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28 de mayo de 2017

De Casasana a Sacedón

El viajero, tras una penosa noche a la intemperie, durmiendo poco y mal en un banco de piedra de una pequeña plaza, se pone en marcha cuando las primeras luces del Sol todavía no se han enseñoreado de las intrincadas callejuelas de Casasana. A pesar del frío y del poco descanso se siente eufórico. Guarda en la mochila las prendas veraniegas con las que ha intentado, con poco éxito, protegerse del frío montañés de la aldea, y se pone en marcha con decisión. Tiene la impresión de que la jornada que le aguarda no puede ser peor que el penoso día que deja atrás, y mochila al hombro recorre con anticipada nostalgia los rincones silenciosos del villorrio, mal iluminados por unas farolas que derraman una luz fatigosa, desvaída, sobre las piedras. Se asea con felino talante en una fuente de piedra y, sin más preámbulos, emprende el camino hacia Sacedón. Apenas guarda el viajero rencor a Casasana por la falta de hospitalidad de sus gentes, y sabe que incluso ese resto de resentimiento se verá dulcificado con el tiempo por el bálsamo de la larga conversación con los hijos de Felipe “el Sastre”. Así pues, en paz con Casasana, abandona con buena presencia de ánimo el pueblo por una pequeña carretera, que desciende serpenteando con ánimo juguetón desde las alturas de la aldea.

 El viajero, al partir de Casasana en plena noche, no ha encontrado a ningún lugareño que le confirme la idoneidad de la ruta que ha escogido. Tampoco acertó la noche anterior a preguntar, más preocupado por dejar atrás los sinsabores de la jornada pasada que de preocuparse por la que venía, y al cabo de un buen rato de caminar por la carretera la incertidumbre se apodera de su ánimo. Tiene el viajero todavía muy presentes las penosas vicisitudes del día anterior, y cree que sus mermadas fuerzas no soportarán bien otro extravío por los mal señalizados caminos de la zona. Pensar que puede estar siguiendo un camino equivocado hace todavía más penoso el camino, y cuando el día despunta y el sol cae inclemente sobre él, la euforia que ha sentido al abandonar Casasana se esfuma. La carretera serpentea atravesando extensos cultivos de cereales, y el viajero no encuentra una triste sombra donde descansar.

Tras un buen rato de caminar, fatigado y preso del desasosiego, el viajero divisa a lo lejos un rebaño de ovejas que se mueven de forma aparentemente aleatoria y al unísono por los sembrados, como un ovino cardumen en un mar de cereal.  El viajero, que lleva más de una hora sin divisar a ningún ser vivo, decide adentrarse en el sembrado y abordar al pastor para preguntarle si está en el camino correcto hacia Sacedón. El camino a través de los terrones de tierra se hace fatigoso, con las botas del viajero hundiéndose en la tierra polvorienta. El rebaño tan pronto se mueve hacia el viajero como se aleja de él, juguetón e imprevisible, provocando constantes cambios de dirección del viajero en su afanoso camino por el sembrado. Por fin, tras un buen rato de jugar al gato y al ratón bajo el sol inclemente, el viajero aborda al pastor, que resulta ser nativo de Marruecos o algún otro país del norte de África, y que apenas chapurrea un castellano básico y apachizado del que el viajero no logra sacar nada en claro. Tras un buen rato de besuguesca conversación, el viajero, resignado, abandona al sarraceno pastor con una apresurada despedida y vuelve a la carretera, preso de una desesperación que empieza a desbordar su alma lenta, magmáticamente.

Tras una hora de camino, solo acompañado por el monótono repicar de sus botas en el asfalto y las cansinas chicharras, dolorido por las llagas de los pies y con el ánimo quebrantado, el viajero se para a descansar bajo la raquítica sombra de unos choperillos. Desfallecido, le pega unos buenos tientos a la bota de vino para intentar alegrar el talante. El cuerpo se le afloja, resentido por la noche pasada al raso en Casasana, y no tarda en quedarse dormido. Despierta al cabo de un par de horas, con la boca reseca de quien ha abusado del vino y de una siesta a destiempo. Bebe un poco de agua y retoma el camino, algo más compuesto de cuerpo y alma. Piensa que, al fin y al cabo, como decía aquel, el camino es su destino, y que ya llegará a algún sitio.

Al cabo de un buen rato de caminar a buen paso, el viajero llega a la entrada de un pequeño pueblo, Santa María de Poyos, que encuentra desierto, con las puertas de las casas cerradas a cal y canto. El viajero deambula por las calles durante un rato, notando en todo momento un olor como a pescado podrido que le desagrada profundamente. Algunas casas son una pura ruina, con los restos de las paredes derruidas y vigas renegridas amontonadas en su interior. No se cruza con un alma, ni ve abierto bar alguno donde poder descansar y comer algo. Pronto decide seguir camino por la carretera y abandonar el desolado lugar. Al encarar las últimas viviendas, divisa a una vieja sentada en el poyete de una casa, impertérrita bajo el sol ardiente. Viste de negro riguroso, color que se extiende hasta el pañuelo que cubre su cabeza. El viajero, inicialmente, se dirige hacia ella para preguntarle por el camino, pero algo en la mirada de la vieja cuando levanta la cabeza hacia él hace que, con un escalofrío, desista y aligere el paso para salir del pueblo.

La suerte, por fin, parece aliarse con el viajero, y al cabo de un rato divisa Sacedón, que se cuece perezoso bajo el sol del mediodía. Sacedón, desde la construcción del embalse de Entrepeñas en 1956, ha sido un pueblo con vocación marinera, una especie de emporio turístico en medio de un secarral. El viajero, cuando entra en Sacedón, parece un viejo maquis, sucio, cansado, arriesgando la vida para bajar al pueblo a buscar algo de comida. Estupefacto, avanza entre barcos y yates de distinto tamaño, varados en descampados frente a tiendas de artículos navales cerradas a cal y canto. Como más tarde averiguará, Sacedón es ahora un pueblo en pie de guerra por culpa del trasvase Tajo-Segura, que está vaciando el embalse y dejando al pueblo sin el caramelo del negocio turístico acuático. Por doquier se divisan carteles en contra del embalse. Sacedón no quiere volver a ser un pueblo de secano.

Tras callejear desganadamente por el pueblo, el viajero decide entrar en una tasca para remojar el gaznate con algo fresco y, de paso, llenar el estómago, vacío tras la parca cena, por llamarla de alguna manera, de la noche anterior. El local es pequeño, pero fresco y con un sí es no es hospitalario. Unos abuelos juegan desanimadamente al dominó en una mesa, trasegando de tanto en tanto pequeños sorbos de cerveza de sus botellines. La dueña del figón es una mujerona, entrada en años y en carnes, de escote exuberante, al que el viajero no puede evitar echarle una mirada entre lasciva y avergonzada cuando la mujer se acerca a tomarle la comanda. Marta, que tal es su nombre, es simpática y dicharachera, con una risa fresca y desvergonzada que agita sus abundantes pechos. Observa la mochila y los avíos del viajero, depositados en el suelo al lado de la mesa, y con un deje burlón interpela al viajero.

-¿Qué, de viaje?

El viajero, intentando apartar la vista de las cárnicas esferas blanquísimas que pugnan por escapar de la blusa de la dueña, balbucea unas explicaciones apresuradas sobre su viaje.

-Sí, vengo de Casasana, siguiendo la ruta de Cela por la Alcarria…

-Pues buen paseo se ha pegado usted esta mañana. Casasana estará a unos buenos quince o dieciséis kilómetros. ¿Y los ha hecho usted del tirón?

-Qué remedio… Solo he pasado por Santa María de Poyos, y no había un alma. Bueno, una señora mayor, pero no he visto ningún sitio para parar y descansar…

El viajero sabe que ha dicho alguna inconveniencia cuando las conversaciones cesan de repente. Uno de los abuelos ha girado la cabeza con brusquedad hacia el viajero, volcando con el brazo su botellín de cerveza, que rueda por la mesa y cae al suelo estallando en mil pedazos. La cara de la dueña se transforma en una máscara en la que el viajero cree adivinar una mezcla de incredulidad y espanto. Durante unos dolorosos y eternos instantes, nada se escucha en el bar, hasta que el correr de una silla sobresalta al viajero. Uno de los abuelos se ha puesto en pie e interpela al viajero, con una voz temblorosa.


-¿Por dónde dice que ha pasado?

La dueña se gira, todavía con la desagradable mueca en la cara, y camina hacia la mesa donde el abuelo sigue mirando al viajero con obsesiva fijeza. Durante unos minutos, el viajero, incómodo, con ganas de largarse, los escucha cuchichear, hasta que el viejo vuelve a sentarse y se reanuda la partida, aunque sin dejar de lanzar furtivas miradas hacia el forastero encogido en su silla. La dueña desaparece tras la barra, y al cabo de unos momentos vuelve con una botella de vino frío y un enorme bocadillo envuelto en papel de plata. Su mirada es ahora triste. Se agacha hasta pegar la boca casi en la oreja del viajero, y con voz temblorosa le musita al oído.

-Invita la casa, pero por favor, váyase, no ha hecho usted nada malo, pero márchese, se lo ruego.

El viajero, estupefacto, solo acierta a asentir. Recoge sus bártulos y, sin decir palabra, abandona la tasca. Solo al cabo de un rato, mientras se come el bocadillo frente al menguante embalse, mirando las aguas azules y quietas, recuerda algunas lecturas, ata algunos cabos y siente cómo las piernas se le aflojan y un escalofrío recorre, helado y lento, su espalda.

25 de mayo de 2017

El Tesoro.

Mi abuela Juana encontró un tesoro. Era un tesoro modesto, no como el del cuento de Alí Babá y los cuarenta ladrones, una cueva abarrotada de monedas, joyas, piedras preciosas, coronas de oro puro, etc… Ni siquiera era un tesoro como los que enterraban los piratas en cofres repartidos por islas remotas. Pero, si nos atenemos a la definición de la Real Academia Española, “una cantidad de dinero, valores u objetos preciosos guardados”,  o “Conjunto escondido de monedas o cosas preciosas, de cuyo dueño no queda memoria”, nadie debería discutir que lo que encontró mi abuela a comienzos de lo que ha pasado a la Historia como “los felices años veinte” era un auténtico tesoro.

La historia de cómo mi abuela encontró ese tesoro y posteriormente su familia lo malvendió por cuatro chavos me fascinó e indignó a partes iguales desde muy pequeño. Era para mí un momento mágico, que se prolongó durante mi juventud y parte de mi época adulta, hasta que mi abuela murió. Escuchar aquella historia mil veces repetidas tenía para mí un efecto balsámico. La había escuchado, como ya he dicho, durante un larguísimo período de mi vida, pero curiosamente mi memoria ha aislado uno de los momentos, o lo ha modelado a su conveniencia, esculpiéndolo en mi mente de una manera quizás idealizada, un compendio de todas las sensaciones que experimenté en todos aquellos instantes en que le pedí a mi abuela Juana que me explicara cómo había encontrado un tesoro cuando era una niña. Igual es posible que ese recuerdo grabado en mi mente jamás hubiera sucedido. Quién sabe…

En esa recreación, llamémosle así, idealizada, era domingo por la mañana. Mis padres habían salido, mi hermana ya no vivía con nosotros. Desperté tras una noche de borrachera, empapado en sudor, con la boca reseca, llena del sabor amargo y químico de la cocaína cortada. Tenía sed y me dolía la cabeza. Montse me había dejado hacía unos meses, y el recuerdo de la puerta del coche cerrándose y su silueta alejándose para siempre, recortada contra el muro de mi vieja escuela en un amanecer sucio y gris, aún seguía atormentándome. No recordaba que en aquel momento me afectara demasiado, simplemente la espada de Damocles había caído por fin sobre mí, era algo que ya esperaba. No obstante, un dolor negro, pegajoso, se había comenzado a extender por mi alma, asfixiándola cada día un poco más. La bebida y el polvo blanco al que me estaba aficionando peligrosamente apaciguaban el dolor, lo aletargaban, pero con la resaca se reactivaba y volvía con más fuerza.

Salí de mi cuarto, con un pantalón de pijama y la camiseta que había llevado la noche anterior, apestando a humo y alcohol. El piso estaba en silencio, y mi abuela estaba en el sofá, en su rincón de siempre, tejiendo con sus agujas, que se movían entre sus dedos a una velocidad que siempre me había parecido vertiginosa. Le espeté un cavernoso “Buenos días”, a pesar de que era más tarde de las doce, y ella me dirigió una de sus miradas,  entre cariñosa y reprobatoria. Me dirigí a la cocina, y sin que me viera me bebí del tirón una cerveza. Había escuchado que la resaca era en realidad un síndrome de abstinencia, y solía recurrir a un botellín para que los niveles de alcohol en sangre no bajaran demasiado. El frescor de la cerveza me calmó un poco, pero seguía sintiéndome cansado, hundido en la miseria. Volví al comedor, el silencio solo roto por el “clinc clinc” de las agujas de tejer y el sonido monótono del viejo reloj de pared. Mi abuela seguía tejiendo. Tenía las piernas, hinchadas y amoratadas, sobre un taburete acolchado con unos cojines. Vestía sus habituales ropones negros. Era viuda desde 1963, tres años antes de que naciera yo. Mi abuelo había muerto con los pulmones reventados por las minas de plomo y cobre de Linares, antes de que toda la familia emigrara a Catalunya en un lento pero imparable goteo. Siempre, o casi siempre, llevaba sobre el vestido una toquilla de punto, también negra, plagada de medallitas de santos, de oro y plata. Era muy religiosa, y recuerdo el jolgorio que se apoderaba de mí cuando la veía cantar “La Internacional” puño en alto con todas aquellas imágenes de santos y vírgenes prendidas del pecho. Me arrellané en la otra punta del sofá, y mi abuela giró la cabeza. Tenía unos ojos muy azules. Yo también los tengo de ese color, pero al lado del azul de los ojos de mi abuela, los míos parecían casi negros. Me dio las explicaciones pertinentes sobre la ausencia de mis padres (se han ido con tus tíos a “Saturní”, tienes “fritangó” y “burguesas” en la nevera), y yo asentí con la cabeza. Otro domingo de resaca brutal, con el recuerdo de Montse zumbando por mi cabeza y la expectativa del trabajo al día siguiente. Suspiré y le dije: “Abuela, cuéntame lo del tesoro”.

Mi abuela, Juana, sonrió. Cerró los ojos, volando con la mente hacia principios del siglo XX. Ni ella recordaba qué edad tenía cuando encontró la vasija. Había nacido en 1916, y según contaba tenía cinco o seis años cuando se encontró las monedas, por lo que el hallazgo debió de producirse hacia 1921 o 1922. Vivía en Baños de la Encina, un pueblecito de Jaén de donde no se movería hasta que se marchó a Barcelona cuando el último de sus hijos abandonó el pueblo y cambió la vara de agitar olivos por la llave inglesa de una fábrica. Baños, como lo llaman sus habitantes, es un pueblecito situado en un cerro, a unos 450 metros de altitud. Posee un castillo  extraordinariamente bien conservado, a pesar de los avatares de la Historia. Lo construyeron los musulmanes a finales del siglo X, y hasta su conquista definitiva por Fernando III en 1225 cambió frecuentemente de manos, siendo conquistado y reconquistado por musulmanes y cristianos. Aquel día, mi abuela, su hermana y otro niño pasaron al lado de las murallas del castillo de camino al campo, para buscar habas. Siempre pensé que habían salido a buscar agua al pantano, pero mi madre me confirmó ese dato irrelevante en una conversación que tuvimos tras la muerte de mi abuela. Había llovido con fuerza, y mi abuela se fijó en una vasija rota entre el barro, al pie de las murallas. En aquel momento no le dio mayor importancia, pero a la vuelta volvieron a pasar por el mismo sitio y se fijó de nuevo en la vasija. Había algo que destellaba bajo el sol inclemente del día, y se desvió del camino, subiendo por la ladera que conducía a la fortificación milenaria. Allí, observó que entre los trozos rotos de la vasija había unas monedas, cubiertas de barro y orín, salvo algunos partes que la lluvia había limpiado un poco y que provocaban los destellos que ella vio. Pacientemente, las recogió y las guardó en su mandil, y sin darle mayor importancia volvió a su casa con su hermana y su amigo.

Cuando mi abuela llegó a su casa, corrió hacia la buhardilla, donde sus padres conservaban alimentos y lo que a duras penas extraían del pedazo de tierra que cultivaban. Allí tenía una casita de muñecas, y se puso a jugar con las monedas. Su hermana Marta no tardó en explicarle a su madre el hallazgo, y mi bisabuela subió a preguntarle a su hija qué era lo que había encontrado. “Pesetillas falsas”, contestó mi abuela. Algo en el brillo de aquellas diecisiete monedas debió llamar la atención de mi bisabuela, ignorante y analfabeta como casi todos los habitantes de Baños. Cogió una de las monedas y la llevó al boticario, a que le echara “el agua fuerte” para limpiarla. El hombre, una de las pocas personas medianamente cultas del pueblo, frotó la moneda y ante sus ojos apareció una pieza de oro puro de más de mil años de antigüedad.
Era a partir de este punto en la historia de mi abuela cuando la indignación se iba apoderando de mí. La maravillosa historia de cómo una niña encontraba un tesoro a principios del siglo XX se transformaba en una sórdida urdimbre de codicia, ruindad y el sempiterno pisoteo de las pequeñas élites rurales a los campesinos ignorantes y analfabetos. He de confesar que esa indignación también albergaba un sí es no es codicioso. Solía reprochar cariñosamente a mi abuela que se hubieran dejado arrebatar el tesoro tan fácilmente (“si hubierais conservado esas monedas, ahora seríamos ricos”). Curiosamente, ese pensamiento también se incrustó en mi mente junto con el relato, la idea de que esas monedas podrían haber cambiado el destino de una familia tan modesta como la nuestra, descartando, o más bien sin contemplarla, la idea de que un puñado de monedas de oro, repartidas entre la amplia descendencia de mi abuela, no hubieran supuesto un gran cambio en nuestro patrimonio.

La noticia del hallazgo corrió rápidamente por un pueblo dado a habladurías y falto de novedades. La Juana, la hija de la Anica, se había encontrado un tesoro de monedas. Como he dicho, es aquí donde la historia del hallazgo se troca en una especie de crónica sobre la avaricia humana. Los padres del niño que acompañaba a mi abuela en su excursión reclamaron la mitad del tesoro, y en cuestión de días, la pequeña niña que era mi abuela se vio declarando ante el juez del pueblo, que sería una especie de juez de paz o mediador, pero en todo caso con la atribución de impartir justicia. Esta especie de árbitro rural interrogó a los miembros de la excursión, y su veredicto fue que el tesoro pertenecía a mi abuela. No obstante, dictaminó que tres o cuatro monedas (mi abuela nunca lo dejó claro) le fueran entregadas a los padres del niño, en una decisión que contradecía de manera absurda la conclusión inicial sobre la pertenencia del tesoro.

Fue esta decisión judicial el principio de una rápida sangría del tesoro de mi abuela. A partir de aquí, el relato se tornaba confuso. Lo único que pude sacar en claro de la historia fue que las fuerzas vivas del pueblo, esto es, el boticario, el cura, el alcalde y las familias que acumulaban propiedades, les compraron a los padres de mi abuela las monedas que le quedaban. Yo, sentado al lado de mi abuela en el sofá, me echaba las manos a la cabeza cuando explicaba que su padre, con el producto de la venta, viajó en burro a la ciudad de Bailén para comprar ropa, colchones, utensilios de cocina, etc. Mi abuela se encogía de hombros, como justificando a sus padres (“había mucha necesidad, mucha hambre, y vendieron las monedas por cuatro perras”) pero con un cierto punto de orgullo al haber colaborado, tan pequeña, a una leve mejora de las penosas condiciones de la familia. Llegados a este punto de la historia, el ya de por sí exiguo tesoro habíase reducido a dos monedas, que mi bisabuela quiso conservar para cuando su hija fuera mayor, pero ni esos tristes despojos le dejaron. Una ricachona del pueblo se presentó un día en la puerta de la casa de mis bisabuelos y, entre adulaciones y súplicas, salió de allí con las dos monedas en el bolsillo.


Ahí terminaba la historia, con mi abuela sumida en ensoñaciones del pasado, sin dejar de tejer. Yo seguía sentado a su lado, sumido en mi desmayada laxitud resacosa, pensando en aquel tesoro que le habían escamoteado a mi familia, pensando en Montse, adormecido por el sonido rítmico de las agujas del reloj de pared. Todavía hoy, convencido de que la posesión de aquellas monedas no habría cambiado el destino de nadie, pienso en aquella niña de cinco años, sacando monedas embarradas y cubiertas de óxido de una vasija rota y depositándolas pacientemente en su pequeño mandilito. A veces, mi hijo se sienta a mi lado y le explico cómo su bisabuela Juana encontró un tesoro al lado de un castillo, hace ya casi cien años.                                          

14 de mayo de 2017

Rubicón.

Así que quieres que te cuente lo del río… Bien, chaval, eso te va a costar un par de jarras de vino, y no de esa mierda aguada que viene de Hispania, sino de buen vino italiano. Qué sorpresa, el viejo Lucio Pullo y su hijo… Así que vas con Tiberio a darles patadas en el culo a esos germanos… Es buen general. De los que cabalgan con sus soldados. Serio y estirado, sí, pero justo. Eso sí, chaval, ten cuidado, te arrancará las tripas con sus propias manos si no cumples. En eso se parece un poco a César. ¿Será tu primera vez en combate? Lo harás bien, seguro que eres digno hijo de aquí tu viejo. Tendrás miedo, claro. Yo me cagué encima en mi primera batalla, en la Galia. En cuando escuché los alaridos de aquellos galos locos que se venían contra nosotros medio desnudos, altos como árboles, se me aflojaron las tripas, así de claro. Otros vomitan, se mean… Te aconsejo que te pongas un pañuelo en la cara mientras la tortuga esté formada, te va a hacer falta. Pero una cosa, chaval, aguanta, aunque tengas que morder el escudo con los dientes, aguanta, o esos germanos serán tu último problema. Luego ya todo es fácil, mucho grito y mucho golpe de escudo, pero se estrellan contra la tortuga y ya todo es sencillo. Ah, por fin está aquí el vino. ¡Es la hora de beber, amigos! Ah, cómo echaba de menos las tabernas de la Subura… Sí, César nos dio tierras, tengo una buena mujer, algunos esclavos, voy tirando… Pero, entre nosotros, ahora mismo me iba contigo a vengar lo de Varo. Echo de menos el campamento, el olor a sangre, el botín…  y mira que las he pasado putas, como aquí tu viejo, ¿eh, Lucio? Aquellas marchas con César, cargados como mulos, echando las tripas por los caminos de la Galia… Pero bueno, tú quieres que te cuente lo del río, ¿eh? Ya vamos quedando pocos de aquella decimotercera de César. Menudos éramos, ¿eh, Lucio? ¿Te acuerdas de cómo le dimos lo suyo a aquel salvaje, Vercingetórix? Cómo se agachó el tío a dejar la espada a los pies de César, y el calvo todo digno con su toga, sentado en su silla, más tieso que un palo… Bueno, me estoy liando. Sí, lo del río… Tu padre te habrá contado lo de la marcha, siempre íbamos juntos, aunque casualmente aquel día iba un par de filas por detrás de mí. Lucio Pullo y Tito Voreno. Un buen par de cabrones éramos, sí… El caso es que César nos había soltado el rollo aquella misma tarde. Todo muy digno, mucha salvación de la Patria, mucha traición de los optimates… Daba igual, si hubiera subido al estrado, se hubiera tirado un pedo y hubiera gritado “¡A Roma!”, le hubiéramos seguido igual. Vale, sí, hubo algunos murmullos, al fin y al cabo aquello era un crimen, un ejército romano marchando contra Roma… pero fueron pocos, y se callaron rápidamente. Al fin y al cabo Sila ya se había follado a la loba hacía tiempo, no le iba a venir de nuevo uno más, y todos teníamos ganas de volver a casa. Ocho años llevábamos dándoles por el culo a los galos. Yo perdí la cuenta de las ciudades que conquistamos, de los bárbaros que maté, y después de lo de Alesia la cosa ya ni tenía gracia. Ya estábamos hartos del frío, de la cerveza y de las mujeres galas, esas salvajes que te podían clavar un cuchillo en la garganta en pleno polvo. Echábamos de menos el calor de Italia, el vino, las putas de la Subura… De todas maneras, hubiéramos seguido a César hasta al mismo Hades. Adorábamos a ese cabrón. Peleaba con nosotros, marchaba con nosotros, comía la misma mierda que nosotros. Y ahora cuatro burócratas de Roma le querían joder. El picapleitos de Cicerón, Catón, y Pompeyo, que de grande ya solo tenía el culo. Menuda tropa. César enviando carros de oro y plata, miles de esclavos, conquistando territorios, y ellos conspirando para despojarle de todo el honor y enviarlo a una puta isla en mitad del mar. Así que, en cuanto el calvo acabó de soltar su rollo, la decimotercera en pleno empezó a gritar “¡César, César, César!”, y yo creo que hasta en el Senado lo escucharon. Bueno, a lo que iba, el caso es que aquella misma tarde abandonamos el campamento y marchamos hacia el sur. El gran hombre iba muy ufano sobre su caballo, supongo que pensando en las patadas en el culo que le iba a dar a Pompeyo en cuanto se le pusiera a tiro. Caminamos durante toda la tarde, y llegamos al río cuando el sol hacía rato que había desaparecido tras los Apeninos. Hacía un frío de cojones. Fue entonces cuando nos dieron la orden de parar. Más de tres mil soldados, más auxiliares, carros y toda la pesca, parados delante de un puto riachuelo. Porque, entre nosotros, aquello de río nada. Un torrentillo de mierda, un poco crecido por el deshielo del invierno. Pero César dio la orden de parar. Solo se escuchaba el viento y el golpeteo de nuestros pies contra el suelo para quitarnos aquel frío que te helaba los huevos. Yo estaba en primera fila, y tenía al general a unos pocos metros de mí, parado delante del agua. Sin moverse. Los oficiales estaban un poco más allá, también quietos, esperando la orden de avanzar. Pero César no daba la puta orden. Paseaba por la orilla, giraba la cabeza, nos miraba, miraba hacia el frente. Chaval, estaba dudando. El tío que había conquistado la Galia, el que hizo cortar las manos a los supervivientes de Uxeloduno, el que se había cepillado una y otra vez a ejércitos diez veces más numerosos, dudaba. Sabía que se la estaba jugando. ¡Eh, Máximo, trae otra jarra para mis amigos! El caso es que Pompeyo era un viejales gordo, pero todavía tenía sus seguidores, y no paraba de decir que daría una patada y toda Italia correría a apoyarlo. Nosotros éramos cuatro gatos, tampoco sabíamos cómo nos iban a recibir en Italia. Además, César también tenía sus reparos, supongo. No era como nosotros. A aquellas alturas, a nosotros nos la sudaba avanzar hacia Roma. Como te he dicho, solo queríamos volver a casa. No, no lo tenía tan claro como nos hizo pensar aquella tarde. Sabes lo que es el discrimen, ¿no? Ese momento en el que te la juegas de verdad, en el que todo lo que has hecho no va a importar una mierda si tomas la decisión equivocada… Pues allí estaba César, en pleno discrimen, arrebujado en su capa, mirando el puto Rubicón, y nosotros detrás, pelados de frío, esperando a que al gran hombre se le pasaran las dudas. Fue entonces cuando se giró, miró hacia las primeras filas y vino hacia mí. Lo siento, perdonad que este viejo soldado se emocione. Ahora, bebamos. ¡Por César! Bueno, pues el general vino hacia mí directamente. Me había felicitado en persona cuando lo de Alesia, pero uno siempre piensa que a un general esas cosas se le olvidan. A César no. El cabrón tenía memoria para las caras y los nombres. Sabía cómo camelarte. El tío se me plantó delante, y juro que me temblaron más las piernas que en mi primer combate. Puro su cara a un palmo de la mía, y me dijo, “Tito Voreno, ¿verdad?, le diste bien por el culo a aquellos galos en Alesia”, y yo totalmente acojonado, “Sí, general, se hizo lo que se pudo”. El calvo sonrió, me puso una mano en el hombro. Lo vi más viejo, más cansado, hecho un lío. Hubiera muerto por aquel hombre, lo juro una y mil veces. “¿Qué hacemos, Tito?”. ¿Os lo podéis creer? El mismísimo César preguntándole a un puto legionario si avanzaban hacia Roma. Quizás podría haberle dicho alguna chorrada rimbombante, pero solo me salió un guiño del ojo y un “Tengo ganas de jugar unas partidas de dados en la Subura y echarle un polvo a una buena furcia romana”. Vale, lo dije así, ya me conoces, Lucio, luego me arrepentí, pero a César le hizo gracia. Soltó una carcajada que se escuchó más allá de los Apeninos. Me golpeó con el puño en el escudo y me dijo, “Bien, legionario Tito, en unos días estarás follando en la Subura, te lo prometo”. Ya no dudaba, era el viejo César de siempre. Se giró, dándome la espalda, avanzó unos pasos y dijo algo en voz alta. Yo no lo entendí, ya sabes, a esos patricios les gusta decir las cosas importantes en griego. Me dijeron luego que algo sobre la suerte y unos dados, no sé, la verdad. El caso es que subió a su caballo, se dirigió a sus oficiales, dio la orden y sonaron las trompetas, y de nuevo la decimotercera en pleno, “¡César, César, César!”. En menos de una hora dejamos el Rubicón atrás y avanzamos hacia el sur. El resto ya lo conoces, ¿eh, chaval? ¿Qué te pasa, por qué pones esa cara? Ah, ya, sé, ya sé… Te preguntas qué hubiera pasado si le hubiera dicho a César que nos quedáramos en las Galias. Bueno, no creo que la cosa hubiera cambiado una mierda, pero… ¿quién sabe, chaval, quién sabe?

23 de abril de 2017

Tango

El tango duró lo que duró encendido el cigarro en la comisura de los labios de Marcelo Salvatierra. Alguno de los asistentes al acto podría haber reaccionado, pero lo cierto es que todos permanecieron inmóviles durante ese intervalo de tiempo, como si formaran parte de un decorado de cartón en el que el argentino y la joven esposa del gobernador se deslizaron durante un minuto que nadie olvidaría jamás. Con el tiempo, los asistentes llegaron a una especie de acuerdo tácito según el cual nadie se movió debido a la sorpresa provocada por el descaro de Marcelo Salvatierra, algo que nadie se esperaba y que los dejó petrificados en sus asientos, incapaces de reaccionar ante tamaña muestra de desfachatez. Ciertamente, el inesperado gesto del porteño podría explicar la inmovilidad del gobernador, y quizás de algunos de los invitados presentes, pero no de los guardias que vigilaban la plaza, acostumbrados a intervenir ante la más mínima alteración del orden. Sea como fuere, nadie quiso reconocer en público que no se movió porque en realidad quería ver cómo el malevo Salvatierra trazaba una última muesca en su incontable lista de corazones rotos, nada menos que la esposa del hombre más poderoso de la región. En sus mismísimas narices, y aunque ella lo negara el resto de su vida entre protestas y desanimadas muestras de enfado. Ella lo achacó a la sorpresa, al miedo de que Marcelo pudiera hacerle daño ante la impasibilidad de guardias e invitados, pero en realidad nadie la creyó. En realidad nadie se lo reprochó, y mucho menos las damas asistentes, que en secreto deseaban que el argentino las hubiera elegido a ellas para aquel baile que saqueó el alma de Alicia, haciéndola derretirse de pasión en las barbas de su temible esposo.

Marcelo Salvatierra bajó del coche policial, y todas las conversaciones se acallaron durante unos eternos instantes. Los hombres lo contemplaban con una mezcla de envidia y odio, y algunas mujeres no pudieron evitar morderse los labios en un íntimo gesto de deseo mal disimulado. Marcelo vestía de manera impecable, como siempre, un traje negro que parecía haber sido modelado expresamente sobre su cuerpo alto y fibroso. El sombrero caía levemente sobre un lado de su cara, ensombreciendo parte de su rostro moreno y rasurado. Un pañuelo blanco de seda acariciaba su cuello. De entre la multitud que se arremolinaba bajo los pórticos de la plaza surgió un grito, un “¡MALEVO GUAPO!” que hizo sonreír levemente a Marcelo mientras iniciaba el camino entre el pasillo que dejaban las sillas de los invitados de más postín, su mano izquierda introducida con chulería en el bolsillo de la chaqueta y el sonido de sus botines de cuero negro repiqueteando sobre el empedrado de la plaza.
Fue justo cuando a Marcelo Salvatierra le faltaban unos diez metros para llegar al final del pasillo. Por una ventana se filtró el sonido de un disco que crepitaba sobre el lecho redondo de una gramola. En el silencio, apenas roto por los murmullos respetuosos del gentío que se agolpaba en la plaza, el sonido del bandoneón resultaba claramente audible. Cuando Marcelo, que caminaba con la cabeza alta y mirando al frente, escuchó las primeras notas del tango, volvió a sonreír, y en su rostro de chulo guapo se perfilaron dos hileras de dientes blanquísimos. Con un gesto burlón se encogió de hombros. Sacó el cigarrillo que guardaba y lo colgó de sus labios, mientras en su mano derecha aparecía una cerilla. Marcelo Salvatierra tenía una manera particular de encenderlas, con un gesto rápido de sus dedos pulgar e índice. Indefectiblemente, el fósforo aparecía encendido entre los dedos. Nadie había visto a Marcelo fallar al hacer esa operación, y muchos perdían el tiempo intentando imitar el ademán brioso y aparentemente sencillo que hacía aparecer, como por arte de magia, el fósforo llameante entre los dedos del hampón. Salvatierra encendió el cigarro, protegiendo de la desganada brisa matutina la llama con su mano izquierda. Exhaló una bocanada de humo que pareció juguetear con su rostro bajo el sombrero, antes de diluirse en el aire fresco de la plaza. Justo entonces, la voz arrastrada del tanguero, salpicada de los chispazos de un disco mil veces reproducido, empezó a caracolear por el aire de la plaza.

“Si soy así, ¿qué voy a hacer? Nací buen mozo y embalao para querer”.

Salvatierra miró a su izquierda, y su mirada burlona bajo el fieltro del sombrero se posó en la mujer sentada que lo miraba intentando disimular su turbación, los ojos muy abiertos bajo la pamela blanca. Alicia. La joven esposa del gobernador, de quien las voces maledicentes decían que había sido bailarina en algunos tugurios de mala nota, antes de que el viejo rijoso la deslumbrara con su poder y su dinero. Ella, no obstante, se había comportado siempre de la manera más intachable, como decía César que tenía que ser su mujer. Hasta aquella mañana, en la que el hampón Salvatierra, mirándola con unos ojos negrísimos que brillaban bajo el ala del sombrero, extendió su mano hacia ella, mientras el tango seguía sonando por toda la plaza.

“Si soy así, ¿qué voy a hacer? Con las mujeres no me puedo contener. Por eso tengo la esperanza que algún día me toqués la sinfonía de que ha muerto tu ilusión. Si soy así, ¿qué voy a hacer? Es el destino que me arrastra a serte infiel…”.

Alicia, como tantas otras, se derritió, las piernas le flaquearon, y el corazón hizo que su pecho se agitara. Nunca supo cómo, de repente, acabó entre los brazos de Salvatierra, pero allí estaba, sintiendo en la nuca la mirada furiosa de su marido y la mano suave del hampón en la curva de su espalda, mientras su mano se entrelazaba lánguida entre la de Salvatierra. Él miró su cara blanca a través del humo, las guedejas de cabello rubio apenas escapando bajo la pamela, unos labios grandes y húmedos, los ojos verdes protegidos por unas pestañas larguísimas. Volvió a sonreír, el pucho colgado de un lado de la boca, y musitó una frase, siempre repetida, siempre mentira, siempre creída…

-Para que un maula como yo pueda abrazar a una mina como vos se inventó el tango…

Alicia se sintió desfallecer, y en ese momento Salvatierra empezó a mover los pies, arrastrándola. El hampón la tenía sujeta contra su pecho, dejando entre sus cabezas el espacio justo para no quemar a la bella con el cigarrillo. El tiempo se detuvo mientras Salvatierra la manejaba a su antojo, como una muñeca desmadejada entre sus brazos. Alicia lo siguió, y sus primeros pasos hicieron que los últimos restos de su reputación se filtraran por los espacios entre los adoquines de la plaza. Él se retiró un paso, dejando que el cuerpo de la mujer perdiera el equilibrio y se viera obligada a dejar que su pecho descansara sobre el del hombre para evitar caerse. La voz cascada, como de otro tiempo, seguía resonando por la plaza.

“Si soy así, ¿qué voy a hacer? Pa’ mí la vida tiene forma de mujer. Si soy así, ¿qué voy a hacer? Es Juan Tenorio que hoy ha vuelto a renacer”.

El tango parecía coordinarse con el cigarrillo pegado a los labios de Salvatierra para correr juntos hacia el fin. Marcelo lo sabía, el hechizo se acababa, y su baile se hizo salvaje, obsesivo. En uno de los cortes, sujetó a Alicia con fuerza, haciendo que la cabeza ella se doblara hacia atrás y la pamela acabara en el suelo. Luego la hizo girar vertiginosamente, y ella vio a la gente de la plaza como si estuviera en medio de un gigantesco zoótropo. Las piernas se entrelazaban, y ella sintió la mano de él atenazando su muslo, lo notó detrás, jadeándole al oído su aliento envuelto en el humo del tabaco, la levantó del suelo con un brazo, sujetándola contra su cuerpo, mientras el quejumbroso sonido del disco desgranaba los últimos versos del tango.

“Por eso, nena, no sufrás por este loco, que no asienta más el coco, y olvidá tu metejón. Si soy así, ¿qué voy a hacer? Tengo una esponja donde el cuore hay que tener”.

De manera súbita, el canto cesó, y los últimos ecos del bandoneón parecieron flotar sobre la plaza, mientras Marcelo Salvatierra pareció dejar caer a la mujer, sujetándola en el último instante, antes de que cayera de espaldas sobre los adoquines, en un último gesto de posesión. Ella abrió los ojos y vio la cara de él, recortada contra el cielo plomizo de la mañana, sintiendo cómo su corazón quería escapar de su boca, jadeando, sintiendo humedades olvidadas recorrer su interior. Sabía lo que Salvatierra había hecho con ella, pero no pudo sino espetarle un “canalla” en el que se entremezclaban el odio y el deseo. Durante unos instantes permaneció así, sujeta por la mano del hombre, hasta que el hampón la incorporó, dejándola de pie, jadeante, sudorosa, con rizos de pelo rubio pegados a su frente. Marcelo Salvatiera la miró, con su perenne sonrisa burlona y seductora bailando en la cara, ajustó el ala de su sombrero, lanzó la colilla del cigarrillo con un gesto displicente y se encaminó silbando hacia las escalerillas que conducían al patíbulo.

3 de abril de 2017

Señales

Tal y como describen las sagradas escrituras, un gigantesco agujero se ha abierto en el cielo. Negro, tan oscuro que parecía absorber el color azul que lo rodeaba. Un círculo perfecto. Lo he visto. Hasta hoy, he vivido para escudriñar el cielo,  una nueva señal, y he sido el elegido para verla. Cientos de generaciones de Contempladores, desde tiempos inmemoriales, vivimos observando el cielo, esperando, rezando, sin apartar la vista del sector que nuestros preceptores nos señalan. Nadie más puede contemplar el cielo sin arriesgarse al castigo. Lo más normal es morir sin ver nada más que las nubes o la lluvia cayendo sobre nuestros ojos, pero los dioses son caprichosos. El Agujero puede tardar miles de años en volver a abrirse, o unos pocos meses. No hay manera de saberlo. Pero hay algo más duro todavía que pasar una vida entera mirando el cielo sin que nada ocurra, y es estar contemplando un sector del cielo mientras el Agujero se abre en otro. La apertura y el Descenso suceden durante un brevísimo instante. Si el Agujero se abre detrás de un Contemplador, este no va a tener tiempo de verlo. Como mucho, si se gira con rapidez, podrá ver la parte final del Descenso, pero no podrá contemplar la mano de Dios lanzando la Señal. Yo la he visto. Ahora pienso en la vida de los Contempladores que me han  precedido, y en la de los hermanos que no han tenido mi suerte. Rezo por ellos, y viviré para dar testimonio de un breve instante que ha justificado la existencia de miles, de millones de Contempladores.

Esta vez, Dios no ha tenido compasión, y su puño ha golpeado el centro de la ciudad. Casas, iglesias, personas… todo aplastado, desaparecido en un instante. Es la voluntad de Dios. La aceptaremos, y rezaremos con el mismo fervor con el que lo haríamos si la Señal hubiera caído en las afueras de la ciudad, como la vez anterior. No importan los muertos, ni los desaparecidos, ni los barrios arrasados. Dios ha decidido enviarnos un templo, una nueva maravilla ante la cual los ciudadanos se arrodillarán para darle gracias por su magnificencia y pedir perdón por sus pecados. El cielo se ha abierto, una nueva muestra del poder de Dios se alza en medio de la ciudad. Mi misión contemplativa ha terminado, a partir de ahora podré caminar entre las personas, hablar con ellas, explicarles cómo se abrió el Agujero y el nuevo templo cayó del cielo. Ellos, claro está, recordarán el brutal estruendo, la gigantesca nube de polvo, las ruinas de las casas aplastadas, el gemir de los heridos, pero yo les hablaré del Descenso, de cómo la enormidad que ahora se alza en el centro de la ciudad parecía un simple juguete en la mano de Dios, que yo pude entrever durante un brevísimo instante que perdurará para siempre en mi memoria y en mi corazón.
El nuevo templo no se parece en nada a los anteriores. Este es rectangular, de un intenso color amarillo, y de un material que no conocemos, suave, liso, sin fisuras ni aristas. Los que se han atrevido a tocarlo dicen que es cálido al tacto. Los dos lados alargados están decorados por una especie de columnas incrustadas en la pared, a intervalos regulares. El templo, desde uno de sus lados cortos, se eleva hasta una increíble altura. Es hueco por dentro, una hendidura semicircular se abre en uno de los extremos cortos, y se prolonga por toda la longitud del edificio en forma cónica. Desde las colinas de las afueras de la ciudad se puede distinguir perfectamente cómo el otro extremo corto del templo está cerrado y cubierto por el extraño material amarillo, y cómo el agujero final del cono ocupa casi toda su extensión. Una inmensa placa de un metal desconocido, que refulge bruñido al Sol,  recorre gran parte de la longitud del templo, tapando en parte la hendidura cónica, hasta un punto en el que es sustituido por la singular materia amarilla común al resto del edificio. Esta placa enorme, extraordinariamente lisa y pulida, parece fijada a la parte superior del templo por un gigantesco tornillo con una hendidura en forma de estrella.

Como he dicho, este templo no se parece en nada a los que Dios nos ha enviado con anterioridad. No parece haber ningún rasgo común entre ellos, pero eso es algo que escapa a nuestra humana comprensión, y que solo Dios sabe. El anterior, el que cayó hace 875 años, era cuadrado, sólido, hecho de un material blando y desconocido. El alargado, que nos fue enviado hace 1732 años, tiene forma de lanza, veteado de líneas amarillas y negras, con una punta negra afiladísima. Este parece un observatorio. Esa es la opinión de la mayoría de sacerdotes que lo han estudiado, y también la mía. El enorme agujero de uno de los extremos encierra un sector concreto del cielo, y el primer Contemplador ya se ha situado en el otro extremo, con la mirada fija en la porción de bóveda celeste que el cono dentro del templo parece enfocar.

Mi misión ha terminado. Como ya he dicho, a partir de hoy serviré a Dios dando testimonio de su inmenso Poder, que me fue revelado por su gracia divina, y serviré en el Templo Amarillo hasta el fin de mis días…


El niño, de unos diez años de edad, ríe y aplaude mientras contempla cómo el sacapuntas amarillo desaparece en el agujero que parece flotar, abierto en medio de su habitación. Le parece mágico. Anteriormente ha lanzado un lapicero y una goma de borrar, que se han esfumado a través del agujero. Ahora ve cómo la abertura se hace más pequeña, se está cerrando. No tiene más objetos que arrojar, no encuentra nada en su mesa de estudio. Súbitamente, una idea parece iluminar su rostro. Sale corriendo de la habitación, y tras unos instantes vuelve a situarse frente al agujero. El petardo mide unos diez centímetros de largo, su padre piensa que él no sabe dónde los esconde, pero él vio dónde guardaba la caja. Con un gesto maligno, lo enciende, lo mantiene frente a él durante unos instantes, mirando hipnotizado cómo las chispas avanzan por la corta mecha, y por fin, con un gesto rápido, lo arroja por el agujero que se va haciendo más y más pequeño. 

27 de marzo de 2017

Chúpalo

Adrián, con la respiración entrecortada, contemplaba la pantalla de su ordenador. Los pezones de Ana, enhiestos por la excitación, se agitaban frente a la cámara. Sus labios carnosos dibujaron una sonrisa pícara. En su mano derecha sostenía un vibrador de color rojo, su asistente, como a ella le gustaba llamarlo. Comenzó a pasárselo con suavidad por el cuello, la barbilla, jugueteando con la punta por toda su cara, hasta que el hombre no pudo más, “chúpalo, Ana, por favor”, y ella asintió con una sonrisa, “como tú quieras, cariño, tú mandas”. Adrián sintió un escalofrío cuando vio la boca de Ana abrirse lentamente y acariciar el látex rojo con la punta de la lengua. Con estudiada parsimonia, la mujer introdujo lentamente el grueso plástico en su boca, haciéndolo penetrar milímetro a milímetro. Ana sabía que eso haría estallar en mil pedazos hasta el último vestigio de autocontrol de Adrián, que empezarían los gemidos, las barbaridades musitadas entre dientes, “así, chupa, ¿te gusta, eh zorra?, más adentro”, mientras con una mano nerviosa bajaba la cremallera de su pantalón, buscando con urgencia el pene erecto para comenzar a acariciarlo sin prisas, buscando la prolongación del placer. Ana sacó el vibrador de su boca, y Adrián contempló extasiado cómo ella comenzó a acariciarse los pechos con el plástico, “¿sabes donde lo voy a meter ahora, cariño?”, reluciente y húmedo de su saliva. Los ojos de Ana permanecían entrecerrados, la lengua asomaba entre sus dientes, con aquella pequeña pieza díscola, torcida, que a él tanto le gustaba, “odio la perfección, cariño, ese diente torcido te hace maravillosamente imperfecta”, y ella se reía, “¿perderé mi encanto si algún día lo arreglo?”. Adrián desplazó la cámara para que Ana lo contemplara, repantigado en la silla, masturbándose sin quitar ojo de la pantalla. Ella se separó de la cámara, ampliando el ángulo de visión para que el hombre se deleitara con el lento y sinuoso recorrido del falo de plástico por su piel, abandonando los pechos, bajando con lentitud exasperante hacia su entrepierna, apenas cubierta por unas bragas sucintas que él imaginó humedecidas, pegajosas.... Adrián sintió que su deseo viajaba por el ciberespacio y se transmitía al falo de látex, y gimió cuando Ana apartó hacia un lado el breve triángulo de tela que cubría su sexo. La velocidad de la mano que aferraba su pene aumentó. Ana lo miró con la sonrisa que siempre hacía tambalear sus últimas resistencias, “dale fuerte, cielo dale, mira cómo me pones”, mientras la punta de plástico del falo se posaba sutil sobre su empapada vagina. Adrián la contemplaba con los ojos entrecerrados, la cabeza caída hacia atrás, gimiendo sin control. Abandonado a su propia excitación, durante unos breves instantes achacó el cambio en la expresión de Ana a un espasmo de placer provocado por el vibrador, pero esa idea desapareció cuando un rictus de dolor desfiguró la cara de la mujer, que dejó caer el falo de látex al suelo y se llevó las manos al pecho mientras boqueaba con ansia, buscando un aire que parecía no llegar a sus pulmones. Adrián contempló cómo la mujer se ahogaba, mientras seguía masturbándose por inercia, hasta que contempló su mano subiendo y bajando por su pene, como si fuera otro quien estuviera haciéndolo. Dejó la mano quieta, mientras veía a la mujer que buscaba aire desesperada, agitándose en el sillón, agarrada al borde de la mesa. Adrián, por fin, reaccionó. Sus manos volaron hacia el teléfono inalámbrico que tenía al lado. 112. Emergencias. No había marcado el primer número cuando el hombre apareció al lado de Ana, “¡Cucú, hola, Adrián!” Su cara familiar,  con la perilla cuidadosamente recortada, apareció al lado de la mujer, dibujando una sonrisa burlona que no cuadraba en absoluto con la dramática urgencia del momento. Adrián gritó, y el teléfono cayó al suelo. El hombre, de una manera que le recordó a un pésimo y sobreactuado actor de teatro, se inclinó en una parodia de reverencia.

“Perdón, perdón, veo que te he asustado, Adrián. Bueno, en vista de las circunstancias creo que me puedo permitir tutearte, ¿verdad? Vale, me tomo tu silencio como un sí... El caso es que  vamos a tener una charla informal, aunque más que una charla va a ser una especie de  monólogo. Tranquilo, tranquilo, no te alborotes, lo de Ana está bajo control. Sabes que soy médico. Claro que sí. Me conoces. Soy ese señor que sonríe feliz del brazo de Ana en esa foto que puedes ver en la pared. Su marido. Fernando. ¿Cómo dijiste una vez? Ah, sí, “menuda pinta de gilipollas tiene tu marido, cielo”, y Ana, “va, no seas malo, no es mala gente”, y tú, entre risas, “un gilipollas con suerte, cariño”…  Pues ese soy yo. El gilipollas. Lo que igual ya no te cuadra tanto es que yo te conozca a ti, pero ya ves, letrado, al fin descubrí vuestro pequeño secretillo, vuestras sesiones vespertinas de vídeo, por así llamarlas… Ah, sí, lo de Ana. Como te he dicho, está todo bajo control, aunque no de la forma que tú piensas. Verás, Ana va a morir. Veo que estáis sorprendidos… Bueno, a Ana se le nota menos, está demasiado ocupada agonizando, y no es muy agradable, te lo puedo asegurar. Es sorprendente la velocidad con la que este veneno actúa, y los efectos son muy curiosos. Así por encima, causan un colapso del sistema respiratorio, pero no demasiado intenso, de tal manera que la víctima nota la misma sensación que un submarinista que consume todo el aire de su botella y nota que el aire empieza a llegarle a los pulmones cada vez en menor cantidad.  Como ves, Ana sigue respirando, aunque ella nota que se ahoga. Te anticipo que todo esto derivará en un ataque al corazón dentro de unos cinco o diez minutos, pero no anticipemos acontecimientos. Veo que estás volviendo a coger el teléfono… Antes de que marques un número, escucha, por favor. Como te he dicho antes, Ana va a morir. Es posible que si avisaras ahora mismo a Emergencias pudieran salvarla, siempre y cuando se dieran mucha prisa, pero en ese caso, si yo te viera marcar un número, incluso si te viera apagar la pantalla, depositaría en la preciosa boquita de mi mujer una cantidad de veneno que anticiparía el ataque del que te he hablado antes. Si quieres prueba a hacerlo, creo que ella te lo agradecería. En confianza, no lo está pasando bien. En fin, que lo de Ana es irreversible. No puedes hacer nada por ella, y es ahora cuando te pido que me prestes toda tu atención. Tengo que hacerte una proposición, o más bien plantearte una disyuntiva, digamos… moral. Siento hablar tan deprisa, pero a partir de que Ana muera, y entre nosotros, no tardará demasiado, el tiempo contará. Verás, durante una breve temporada estuve tentado de incluirte en el plan de envenenamiento y veros agonizar a los dos, pero deseché ese plan. Primero, por demasiado complicado, los riesgos eran muy elevados, y segundo porque, en realidad, no tengo nada contra ti. Analizando mis sentimientos, llegué a la conclusión de que solo quería ver muerta a mi adorada mujercita. Supongo que ahora es cuando te preguntas tu papel en esta pequeña escenografía que he montado. Bueno, lo de “pequeña” es relativo, claro... Si tuviéramos más tiempo te explicaría lo complicado que ha sido planearlo todo para llegar a este punto en el que estamos. Quizás más adelante… Bien, verás, como te he dicho antes no deseo verte muerto, pero lo cierto es que me apetece castigarte por tu papel en esta tragedia amorosa. Como muy bien te dijo Ana en una de vuestras sesiones, me encanta jugar, oh, sí ¿cómo decía? “se deja medio sueldo jugando al póker con sus amigotes, todos medio borrachos, bebiendo whisky”… Cosas así. Ella lo ha esgrimido siempre como una de las causas de su aversión hacia mí, aunque eso sería muy discutible, claro, pero lo cierto es que sí, que me encanta el juego. Y sobre todo, me encantan las apuestas a doble o nada. El riesgo máximo. Y ahí es donde entras tú. Quiero apostar contigo. Una apuesta elevada, mi libertad contra tu conciencia. Dramático, ¿eh? Sí, confieso que a veces soy un poco histriónico. De hecho, te voy a confesar que he ensayado este pequeño discurso para que quede perfecto. Otra de mis debilidades. En fin, te lo voy a explicar rápido, porque Ana se nos muere, como vulgarmente se dice, a chorros, y quiero que tengas tiempo para pensar. Allá voy, Adrián, escúchame con atención. Como los tres sabemos, Ana no va a salir viva de esta habitación. Aquí la tenemos, desnuda, sentada en su cómodo sillón, aunque ahora no lo sea demasiado,  frente a la pantalla del ordenador, su “asistente” caído en el suelo, intentando llamarte mientras agoniza. ¿No te resulta curioso cómo suena tu nombre pronunciado por una moribunda que no puede respirar? En fin, que no le queda mucho. Como ya te he dicho antes, no puedes salvarla. Y aquí es donde entra nuestro pequeño juego. Es fácil, aunque supongo que el horror y la sorpresa no te dejan razonar con claridad. No te preocupes, yo te lo explico con claridad. Veamos tus opciones. Si llamas a la policía o apagas la pantalla, Ana muere. Ellos llegan, encuentran el cadáver sentado frente al ordenador la webcam enfocada a su cuerpo desnudo, su “asistente” de látex a sus pies, “joder con la señora, menuda fiesta se estaba pegando”, “no se ría, sargento, esto es serio”, etc…  Posiblemente tú habrás apagado la cámara, pero ahí es donde yo entro en acción, porque me encontrarán sentado tranquilamente en un sofá, fumando un cigarrillo, resignado a mi suerte, “buenos días, agentes, permítanme que les explique la situación”… Habré perdido, pero claro, hablaré, y tu nombre saldrá a la luz. Mal asunto.  Eres un tipo ambicioso, Adrián. Abogado brillante, próximo aspirante a juez… Un triunfador. Nada que ver conmigo, “Fernando es un medicucho sin ambiciones, se ha estancado en ese piojoso hospital”, que te decía Ana, aquí cada vez menos presente…  Supongo, bueno, en realidad estoy seguro, que no te beneficiará demasiado que tus sesiones con mi adorable mujercita se hagan de dominio público. Vaya, veo que te sorprendes… ¿No lo sabías? Ana grababa todos los vídeos. Sí, todos.. Confieso que me reí cuando te pusiste la ropa interior de tu mujer, aquello me encantó, “oh, cariño, que culito te hacen esas braguitas, me estás poniendo muy cachonda”… Y tu voz de falsete era realmente impagable, de verdad. Ay, esta Ana, lo que no consiga… En fin, que todos los vídeos están en el disco duro del ordenador, en una carpeta nombrada, en un derroche de originalidad, “Varios”. Qué atolondrada esta mujer, qué poco cuidadosa… Como te decía, Adrián, la policía irá a buscarte. No como inculpado, obviamente, pero tendrás que declarar en el juicio, y tus pequeñas sesiones con mi mujer saldrán a la luz. Ya imagino al juez, “señor Garrido, conteste, por favor ¿es cierto que participó usted con la finada en sesiones de sexo cibernético?”. Ya te digo, mal asunto. Supongo que podrías conseguir que en el juicio los vídeos no se exhibieran, pero el caso es que he contratado a alguien que haría llegar esos vídeos a tu mujer, a los socios de tu bufete, a tus clientes… Ufff, ahora mismo no recuerdo todos los nombres, pero créeme, la lista es amplia. ¿Te imaginas a tus amigos mirando los vídeos en sus móviles, y comentando lo bien que te sentaban aquellas braguitas rosas? Resumiendo, tu matrimonio, tu carrera y tu reputación al garete, y Ana muerta. Tú única compensación será mi encarcelamiento. Resultaría deliciosamente paradójico que toda tu vida se fuera al traste por encarcelarme, tú que has dedicado tantos  y esfuerzos para librar de la cárcel a tus clientes… Pero no quiero influir en tu decisión, Adrián. Tú tendrás que valorar el nivel de tu odio hacia mí, y si te compensa arruinar tu vida para que yo pague por mi crimen. Y ahora vamos con tu otra opción. En realidad hay muchas otras, pero todas son derivadas de las dos que te ofrezco ahora, son como ramificaciones secundarias, para entendernos. A lo que iba, tu segunda opción… No me denuncias. Yo no voy a la cárcel, y mi crimen queda impune. Si esa es tu elección, apagaré el ordenador y trasladaré a Ana a la cama en cuanto muera. Todo quedará como el fatal desenlace de un ataque al corazón mientras Ana jugueteaba a solas con su “asistente”. Como ella te explicó en una de vuestras charlas, en su familia hay antecedentes de dolencias cardiacas, y ella misma fue tratada de arritmias en su juventud. Nadie se sorprendería demasiado. Un médico amigo certificaría su muerte y, en atención a los escabrosos detalles de su fallecimiento, me ahorraría la penalidad de una autopsia innecesaria. Es más, aunque la hicieran, no encontrarían nada. Como ya te he dicho, este veneno es realmente curioso…  No creo que nadie sospechara de mí. Ana no tenía dinero, solo el que yo aportaba con mi trabajo, y no voy cobrar ningún seguro de vida ni nada parecido. Ana estaría muerta, como en tu primera opción, solo que yo eliminaré los archivos del disco duro del ordenador de Ana. Claro, tendré una copia, pero hoy por hoy no tengo previsto usarla contra ti, a no ser que me vuelva loco en algún momento de mi existencia. Supongo que deberás vivir con esa espada de Damocles suspendida sobre tu cabeza el resto de tus días…  Con eso, y con el peso de tu conciencia. Habrás dejado libre al asesino de Ana, libre para siempre. Deberás poner en un platillo de la balanza a tu familia, tu carrera, tu futuro, y en el otro la libertad del asesino de Ana y la incertidumbre de la que te he hablado antes. No sé si esta metáfora es muy afortunada, pero tú me entiendes, ¿verdad? Si eliges esta segunda opción, los dos podremos seguir con nuestras vidas, tú en tu papel de abogado brillante con un rutilante porvenir, y yo con mi rutinaria existencia como médico. Anodina, que diría Ana. Siempre fue buena escogiendo palabras, lo reconozco. Pero espera, vaya, creo que Ana definitivamente nos ha dejado. Según lo previsto. Ataque fulminante al corazón. No llores, hombre, un poco de dignidad. Aunque, ahora que lo pienso, yo también lloré cuando descubrí vuestro pequeño secretillo. Qué sensibles somos, ¿verdad? Va, reponte, Adrián, la cosa ya no tiene remedio y hay cosas que hacer. Como comprenderás, no me es demasiado grato estar aquí al lado del cadáver desnudo de mi mujer. Además, mi plan está calculado milimétricamente. Como te dije antes, no ha sido fácil. Debo preparar el escenario para encontrar a mi mujer muerta en la cama, porque tu expresión me dice, amigo Adrián, que ya has tomado una decisión, ¿no? Para mí supondrá algo de ingrato trabajo, pero también la libertad y la impunidad. Y tú, pues a seguir con tu meteórica carrera hacia el estrellato de la judicatura. No te preocupes, nuestro secretillo quedará entre nosotros… de momento. Ah, por cierto, no sé si te habrás preguntado cómo envenené a Ana… Bien, ese ha sido, y perdóname la inmodestia, un toque magistral.  Podría haberlo hecho de muchas formas, impregnando la pasta de dientes, echando unas gotitas en la leche de la nevera, en el bizcocho del desayuno… El veneno habría actuado igual de bien, es muy potente, pero viendo vuestros vídeos di con la guinda a este asesinato. La verdad es que la forma que elegí para envenenarla llevaba implícita cierta dosis de incertidumbre, pero como ya sabemos, me gusta jugar. Veo por tu cara que vas cayendo… Sí, Adrián, aunque el asesino soy yo, quien empujó a Ana a la muerte fuiste tú. “Chúpalo, Ana, por favor,  chúpalo”… Adiós, Adrián.”.

21 de marzo de 2017

El señor Joan

Ayer se llevaron al señor Joan. El Jordi, que vigilaba nuestra cabaña, vino a avisarnos, que había visto unos camiones militares por el camino, que corriéramos, que iban para donde el señor Joan y la señora Rosita. Fuimos corriendo y los espiamos escondidos detrás de unas piedras. Los vimos bajar de los camiones, con unos uniformes muy chulos pero que daban bastante miedo, con aquellas máscaras de goma y unas metralletas negras, pequeñas. Apartaron a empujones a  la señora Rosita, que lloraba y gritaba, que no se lo llevaran, por Dios, que ella lo tenía bien vigilado, que no se podía escapar, pero ellos no le hicieron caso y luego los perdimos de vista cuando entraron en las tomateras apuntando hacia delante con las metralletas. Escuchamos un golpe, y el sonido de una madera rota. Nosotros sabíamos que era la habitación donde la señora Rosita escondía al señor Joan. Escuchamos más ruidos y gritos de los soldados, y después de un rato sacaron al señor Joan arrastrándolo por el suelo hacia uno de los camiones, con los brazos sujetos y la boca tapada con una máscara. La señora Rosita corrió detrás gritando y llorando, no os lo llevéis, por lo que más queráis, no os lo llevéis, yo lo vigilo, siempre está atado, pero ellos volvieron a apartarla mientras subían al señor Joan a uno de los camiones, la voz de los soldados sonaba rara cuando le decían que se mantuviera alejada y clavaban la punta de las metralletas en la barriga de la señora Rosita, pero ella siguió gritando que no se lo llevaran, no paraba de gritar mientras los camiones arrancaban y se iban, y ella los siguió, y nos daba mucha pena, hasta que no pudo más y se paró en medio del camino y se dejó caer de rodillas al suelo. No sabemos quién se lo habrá dicho a los soldados.  De verdad que nosotros no fuimos. No dijimos ni una palabra, ni a nuestros padres ni a las personas que contestan el teléfono que sale siempre por la tele. Lo juramos en la cabaña y hasta el Oriol, que a veces se chiva de alguno de nosotros en el cole cuando nos vamos detrás del vestuario a fumarnos un cigarrillo, juró que nunca diría nada y que se murieran sus padres y su hermanita si él se chivaba. A nosotros nos caía bien el señor Joan.  Hacía como que se enfadaba con nosotros cuando nos pillaba en su huerto robándole melocotones, pero al final se le escapaba la risa, que chiquilllos estos, son de la piel del diablo, y nos dejaba que cogiéramos unos cuantos mientras nos explicaba historias de cuando él era joven. A veces la señora Rosita, que también era muy amable, nos sacaba limonada de una nevera que tenían en la habitación. Cuando llovía todos los niños salíamos a buscar caracoles para venderlos, y siempre guardábamos los mejores para el señor Joan. Le gustaban mucho. A veces, nos llevaba a pasear por el campo y nos explicaba cosas del pueblo, o nos enseñaba cuevas escondidas, o fuentes tapadas por las hierbas. Cuando salía solo se iba muy lejos, y la señora Rosita le regañaba, porque a veces al señor Joan se le olvidaba ponerse la pulsera. El señor Joan la escuchaba y luego se reía. Que sí, que  era un despistado, pero  que tampoco había para tanto, que qué quisquillosa se estaba volviendo con la edad… Y ella, que no te rías, Joan, que ya no eres tan joven, que la tele ha dicho que el bosque todavía no es seguro, que a ver por qué narices te molesta tanto la pulsera, si apenas se nota, mira, yo la llevo hasta para ducharme… A mí una vez, con las prisas por salir con mis amigos, se me olvidó ponerme la pulsera. Cuando volví, mi padre estaba muy enfadado. Nunca lo había visto así. Me gritó y me pegó como si estuviera loco. Mi madre lo sujetaba y yo lloré mucho. Estuve horas encerrado en mi habitación. Luego mi padre entró. Tenía los ojos rojos. Me abrazó y me pidió perdón, y me dijo que salir a la calle sin la pulsera era muy peligroso, y que si me pasaba algo él se volvería loco, y muchas cosas más. Tenía razón, pero aquel día yo lo quise un poco menos. Eso sí, ya nunca se me olvida ponerme la pulsera. No sé a dónde se habrán llevado al señor Joan. Nadie en el pueblo sabe dónde se los llevan, y nadie quiere hablar de eso. Bueno, nadie de los mayores. El Hassan dice que los llevan a un sitio que tiene unos hornos, y que allí los matan y los queman, y el Arnau le dice que no, que ya no hacen eso, que ahora los llevan a una especie de laboratorio muy grande con unos muros muy altos, y que allí experimentan con ellos.  Yo creo que ninguno de los dos tiene ni idea, y que lo dicen para hacerse los chulitos, pero me da igual. Cuando los camiones han desaparecido a lo lejos hemos salido del escondite y hemos ido al camino. La señora Rosita seguía llorando de rodillas, tosiendo por el humo del camión y tragando el polvo que habían levantados las ruedas al marcharse. No hemos sabido qué decirle, y el Toni le ha dado unas flores que hemos cogido entre todos. Al final la hemos ayudado a levantarse. Sólo lloraba y decía te lo dije, Joan, ponte la pulsera, que un día te van a morder por ahí, te lo dije, te lo dije, te lo dije, y así todo el rato. La hemos sentado al lado de la habitación y hemos visto las cadenas tiradas en el suelo. Todos teníamos ganas de llorar, hasta el Arnau, que va de duro por la vida, pero nos hemos aguantado las lágrimas y al final nos hemos marchado. Teníamos que ir a ver al Xavi, que nos esperaba en la cabaña. Bueno, lo de esperar lo decimos nosotros, porque parece que al Xavi le dé igual que vayamos o no. Parece mentira que no nos reconozca. Con la de veces que hemos jugado juntos… Pero nos da igual. Nos sentamos en la cabaña con él y hacemos ver que no ha pasado nada, y le contamos cosas del colegio, que el Jordi le ha pedido de salir a la Marta y ella le ha dicho que no, y que ayer le pinchamos las ruedas al coche del  profe de Física, y le decimos no te preocupes, Xavi, que no te encontrarán nunca, que la cabaña está muy bien escondida. Le damos la comida que nos ha preparado su madre, que llora siempre cuando nos da el cubo y nos pide por favor que vayamos con cuidado, que no nos vean los vecinos,  pero no se lo decimos, aunque si se lo dijéramos le daría igual,  y hablamos de nuestras cosas.  Nos da un poco de asco verle comer, y huele mal, pero es nuestro amigo, y yo digo lo que me dijo una vez mi padre, que los amigos son lo mejor del mundo y que nunca, nunca, hay que darles la espalda. Bueno, en el caso del Xavi, más todavía, porque si te descuidas te muerde. Pero no se lo tenemos en cuenta. Es nuestro amigo y lo queremos. Nuestra cabaña está muy bien escondida, y los soldados nunca lo encontrarán. Ni siquiera el chivato del Oriol se atreverá a decir nunca nada. Se lo hemos hecho jurar por sus padres y por su hermanita.