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21 de marzo de 2017

El señor Joan

Ayer se llevaron al señor Joan. El Jordi, que vigilaba nuestra cabaña, vino a avisarnos, que había visto unos camiones militares por el camino, que corriéramos, que iban para donde el señor Joan y la señora Rosita. Fuimos corriendo y los espiamos escondidos detrás de unas piedras. Los vimos bajar de los camiones, con unos uniformes muy chulos pero que daban bastante miedo, con aquellas máscaras de goma y unas metralletas negras, pequeñas. Apartaron a empujones a  la señora Rosita, que lloraba y gritaba, que no se lo llevaran, por Dios, que ella lo tenía bien vigilado, que no se podía escapar, pero ellos no le hicieron caso y luego los perdimos de vista cuando entraron en las tomateras apuntando hacia delante con las metralletas. Escuchamos un golpe, y el sonido de una madera rota. Nosotros sabíamos que era la habitación donde la señora Rosita escondía al señor Joan. Escuchamos más ruidos y gritos de los soldados, y después de un rato sacaron al señor Joan arrastrándolo por el suelo hacia uno de los camiones, con los brazos sujetos y la boca tapada con una máscara. La señora Rosita corrió detrás gritando y llorando, no os lo llevéis, por lo que más queráis, no os lo llevéis, yo lo vigilo, siempre está atado, pero ellos volvieron a apartarla mientras subían al señor Joan a uno de los camiones, la voz de los soldados sonaba rara cuando le decían que se mantuviera alejada y clavaban la punta de las metralletas en la barriga de la señora Rosita, pero ella siguió gritando que no se lo llevaran, no paraba de gritar mientras los camiones arrancaban y se iban, y ella los siguió, y nos daba mucha pena, hasta que no pudo más y se paró en medio del camino y se dejó caer de rodillas al suelo. No sabemos quién se lo habrá dicho a los soldados.  De verdad que nosotros no fuimos. No dijimos ni una palabra, ni a nuestros padres ni a las personas que contestan el teléfono que sale siempre por la tele. Lo juramos en la cabaña y hasta el Oriol, que a veces se chiva de alguno de nosotros en el cole cuando nos vamos detrás del vestuario a fumarnos un cigarrillo, juró que nunca diría nada y que se murieran sus padres y su hermanita si él se chivaba. A nosotros nos caía bien el señor Joan.  Hacía como que se enfadaba con nosotros cuando nos pillaba en su huerto robándole melocotones, pero al final se le escapaba la risa, que chiquilllos estos, son de la piel del diablo, y nos dejaba que cogiéramos unos cuantos mientras nos explicaba historias de cuando él era joven. A veces la señora Rosita, que también era muy amable, nos sacaba limonada de una nevera que tenían en la habitación. Cuando llovía todos los niños salíamos a buscar caracoles para venderlos, y siempre guardábamos los mejores para el señor Joan. Le gustaban mucho. A veces, nos llevaba a pasear por el campo y nos explicaba cosas del pueblo, o nos enseñaba cuevas escondidas, o fuentes tapadas por las hierbas. Cuando salía solo se iba muy lejos, y la señora Rosita le regañaba, porque a veces al señor Joan se le olvidaba ponerse la pulsera. El señor Joan la escuchaba y luego se reía. Que sí, que  era un despistado, pero  que tampoco había para tanto, que qué quisquillosa se estaba volviendo con la edad… Y ella, que no te rías, Joan, que ya no eres tan joven, que la tele ha dicho que el bosque todavía no es seguro, que a ver por qué narices te molesta tanto la pulsera, si apenas se nota, mira, yo la llevo hasta para ducharme… A mí una vez, con las prisas por salir con mis amigos, se me olvidó ponerme la pulsera. Cuando volví, mi padre estaba muy enfadado. Nunca lo había visto así. Me gritó y me pegó como si estuviera loco. Mi madre lo sujetaba y yo lloré mucho. Estuve horas encerrado en mi habitación. Luego mi padre entró. Tenía los ojos rojos. Me abrazó y me pidió perdón, y me dijo que salir a la calle sin la pulsera era muy peligroso, y que si me pasaba algo él se volvería loco, y muchas cosas más. Tenía razón, pero aquel día yo lo quise un poco menos. Eso sí, ya nunca se me olvida ponerme la pulsera. No sé a dónde se habrán llevado al señor Joan. Nadie en el pueblo sabe dónde se los llevan, y nadie quiere hablar de eso. Bueno, nadie de los mayores. El Hassan dice que los llevan a un sitio que tiene unos hornos, y que allí los matan y los queman, y el Arnau le dice que no, que ya no hacen eso, que ahora los llevan a una especie de laboratorio muy grande con unos muros muy altos, y que allí experimentan con ellos.  Yo creo que ninguno de los dos tiene ni idea, y que lo dicen para hacerse los chulitos, pero me da igual. Cuando los camiones han desaparecido a lo lejos hemos salido del escondite y hemos ido al camino. La señora Rosita seguía llorando de rodillas, tosiendo por el humo del camión y tragando el polvo que habían levantados las ruedas al marcharse. No hemos sabido qué decirle, y el Toni le ha dado unas flores que hemos cogido entre todos. Al final la hemos ayudado a levantarse. Sólo lloraba y decía te lo dije, Joan, ponte la pulsera, que un día te van a morder por ahí, te lo dije, te lo dije, te lo dije, y así todo el rato. La hemos sentado al lado de la habitación y hemos visto las cadenas tiradas en el suelo. Todos teníamos ganas de llorar, hasta el Arnau, que va de duro por la vida, pero nos hemos aguantado las lágrimas y al final nos hemos marchado. Teníamos que ir a ver al Xavi, que nos esperaba en la cabaña. Bueno, lo de esperar lo decimos nosotros, porque parece que al Xavi le dé igual que vayamos o no. Parece mentira que no nos reconozca. Con la de veces que hemos jugado juntos… Pero nos da igual. Nos sentamos en la cabaña con él y hacemos ver que no ha pasado nada, y le contamos cosas del colegio, que el Jordi le ha pedido de salir a la Marta y ella le ha dicho que no, y que ayer le pinchamos las ruedas al coche del  profe de Física, y le decimos no te preocupes, Xavi, que no te encontrarán nunca, que la cabaña está muy bien escondida. Le damos la comida que nos ha preparado su madre, que llora siempre cuando nos da el cubo y nos pide por favor que vayamos con cuidado, que no nos vean los vecinos,  pero no se lo decimos, aunque si se lo dijéramos le daría igual,  y hablamos de nuestras cosas.  Nos da un poco de asco verle comer, y huele mal, pero es nuestro amigo, y yo digo lo que me dijo una vez mi padre, que los amigos son lo mejor del mundo y que nunca, nunca, hay que darles la espalda. Bueno, en el caso del Xavi, más todavía, porque si te descuidas te muerde. Pero no se lo tenemos en cuenta. Es nuestro amigo y lo queremos. Nuestra cabaña está muy bien escondida, y los soldados nunca lo encontrarán. Ni siquiera el chivato del Oriol se atreverá a decir nunca nada. Se lo hemos hecho jurar por sus padres y por su hermanita. 

12 de marzo de 2017

El cadáver desaparecido - Versión ampliada

Os dejo con una versión "ampliada" de mi microrrelato "El cadáver desaparecido". Lo cierto es que este micro me encantó, y aprovechando un ejercicio del taller de David Monteagudo, lo he dotado de más diálogos. Obviamente, es un homenaje a "La carta robada", del Maestro Poe. Espero que esta nueva versión os guste.

EL CADÁVER DESAPARECIDO

Ángela buscaba en el bolso las llaves para abrir la cancela de su casa cuando el viejo la abordó.

-Señora  Prófumo…

Ángela Prófumo se giró para contemplar al anciano que la había interpelado con timidez, casi en un susurro. Vestía un traje barato y desgastado por el uso, que contrastaba con la engañosa sobriedad del caro vestido de la mujer. Calculó que el hombre sería unos diez años mayor que ella, aunque dio por sentado que la vida no le había tratado tan bien como a ella. Las arrugas de su rostro, su rala barba blanca, las ojeras, todo el conjunto del anciano daba una sensación de solitaria decrepitud, de alguien que espera a la muerte con hastío e indiferencia. Desde la altura de sus tacones, lo vio frágil, quebradizo. Su rostro le resultaba vagamente familiar.

-Sí, soy yo. ¿Qué quiere? –le contestó.

-¿No me reconoce?

-La verdad, tengo la sensación de haberle visto antes, pero no soy buena recordando caras. Si no le importa, tengo algo de prisa…

El hombre fijó la mirada en el rostro de Ángela, contemplando durante unos segundos el agraciado rostro de la mujer, y constató que los años no habían disminuido su belleza. La señora Prófumo, a sus casi cincuenta años, seguía siendo, como vulgarmente se dice, una mujer de bandera. Mucho gimnasio, mucha dieta, y sobre todo, mucho dinero. Una vida plácida, sin preocupaciones, sin remordimientos… Ángela abrió la boca para romper el incómodo silencio, pero el anciano habló antes.

-Soy el inspector Galindo. Perdón, perdón –dijo, moviendo las manos en el aire como si rectificara-, el exinspector Galindo. Me jubilé hace años. ¿Le resulto ahora más familiar?

Ángela, de manera súbita, recordó, y durante unos instantes el estupor se adueñó de ella. El inspector Galindo. Hacía ya más de veinte años que no lo veía. ¿Qué quería ahora? Recompuso rápidamente su gesto y adoptó una actitud levemente burlona.

-Claro, inspector… perdón, exinspector. Usted era el encargado de investigar la desaparición de mi marido. Hace ya… ¿veinte años?

-Sí, señora. Veinte años hizo hace un par de meses.

-Perdóneme por no haberle reconocido. Los dos hemos cambiado, ¿verdad, inspector? Deje que le llame así, me resulta difícil pronunciar “exinspector”. No le importa, ¿verdad?

Galindo rió, y una miríada de arrugas se arremolinó en torno a sus ojos.

-Claro que no, señora Prófumo, al fin y al cabo dicen que un policía lo sigue siendo hasta su muerte. Inspector está bien.

-Bien –dijo ella-, así nos entenderemos mejor. ¿Y a qué debo su visita, inspector Galindo? No me diga que tiene más preguntas sobre la desaparición de mi marido... Bastante me mareó hace veinte años. No se ofenda, pero me llegó usted a recordar al detective aquel de la gabardina que salía por la tele…

Galindo volvió a reir.

-¡Ah, sí, el detective Colombo! Sí, reconozco que llegué a ser muy pesado, la verdad.

Ángela le guiñó un ojo, juguetona.

-Y un poco impertinente,  ¿eh, inspector?

Galindo enrojeció de manera visible.

-Sí, señora, lo reconozco también, el caso de su marido me obsesionó, y creo que en ciertos momentos no me acabé de comportar con demasiada educación…

Ángela sacudió la mano en el aire, con el gesto aceptado comúnmente para quitarle importancia a un asunto.

-Bueno, no se preocupe, estaba haciendo su trabajo –dijo-. Mire, me sabe mal tenerle aquí de pie. ¿Le apetece un café? Así me explica con tranquilidad qué es lo que le trae por aquí después de tanto tiempo.

-Se lo acepto, señora, y no se preocupe, no la entretendré. Al fin y al cabo, solo quiero hacerle una pregunta, que por supuesto usted será libre de responder o no. Como ya le he dicho, hace años que dejé la Policía, así que este viejo jubilado no le buscará más las cosquillas.

-Pues pase, inspector, yo también tengo curiosidad por escuchar esa pregunta, después de veinte años.
Ángela acabó de abrir la cancela, y apartándose franqueó el paso a Galindo. Juntos, atravesaron un pequeño caminito de piedra que llevaba hasta la casa, lujosa pero sin ostentaciones de nuevo rico. Con clase, como ella, pensó... Cuando llegaron a la puerta, Ángela la abrió, y precedió al inspector, atravesando un amplio vestíbulo hasta llegar a una puerta que daba a una cocina, que al viejo expolicía se le antojó más grande que el cuchitril donde vivía. Ángela preparó el café con gestos gráciles y eficientes. Cuando tuvo las tazas llenas, lo colocó sobre una bandeja y, haciéndole un gesto con la cabeza al anciano, lo condujo hasta una salita, una especie de biblioteca con una mesita de madera y varios sofás alrededor. Los dos se sentaron y, durante unos segundos, saborearon el café. Ángela encendió un cigarrillo, expelió una larga columna de humo y miró fijamente al expolicía, que parecía encogido en su asiento.

-Bueno, inspector, usted dirá…

El anciano la miró, sonriendo, con la taza de café a unos centímetros de su boca.

-¿Cómo lo hizo, señora Prófumo?

El desconcierto, esta vez mezclado con un gesto de hastío, se apoderó nuevamente de Ángela Prófumo.

-Por favor, inspector… ¿otra vez? ¿De verdad? ¿Sigue creyendo que yo maté a mi marido?

El viejo sorbió su café, apurándolo. Dejó la taza sobre la mesa.

-Por favor, señora Prófumo, déjeme hablar. Verá, no es que lo crea, es que siempre he estado seguro. Sé que usted lo hizo. No me pregunte por qué, pero estoy seguro. Desde el primer momento. Usted lo mató, en algún momento de las Navidades de hace veinte años, y ocultó el cuerpo de su marido de una manera tan inteligente que no pudimos descubrirlo. Ni la más mínima evidencia. Pero sé que lo hizo. Verá, no busco justicia, ni venganza. Simplemente es curiosidad. Llevo veinte años pensando en este caso, en qué se me pudo escapar, y ni siquiera jubilarme me ha librado de esta obsesión. El crimen ha prescrito, está usted a salvo, y además le doy mi palabra de honor de que lo que usted me diga no saldrá de aquí. No sentía, ni siento, simpatía alguna por su millonario marido, que en paz descanse. Además, soy un caballero –Galindo esbozó una reverencia patosa con las manos-, le aseguro que no delataré a tan bella asesina.

Ángela, ante la última frase del anciano, estalló en carcajadas. Cuando acabó de reír, miró al viejo con simpatía, sonriendo.

-Inspector, debo reconocer que su humor ha mejorado con el tiempo –dijo-. Sé perfectamente que el crimen ha prescrito, y voy a satisfacer su curiosidad. Efectivamente, yo maté a mi marido, por motivos que no vienen al caso, pero que obviamente tuvieron que ver con sus muchos millones y sus demasiados años. Pero a usted lo que le interesa es dónde oculté el cuerpo. ¿Aceptaría otra taza de café de esta asesina?

-Por supuesto –dijo Galindo, guiñando un ojo-, me arriesgaré a acabar envenenado, total, tampoco me queda ya mucho tiempo, y sería un buen precio para satisfacer mi curiosidad…

-Tranquilo, inspector, sé que no me delatará. Se lo voy a explicar –dijo Ángela, mientras rellenaba de nuevo las tazas-. Verá, decidí envenenar a mi marido. Sí, ha acertado usted, fue el veneno, nada de sangre. La casa estaba llena de gente, invitados, familia… Eso era un riesgo, pero al mismo tiempo me proporcionaba una estupenda coartada. Claro, tenía que ocultar el cadáver en la casa, no podía salir por el jardín arrastrando un saco enorme y saludando a las cámaras…

-Lo sabía –dijo Galindo-. Pero… registramos la casa, no dejamos rincón sin mirar… analizamos las cenizas de la chimenea… nada…

-Sí, sí, lo pusieron todo patas arriba. Yo lo sabía, obviamente la beneficiaria de la fortuna de mi marido sería la principal sospechosa, era muy evidente… y esta es la palabra clave, “evidente”. Inspector… ¿ha leído usted “La carta robada”, de Poe?

-No, creo que no, lo siento…

-Bueno, se lo explico por encima. En ese relato, alguien oculta una carta comprometedora. Sabe que van a registrar su casa de manera tan concienzuda como sus policías lo hicieron con la mía, de manera que decide, simplemente, no esconderla, sino dejarla en un sitio tan evidente que nadie pensará que pueda estar allí. Eso es lo que hice yo con el cadáver de mi marido. No tenía demasiado tiempo desde que el veneno lo mató, apenas media hora, pero fue suficiente para esconderlo de manera que nadie, ni siquiera un policía inteligente como usted, lo descubriera. Luego, durante todos estos años, he pensado que en realidad fue un enorme riesgo, pero… ¿qué es la vida sin una cierta sensación de peligro?

Galindo la miraba, con una expresión que mezclaba la admiración y la estupefacción.

-¿Dónde lo escondió, señora Prófumo?

Ángela dio un último sorbo a su café, apagó su cigarrillo en el cenicero y miró, burlona, al anciano expolicía.

-Verá, inspector, sus hombres hicieron un buen trabajo, registraron la casa de una manera metódica, científica, muy profesional,  pero lo cierto es que ninguno de ellos, ni tan siquiera usted, le prestó la más mínima atención a un muñeco de Papá Noel que colgaba del balcón de la biblioteca…

6 de marzo de 2017

Reciclaje

Arnau encontró el cuerpo tras unos setos, semienterrado en la tierra blanda y cubierto parcialmente por hojas y pinaza. Era un hombre negro, con barba, y estaba boca arriba, los ojos muy abiertos, con los brazos en cruz. Iba vestido con unas zapatillas ennegrecidas, unos ajados pantalones cubiertos de manchas grasientas y una camiseta negra. Arnau arrugó la nariz y sofocó una arcada, mientras retrocedía unos pasos de forma apresurada. Miró hacia los lados, girando la cabeza de manera frenética mientras musitaba un “Madre mía” apenas audible. Aspiró profundamente y, con la mano temblorosa, empujó el cuerpo con su rastrillo. Las puntas metálicas presionaron en uno de los brazos del hombre, pero este no se movió. Arnau presionó más fuerte, empujando con decisión hasta que las delgadas puntas comenzaron a doblarse. El hombre negro siguió inmóvil.

-¡Joder!

 La exclamación, sonó tras la espalda de Arnau, que dio un brinco mientras el rastrillo caía de su mano. Se giró con rapidez y casi topó con la nariz de Álex, que miraba el cuerpo con su cabeza prácticamente sobre el hombro de Arnau.

-¡Hostia, Álex, qué susto me has dado, coño!

-Perdona, tío, pensaba que me habías escuchado. ¿Está muerto?

Álex recogió el rastrillo del suelo y lo volvió a presionar, esta vez sobre el abdomen del hombre tirado sobre la tierra, presionando con más fuerza.

-Hombre, pues o este tío tiene el sueño muy profundo o vamos, está más muerto que mi abuela –dijo-.

-Espera, espera –dijo Álex-, yo tengo un método que no falla nunca.

Antes de que Arnau pudiera reaccionar, Álex se situó delante del cuerpo y lanzó su pie derecho, protegido con una bota de puntera metálica, contra la entrepierna del hombre negro. La fuerza del impacto hizo que el cuerpo se estremeciera ligeramente, pero después siguió inmóvil.

-Bueno, Arnau, yo diría que este tío está muerto y bien muerto.

-Ya, y si no lo estaba te lo acabas de cargar tú, so bestia –repuso Arnau-. Si quieres ahora le pisoteamos un poco la cara para acabar de cerciorarnos…

-Mira, Arnau, no me vengas con gilipolleces, que al que se le ha ocurrido pasar por el seto este un viernes cuando faltan tres cuartos de hora para irnos es a ti. Toda la semana limpiando el puto parque, y hoy precisamente al señor se le ocurre darse una vueltecita por aquí.

-Pues ya me puedes dar las gracias por darme la vueltecita, porque si este fin de semana pasan los de la inspección del Ayuntamiento y se encuentran aquí al colega se nos cae el pelo, nene –repuso Arnau-.

Álex resopló largamente, sin quitar la vista del cuerpo inmóvil del hombre negro.

-Bueno, vamos a dejarlo. A ver si podemos quitarnos el muerto de encima antes de que vuelva el jefe. Venga, ayúdame a llevarlo al contenedor.

-Espera, espera, espera, joder. ¿No pretenderás tirarlo así por las buenas?

-Hombre, si quieres me lo llevo a mi casa y lo siento en el sofá para ver juntos el telediario…

-Déjate de hostias y de cachondeitos, Álex. ¿Tú no estuviste conmigo en la charla sobre el reciclaje del martes?

-No me jodas, tío, que no tenemos tiempo…

-Mira –dijo Arnau-, si nos damos prisa dejamos el tema listo antes de las tres y el jefe ni se entera. Cuando vuelva del bar el colega este ya está en el contenedor y encima no nos podrán decir nada del puñetero reciclaje.

Álex volvió a resoplar, mientras cabeceaba lentamente.

-Venga, va, échame un cable y ayúdame a desnudarlo.

Los dos se afanaron sobre el cuerpo, despojándolo de la ropa. Al cabo de unos diez minutos, el hombre negro yacía sobre la tierra completamente desnudo, con sus prendas apiladas al lado. Arnau y Álex lo contemplaron, jadeando entrecortadamente.

-Joer, tu amigo iba bien equipado, ¿eh? –dijo Álex, dándole un codazo a Arnau.

-Madre mía, tío, estás enfermo –repuso Arnau-. Siempre tengo que limpiar con los más tarados. Anda, ayúdame a llevarlo.

-No, no, no, señor Reciclaje, falta una cosita. Ábrele la boca.

-¿Qué?

-Lo que oyes. ¿No querías reciclar? Pues comprueba que aquí el colega no tenga ningún diente de oro…

-¡Pero si es un puto vagabundo! ¿No lo ves? ¿Cómo va a tener un diente de oro este tío?

-Tú ábrele la boca y mira, y si no te gusta no haber empezado con la mierda del reciclaje.
Arnau suspiró, se inclinó sobre el cuerpo desnudo y le abrió la boca.

-¡Joder! –gritó-, el tío tiene una muela de oro.

-Premio para el caballero, ¿eh? –dijo Álex-. Anda, toma, nene, todo tuyo. Y la pasta del diente a medias, ¿eh?

Arnau se giró y se encontró con un sonriente Álex que le tendía unos pequeños alicates. Se los arrebató y empezó a manipular en la boca del cadáver. Álex encendió un cigarrillo y fumó mientras miraba por encima del hombro de Arnau. Tras un buen rato de forcejeos y palabrotas, Arnau se giró y le mostró la pieza de oro entre las puntas de los alicates manchados de sangre.

-Venga, ya está –dijo-. ¿Contento?

-Da gracias de que no te haga mirar si lleva marcapasos, don ecologista, pero vamos, ya sería demasiado. Va, ahora sí lo podemos llevar al contenedor. Vamos a darnos prisa, no nos vaya a ver alguien.

Arnau guardó los alicates con la muela en uno de los bolsillos de su pantalón. Agarró el cuerpo por debajo de las axilas y aguardó a que Álex lo sujetara por los tobillos. Lentamente, entre bufidos y maldiciones, comenzaron a trasladar el cadáver desnudo a través del parque, hacia una fila de contenedores de diferentes colores situada en la acera que lo separaba de la carretera. Cuando llegaron, dejaron caer el cuerpo frente a uno de los enormes contenedores, resoplando y secándose el sudor de la frente.

-Joder, cómo pesa el tío este –dijo Álex-. Menos mal que por lo menos nos ha subvencionado unas cervecitas…

-Venga, va, vamos a tirarlo ya, que no nos vea nadie, y nos piramos de una vez –repuso Arnau, volviendo a sujetar el cuerpo por debajo de los brazos-. Venga, agárralo y a la de tres.

Álex volvió a sujetar el cuerpo por los tobillos y ambos comenzaron a balancear el cuerpo, apuntándolo a la abertura del contenedor. Arnau comenzó a contar.

-Una, dos…

-¿Pero qué cojones estáis haciendo?

Arnau y Álex volvieron a dejar caer el cuerpo al suelo al escuchar el grito. Se giraron para enfrentarse a un hombre alto, calvo, de unos cincuenta años de edad, vestido con un uniforme similar al de ellos, pero con un chaleco reflectante de color naranja que ellos no usaban.

-Hombre, jefe, ya ha vuelto –dijo Álex-.

-No, todavía estoy en el bar, esto que ves es un holograma. Pues claro que he vuelto, gilipollas. Y ahora… ¿me podéis explicar qué cojones está pasando aquí? Bueno, quizás no hace falta. En principio veo que estáis tirando un cadáver a un contenedor…

-Sí, jefe –intervino Arnau-, lo encontré detrás de los setos, no queríamos molestarle, y como ya casi era la hora de irnos, pues lo hemos arreglado nosotros.

-Pero, pero… ¡Vamos a ver!… -gritó el jefe- ¡Es que no se puede ser más tonto! ¿A quién se le ocurre tirar un cadáver a este contenedor?

-Jefe, le hemos quitado la ropa para reciclar, y una muela de oro –apuntó Álex-. Todo está bien, como nos explicaron el martes…

-Todo está bien, todo está bien… -dijo el jefe-. A mí me va a dar algo, de verdad… Venga, chavales, os lo voy a explicar como a los tontitos. A ver, ¿de qué color es el tío este que pensabais tirar al contenedor?

-Pues… negro –repusieron Arnau y Álex al unísono-.

-Negro, muy bien, sobresaliente para los dos. Otra pregunta facilita, va. ¿De qué color es el contenedor al que pensabais tirarlo?

-Eh… ¿blanco?

-Muy bien, muy bien, vaya dos lumbreras –dijo el jefe-. Y ahora vamos a refrescar la memoria, que me parece que alguno se durmió en la reunión del martes. Según la nueva normativa del ayuntamiento, tenemos que tirar a los vagabundos en los contenedores que correspondan a su color. Vagabundo blanco, contenedor blanco. Vagabundo negro, contenedor negro. Más sencillo no puede ser, chicos. ¿Entendido? Venga. Y ahora, si no os importa, echáis a este señor al contenedor negro que le corresponde. Así, muy bien. Ahora recogéis la ropa, la tiráis al contenedor correspondiente y a ver si nos podemos ir de una puñetera vez, que no os puedo dejar solos ni para ir a mear. Y me vais pasando la muela de oro, que a vosotros siempre os llevan al huerto en la tienda y os dan cuatro chavos. Madre mía, si es que me estoy ganando el cielo con vosotros…


Con la cabeza gacha, Arnau y Álex siguieron a su jefe en dirección a la salida del parque. 

29 de enero de 2017

El Apagón

El apagón sorprendió a Marta cuando comenzaba a enseñorearse de ella la agradable laxitud premonitoria del sueño, y sus pensamientos se diluían y mezclaban con la irrealidad onírica. Fue una simple cuestión de mala suerte. Unos instantes más tarde, y la súbita irrupción de la oscuridad hubiera encontrado a Marta plácidamente dormida, pero sus ojos no habían acabado de cerrarse cuando los objetos desaparecieron de manera brusca para ser sustituidos por una negrura densa, sin concesiones al más mínimo resquicio de luminosidad. Marta sintió el viejo terror irracional, el espanto que se agazapaba en su corazón y que ahora comenzaba a fluir, también negro y oleaginoso, atenazándola, clavándola a la cama como si una mano invisible la sujetara por el cuello, hundiéndola en lo que hacía unos instantes era un cálido colchón y ahora se le antojaba una asfixiante mortaja. Se vio de nuevo con siete años,  encerrada en la taquilla del vestuario, gritando, llorando acurrucada en el suelo, en la oscuridad, horas después de que el eco burlón de los niños hubiera desaparecido, y los diques cedieron. Lo intentó, buscó desesperada en su mente todos los mantras, todas las pautas que le habían intentado inculcar. Pensó en su pequeño hijo, que dormía plácidamente en la cunita de su habitación y que aquella misma mañana había empezado a gatear. Las risas, los aplausos, los besos… Intentó relajarse, respirar profundamente, centrarse en la mañana, en el dormitorio bañado de luz, en su marido abriendo la puerta de la calle al volver de la fábrica. Apeló, desesperada, a la lógica. Nada había bajo la cama, lo había comprobado antes de acostarse, como siempre. Solo unos plásticos que envolvían la cómoda nueva y que habían dejado allí para tirarlos al día siguiente. La puerta del piso estaba cerrada, protegida por dos sólidos cerrojos. También se había cerciorado de que estaban bien encajados. La colcha bien ajustada entre el colchón y la piecera, sin resquicio alguno por el que se pudiera escapar el pie y quedar al descubierto, expuesto a la oscuridad. De nada sirvió. La niña seguía allí, gritando, llorando, muerta de miedo, creyendo escuchar a cada momento unos pasos que se aproximaban, los pies de algo monstruoso que abriría súbitamente la puerta de la taquilla, enfrentándola a un horror sin límites.
Marta sintió que el corazón se le desbocaba, sin dejar de bombear torrentes de pánico, mientras helados latigazos de puro terror recorrían su espalda. Intentó encoger los pies y taparse la cabeza con la colcha, pero su cuerpo no le respondía. Solo podía pensar en la luz, y se aferró con desesperación a la idea de que en cualquier momento volvería a la habitación, expulsando a la oscuridad con la misma brusquedad con la que ésta había irrumpido en la estancia. La luz expulsaría a la negrura, al monstruo que se agazapaba en el armario, a la criatura que en cualquier momento surgiría de debajo de su cama para agarrarle los pies. Ahora, ahora… Marta escuchaba el latido de su corazón, le parecía que se expandía por la habitación, ocupando hasta el último rincón con su “bum bum” frenético. Intentó tragar saliva, respirar, luchar por apaciguar las salvajes palpitaciones, por controlar el terror…
El ruido bajo la cama la hizo gritar. Un chillido más propio de una lunática que largaba amarras de los territorios de la cordura que de una mujer dueña de sus actos. Sin darse cuenta, se encontró sentada en el lecho, rodeada por la oscuridad. No tuvo fuerzas para repetir el grito cuando el sonido se repitió. De manera inequívoca, provenía de debajo de la cama. Eran los plásticos que iban a tirar el día siguiente. Algo los estaba moviendo. No podía ser el viento. Las ventanas estaban cerradas. Algo reptaba y se retorcía entre los plásticos. Pensó, quiso pensar, en un ratón, en algún pequeño roedor que desaparecería en cualquier momento, pero lo que de lógico quedaba en su mente desechó la idea en cuanto al crujir de los plásticos se superpuso otro sonido, una espantosa caricatura de respiración, algo así como el jadeo burbujeante de un asmático en una crisis. La respiración bestial de un ser que unos instantes se alzaría frente a ella, mirándola con sus ojos rojos, abriendo una boca desmesuradamente grande, erizada de colmillos afilados… Marta gritó, pero el chillido se interrumpió nada más nacer, cuando un pinchazo en el corazón de Marta tensó todo su cuerpo sobre la cama, para después proyectarla hacia atrás, mientras una oscuridad todavía más densa la envolvía.

El marido de Marta nunca logró olvidar lo que vio en su dormitorio cuando volvió de trabajar. Sus infrahumanos gritos de horror despertaron a todo el vecindario. Seguía gritando enloquecido cuando los vecinos, tras forzar la puerta de su piso, lo encontraron. Su mujer yacía boca arriba en la cama, los ojos espantosamente abiertos, las manos contraídas y agarrotadas aferrando el borde de las sábanas. Muerta. Muerta de miedo. Pero no menos horroroso fue lo que encontraron debajo de la cama. Un pequeño cuerpo que, gateando, había ido a enredarse en unos plásticos, muriendo asfixiado bajo el lecho.

17 de diciembre de 2016

1976

La arena de la playa hierve, quema los pies, y por eso has decidido correr por la arena mojada de la orilla para volar la cometa; pero no habías contado con esa ola traicionera que ha empapado la cometa, y ahora te cuesta una barbaridad arrastrarla. Tampoco ayuda el polo de limón que sujetas con la mano izquierda y que gotea sobre tu brazo, marcándolo de amarillos churretes. Tiras y tiras del hilo, tus pies se hunden en la arena y la cometa se arrastra perezosa, como si se abrazara a la orilla sin ganas de levantarse. Sientes sobre ti la mirada guasona de tus primos, el cabeceo de irónica comprensión de tus padres (“ya te lo dijimos, es demasiado grande para ti…”) y, sobre todo, los disimulados destellos de los ojos verdes de Mamen, la hija de los vecinos del tercero A que hoy os ha acompañado a la playa. Es esa mirada, entre curiosa y burlona, la que te encorajina, hace que aprietes los dientes, corras más rápido y tires del hilo con todas tus fuerzas. Por fin, dando un bote desgarbado, la cometa despega y se eleva un palmo, dos, tres, y no puedes evitar un grito de júbilo cuando, por fin, la larga cola de papel abandona el levísimo surco sobre la arena y se eleva dubitativa hacia el cielo. Imaginas la cara de Mamen, abriendo los ojos de admiración, y de repente el brazo no te duele, aunque la cometa parezca rebelarse y querer volver a tenderse lánguida sobre la playa. Casi caes de espaldas cuando un golpe de viento la frena en seco sobre tu cabeza, abombando el plástico, tensándolo contra el débil armazón de madera barata. Te giras, pones tu mano pringosa de helado sobre tus ojos a modo de visera, y la contemplas, quieta, rígida, desafiante como un potro salvaje que se niega a ser domado, tirando con fuerza de las riendas que sujetas con la mano derecha. El jirón de viento la eleva, jugando con ella, hasta dejarla casi vertical sobre ti, proyectando su sombra temblorosa ante tus pies. Por fin, la ráfaga la abandona, y la cometa se desploma laxa, en caída libre, solo para volver a ser atrapada por un remolino que la agita de manera espasmódica de un lado para otro. Vuelves a correr, y la cometa abandona el pequeño torbellino para iniciar un vuelo grácil, elegante, desplegando una amplia curva en un cielo sin nubes, de un azul cegador. Ahora das la vuelta, y la cometa te sigue, como resignada a ser gobernada por una mano infantil pero firme. Has vuelto al punto de partida, frente a tus primos, tus padres y Mamen, tu vecinita, que ahora sí te mira admirada, con los ojos muy abiertos bajo su pamelita de tela rosa. Miras hacia el grupo, satisfecho, desafiante. Te sientes el amo del mundo, con los pies medio hundidos en la arena fresca, y le das un gran bocado a tu polo de limón mientras sujetas el hilo de la cometa, a la que ahora se disputan unos invisibles bailarines que la hacen girar en una alocada y frenética danza. Gira enloquecida, y de pronto es propulsada hacia arriba con una fuerza que casi te arranca el hilo de la mano. Súbitamente, cae desmadejada, y el hilo se destensa en una larga curva. Tus primos aplauden entusiasmados, tus padres sonríen, y Mamen te mira, tus ojos van de los suyos a la cometa, y de pronto no puedes soportar tanta felicidad, y los cierras, sintiendo el calor de esa mañana irrepetible, el rumor de las olas, el azul intenso del cielo que ilumina hasta el último rincón de tu corazón, y de pronto una mano diminuta tira de la tuya, y abres los ojos y te encuentras con una mirada inocente, con una cara levemente  enfurruñada…

-Papi, ¿me devuelves la cometa?

Cajera

Ya está aquí la gorda. Como cada mañana. Con su bata sucia, sus pelos como cerdas en la papada y ese pestazo de no pasar por la ducha desde hace semanas. Y tengo que sonreír, claro, porque si saco el ambientador y hago gestos con las manos, como la semana pasada, se irá al encargado y me montará un buen pollo, la tía. O sea, que a tirar de sonrisa, Pili, mientras la gorda coloca sus chocolatinas y sus bollos en la cinta y te mira con esa cara de que el cliente siempre tiene razón y esas mierdas, perdonándote la vida. Agacha la cabeza y cobra, y que se vaya de una vez, no te busques más problemas.

Las diez… cinco horas por delante, y las piernas hinchadas, porque hay que ayudar al cliente a embolsar, y una casi no puede ni sentarse. Total, para esta porquería de taburete… Ahora viene la vieja. Venga, a pesar la manzana, la pera, los dos tomates, el cuarto de sardinas que huele que apesta. Ahora, a esperar a que saque el monederito azul, a que busque las monedas, mientras la cola detrás aumenta y la gente se impacienta, bufa y resopla mientras la abuela se toma todo el tiempo del mundo para sacar las puñeteras monedas, contarlas, repasarlas mil veces… Y todo mientras me cuenta su vida, sus achaques, sus historias. Y claro, tengo que seguir sonriendo y hacer como que me interesan sus problemas. Como si no tuviera yo los míos. Y el otro durmiendo en casa. Claro, anoche había partido y el señor no podía verlo en casa con su mujer y su hija, no. Tenía que bajar al bar con los colegas, a ponerse hasta las trancas de cerveza y hacer el burro hasta las tantas. Ni sé a qué hora ha venido. Y una a levantarse a las siete, apañar a la niña y salir zumbando para la guardería con el café a medio bajar por la garganta mientras don Iván ronca como un cerdo, oliendo a cerveza y al perfume barato de las cuatro putillas que siempre rondan por el bar, a ver lo que cae… Menuda tripa está echando, parece un viejales de los que siempre se había reído cuando salíamos todo el grupo juntos. En qué estaría yo pensando, joder… Con lo cachondo y guapo que era mi Iván, y lo que se está estropeando y la mala hostia que tiene ahora. Y encima sin dar ni golpe, que no sale del bar con el rollo de la crisis y que si no hay trabajo de nada.

Mira, la que faltaba, la Juani… Venga, reina, a perdonarme la vida un rato, a hacer la hipócrita con los abrazos y los besos y los “qué guapísima estás” y “hay que ver lo que te echamos de menos” y “tenemos que quedar para liarla como antes”, mientras le cobro su pintalabios o sus cremas, o cualquier potingue que a la señora le apetezca. Que sé que por dentro se ríe de mí, la muy hipócrita, y me repasa de arriba a abajo para luego echarse unas risas con las otras arpías, la Vanessa y la Marta, que “vaya culo está echando la Pili”, que “qué cara de amargada tiene”, que “parece una vieja”… Envidia de la mala me tienen, que me llevé al Iván en sus morros, que sé que todas iban detrás de él… Eso no me lo quita nadie, y algún día se lo voy a decir en todos los morros, como que me llamo Pili.

Hombre, ya está la Jeny camelándose al encargado… Tempranito empieza hoy. Claro que sí, guapa, mueve un poco más el pandero, que tu dinerito de gimnasio te cuesta… Cómo se nota que vive con sus papis y tiene tiempo libre, y que no tiene que llevar a la niña a la guardería, trabajar, ir luego a buscarla, hacerle la comida, cambiarla, llevarla a casa de los padres o los suegros, volver al trabajo… No, la señora tiene tiempo libre para correr en su  cintita y bailar y sudar hasta la última gota de grasa. Mírala, tres meses en el súper y ya quiere ser jefa de cajeras. Y el otro imbécil babeando detrás como un adolescente salido. Pero esa no me quita a mí el puesto, aunque también tenga que mover las tetas delante del gordo ese, que bueno, vale, he engordado un poquito, pero la Pili es mucha Pili todavia.

Ufff, la que faltaba, la de las ofertas y los cupones y los folletos y la madre que la parió. Venga recortar papelitos, y que si “niña, que aquí hay un dos por uno y no lo has hecho”, que si “¿me has cobrado la segunda unidad a la mitad?”. Media hora con ella, y la cola que llega hasta donde el pescado. Claro, la Mari de baja, la nueva que no da abasto, y el encargado venga “jiji” y “jaja” con la Jeny, no se vaya a romper la muñequita si se pone a cobrar como las demás…

No me pasa la mañana. Tres cuartos de hora para el desayuno, y como vamos flojos de personal, a tomarse el café a trompicones y a fumarse el cigarro cagando leches. Y luego tres horas para irme. Total, para luego malcomer y salir zumbando a dejarle la niña a mi suegra, y aguantar sus indirectas, su cara de asco cuando me mira, agachar la cabeza cuando me da un billete para “que le compre algo a su niño o a su nieta”… Casi que prefiero esta mierda, los niñatos que me miran las tetas y se van riendo y dándose codazos, o los que me miran sin verme, como si fuera un robot que cobra, o las broncas cuando alguien se cuela, y el dolor de pies, de las piernas, el sudor, este asqueroso uniforme que se pega a la piel…


Y ya tenemos al que faltaba. Ya estamos todos. Don Ismael, mi profe del Instituto. Como cada día, otro solterón de los de fruta por piezas y paquetitos de pescado o pollo. Y los bollitos de crema, claro, que mucha comida sana pero el tío se tira su buen cuarto de hora dando vueltas por la pastelería hasta que al final siempre pica, desde aquí se puede escuchar el suspiro cuando no se puede resistir a meter los bollos en la bolsa. La verdad es que están buenos. Sigue tan despistado como siempre. No me reconoce, y eso que hace tiempo que dejé el Insti. Eso sí, le debe de sonar mi voz o mi cara, a pesar del maquillaje, porque noto que me mira desde lejos, o cuando pasa sus cosas por la cinta. El caso es que no me mira como los viejos verdes que me repasan con la vista mientras les cobro. Igual le sueno, pero no acaba de caer… Mejor, que menuda bronca me daba, que si no me esforzaba nunca llegaría a nada, que la vida era muy dura y aprovechara las oportunidades… Lo que me faltaba, que me viera aquí de cajera, como si no tuviera bastante con las chicas… Otra cosa será cuando me hagan jefa de cajeras, que la pedorra de la Jeny no me conoce, y a esa me la  meriendo viva. Sí, cuando sea jefa de cajeras me acercaré, me haré la encontradiza y se lo pienso soltar, hombre, don Jaime, ¿no se acuerda de mi…? Que me vea con mi uniforme azul y mi placa, y que me diga si he llegado a algo en la vida o no. Esperaré, claro que esperaré...

Dallas 1963

A Abraham Zapruder, un sastre con cara de sastre de cincuenta y ocho años de edad, le dolía la mano. Hacía tiempo que esperaba en su privilegiada posición, en lo alto de uno de los pilares cercanos a la pérgola de la Plaza Dealey. Aguardaba, como gran parte de los ciudadanos de Dallas, a John Fitzgerald Kennedy, y cada elevación del murmullo de los ciudadanos, nerviosos y alterados ante cualquier sonido proveniente de Houston Street, provocaba que de manera automática alzara la cámara para no perderse la aparición de la caravana presidencial. Por fin, tras una sucesión de falsas alarmas, el típico estruendo de las Harley Davidson anunció la entrada en Elm Street de los motoristas que encabezaban la comitiva. Abraham respiró hondo y volvió a levantar el tomavistas, intentando controlar su respiración para estabilizar la máquina y que la película no saliera movida. Tras filmar a los motoristas durante unos breves instantes, giró con rapidez el tomavistas y volvió a enfocar la curva, frente al almacén de libros escolares. Tras unos segundos de incertidumbre, el Lincoln Continental donde viajaba el Presidente tomó la curva con pausada majestuosidad. A Zapruder le recordó, por la forma en la que casi parecía deslizarse por el asfalto, al lento navegar del barco en el que había llegado a América más de cuarenta años atrás. El hombrecillo de las gafas redondas, el emigrante huido de la Rusia revolucionaria, pensó en la historia que le contaba su madre cuando era pequeño, sobre la ocasión en la que había visto de lejos la comitiva del Zar en un viaje a Moscú. Y allí estaba él, a miles de kilómetros, mirando a través de la lente de su tomavistas al hombre más poderoso de la más poderosa de las naciones. No obstante, durante unos brevísimos instantes, no fue el saludo del Presidente, o su sonrisa, o el vestido de Chanel que lucía Jackie lo que llamó su atención, sino un niño de pantalones rojos y camisa blanca que corrió en paralelo al coche de Kennedy durante un par de metros, antes de quedarse parado sobre el césped de la plaza.

Abraham no asoció el primer estampido a un disparo. Pensó, como muchas otras personas ese día, en un petardo, o en la explosión de la rueda de un coche. Estaba maldiciendo mentalmente al letrero que durante unos instantes le tapó la visión de la limusina cuando sonó la segunda detonación. Cuando el cartel desapareció y el coche volvió a aparecer en el visor de su tomavistas, observó estupefacto cómo el Presidente y el Gobernador Connally se retorcían en sus asientos, como zarandeados por una mano invisible. El brazo de Abraham se tensó, y en uno de los revoloteos inexplicables de la mente humana en una situación de tensión, el sastre agradeció que esa tensión le ayudara a mantener el tomavistas estable en su mano.

Cinco segundos. Una fracción de tiempo que normalmente se desliza de manera intrascendente por la Historia, pero que a Abraham Zapruder, aquel día de noviembre de 1963, se le antojó una eternidad. El mundo pareció frenarse, avanzar al ralentí, como si imitara el lento avance de la limusina presidencial, mientras Jackie, la Primera Dama de sonrisa deslumbrante que enamoraba a América, pasaba un brazo por encima de los hombros de su marido, como si en lugar de un balazo fuera víctima de una indisposición repentina. Cinco segundos inacabables en los que el desconcierto se adueñó del público de la plaza Dealey, congelando los aplausos, convirtiendo las risas en muecas de estupor, transformando a los ciudadanos que vitoreaban a Kennedy en autómatas sin alma súbitamente desconectados a la vez. Abraham sintió que hasta la brisa se paralizaba, y un atronador silencio se apoderaba de la plaza. Fue entonces cuando sonó la última detonación y el lado derecho de la cabeza del Presidente se volatilizó en una macabra lluvia de fragmentos de hueso, sangre y trozos de cerebro. De manera súbita, el tiempo pareció querer recuperar su velocidad habitual, e incluso a superarla, como si fuera una bobina de cine manejada por un operario inexperto, y a Abraham le pareció que todo discurría a una velocidad disparatada. El escolta trepando a un estribo del Lincoln, Jackie gateando desesperada por la parte trasera del coche, el conductor acelerando en medio de los gritos histéricos de la gente… todo se tiñó de vértigo, de prisas y de confusión.


Abraham Zapruder tuvo la impresión de que jamás podría bajar el tomavistas, como si estuviera hechizado por el monótono ronroneo de la máquina, prisionero de aquel momento terrible que solo él había podido filmar. Por fin, apelando a toda su fuerza de voluntad, detuvo el tomavistas y lo dejó caer laxo a lo largo de sus piernas, mientras permanecía parado mirando estúpidamente la calzada vacía. Durante los años venideros le preguntarían hasta la saciedad cómo había vivido esos momentos, hasta el punto de convertir sus respuestas en una sucesión de tópicos repetidos con desgana. Jamás dijo que en aquellos momentos, cuando fue consciente de lo que había pasado, solo pudo pensar en el niño de los pantalones rojos y la camisa blanca, y en cómo se habría sentido cuando vio la cabeza del presidente estallar como una sandía madura.

1 de noviembre de 2016

Tiburón

Tiburón. Así le llamaban todos, y desde el primer momento en que lo vi supe que pocas veces un mote estaría más justificado. “Ten cuidado con el Tiburón”, me dijeron. Esa advertencia, musitada por el operario que me enseñó mis funciones en el almacén, condicionó también mi percepción de aquella gigantesca nave, que desde ese preciso instante se me antojó una pecera enorme, un ecosistema marino por donde pululaba incansable una multitud de especies subacuáticas, cada una con sus características, funciones y formas de moverse. Todas ellas, sin embargo, tenían un nexo común: intentaban evitar al Tiburón, o, si no había más remedio, se acercaban a él tomando todas las precauciones posibles, con los sentidos excitados al máximo para escabullirse ante la más mínima señal de alarma. Los ataques del Tiburón eran tan certeros como imprevisibles y aleatorios. Su sonrisa, o la mueca que la sustituía, resultaba tan intimidante como la de los escualos con los que se le identificaba, y su mirada torva, maligna, esparcía a su alrededor una sensación de peligro que asfixiaba a los pececillos como si unos invisibles y pegajosos tentáculos los sujetaran.

Vi al Tiburón en acción mientras los operarios del turno de noche entrábamos en el almacén, agolpándonos en un pasillo angosto, donde se mezclaba durante unos instantes la resignación de los que entrábamos en la helada nave con la perspectiva de ocho horas de trabajo por delante, y la efímera euforia de los operarios del turno de tarde que marchaban a buscar la cena, la televisión y la cama que les sacara el frío del cuerpo. Nunca supe cómo empezó la pelea, y si guardo un recuerdo de ella fue porque, de manera casual, se desarrolló a mi lado. Fueron breves segundos, durante los cuales tuve la sensación de que el pasillo se inundaba, y el banco de peces se movía de forma perfectamente sincronizada, aislando al Tiburón y a su víctima. El desgraciado era un colombiano con la cara llena de cicatrices, un tipo alto y de aspecto intimidante que se encaró con el depredador por alguna nimiedad. La respuesta fue salvaje, un cabezazo en la nariz y una rapidísima sucesión de puñetazos, los brazos tatuados moviéndose de manera vertiginosa,  que acabaron con el pobre tipo en el suelo, a mi lado. Tragué aire, pero tuve la sensación de que solo me entraba agua salada y espumeante, mezclada con sangre. De manera tan súbita como había comenzado, el torbellino se calmó, el pobre tipo limpió de sangre su cara cortada y el flujo de pececillos que entraban y salían se reanudó.

 Era un depredador de barrio, carne de calle, curtido en cientos de peleas a pie de asfalto, el despiadado resultado de la constante lucha por la supervivencia en las ciudades dormitorio. Cazar o ser cazado. El Tiburón, obviamente, eligió lo primero: batidas de caza entre los bloques impersonales, inmensas colmenas minúsculas donde se hacinaban las familias de trabajadores lamiéndose las heridas del cansancio, el hastío y la desesperación. Peleas por un palmo de terreno, pequeños robos, atracos a punta de navaja a aterrorizados jubilados a los que les robaban las pensiones del día de cobro, sin atisbo de piedad… Yo conocía bien el percal. Yo era de los cazados. Había crecido oteando el peligro, vigilante, con un ojo en los juegos callejeros y el otro en la esquina, siempre atento.
Me integré bien en el cardumen del almacén, al fin y al cabo conocía la rutina. Incluso acabé perteneciendo al  pequeño grupo de pececillos a los que el Tiburón otorgaba algo vagamente parecido a la amistad, aunque a mí más bien me parecía un salvoconducto otorgado por un reyezuelo perdonavidas, una tolerancia que tenía que ganarme día a día riendo sus bromas pesadas y desviando la atención hacia otros peces.

Durante meses conviví ocho horas diarias con el Tiburón, testigo mudo e impasible de su particular reinado del terror, que de manera inexplicable parecía extenderse incluso a los encargados y jefes, que miraban hacia otro lado y hacían la vista gorda ante sus borracheras, sus accesos de furia y su particular tiranía sobre el resto de los peces. Soporté con mi mejor sonrisa de cobarde superviviente sus bravuconadas, escuché con fingido interés los relatos de sus delitos en su barrio... En definitiva, me convertí en una más de las rémoras que sobrevivían al amparo del Cazador.


Un buen día salí del acuario como había entrado, sin armar demasiado alboroto, manteniendo un perfil bajo, que se dice ahora. Un nuevo trabajo, nuevos pececillos y nuevas costumbres. A veces pensaba en el Tiburón, en aquella extraña integración suya en el mundo laboral, moviéndose a sus anchas en el almacén en lugar de estar aislado como sin duda permanecían algunos de sus amigos de juventud. Un día lo encontré, paseando por el mercado. El tiburón empujaba un cochecito de bebé, al lado de su mujer. No me pareció tan agresivo fuera de la pecera, incluso mostró hacia mí una extraña deferencia, una simpatía despojada de todo atisbo de agresividad. Recuerdo que le hice unas carantoñas a su hijo, aunque mantuve lejos las manos de su boca y de la inquietante sonrisa con la que me obsequió. 

La barbería

Vengo a la barbería de don Paco desde que tengo uso de razón. Al principio, mi madre me acompañaba. Me sentaba en un asiento adaptado colocado en el sillón, mientras don Paco me ajustaba el blanquísimo delantal al cuello. Ahora, mientras espero mi turno en la pequeña y pulcra barbería, sonrío al recordar el miedo que sentí cuando vi por primera vez a don Paco esgrimir su afilada navaja y dirigirse hacia mí sonriendo. Las primeras veces seguía sintiendo ese miedo irracional, y mi madre me tenía que calmar mientras sentía el cortante metal deslizarse por mi pelo, segando con rapidez mis rebeldes guedejas. De manera progresiva, ese miedo desapareció, y al cabo de un tiempo mi madre ya me enviaba solo a la barbería, con el billete para pagar cuidadosamente doblado dentro de un bolsillo. Ahora, pasada ya la frontera de los treinta años, sigo afeitándome y cortándome el pelo aquí. Es mi pequeño placer semanal. Soy un hombre de costumbres, incluso reconozco que algo aburrido, y adoro el ritual de llegar a la barbería, con sus olores inalterados a potingues, colonias y lociones para después del afeitado que don Paco sigue usando sin ceder ni un ápice a las nuevas tendencias. Eso no va con él.

 La barbería sigue exactamente igual a como yo la recuerdo cuando yo era pequeño.  Los dos sillones de confortable cuero, algo ajados por el tiempo, uno siempre vacío –don Paco nunca ha tenido ayudantes ni aprendices-, el amplio espejo, la estantería llena de frascos de colonia y masajes, las butacas donde los clientes esperábamos nuestro turno, la mesita llena de viejos tebeos, diarios deportivos y alguna revista picante que don Paco colocaba discretamente bajo la pila para que los niños no tuvieran acceso a ellas, la puerta que da acceso al pequeño sótano…

Los clientes son gente como yo, hombres poco amantes de la novedad y de exotismos en lo que al arreglo capilar se refiere. Nos conocemos todos. Algunos traen a sus hijos para que don Paco les corte el pelo, como hacía mi madre conmigo. Me gusta charlar con ellos de cosas insustanciales, de la jornada de Liga, del tiempo, de las pequeñas cuitas diarias… Es un agradable preludio al acto del corte de pelo, o al afeitado, o a ambas cosas. Un leve escalofrío de placer recorre mi cuerpo cuando don Paco extiende los polvos de talco sobre el cuello del cliente tras el cual voy yo, retira el mandil, cobra y aguarda a que yo me levante y ocupe mi sitio en el butacón de cuero. Don Paco, por inercia, pregunta qué corte de pelo quiero. Yo siempre le respondo lo mismo –como siempre, don Paco- y durante unos minutos me abandono al hipnótico sonido de las tijeras y la navaja modelando mis cabellos.

Me gusta pensar que la barbería de don Paco es un idílico paréntesis, una tregua que la vida me da en este torbellino loco y frenético en el que se ha convertido el mundo, una especie de viaje en el tiempo hacia los olores y sensaciones de mi infancia. En definitiva, un ancla que me mantiene aferrado a tiempos más seguros, donde todavía los sinsabores de la vida no me habían ni rozado. Los viejos y fieles clientes de don Paco buscamos eso, la seguridad de que algo no ha cambiado, que permanece invariable. Creo que el corte de pelo es una excusa para disfrutar durante unos placenteros momentos de un refugio en el que nada cambia a lo largo de los años.

No obstante, a veces nuestro tranquilo reducto se ve alterado por la presencia de un advenedizo, de un desconocido que, no se sabe por qué razón, ha ido a parar al establecimiento de don Paco. Suelen ser hombres que han encontrado su barbería habitual cerrada, y han acabado en la de don Paco. Normalmente los soportamos con estoicismo, dejando caer sobre ellos el peso de nuestra indiferencia, que acaba por sumirlos en un total mutismo. Otras veces, sin embargo, soportamos a un pesado parlanchín que no sabe callarse. Como el de hoy. He coincidido con Tomás, uno de los habituales, y hemos entrado juntos en la barbería. Y allí estaba él. Enfundado en un impecable traje, encantado de conocerse, fanfarroneando en voz alta por su teléfono móvil. Tomás y yo nos hemos sentado para esperar nuestro turno, pero pronto hemos renunciado a nuestra charla ante el parloteo incesante del entrajado, que esparcía por nuestro apacible reducto su cháchara insoportable y estridente. Que García es un imbécil, que a Puri, la de Contabilidad, me la estoy trabajando a base de bien, que a Hortelano le voy a hacer la cama hasta echarlo a la puta calle, que estoy en una barbería como las de antes, sin mariconadas, y que igual vengo todas las semanas…


Don Paco trabajaba sobre el pelo del entrajado con resignada profesionalidad, pero ha sido ante la última afirmación del insoportable cliente cuando ha dado un pequeño respingo. Con la navaja en la mano, nos ha dirigido una mirada interrogatoria. Tomás y yo hemos asentido con la cabeza, levantando los hombros, y antes de bajarlos don Paco ya estaba cercenando con quirúrgico temple la garganta del plasta. Un leve gorgoteo ha sustituido a su enojoso parloteo, mientras don Paco echaba hacia atrás el sillón, giraba la cabeza del entrajado y colocaba debajo el cubo. Con la sincronización que da la práctica, Tomás ha colocado el cartel de “Cerrado” en la puerta de la barbería y yo he desenrollado el enorme plástico al lado del sillón. Ni una gota de sangre ha manchado el cuero. En menos de cinco minutos ya habíamos dejado el paquete en el suelo del sótano, junto con la pala, y estábamos de nuevo en la barbería. Le he cedido gentilmente el turno a Tomás y he cogido una vieja revista de la mesita, suspirando de placer mientras me arrellanaba en la butaca. Lo dicho, no hay nada como mantener las viejas costumbres…

9 de octubre de 2016

M.A.R.Y.

El doctor Poch, responsable del Proyecto Planeta 5, permanecía hierático e inexpresivo, arrellanado en su confortable sillón frente a uno de los enormes monitores de la sala 36 del Centro de Control de Experimentos Evolutivos. Parecía hechizado por el parpadeo del cursor en la caja de la contraseña, justo en medio de la pantalla. Por fin, como si un invisible hipnotizador hubiera chascado los dedos liberándolo del encantamiento, suspiró largamente, se enderezó en su asiento y tecleó la clave: MARY27P5. Instantáneamente, todas las pantallas de la sala cobraron vida, mostrando con nitidez las imágenes que enviaban las cámaras de la zona de experimentación y las naves de observación estacionadas a varios kilómetros de altura sobre ella. El doctor Poch sonrió. Le gustaba el experimento 27. Básicamente consistía en lo mismo que los otros 26, esto es, abandonar en un planeta inhóspito a un numeroso grupo de presidiarios a los que se les había borrado completamente la memoria, devolviéndolos a un estado salvaje y primitivo, y estudiar su evolución, introduciendo algunas variables que cambiaban en cada experimento. Más tarde o más temprano, los descendientes de los presidiarios, tras miles de generaciones, llegaban al Punto de Colapso que hacía inevitable la limpieza total del planeta y sus habitantes y el comienzo de un nuevo experimento con un relevo de condenados y nuevas variables en sus inicios. El motivo de su regocijo era que se había permitido una pequeña travesura, relacionada con la variable Religión. Según el protocolo, tras unas generaciones sin apenas intervención de los responsables del experimento, en las que los presos se limitaban a cazar, pescar, recolectar y, en definitiva, a sobrevivir en un ambiente hostil, se introducía el Elemento Religioso. En el estado primitivo del grupo, cualquier cosa les proporcionaba un punto de partida para desarrollar un embrionario concepto de la explicación sobrenatural a su presencia en aquel inhóspito planeta. La travesura que tanto divertía al doctor Poch consistía en ese catalizador inicial. Desdeñando las habituales apariciones revestidas de mágica majestuosidad de algunos androides de las naves de observación, acompañadas de un espectacular despliegue de luz y sonido, él había optado por escoger un objeto salvado de la limpieza del Experimento 26, uno de los que más se había desarrollado antes del habitual Colapso Total. Un pequeño divertimento sin importancia, al fin y al cabo, pero con un toque de originalidad que, dentro de la absoluta rigurosidad del experimento, le proporcionaría algunos momentos de solaz para sobrellevar mejor la tediosa contemplación del proceso evolutivo de los individuos. El doctor Poch ajustó algunos parámetros, dictó algunas observaciones y se dispuso a observar…
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Ainui, con total conciencia de su importancia como Sumo Sacerdote de la Diosa, encabezaba con majestuosidad el cortejo que se encaminaba con parsimonia, entre cánticos y danzas de los habitantes del valle, hacia la enorme gruta donde moraba la deidad benevolente que les favorecería en una nueva temporada de lluvias. Unos pasos por detrás de Ainui, también imbuidos de la solemnidad que la ocasión requería y orgullosos del honor que se les había hecho,  caminaban los elegidos para servir a la Diosa y obtener su favor antes de que el agua comenzara a caer. Los dos desfilaban ataviados con los trajes rituales, hechos a imagen y semejanza de las sagradas imágenes que reposaban junto al cetro de la diosa en la habitación de los muros mágicos. Los tejedores habían hecho un gran trabajo, y nada tenían que ver los atuendos actuales con las burdas y lamentables imitaciones de antaño. Se había conseguido imitar con bastante fidelidad los amplios ropajes de la Diosa, la tela que llevaba al cuello y el tocado negro con flores de la cabeza. También se notaba el esmero en la elaboración de la vestimenta del muchacho que representaba al esposo de la diosa, con sus ropas negras ceñidas y la cara tiznada con restos de madera calcinada por el fuego. Los dos portaban sobre sus hombros los cetros sagrados. El del muchacho era prácticamente igual que el original, un largo palo coronado por unos pelos tiesos que se habían podido imitar bastante bien con delgadas lianas teñidas de negro. El cetro de la muchacha era otra cuestión, ya que distaba mucho de parecerse al auténtico, expuesto en toda su magnificencia dentro de la pequeña habitación de los muros mágicos. Ainui pensaba que era ingenuo pretender igualar la sobrenatural perfección del sagrado instrumento, por lo cual se daba por satisfecho con la pobre imitación hecha con ramas de árbol y hojas de palma teñidas.
Por fin, la comitiva llegó a la gruta que albergaba la habitación de los muros mágicos. El gentío cesó en sus danzas y cánticos y entró ordenadamente en la inmensa caverna, iluminada por la cientos de antorchas cuyas sombras danzantes producían un temor supersticioso entre los congregados. La minúscula habitación de los muros mágicos estaba en medio de la caverna, sobre un pequeño montículo de piedra. Unos rayos de luz cenital, filtrados por unas aberturas en el techo de la gruta, caían sobre el cubículo transparente, iluminando el cetro sagrado y las imágenes de la diosa. Los habitantes del valle lo miraban arrobados de fervor religioso. El largo palo curvado en un extremo y tallado con extrañas inscripciones, las varillas brillantes que surgían de la parte superior, sujetando un tejido negro y brillante como nadie había visto jamás. Ainui se arrodilló frente a la habitación, tocando con las palmas de las manos el material frío y transparente que protegía el cetro. Musitó las oraciones que se habían transmitido de sacerdote en sacerdote, de generación en generación, luego se volvió hacia los muchachos, que aguardaban entre él y la multitud, y levantó las manos en alto para que comenzara la danza ritual. La muchacha levantaba su cetro en alto, mientras el chico danzaba en torno a ella, imitando las posiciones de las imágenes. Lo hacían bien, la diosa estaría complacida. Tras el baile, el sacerdote los condujo tras el pequeño montículo donde descansaba el cubículo, hasta el borde de la sima que los conduciría directamente al servicio de la Diosa. El pueblo cantaba una letanía obsesiva, un crescendo que pronto llenó hasta el último rincón de la caverna con una plegaria monocorde. Tras un leve momento de vacilación, la pareja saltó, ella siempre con el cetro en alto, en medio del rugido de satisfacción de la multitud.
Ainui estaba solo. Todos se habían marchado, confiados en que la Diosa estaría satisfecha y la temporada de lluvias sería favorable. Musitó una breve plegaria frente a la habitación del cetro, y una vez más examinó, sin entender, los extraños signos trazados en una placa de metal dorado. Los podría dibujar de memoria, pero le resultaban ininteligibles:

PARAGUAS USADO EN EL RODAJE DE LA PELÍCULA “MARY POPPINS”
MUSEO DEL CINE DE SAN FRANCISCO
1964

 Algún día la Diosa le daría el entendimiento para interpretarlos, pero entretanto, solo cabía tener Fe… Salió caminando despacio de la caverna, sintiendo, como siempre, aquellla extraña e inquietante sensación de escuchar una carcajada sofocada en medio del aire denso de la cueva.