertido en blanco de mofa, objeto de chanzas y mortificantes burlas sin fin.
¿Cómo pude ser tan necio? ¿Cómo pasé por alto un detalle tan evidente, después de tanto tiempo planeando el asesinato perfecto, el crimen sin fisuras que evitaría la más mínima sospecha sobre mi persona? Durante meses valoré de forma obsesiva las diversas opciones que la ejecución de mi plan me ofrecía, contemplé objeciones, imponderables, hasta la más mínima variable que pudiera relacionarme con la muerte del viejo. ¿Cómo pude no ver lo que tenía prácticamente frente a mis ojos?  Muchas veces, en medio de mi obsesivo rumiar sobre el fallo que me había llevado a la cárcel, y que seguramente me arrastraría a la locura, creía ver la cara burlona de Edgar Allan Poe, musitándome al oído: “Recuerda La carta robada…”. Era ese uno de los raros momentos en los que me permitía unirme al coro general de carcajadas y contemplarme desde fuera, como el necio que se había enfrentado a una evidencia tan grande que, simplemente, no había sabido ver. Como en el genial relato del maestro, la carta siempre estuvo frente a mis narices.
He repasado una y mil veces en mi cabeza el plan que me habría de llevar a asesinar al viejo de una manera, llamémosla así, limpia, aséptica, que no habría de mancharme las manos ni implicarme en su muerte. No creo que a un hipotético lector le interesen los motivos que me llevaron a planear la muerte del viejo. Simplemente, un día ya muy lejano decidí que tenía que matarlo, y deposité cuidadosamente esa idea en el fondo de mi mente, larvada pero incuestionablemente viva, sin que el paso del tiempo limara aristas ni  erosionara el germen que llevaría a la inevitable muerte del anciano. Nada ni nadie me hizo desechar esa idea. Ni siquiera mi matrimonio, o el nacimiento de mis hijos, hicieron que me replanteara la cuestión. Por supuesto que estos acontecimientos cambiaron mi vida, pero de una manera sucia, orientada al crimen que rumiaba constantemente. Los celebré, en parte, porque la existencia de una familia en mi vida, de una mujer adorable y de unos niños encantadores, de un trabajo que me permitía una vida sin preocupaciones ni sobresaltos económicos, recubría el germen del crimen, la idea obsesiva del asesinato, con la coartada moral de una vida plácida y sin preocupaciones. ¿Qué persona, en su sano juicio, pondría en peligro todo lo bueno que en su vida existía para llevar a cabo una venganza enquistada en su mente desde hacía años?  Ahora, escribiendo estas líneas bajo la luz mortecina de la lámpara de mi celda, reconozco que era tan grande mi odio hacia el viejo, tan enorme mi deseo de venganza, que el precio de perder familia, trabajo y posición me hubiera parecido razonable con tal de haber disfrutado, después de tantos años, del placer de mi tardío y terrible desquite.
Aún recuerdo la salvaje excitación, la criminal energía con la que afronté, después de meses de planes, de vigilancia, de evaluar y desechar alternativas, el día tan deseado, el día en el que mi venganza se culminaría de una manera tan macabra y definitiva que sosegaría mi alma hasta el fin de mi existencia, que me permitiría, ahora sí, disfrutar plenamente de cuantas cosas buenas había podido atesorar. Ni siquiera puedo argumentar que esa sensación de poder extremo obnubilara mi entendimiento hasta el extremo de llevarme a cometer un error de proporciones tan oceánicas como el que dio con mis huesos en este pudridero humano, con el agravante de hacerlo convertido en el grotesco bufón que afronta su encierro como el blanco de bromas sin fin. Aunque sabía que el viejo jamás cambiaba unas rutinas que podría enumerar de memoria, desde que desayunaba en la cocina hasta que, un par de horas después de ponerse el sol, depositaba en una mesita de la biblioteca el libro con el marca páginas de plata para dirigirse al dormitorio, no dejé de vigilar la casa, atento a cualquier variación de sus costumbres, por nimia que fuese. Fueron cientos de horas, agazapado y escondido en un bosquecillo que dominaba la vivienda, atento a su cansino deambular por la casa, horas fácilmente justificables gracias a un trabajo que bien podía absorber todo ese tiempo, dado que no estaba atado a un horario rígido ni a una presencia obligada en la empresa que dirigía. Todo lo planeé tan minuciosamente que pude combinar con facilidad visitas a delegaciones, inspecciones y controles, con tal de arañar las horas que necesité para constatar que las rutinas del viejo seguían siendo tan invariables como treinta años atrás.
Y por fin llegó el día. Era un miércoles. Tenía que ser un miércoles, el día después de que el viejo aceptaba una mínima invasión de su sagrada soledad, en forma de repartidor de las provisiones para toda la semana. Nadie volvería a la casa hasta el martes siguiente, lo cual suponía un tiempo más que suficiente para que el viejo pereciera en medio de la espantosa agonía que le tenía preparada. No temía visitas inesperadas de familiar alguno, puesto que los pocos que le quedaban se habían desentendido del viejo hacía ya muchos años. Tampoco temía por apariciones inoportunas. Nunca, en mis muchas horas de vigilancia, había visto a nadie acercarse a aquella vieja construcción ruinosa que amenazaba con derrumbarse en cualquier momento. A pesar de no hallarse a demasiada distancia de la ciudad, su situación, incrustada en la tupida vegetación de una pequeña colina, no invitaba a visitas intempestivas. Abandoné con sigilo mi casa un par de horas antes del amanecer. Nadie se sorprendería al no encontrarme por la mañana, ya que había advertido el día anterior que marcharía temprano para inspeccionar unos terrenos en los que mi empresa estaba interesada de cara a una posible inversión, terrenos que yo ya había inspeccionado durante la semana anterior y cuyo informe guardaba en un cajón de mi despacho. Tenía por delante, por lo tanto, toda una mañana para llevar a cabo mi plan.
El plan. La magistral maquinación, sin fisuras ni errores, del Crimen Perfecto. ¡Qué poco podía sospechar, mientras me deslizaba con facilidad dentro de la casa del viejo, que lo que yo suponía la impecable urdimbre de un asesinato que quedaría impune e irresoluble acabaría convirtiéndose en una de las mayores chapuzas de la historia del crimen! Mi espíritu se inflamaba de una alegría bestial e incontrolada a medida que mis acciones se ajustaban como un guante a mi meticulosa planificación. Me orienté sin problemas en la semioscuridad de la cocina, localicé el bote de los azucarillos y los impregné con la toxina que causaría la lenta y agónica muerte del viejo, y sin hacer el más mínimo ruido me retiré por donde había entrado, dirigiéndome a mi puesto de observación en el bosquecillo, desde donde podría observar al viejo entrar en el invernadero y hacer mi aparición estelar, una vez que los efectos de la toxina se hicieran evidentes.
No tuve que esperar demasiado. Con británica puntualidad, el viejo salió por la puerta de la cocina, con su taza de té bien cargada de emponzoñada azúcar, y uno de los viejos periódicos cuyas olvidadas noticias releía de manera obsesiva mientras desayunaba. Vi cómo los gatos y sus pajarracos lo rodeaban, entorpeciendo su camino, y me pareció escuchar las cariñosas palabras del viejo, que sólo para aquellas bestias albergaba amor en su negro corazón. Sonreí al pensar que los únicos destinatarios de su afecto contribuirían a que su agonía fuera aún mayor.
El regocijo siguió adornando mi cara mientras observaba cómo el viejo removía su té, disolviendo en él los terrones envenenados, y apuraba la taza a lentos pero constantes sorbos. Era cuestión de minutos que la toxina empezara a circular por su torrente sanguíneo, y un enorme suspiro de alivio destensó mi cuerpo. Estaba hecho. Efectivamente, al cabo de unos pocos minutos el viejo lanzó un grito escalofriante, su cuerpo se envaró, rígido, y cayó pesadamente al suelo, espantando a pájaros y gatos en su caída. Fue entonces cuando me dirigí confiado hacia el invernadero, con la seguridad de que el viejo ya no podría escapar al fatal destino que le había preparado. Entré en el habitáculo, y en seguida me asaltó un calor bochornoso que casi al instante empapó mis ropas de sudor. Avancé hacia donde estaba tirado el anciano, boca arriba, pidiendo ayuda. La toxina que había ingerido había paralizado todos sus miembros. Podía mover la cabeza, pero sus brazos y piernas estaban afectados por una parálisis que ya no desaparecería. Silbando despreocupadamente, cogí una silla y me senté frente al viejo, de manera que pudiera verme y escucharme perfectamente.
No me extenderé sobre la charla, por llamarla así,  que mantuve con el viejo. En ella le informé de los motivos por los cuales había invertido gran parte de los esfuerzos de mi vida en prepararle una muerte espantosa. También le comuniqué que pasaría el tiempo que le quedaba de vida sin poder moverse ni un ápice del sitio donde estaba tirado. Sin comida, sin bebida, y con decenas de animales cada vez más hambrientos pululando a su alrededor. El viejo, claro está, suplicó, lloró, imploró por su vida o, cuanto menos, por un final piadoso, pero le dejé claro que no había dedicado buena parte de mi vida a urdir un plan tan meticuloso para obtener una venganza incompleta. Al fin, tras disfrutar durante un buen rato de las desgarradoras súplicas del anciano, me despedí de él con una burlona reverencia y me alejé del invernadero. Los llantos del viejo se mezclaban con los graznidos de los pájaros y los maullidos de los gatos, conformando una estridente barahúnda que me alegró dejar atrás.
Pienso ahora, mientras las lágrimas fluyen por mis mejillas y las líneas que escribo bailan difuminadas ante mis cansados ojos, en la sensación de cruel alegría, de incontestable triunfo, que embargó mi cuerpo durante los siguientes días. Entonces era yo el que reía, a menudo en los momentos más inoportunos, imaginando la pavorosa agonía del viejo. Esperaba, sobre todo, al siguiente miércoles. Supuse que el repartidor de las provisiones acabaría por encontrar el cadáver en el invernadero. El carcamal, a pesar de su voluntaria reclusión, había sido alguien importante, y la noticia de su horrible muerte no dejaría de ocupar un espacio en los diarios de la zona. Pero el miércoles no tuve tiempo de comprar la prensa, porque ya estaba encerrado a la espera de un juicio que a todas vistas era un mero trámite para certificar mi muerte en vida, dado lo incontestable de la prueba que me incriminaba en la muerte del anciano.
Como ya he dejado escrito, la policía vino a buscarme a mi casa. He de confesar que en un primer momento achaqué las risotadas de los agentes a mi cara de pasmo, reflejando sin duda el estupor que me producía haber sido descubierto, tan sólo unas horas después de haber descubierto el cadáver. Porque sí, fue el repartidor de las provisiones el que encontró el cadáver del viejo en el invernadero, tras llamar a la puerta de la casa infructuosamente. El plan no había fallado en lo que se refiere a la muerte. Tuvo una semana por delante para morir, y los gatos y pájaros tuvieron buena parte de culpa en sus padecimientos. Sobre eso me informaron, con frases entrecortadas por ataques de risa, los agentes que me custodiaban en el coche, mientras nos acercábamos a la casa del viejo. Yo callé, mientras mi cerebro trabajaba a toda velocidad intentando descubrir qué había podido fallar, qué parte de mi elaborado plan tenía una fisura que me había pasado desapercibida.
No tardé en descubrirlo. Entre risotadas de policías, fotógrafos y funcionarios judiciales, me enfrenté al cadáver, prácticamente devorado por sus animales. No sé si fue por la conmoción que me produjo enfrentarme a los deplorables restos de mi enemigo en circunstancias tan, llamémoslas así, tragicómicas, pero me dio la impresión de que lo que quedaba de sus labios se curvaba en una sonrisa burlona. Me preparé para hacer las más firmes protestas sobre mi inocencia, pero el sonido murió en mi garganta casi al instante de nacer. Con la boca abierta por la sorpresa, escuché mi nombre por todo el invernadero, acompañado de la palabra “asesino”. Fueron unos instantes de estupor, de pasmo sin límites, hasta que por fin comprendí que el viejo, en sus días de agonía, había tenido tiempo de sobra para enseñarle el nombre de su asesino a sus malditos pajarracos, los loros del invernadero. Y por fin, cuando una de las aves se posó solemne sobre mi cabeza y, al mismo tiempo que me acusaba sin cesar, depositaba una pestilente deyección en mi coronilla, no me quedó sino unirme al enloquecido coro general de carcajadas.
  

4 de marzo de 2015

Una asombrosa coincidencia...

Hace un tiempo escribí un relato, "Los otros viajeros", que presenté a un concurso de Transports Metropolitans de Barcelona. El cuento no ganó premio alguno, pero un servidor quedó bastante satisfecho de cómo había quedado. La idea, modestamente, me parecía original, y cuando seleccioné los relatos para mi libro "Inercia y otros relatos de amor y horror", no dudé en incluir "Los otros viajeros" entre los elegidos. Hace un tiempo, un conocido (o conocida, ya me perdonaréis, pero en el momento de escribir estas líneas no recuerdo el nombre de la persona, que espero sabrá perdonar mi mala memoria) me hizo notar la gran similitud entre mi relato y uno de los microcuentos incluidos en el libro de Jose María Merino, "El libro de las horas contadas". Picado por la curiosidad, compré la versión digital del libro, y en ella encontré el microrrelato "Una revelación". No me atrevo a hablar de plagio, puesto que el señor Merino es, amén de miembro de la RAE, autor de un buen puñado de libros, y no quiero pensar que a estas alturas necesite inspirarse en el cuento de un mindundi con una producción ridícula para uno de sus libros. De todas maneras, todo este asunto me ha llevado a plantearme la dejadez legal que me ha hecho no registrar ni mis cuentos ni mi libro. Supongo que tendré que hacer un pensamiento... En fin, para que vosotros mismos saquéis vuestras conclusiones, os dejo con los dos relatos de marras, esto es, "Los otros viajeros" y "Una revelación". Espero vuestros comentarios.

Los otros viajeros,
por Andrés Moreno Galindo

Empecé a ver a los otros viajeros el primer día que subí al metro tas el accidente. Todavía sentía dolores de cabeza, náuseas y mareos, pero los médicos lo achacaban al traumatismo o a efectos secundarios de la medicación. Por eso no me asusté cuando los vi. Me parecieron siluetas imprecisas, bultos borrosos que se movían entre los viajeros del vagón. Cerré los ojos y los ignoré hasta el fin del trayecto. Fue el segundo día cuando los vi con claridad. Aparentemente no se distinguían de los otros viajeros, pero sus contornos parecían desdibujarse, como impregnados por la calina de un sofocante día de verano, y al caminar o hacer algún movimiento parecían dejar durante un brevísimo instante una estela de su cuerpo en el espacio abandonado. También los colores  de sus prendas, de su piel, de su cabello, parecían desvaídos, con un brillo mortecino. En confuso revoltijo textil, la moda de más de diez décadas estaba representada por el vestuario de los otros viajeros. En aquella ocasión sentí verdadero pavor. Pensé que me estaba volviendo loco, que, después de todo, el golpe en la cabeza había soltado las amarras que me unían a la cordura. La otra alternativa, la de que me había sido otorgada la horrible facultad de contemplar los espíritus de viajeros fallecidos, no me producía menos terror. Iba a huir del vagón, el corazón latiendo enloquecido, cuando me vi entrar a mí mismo, abrazando a Claudia, la misma Claudia a la que hacía años había visto desaparecer de mi vida, alejándose para siempre mientras yo la miraba petrificado a través de la ventanilla del coche. Fue entonces, mientras, a través de una húmeda cortina de lágrimas me contemplaba acariciando los rizos de Claudia, cuando comprendí, o creí comprender, la naturaleza del don, del poder que un misterioso "clic" en mi cerebro me había otorgado. Privilegiado espectador de una insólita confluencia temporal, ante mis ojos desfilaban los pasajeros de distintas épocas. Me acostumbré a viajar con ellos, a escuchar sus conversaciones, apurando a grandes tragos la historia de mi ciudad, bebiendo de la misma fuente donde nacía. Obreros revolucionarios de los años 30 escapando de la policía, cuchicheos con sabor a derrota en los años 40, inmigrantes de todos los rincones de España con el corazón encogido por la nostalgia del terruño abandonado, sacudiéndose en la cadena de montaje la humillación y el hambre. Escuché rabiosas demandas de libertad, presencié euforias olímpicas y futboleras... vi a mi madre, con el mismo vestido que llevaba en aquella visita a a la Plaça Catalunya, el día que tanto me asustaron las palomas que se abalanzaban sobre mis manos llenas de cañamones, cuando apenas empezaba a caminar; la vi también charlando con sus amigas rumbo a los barrios ricos, al café con leche apresurado en la cafetería y a la limpieza de un hogar ajeno y opulento. La estructura de los vagones, los anuncios, los indicadores, todo variaba y se adaptaba a la época que vivía en cada momento. Fascinado por el espectáculo, me convertí en un viajero perpetuo con destino a ninguna parte, recorriendo kilómetros y kilómetros de vías subterráneas, sin importarme en absoluto que, a ojos de los demás, me hubiera convertido en una especie de loco vagabundo sin hogar instalado a perpetuidad en un rincón de un asiento, sin molestar nunca a nadie, con los ojos muy abiertos, embelesado por un espectáculo inapreciable por los demás. Hoy, al entrar por la mañana en el vagón para comenzar mi eterno periplo, me senté a mi lado. Envejecido, desastrado, pero feliz, con un brillo de loca curiosidad en los ojos...

Una revelación,
por José María Merino

  Aquella mujer joven sentada frente a él en el vagón del metro, no muy agraciada, cuyo cabello brotaba casi en la frente, vestida de una manera que parecía rancia, le recordó con certeza la imagen de su propia madre antes de casarse, en una fotografía que conservaba en el álbum heredado tras su defunción. Las facciones eran idénticas, así como el aire melancólico de los ojos y la curva un poco desplomada de los labios. También la presencia de la mujer tenía el aire brumoso de la imagen fotográfica. Y al reconocer aquel rostro y aquella figura, comprendió que no era la primera vez que recibía esa impresión de familiaridad, aunque no hubiera detenido lo suficiente su atención en el motivo.
  A partir de entonces viajaba en el metro sin otro fin que observar con avidez a los pasajeros, y a lo largo del siguiente mes fue reconociendo otras gentes de su cercanía ya fallecidas; a su padre, en un joven que hasta por la ropa recordaba al oficial uniformado retratado en aquella vieja foto dedicada. A Evangelina, su mujer, a su abuelo Adolfo, a su hermana Chon: una muchacha rubia y flaca, un hombre calvo de hombros cargados, una niña de ojos saltones.
  Poco a poco fue encontrándose los rostros y los cuerpos de muchos de los muertos de su vida, que mostraban el mismo aire vago de las imágenes del álbum. Una tarde, un reflejo en la ventanilla lo sobresaltó, porque estaba él solo en aquella parte del vagón y el cristal mostraba la figura de un hombre con el pelo oscuro, sin barba, en lugar de presentar la imagen de su figura decrépita con cabeza barbuda y canosa: aquel reflejo era una imagen fotográfica suya de varios años atrás.
  Aquella vez, al regresar a casa, ya no recordaba muy bien el itinerario, como si en lugar de tratarse de lugares reales recorriese los espacios de una memoria en trance de desvanecerse.
  Ahora siempre está en el metro y va olvidando poco a poco lo que fue. Acaso algún día uno de sus hijos, al contemplar su imagen, recuerde aquella foto de abogado vestido con la toga recién estrenada, que presidió su despacho hasta su muerte.