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6 de agosto de 2017

Regresa el mar

Mientras conducía por la mañana hacia el trabajo vio las olas avanzando entre las viñas. Al día siguiente vio los peces, una isla entre la vegetación, delfines saltando alrededor de los árboles... "El mar está regresando", le dijo a su mujer. No hubo tiempo de psiquiatras. Lo encontraron muerto en el coche. Sus ropas estaban empapadas de agua salada y su cuerpo exhalaba un tenue olor a algas podridas.

Mare Nostrum

Hace un rato que el marinero se ha marchado. Con la boca pastosa, balbuceando, medio masticando las palabras. “Bueno, compañero, hora de retirada. ¡Hasta otra!”. Se ha levantado afanosamente, sacudiéndose la arena de la ropa con un par de torpes manotazos, y se ha alejado por la arena con un leve tambaleo, no sé si por la costumbre de pasar más tiempo sobre la oscilante cubierta de un barco que en tierra firme o, simplemente, por el vino y el aguardiente que lleva en el cuerpo. Me ha dejado solo, sentado en la arena, con la espalda apoyada en una barca desvencijada. Siempre tuve la tonta superstición de que las cosas también sienten, y a ratos imagino que lo que quedaba de la barca, apenas cuatro tablones podridos deshaciéndose a la intemperie, sentía añoranza del mar. Tonterías de viejo, supongo.

El marinero (no sé cómo se llamaba, en ningún momento nos dimos nuestros nombres) apareció cuando ya la luna, como diría un mal poeta, rielaba en la superficie del mar, arrancando destellos plateados de las pequeñas olas que apenas destacaban de la superficie. Yo había acabado de abrir la primera botella de vino, y buscaba  la copa que mi amigo me puso en la bolsa, cuidadosamente envuelta en papel de periódico. Cuando levanté la cabeza, allí estaba el hombre. Sucio, desaliñado, con unas ropas que solamente un empedernido optimista dejaría de calificar como puros harapos y jirones. Sus ojillos, semiocultos por una mugrienta gorra, brillaban codiciosos mirando la botella recién abierta. Me plantó un “buenas noches, compañero, parece que va a hacer fresco”, y algo en su expresión de viejo sátiro borrachín me ánimo a invitarlo a sentarse y a compartir con él la primera de las botellas que pensaba abrir esa noche de despedida. Se negó desdeñoso a compartir la copa, y agarró la botella por el gollete, dándole un largo trago. Luego, se pasó la manga de su chaqueta por el ralo bigote. “No está mal, se puede beber”. No quise decirle que en las tres botellas que llevaba en la bolsa había invertido los ahorros que me quedaban, ni que aquel vino era, aunque pareciera mentira, más viejo que él. Me limité a asentir y a seguir bebiendo.

El marinero es parlanchín. Enlaza un tema con otro a velocidad vertiginosa, sin apenas solución de continuidad. Posee la discreción de quien se ha visto envuelto en mil peleas por hacer la pregunta inadecuada en el momento inoportuno. No me ha preguntado qué hacía yo allí, sentado frente al mar, con un bocadillo a medio comer al lado, mal vestido con un abrigo que dejaba al aire mis esqueléticos tobillos. Tampoco ha hecho ningún comentario cuando el abrigo (también regalo de mi buen amigo, el último que me quedaba, el único que me ha ayudado a escapar de aquella triste habitación) ha dejado entrever que debajo solo llevo una bata de un color verde desvaído tras mil lavados y desinfecciones. El marinero se ha limitado a parlotear y a beber. Hemos hablado, hemos reído y hemos callado en algunos momentos. Yo le he hablado de brulotes vándalos ardiendo más allá del horizonte y del tiempo, lanzados a toda vela contra la flota bizantina, y el marinero ha recordado tormentas en alta mar, rezando desesperado a todos los santos que recordaba, dando tumbos por cubierta mientras cataratas de espuma lo dejaban al borde de la muerte. Yo he recordado un cuerpo de diosa juvenil y unos ojos negros mirándome a través de gotas de agua salada, y él me ha hablado de juergas de días, de báquicas celebraciones tras el regreso de una singladura productiva, de resacosos despertares al lado de los ronquidos de alguna de las paquidérmicas putas de los lupanares de Tánger. Yo le he hablado de Esculapio, el dios que nos observaba gravemente, representado en una escultura a unos pocos metros detrás de nosotros, y el marinero recordaba, temblándole ligeramente los labios, las filas de prisioneros obligados a excavar, tras la guerra, en el yacimiento donde encontraron la estatua más de cien años atrás, medio muertos de hambre y frío. También ha callado cuando mi mente se ha extraviado, bebiendo silencioso mientras yo cabeceaba confuso, mirando al mar, esperando a que mi cerebro se recuperara del cortocircuito.

Cuando se acabó el vino, el marinero fue a buscar aguardiente (“¿no tendría usted algo suelto? Me he dejado la cartera en la pensión”), un matarratas ardiente que ha hecho bullir nuestras entrañas y que hemos trasegado con la misma indiferencia con la que hemos hecho desaparecer las botellas del carísimo vino. Y al fin, tras la última gota de aquel infecto brebaje, el marinero se ha marchado, silbando una irreconocible tonadilla que parecía retorcerse afanosa por entre sus escasos dientes.


Vuelvo a estar solo, borracho, espantando a manotazos los recuerdos, pero temiendo el olvido  que me mata lentamente, mientras el amanecer se insinúa por el horizonte. El frío se cuela por los bajos de mi abrigo, haciéndome estremecer bajo la delgada bata verde, y una creciente brisa hace revolotear las grises guedejas de mi pelo. Extrañamente sereno, he metido la mano en la bolsa, sin dejar de mirar el mar, sintiendo en mi mano el tacto cálido del mango de la navaja de afeitar.

31 de julio de 2017

1976

La arena de la playa hierve, quema los pies, y por eso has decidido correr por la arena mojada de la orilla para volar la cometa; pero no habías contado con esa ola traicionera que ha empapado la tela, y ahora te cuesta una barbaridad arrastrarla. Tampoco ayuda el polo de limón que sujetas con la mano izquierda y que gotea sobre tu brazo, marcándolo de churretes amarillos. Tiras y tiras del hilo, tus pies se hunden en la arena y la cometa se arrastra perezosa, como si se abrazara a la orilla del mar, sin ganas de levantarse. Sientes sobre ti la mirada guasona de tus primos, el cabeceo de irónica comprensión de tus padres (“ya te lo dijimos, es demasiado grande para ti…”) y, sobre todo, los disimulados destellos de los ojos verdes de Mamen, la hija de los vecinos del tercero A que hoy os ha acompañado a la playa. Es esa mirada, entre curiosa y burlona, la que te encorajina, hace que aprietes los dientes, corras más rápido y tires del hilo con todas tus fuerzas. Por fin, dando un bote desgarbado, la cometa despega y se eleva un palmo, dos, tres, y no puedes evitar un grito de júbilo cuando la larga cola de papel abandona el levísimo surco sobre la arena y se eleva dubitativa hacia el cielo. Imaginas la cara de Mamen, abriendo los ojos de admiración, y de repente el brazo no te duele, aunque la cometa parezca rebelarse y querer volver a tenderse lánguida sobre la playa. Casi caes de espaldas cuando un golpe de viento la frena en seco sobre tu cabeza, abombando el plástico, tensándolo contra el débil armazón de madera barata. Te giras, pones tu mano pringosa de helado sobre tus ojos a modo de visera, y la contemplas, quieta, rígida, desafiante como un potro salvaje que se niega a ser domado, tirando con fuerza de las riendas que sujetas con la mano derecha. El jirón de viento la eleva, jugando con ella, hasta dejarla casi vertical sobre ti, proyectando su sombra temblorosa ante tus pies. Por fin, la ráfaga la abandona, y la cometa se desploma laxa, en caída libre, solo para volver a ser atrapada por un remolino que la agita de manera espasmódica de un lado para otro. Vuelves a correr, y la cometa abandona el pequeño torbellino para iniciar un vuelo grácil, elegante, desplegando una amplia curva en un cielo sin nubes, de un azul cegador. Ahora das la vuelta, y la cometa te sigue, como resignada a ser gobernada por una mano infantil pero firme. Has vuelto al punto de partida, frente a tus primos, tus padres y Mamen, tu vecinita, que ahora sí te mira admirada, con los ojos muy abiertos bajo su pamelita de color rosa. Miras hacia el grupo, satisfecho, desafiante. Te sientes el amo del mundo, con los pies medio hundidos en la arena fresca, y le das un gran bocado a tu polo de limón mientras sujetas el hilo de la cometa, a la que ahora se disputan unos invisibles bailarines que la hacen girar en una alocada y frenética danza sobre el mar calmo. Gira enloquecida, y de repente es propulsada hacia arriba con una fuerza que casi te arranca el hilo de la mano. De forma súbita cae desmadejada, y el hilo se destensa en una larga curva. Tus primos aplauden entusiasmados, tus padres sonríen, y Mamen te mira, tus ojos van de los suyos a la cometa, y de pronto los cierras, porque no puedes soportar tanta felicidad, sientes el calor de esa mañana irrepetible, el rumor de las olas, el azul intenso del cielo que ilumina hasta el último rincón de tu corazón, y ahora una mano diminuta tira de la tuya, abres los ojos y te encuentras con una mirada inocente en una cara levemente  enfurruñada…


-Papi, ¿me devuelves la cometa?

2 de julio de 2017

El funeral de Lady Blue Sky

Si don Salvador Mellado,  director de la funeraria “Paz Eterna”, hubiera sido japonés, sin duda se hubiera hecho el harakiri, avergonzado por el tremendo error que desembocó en un escándalo sin parangón en la pequeña y aburrida ciudad de Arlanda, escándalo al que hubo que sumar denuncias judiciales varias y, lo peor, el descrédito de un establecimiento que funcionaba de manera impecable desde hacía más de cincuenta años. Un servicio exquisito y serio, cientos de funerales celebrados a la perfección, y todo se había ido al garete por el estúpido error de un empleado novato. No obstante, en su fuero interno, don Salvador pensaba que el fallo  había sido suyo, al aceptar que se celebrara en su establecimiento el último adiós a un personaje tan inusual como el de Luis Valero, que había salido de Arlanda hacía veinte años para transformarse en la capital en Lady Blue Sky, “drag queen”, transformista, adalid de la lucha por los derechos de los homosexuales y reina indiscutible del Desfile del Orgullo Gay. Don Salvador, hombre recto y conservador, intentó negarse a organizar el funeral de Lady Blue Sky. Sabía que aquello le traería complicaciones en una ciudad tan conservadora como Arlanda, pero la insistencia vehemente de la hermana del finado, unido al hecho de que fuera amigo personal de la familia y que don Salvador conociera a Luisito desde pequeño, habían acabado por ablandar su corazón, y al final cedió. Le tranquilizaron un poco las promesas de la hermana del finado, en el sentido de que el funeral no se saldría de madre, y la muchacha aceptó sin discusiones la imposición de don Salvador, en el sentido de que la ceremonia se celebrara en la sala más apartada de la funeraria.

Cuando don Salvador se arrepintió de haber sido tan blando, ya era tarde. A pesar de que palideció visiblemente mientras la hermana de Luis le explicaba las disposiciones de Lady Blue Sky para su último adiós, ya no podía echarse atrás. Ya estaba todo firmado, y solo le quedó encomendarse a Dios para que la cosa transcurriera de forma discreta, sin más alboroto que el estrictamente necesario. De todas maneras, no se sentía con fuerzas para afrontar la organización de un funeral tan peculiar, así que cometió su segundo error, esto es, delegar dicha organización en la persona de Javier, un empleado voluntarioso y decidido, que trabajaba en la funeraria desde hacía solo unos meses. Javier, pletórico de entusiasmo, le prometió que él se encargaría de todas las ceremonias de ese día, y Don Salvador decidió quedarse en su despacho y rezar para que el funeral de Lady Blue Sky acabara cuanto antes y saliera razonablemente bien.

El día del funeral, la sala donde se iba a celebrar el último adiós a Lady Blue Sky pronto se abarrotó con un heterogéneo grupo de personas que parecían recién salidas de una cabalgata del Orgullo Gay. Plataformas, camisetas ajustadas, peinados extravagantes de colores diversos, minifaldas fluorescentes, maquillajes extremos… Así lo había querido Lady Blue Sky. Diversión y jolgorio hasta el final. Nada de llantos. Toda la sala estalló en gritos y aplausos cuando Shangay Storm subió las escaleras hacia el estrado para pronunciar unas palabras de despedida, embutida en unas mallas de vinilo azul eléctrico, taconazos de palmo y tupé rubio platino. Shangay acalló el bullicio haciendo gestos con las manos (“y ahora vamos a recibir a nuestra queridísima Lady Blue Sky”) y el extravagante grupo de asistentes guardó un silencio respetuoso mientras el ataúd entraba en la sala, empujado por dos operarios.

Don Salvador temblaba de ira al recordar las explicaciones, entre balbuceos y lloros, que le dio Javier sobre lo que ocurrió en aquel momento. Un malentendido, unos documentos que se traspapelaron, los operarios que se despistaron… El caso es que, en el momento en el que entró el ataúd en la sala, los aplausos y gritos con los que los amigos de Lady Blue Sky pensaban recibir los restos mortales de su reina se congelaron en el aire de la sala. Un estupor generalizado se apoderó de los asistentes. Una bandera española y un crucifijo dorado cubrían el ataúd, rigurosamente negro. Con eficiente profesionalidad, los operarios colocaron frente al  féretro coronas con cintas escritas con diversos mensajes y recordatorios: “El Colegio de Notarios, con respeto y amor”, “Tus amigos del Registro de la Propiedad jamás te olvidarán”, “Jueces de Arlanda, en recuerdo de los gratos momentos vividos a tu lado”, y similares.


Sí, un error, pensó don Salvador. Un error que perseguiría a su establecimiento hasta su muerte. Un error que había convertido a su funeraria en objeto de escándalo, mofa y escarnio público. Porque, mientras en la sala del funeral de Lady Blue Sky docenas de “drag queens” se interrogaban con la mirada presas de la estupefacción, en una sala situada en la otra punta de la funeraria, donde se celebraba el funeral de don Marcial García, ilustre notario de Arlanda con cincuenta años de profesión a sus espaldas, miembro del Opus Dei e ilustre cofrade de la Hermandad del Santo Sufriente, aparecía un ataúd blanco, cubierto con una bandera con los colores del Arco Iris, mientras por unos altavoces sonaba a todo trapo “In the navy”, de los Village People. Pero lo que provocó un amago de infarto en doña Enriqueta, viuda de don Marcial, de misa diaria e intachable proceder, fue el momento en el que se corrieron las cortinas del fondo de la sala y una gigantesca foto de un culo masculino, pétreo, los glúteos musculados apenas cubiertos por un tanga de cuero negro, presidió la sala donde se despedía al ilustre Notario don Marcial García.

28 de mayo de 2017

De Casasana a Sacedón

El viajero, tras una penosa noche a la intemperie, durmiendo poco y mal en un banco de piedra de una pequeña plaza, se pone en marcha cuando las primeras luces del Sol todavía no se han enseñoreado de las intrincadas callejuelas de Casasana. A pesar del frío y del poco descanso se siente eufórico. Guarda en la mochila las prendas veraniegas con las que ha intentado, con poco éxito, protegerse del frío montañés de la aldea, y se pone en marcha con decisión. Tiene la impresión de que la jornada que le aguarda no puede ser peor que el penoso día que deja atrás, y mochila al hombro recorre con anticipada nostalgia los rincones silenciosos del villorrio, mal iluminados por unas farolas que derraman una luz fatigosa, desvaída, sobre las piedras. Se asea con felino talante en una fuente de piedra y, sin más preámbulos, emprende el camino hacia Sacedón. Apenas guarda el viajero rencor a Casasana por la falta de hospitalidad de sus gentes, y sabe que incluso ese resto de resentimiento se verá dulcificado con el tiempo por el bálsamo de la larga conversación con los hijos de Felipe “el Sastre”. Así pues, en paz con Casasana, abandona con buena presencia de ánimo el pueblo por una pequeña carretera, que desciende serpenteando con ánimo juguetón desde las alturas de la aldea.

 El viajero, al partir de Casasana en plena noche, no ha encontrado a ningún lugareño que le confirme la idoneidad de la ruta que ha escogido. Tampoco acertó la noche anterior a preguntar, más preocupado por dejar atrás los sinsabores de la jornada pasada que de preocuparse por la que venía, y al cabo de un buen rato de caminar por la carretera la incertidumbre se apodera de su ánimo. Tiene el viajero todavía muy presentes las penosas vicisitudes del día anterior, y cree que sus mermadas fuerzas no soportarán bien otro extravío por los mal señalizados caminos de la zona. Pensar que puede estar siguiendo un camino equivocado hace todavía más penoso el camino, y cuando el día despunta y el sol cae inclemente sobre él, la euforia que ha sentido al abandonar Casasana se esfuma. La carretera serpentea atravesando extensos cultivos de cereales, y el viajero no encuentra una triste sombra donde descansar.

Tras un buen rato de caminar, fatigado y preso del desasosiego, el viajero divisa a lo lejos un rebaño de ovejas que se mueven de forma aparentemente aleatoria y al unísono por los sembrados, como un ovino cardumen en un mar de cereal.  El viajero, que lleva más de una hora sin divisar a ningún ser vivo, decide adentrarse en el sembrado y abordar al pastor para preguntarle si está en el camino correcto hacia Sacedón. El camino a través de los terrones de tierra se hace fatigoso, con las botas del viajero hundiéndose en la tierra polvorienta. El rebaño tan pronto se mueve hacia el viajero como se aleja de él, juguetón e imprevisible, provocando constantes cambios de dirección del viajero en su afanoso camino por el sembrado. Por fin, tras un buen rato de jugar al gato y al ratón bajo el sol inclemente, el viajero aborda al pastor, que resulta ser nativo de Marruecos o algún otro país del norte de África, y que apenas chapurrea un castellano básico y apachizado del que el viajero no logra sacar nada en claro. Tras un buen rato de besuguesca conversación, el viajero, resignado, abandona al sarraceno pastor con una apresurada despedida y vuelve a la carretera, preso de una desesperación que empieza a desbordar su alma lenta, magmáticamente.

Tras una hora de camino, solo acompañado por el monótono repicar de sus botas en el asfalto y las cansinas chicharras, dolorido por las llagas de los pies y con el ánimo quebrantado, el viajero se para a descansar bajo la raquítica sombra de unos choperillos. Desfallecido, le pega unos buenos tientos a la bota de vino para intentar alegrar el talante. El cuerpo se le afloja, resentido por la noche pasada al raso en Casasana, y no tarda en quedarse dormido. Despierta al cabo de un par de horas, con la boca reseca de quien ha abusado del vino y de una siesta a destiempo. Bebe un poco de agua y retoma el camino, algo más compuesto de cuerpo y alma. Piensa que, al fin y al cabo, como decía aquel, el camino es su destino, y que ya llegará a algún sitio.

Al cabo de un buen rato de caminar a buen paso, el viajero llega a la entrada de un pequeño pueblo, Santa María de Poyos, que encuentra desierto, con las puertas de las casas cerradas a cal y canto. El viajero deambula por las calles durante un rato, notando en todo momento un olor como a pescado podrido que le desagrada profundamente. Algunas casas son una pura ruina, con los restos de las paredes derruidas y vigas renegridas amontonadas en su interior. No se cruza con un alma, ni ve abierto bar alguno donde poder descansar y comer algo. Pronto decide seguir camino por la carretera y abandonar el desolado lugar. Al encarar las últimas viviendas, divisa a una vieja sentada en el poyete de una casa, impertérrita bajo el sol ardiente. Viste de negro riguroso, color que se extiende hasta el pañuelo que cubre su cabeza. El viajero, inicialmente, se dirige hacia ella para preguntarle por el camino, pero algo en la mirada de la vieja cuando levanta la cabeza hacia él hace que, con un escalofrío, desista y aligere el paso para salir del pueblo.

La suerte, por fin, parece aliarse con el viajero, y al cabo de un rato divisa Sacedón, que se cuece perezoso bajo el sol del mediodía. Sacedón, desde la construcción del embalse de Entrepeñas en 1956, ha sido un pueblo con vocación marinera, una especie de emporio turístico en medio de un secarral. El viajero, cuando entra en Sacedón, parece un viejo maquis, sucio, cansado, arriesgando la vida para bajar al pueblo a buscar algo de comida. Estupefacto, avanza entre barcos y yates de distinto tamaño, varados en descampados frente a tiendas de artículos navales cerradas a cal y canto. Como más tarde averiguará, Sacedón es ahora un pueblo en pie de guerra por culpa del trasvase Tajo-Segura, que está vaciando el embalse y dejando al pueblo sin el caramelo del negocio turístico acuático. Por doquier se divisan carteles en contra del embalse. Sacedón no quiere volver a ser un pueblo de secano.

Tras callejear desganadamente por el pueblo, el viajero decide entrar en una tasca para remojar el gaznate con algo fresco y, de paso, llenar el estómago, vacío tras la parca cena, por llamarla de alguna manera, de la noche anterior. El local es pequeño, pero fresco y con un sí es no es hospitalario. Unos abuelos juegan desanimadamente al dominó en una mesa, trasegando de tanto en tanto pequeños sorbos de cerveza de sus botellines. La dueña del figón es una mujerona, entrada en años y en carnes, de escote exuberante, al que el viajero no puede evitar echarle una mirada entre lasciva y avergonzada cuando la mujer se acerca a tomarle la comanda. Marta, que tal es su nombre, es simpática y dicharachera, con una risa fresca y desvergonzada que agita sus abundantes pechos. Observa la mochila y los avíos del viajero, depositados en el suelo al lado de la mesa, y con un deje burlón interpela al viajero.

-¿Qué, de viaje?

El viajero, intentando apartar la vista de las cárnicas esferas blanquísimas que pugnan por escapar de la blusa de la dueña, balbucea unas explicaciones apresuradas sobre su viaje.

-Sí, vengo de Casasana, siguiendo la ruta de Cela por la Alcarria…

-Pues buen paseo se ha pegado usted esta mañana. Casasana estará a unos buenos quince o dieciséis kilómetros. ¿Y los ha hecho usted del tirón?

-Qué remedio… Solo he pasado por Santa María de Poyos, y no había un alma. Bueno, una señora mayor, pero no he visto ningún sitio para parar y descansar…

El viajero sabe que ha dicho alguna inconveniencia cuando las conversaciones cesan de repente. Uno de los abuelos ha girado la cabeza con brusquedad hacia el viajero, volcando con el brazo su botellín de cerveza, que rueda por la mesa y cae al suelo estallando en mil pedazos. La cara de la dueña se transforma en una máscara en la que el viajero cree adivinar una mezcla de incredulidad y espanto. Durante unos dolorosos y eternos instantes, nada se escucha en el bar, hasta que el correr de una silla sobresalta al viajero. Uno de los abuelos se ha puesto en pie e interpela al viajero, con una voz temblorosa.


-¿Por dónde dice que ha pasado?

La dueña se gira, todavía con la desagradable mueca en la cara, y camina hacia la mesa donde el abuelo sigue mirando al viajero con obsesiva fijeza. Durante unos minutos, el viajero, incómodo, con ganas de largarse, los escucha cuchichear, hasta que el viejo vuelve a sentarse y se reanuda la partida, aunque sin dejar de lanzar furtivas miradas hacia el forastero encogido en su silla. La dueña desaparece tras la barra, y al cabo de unos momentos vuelve con una botella de vino frío y un enorme bocadillo envuelto en papel de plata. Su mirada es ahora triste. Se agacha hasta pegar la boca casi en la oreja del viajero, y con voz temblorosa le musita al oído.

-Invita la casa, pero por favor, váyase, no ha hecho usted nada malo, pero márchese, se lo ruego.

El viajero, estupefacto, solo acierta a asentir. Recoge sus bártulos y, sin decir palabra, abandona la tasca. Solo al cabo de un rato, mientras se come el bocadillo frente al menguante embalse, mirando las aguas azules y quietas, recuerda algunas lecturas, ata algunos cabos y siente cómo las piernas se le aflojan y un escalofrío recorre, helado y lento, su espalda.

25 de mayo de 2017

El Tesoro.

Mi abuela Juana encontró un tesoro. Era un tesoro modesto, no como el del cuento de Alí Babá y los cuarenta ladrones, una cueva abarrotada de monedas, joyas, piedras preciosas, coronas de oro puro, etc… Ni siquiera era un tesoro como los que enterraban los piratas en cofres repartidos por islas remotas. Pero, si nos atenemos a la definición de la Real Academia Española, “una cantidad de dinero, valores u objetos preciosos guardados”,  o “Conjunto escondido de monedas o cosas preciosas, de cuyo dueño no queda memoria”, nadie debería discutir que lo que encontró mi abuela a comienzos de lo que ha pasado a la Historia como “los felices años veinte” era un auténtico tesoro.

La historia de cómo mi abuela encontró ese tesoro y posteriormente su familia lo malvendió por cuatro chavos me fascinó e indignó a partes iguales desde muy pequeño. Era para mí un momento mágico, que se prolongó durante mi juventud y parte de mi época adulta, hasta que mi abuela murió. Escuchar aquella historia mil veces repetidas tenía para mí un efecto balsámico. La había escuchado, como ya he dicho, durante un larguísimo período de mi vida, pero curiosamente mi memoria ha aislado uno de los momentos, o lo ha modelado a su conveniencia, esculpiéndolo en mi mente de una manera quizás idealizada, un compendio de todas las sensaciones que experimenté en todos aquellos instantes en que le pedí a mi abuela Juana que me explicara cómo había encontrado un tesoro cuando era una niña. Igual es posible que ese recuerdo grabado en mi mente jamás hubiera sucedido. Quién sabe…

En esa recreación, llamémosle así, idealizada, era domingo por la mañana. Mis padres habían salido, mi hermana ya no vivía con nosotros. Desperté tras una noche de borrachera, empapado en sudor, con la boca reseca, llena del sabor amargo y químico de la cocaína cortada. Tenía sed y me dolía la cabeza. Montse me había dejado hacía unos meses, y el recuerdo de la puerta del coche cerrándose y su silueta alejándose para siempre, recortada contra el muro de mi vieja escuela en un amanecer sucio y gris, aún seguía atormentándome. No recordaba que en aquel momento me afectara demasiado, simplemente la espada de Damocles había caído por fin sobre mí, era algo que ya esperaba. No obstante, un dolor negro, pegajoso, se había comenzado a extender por mi alma, asfixiándola cada día un poco más. La bebida y el polvo blanco al que me estaba aficionando peligrosamente apaciguaban el dolor, lo aletargaban, pero con la resaca se reactivaba y volvía con más fuerza.

Salí de mi cuarto, con un pantalón de pijama y la camiseta que había llevado la noche anterior, apestando a humo y alcohol. El piso estaba en silencio, y mi abuela estaba en el sofá, en su rincón de siempre, tejiendo con sus agujas, que se movían entre sus dedos a una velocidad que siempre me había parecido vertiginosa. Le espeté un cavernoso “Buenos días”, a pesar de que era más tarde de las doce, y ella me dirigió una de sus miradas,  entre cariñosa y reprobatoria. Me dirigí a la cocina, y sin que me viera me bebí del tirón una cerveza. Había escuchado que la resaca era en realidad un síndrome de abstinencia, y solía recurrir a un botellín para que los niveles de alcohol en sangre no bajaran demasiado. El frescor de la cerveza me calmó un poco, pero seguía sintiéndome cansado, hundido en la miseria. Volví al comedor, el silencio solo roto por el “clinc clinc” de las agujas de tejer y el sonido monótono del viejo reloj de pared. Mi abuela seguía tejiendo. Tenía las piernas, hinchadas y amoratadas, sobre un taburete acolchado con unos cojines. Vestía sus habituales ropones negros. Era viuda desde 1963, tres años antes de que naciera yo. Mi abuelo había muerto con los pulmones reventados por las minas de plomo y cobre de Linares, antes de que toda la familia emigrara a Catalunya en un lento pero imparable goteo. Siempre, o casi siempre, llevaba sobre el vestido una toquilla de punto, también negra, plagada de medallitas de santos, de oro y plata. Era muy religiosa, y recuerdo el jolgorio que se apoderaba de mí cuando la veía cantar “La Internacional” puño en alto con todas aquellas imágenes de santos y vírgenes prendidas del pecho. Me arrellané en la otra punta del sofá, y mi abuela giró la cabeza. Tenía unos ojos muy azules. Yo también los tengo de ese color, pero al lado del azul de los ojos de mi abuela, los míos parecían casi negros. Me dio las explicaciones pertinentes sobre la ausencia de mis padres (se han ido con tus tíos a “Saturní”, tienes “fritangó” y “burguesas” en la nevera), y yo asentí con la cabeza. Otro domingo de resaca brutal, con el recuerdo de Montse zumbando por mi cabeza y la expectativa del trabajo al día siguiente. Suspiré y le dije: “Abuela, cuéntame lo del tesoro”.

Mi abuela, Juana, sonrió. Cerró los ojos, volando con la mente hacia principios del siglo XX. Ni ella recordaba qué edad tenía cuando encontró la vasija. Había nacido en 1916, y según contaba tenía cinco o seis años cuando se encontró las monedas, por lo que el hallazgo debió de producirse hacia 1921 o 1922. Vivía en Baños de la Encina, un pueblecito de Jaén de donde no se movería hasta que se marchó a Barcelona cuando el último de sus hijos abandonó el pueblo y cambió la vara de agitar olivos por la llave inglesa de una fábrica. Baños, como lo llaman sus habitantes, es un pueblecito situado en un cerro, a unos 450 metros de altitud. Posee un castillo  extraordinariamente bien conservado, a pesar de los avatares de la Historia. Lo construyeron los musulmanes a finales del siglo X, y hasta su conquista definitiva por Fernando III en 1225 cambió frecuentemente de manos, siendo conquistado y reconquistado por musulmanes y cristianos. Aquel día, mi abuela, su hermana y otro niño pasaron al lado de las murallas del castillo de camino al campo, para buscar habas. Siempre pensé que habían salido a buscar agua al pantano, pero mi madre me confirmó ese dato irrelevante en una conversación que tuvimos tras la muerte de mi abuela. Había llovido con fuerza, y mi abuela se fijó en una vasija rota entre el barro, al pie de las murallas. En aquel momento no le dio mayor importancia, pero a la vuelta volvieron a pasar por el mismo sitio y se fijó de nuevo en la vasija. Había algo que destellaba bajo el sol inclemente del día, y se desvió del camino, subiendo por la ladera que conducía a la fortificación milenaria. Allí, observó que entre los trozos rotos de la vasija había unas monedas, cubiertas de barro y orín, salvo algunos partes que la lluvia había limpiado un poco y que provocaban los destellos que ella vio. Pacientemente, las recogió y las guardó en su mandil, y sin darle mayor importancia volvió a su casa con su hermana y su amigo.

Cuando mi abuela llegó a su casa, corrió hacia la buhardilla, donde sus padres conservaban alimentos y lo que a duras penas extraían del pedazo de tierra que cultivaban. Allí tenía una casita de muñecas, y se puso a jugar con las monedas. Su hermana Marta no tardó en explicarle a su madre el hallazgo, y mi bisabuela subió a preguntarle a su hija qué era lo que había encontrado. “Pesetillas falsas”, contestó mi abuela. Algo en el brillo de aquellas diecisiete monedas debió llamar la atención de mi bisabuela, ignorante y analfabeta como casi todos los habitantes de Baños. Cogió una de las monedas y la llevó al boticario, a que le echara “el agua fuerte” para limpiarla. El hombre, una de las pocas personas medianamente cultas del pueblo, frotó la moneda y ante sus ojos apareció una pieza de oro puro de más de mil años de antigüedad.
Era a partir de este punto en la historia de mi abuela cuando la indignación se iba apoderando de mí. La maravillosa historia de cómo una niña encontraba un tesoro a principios del siglo XX se transformaba en una sórdida urdimbre de codicia, ruindad y el sempiterno pisoteo de las pequeñas élites rurales a los campesinos ignorantes y analfabetos. He de confesar que esa indignación también albergaba un sí es no es codicioso. Solía reprochar cariñosamente a mi abuela que se hubieran dejado arrebatar el tesoro tan fácilmente (“si hubierais conservado esas monedas, ahora seríamos ricos”). Curiosamente, ese pensamiento también se incrustó en mi mente junto con el relato, la idea de que esas monedas podrían haber cambiado el destino de una familia tan modesta como la nuestra, descartando, o más bien sin contemplarla, la idea de que un puñado de monedas de oro, repartidas entre la amplia descendencia de mi abuela, no hubieran supuesto un gran cambio en nuestro patrimonio.

La noticia del hallazgo corrió rápidamente por un pueblo dado a habladurías y falto de novedades. La Juana, la hija de la Anica, se había encontrado un tesoro de monedas. Como he dicho, es aquí donde la historia del hallazgo se troca en una especie de crónica sobre la avaricia humana. Los padres del niño que acompañaba a mi abuela en su excursión reclamaron la mitad del tesoro, y en cuestión de días, la pequeña niña que era mi abuela se vio declarando ante el juez del pueblo, que sería una especie de juez de paz o mediador, pero en todo caso con la atribución de impartir justicia. Esta especie de árbitro rural interrogó a los miembros de la excursión, y su veredicto fue que el tesoro pertenecía a mi abuela. No obstante, dictaminó que tres o cuatro monedas (mi abuela nunca lo dejó claro) le fueran entregadas a los padres del niño, en una decisión que contradecía de manera absurda la conclusión inicial sobre la pertenencia del tesoro.

Fue esta decisión judicial el principio de una rápida sangría del tesoro de mi abuela. A partir de aquí, el relato se tornaba confuso. Lo único que pude sacar en claro de la historia fue que las fuerzas vivas del pueblo, esto es, el boticario, el cura, el alcalde y las familias que acumulaban propiedades, les compraron a los padres de mi abuela las monedas que le quedaban. Yo, sentado al lado de mi abuela en el sofá, me echaba las manos a la cabeza cuando explicaba que su padre, con el producto de la venta, viajó en burro a la ciudad de Bailén para comprar ropa, colchones, utensilios de cocina, etc. Mi abuela se encogía de hombros, como justificando a sus padres (“había mucha necesidad, mucha hambre, y vendieron las monedas por cuatro perras”) pero con un cierto punto de orgullo al haber colaborado, tan pequeña, a una leve mejora de las penosas condiciones de la familia. Llegados a este punto de la historia, el ya de por sí exiguo tesoro habíase reducido a dos monedas, que mi bisabuela quiso conservar para cuando su hija fuera mayor, pero ni esos tristes despojos le dejaron. Una ricachona del pueblo se presentó un día en la puerta de la casa de mis bisabuelos y, entre adulaciones y súplicas, salió de allí con las dos monedas en el bolsillo.


Ahí terminaba la historia, con mi abuela sumida en ensoñaciones del pasado, sin dejar de tejer. Yo seguía sentado a su lado, sumido en mi desmayada laxitud resacosa, pensando en aquel tesoro que le habían escamoteado a mi familia, pensando en Montse, adormecido por el sonido rítmico de las agujas del reloj de pared. Todavía hoy, convencido de que la posesión de aquellas monedas no habría cambiado el destino de nadie, pienso en aquella niña de cinco años, sacando monedas embarradas y cubiertas de óxido de una vasija rota y depositándolas pacientemente en su pequeño mandilito. A veces, mi hijo se sienta a mi lado y le explico cómo su bisabuela Juana encontró un tesoro al lado de un castillo, hace ya casi cien años.                                          

14 de mayo de 2017

Rubicón.

Así que quieres que te cuente lo del río… Bien, chaval, eso te va a costar un par de jarras de vino, y no de esa mierda aguada que viene de Hispania, sino de buen vino italiano. Qué sorpresa, el viejo Lucio Pullo y su hijo… Así que vas con Tiberio a darles patadas en el culo a esos germanos… Es buen general. De los que cabalgan con sus soldados. Serio y estirado, sí, pero justo. Eso sí, chaval, ten cuidado, te arrancará las tripas con sus propias manos si no cumples. En eso se parece un poco a César. ¿Será tu primera vez en combate? Lo harás bien, seguro que eres digno hijo de aquí tu viejo. Tendrás miedo, claro. Yo me cagué encima en mi primera batalla, en la Galia. En cuando escuché los alaridos de aquellos galos locos que se venían contra nosotros medio desnudos, altos como árboles, se me aflojaron las tripas, así de claro. Otros vomitan, se mean… Te aconsejo que te pongas un pañuelo en la cara mientras la tortuga esté formada, te va a hacer falta. Pero una cosa, chaval, aguanta, aunque tengas que morder el escudo con los dientes, aguanta, o esos germanos serán tu último problema. Luego ya todo es fácil, mucho grito y mucho golpe de escudo, pero se estrellan contra la tortuga y ya todo es sencillo. Ah, por fin está aquí el vino. ¡Es la hora de beber, amigos! Ah, cómo echaba de menos las tabernas de la Subura… Sí, César nos dio tierras, tengo una buena mujer, algunos esclavos, voy tirando… Pero, entre nosotros, ahora mismo me iba contigo a vengar lo de Varo. Echo de menos el campamento, el olor a sangre, el botín…  y mira que las he pasado putas, como aquí tu viejo, ¿eh, Lucio? Aquellas marchas con César, cargados como mulos, echando las tripas por los caminos de la Galia… Pero bueno, tú quieres que te cuente lo del río, ¿eh? Ya vamos quedando pocos de aquella decimotercera de César. Menudos éramos, ¿eh, Lucio? ¿Te acuerdas de cómo le dimos lo suyo a aquel salvaje, Vercingetórix? Cómo se agachó el tío a dejar la espada a los pies de César, y el calvo todo digno con su toga, sentado en su silla, más tieso que un palo… Bueno, me estoy liando. Sí, lo del río… Tu padre te habrá contado lo de la marcha, siempre íbamos juntos, aunque casualmente aquel día iba un par de filas por detrás de mí. Lucio Pullo y Tito Voreno. Un buen par de cabrones éramos, sí… El caso es que César nos había soltado el rollo aquella misma tarde. Todo muy digno, mucha salvación de la Patria, mucha traición de los optimates… Daba igual, si hubiera subido al estrado, se hubiera tirado un pedo y hubiera gritado “¡A Roma!”, le hubiéramos seguido igual. Vale, sí, hubo algunos murmullos, al fin y al cabo aquello era un crimen, un ejército romano marchando contra Roma… pero fueron pocos, y se callaron rápidamente. Al fin y al cabo Sila ya se había follado a la loba hacía tiempo, no le iba a venir de nuevo uno más, y todos teníamos ganas de volver a casa. Ocho años llevábamos dándoles por el culo a los galos. Yo perdí la cuenta de las ciudades que conquistamos, de los bárbaros que maté, y después de lo de Alesia la cosa ya ni tenía gracia. Ya estábamos hartos del frío, de la cerveza y de las mujeres galas, esas salvajes que te podían clavar un cuchillo en la garganta en pleno polvo. Echábamos de menos el calor de Italia, el vino, las putas de la Subura… De todas maneras, hubiéramos seguido a César hasta al mismo Hades. Adorábamos a ese cabrón. Peleaba con nosotros, marchaba con nosotros, comía la misma mierda que nosotros. Y ahora cuatro burócratas de Roma le querían joder. El picapleitos de Cicerón, Catón, y Pompeyo, que de grande ya solo tenía el culo. Menuda tropa. César enviando carros de oro y plata, miles de esclavos, conquistando territorios, y ellos conspirando para despojarle de todo el honor y enviarlo a una puta isla en mitad del mar. Así que, en cuanto el calvo acabó de soltar su rollo, la decimotercera en pleno empezó a gritar “¡César, César, César!”, y yo creo que hasta en el Senado lo escucharon. Bueno, a lo que iba, el caso es que aquella misma tarde abandonamos el campamento y marchamos hacia el sur. El gran hombre iba muy ufano sobre su caballo, supongo que pensando en las patadas en el culo que le iba a dar a Pompeyo en cuanto se le pusiera a tiro. Caminamos durante toda la tarde, y llegamos al río cuando el sol hacía rato que había desaparecido tras los Apeninos. Hacía un frío de cojones. Fue entonces cuando nos dieron la orden de parar. Más de tres mil soldados, más auxiliares, carros y toda la pesca, parados delante de un puto riachuelo. Porque, entre nosotros, aquello de río nada. Un torrentillo de mierda, un poco crecido por el deshielo del invierno. Pero César dio la orden de parar. Solo se escuchaba el viento y el golpeteo de nuestros pies contra el suelo para quitarnos aquel frío que te helaba los huevos. Yo estaba en primera fila, y tenía al general a unos pocos metros de mí, parado delante del agua. Sin moverse. Los oficiales estaban un poco más allá, también quietos, esperando la orden de avanzar. Pero César no daba la puta orden. Paseaba por la orilla, giraba la cabeza, nos miraba, miraba hacia el frente. Chaval, estaba dudando. El tío que había conquistado la Galia, el que hizo cortar las manos a los supervivientes de Uxeloduno, el que se había cepillado una y otra vez a ejércitos diez veces más numerosos, dudaba. Sabía que se la estaba jugando. ¡Eh, Máximo, trae otra jarra para mis amigos! El caso es que Pompeyo era un viejales gordo, pero todavía tenía sus seguidores, y no paraba de decir que daría una patada y toda Italia correría a apoyarlo. Nosotros éramos cuatro gatos, tampoco sabíamos cómo nos iban a recibir en Italia. Además, César también tenía sus reparos, supongo. No era como nosotros. A aquellas alturas, a nosotros nos la sudaba avanzar hacia Roma. Como te he dicho, solo queríamos volver a casa. No, no lo tenía tan claro como nos hizo pensar aquella tarde. Sabes lo que es el discrimen, ¿no? Ese momento en el que te la juegas de verdad, en el que todo lo que has hecho no va a importar una mierda si tomas la decisión equivocada… Pues allí estaba César, en pleno discrimen, arrebujado en su capa, mirando el puto Rubicón, y nosotros detrás, pelados de frío, esperando a que al gran hombre se le pasaran las dudas. Fue entonces cuando se giró, miró hacia las primeras filas y vino hacia mí. Lo siento, perdonad que este viejo soldado se emocione. Ahora, bebamos. ¡Por César! Bueno, pues el general vino hacia mí directamente. Me había felicitado en persona cuando lo de Alesia, pero uno siempre piensa que a un general esas cosas se le olvidan. A César no. El cabrón tenía memoria para las caras y los nombres. Sabía cómo camelarte. El tío se me plantó delante, y juro que me temblaron más las piernas que en mi primer combate. Puro su cara a un palmo de la mía, y me dijo, “Tito Voreno, ¿verdad?, le diste bien por el culo a aquellos galos en Alesia”, y yo totalmente acojonado, “Sí, general, se hizo lo que se pudo”. El calvo sonrió, me puso una mano en el hombro. Lo vi más viejo, más cansado, hecho un lío. Hubiera muerto por aquel hombre, lo juro una y mil veces. “¿Qué hacemos, Tito?”. ¿Os lo podéis creer? El mismísimo César preguntándole a un puto legionario si avanzaban hacia Roma. Quizás podría haberle dicho alguna chorrada rimbombante, pero solo me salió un guiño del ojo y un “Tengo ganas de jugar unas partidas de dados en la Subura y echarle un polvo a una buena furcia romana”. Vale, lo dije así, ya me conoces, Lucio, luego me arrepentí, pero a César le hizo gracia. Soltó una carcajada que se escuchó más allá de los Apeninos. Me golpeó con el puño en el escudo y me dijo, “Bien, legionario Tito, en unos días estarás follando en la Subura, te lo prometo”. Ya no dudaba, era el viejo César de siempre. Se giró, dándome la espalda, avanzó unos pasos y dijo algo en voz alta. Yo no lo entendí, ya sabes, a esos patricios les gusta decir las cosas importantes en griego. Me dijeron luego que algo sobre la suerte y unos dados, no sé, la verdad. El caso es que subió a su caballo, se dirigió a sus oficiales, dio la orden y sonaron las trompetas, y de nuevo la decimotercera en pleno, “¡César, César, César!”. En menos de una hora dejamos el Rubicón atrás y avanzamos hacia el sur. El resto ya lo conoces, ¿eh, chaval? ¿Qué te pasa, por qué pones esa cara? Ah, ya, sé, ya sé… Te preguntas qué hubiera pasado si le hubiera dicho a César que nos quedáramos en las Galias. Bueno, no creo que la cosa hubiera cambiado una mierda, pero… ¿quién sabe, chaval, quién sabe?

23 de abril de 2017

Tango

El tango duró lo que duró encendido el cigarro en la comisura de los labios de Marcelo Salvatierra. Alguno de los asistentes al acto podría haber reaccionado, pero lo cierto es que todos permanecieron inmóviles durante ese intervalo de tiempo, como si formaran parte de un decorado de cartón en el que el argentino y la joven esposa del gobernador se deslizaron durante un minuto que nadie olvidaría jamás. Con el tiempo, los asistentes llegaron a una especie de acuerdo tácito según el cual nadie se movió debido a la sorpresa provocada por el descaro de Marcelo Salvatierra, algo que nadie se esperaba y que los dejó petrificados en sus asientos, incapaces de reaccionar ante tamaña muestra de desfachatez. Ciertamente, el inesperado gesto del porteño podría explicar la inmovilidad del gobernador, y quizás de algunos de los invitados presentes, pero no de los guardias que vigilaban la plaza, acostumbrados a intervenir ante la más mínima alteración del orden. Sea como fuere, nadie quiso reconocer en público que no se movió porque en realidad quería ver cómo el malevo Salvatierra trazaba una última muesca en su incontable lista de corazones rotos, nada menos que la esposa del hombre más poderoso de la región. En sus mismísimas narices, y aunque ella lo negara el resto de su vida entre protestas y desanimadas muestras de enfado. Ella lo achacó a la sorpresa, al miedo de que Marcelo pudiera hacerle daño ante la impasibilidad de guardias e invitados, pero en realidad nadie la creyó. En realidad nadie se lo reprochó, y mucho menos las damas asistentes, que en secreto deseaban que el argentino las hubiera elegido a ellas para aquel baile que saqueó el alma de Alicia, haciéndola derretirse de pasión en las barbas de su temible esposo.

Marcelo Salvatierra bajó del coche policial, y todas las conversaciones se acallaron durante unos eternos instantes. Los hombres lo contemplaban con una mezcla de envidia y odio, y algunas mujeres no pudieron evitar morderse los labios en un íntimo gesto de deseo mal disimulado. Marcelo vestía de manera impecable, como siempre, un traje negro que parecía haber sido modelado expresamente sobre su cuerpo alto y fibroso. El sombrero caía levemente sobre un lado de su cara, ensombreciendo parte de su rostro moreno y rasurado. Un pañuelo blanco de seda acariciaba su cuello. De entre la multitud que se arremolinaba bajo los pórticos de la plaza surgió un grito, un “¡MALEVO GUAPO!” que hizo sonreír levemente a Marcelo mientras iniciaba el camino entre el pasillo que dejaban las sillas de los invitados de más postín, su mano izquierda introducida con chulería en el bolsillo de la chaqueta y el sonido de sus botines de cuero negro repiqueteando sobre el empedrado de la plaza.
Fue justo cuando a Marcelo Salvatierra le faltaban unos diez metros para llegar al final del pasillo. Por una ventana se filtró el sonido de un disco que crepitaba sobre el lecho redondo de una gramola. En el silencio, apenas roto por los murmullos respetuosos del gentío que se agolpaba en la plaza, el sonido del bandoneón resultaba claramente audible. Cuando Marcelo, que caminaba con la cabeza alta y mirando al frente, escuchó las primeras notas del tango, volvió a sonreír, y en su rostro de chulo guapo se perfilaron dos hileras de dientes blanquísimos. Con un gesto burlón se encogió de hombros. Sacó el cigarrillo que guardaba y lo colgó de sus labios, mientras en su mano derecha aparecía una cerilla. Marcelo Salvatierra tenía una manera particular de encenderlas, con un gesto rápido de sus dedos pulgar e índice. Indefectiblemente, el fósforo aparecía encendido entre los dedos. Nadie había visto a Marcelo fallar al hacer esa operación, y muchos perdían el tiempo intentando imitar el ademán brioso y aparentemente sencillo que hacía aparecer, como por arte de magia, el fósforo llameante entre los dedos del hampón. Salvatierra encendió el cigarro, protegiendo de la desganada brisa matutina la llama con su mano izquierda. Exhaló una bocanada de humo que pareció juguetear con su rostro bajo el sombrero, antes de diluirse en el aire fresco de la plaza. Justo entonces, la voz arrastrada del tanguero, salpicada de los chispazos de un disco mil veces reproducido, empezó a caracolear por el aire de la plaza.

“Si soy así, ¿qué voy a hacer? Nací buen mozo y embalao para querer”.

Salvatierra miró a su izquierda, y su mirada burlona bajo el fieltro del sombrero se posó en la mujer sentada que lo miraba intentando disimular su turbación, los ojos muy abiertos bajo la pamela blanca. Alicia. La joven esposa del gobernador, de quien las voces maledicentes decían que había sido bailarina en algunos tugurios de mala nota, antes de que el viejo rijoso la deslumbrara con su poder y su dinero. Ella, no obstante, se había comportado siempre de la manera más intachable, como decía César que tenía que ser su mujer. Hasta aquella mañana, en la que el hampón Salvatierra, mirándola con unos ojos negrísimos que brillaban bajo el ala del sombrero, extendió su mano hacia ella, mientras el tango seguía sonando por toda la plaza.

“Si soy así, ¿qué voy a hacer? Con las mujeres no me puedo contener. Por eso tengo la esperanza que algún día me toqués la sinfonía de que ha muerto tu ilusión. Si soy así, ¿qué voy a hacer? Es el destino que me arrastra a serte infiel…”.

Alicia, como tantas otras, se derritió, las piernas le flaquearon, y el corazón hizo que su pecho se agitara. Nunca supo cómo, de repente, acabó entre los brazos de Salvatierra, pero allí estaba, sintiendo en la nuca la mirada furiosa de su marido y la mano suave del hampón en la curva de su espalda, mientras su mano se entrelazaba lánguida entre la de Salvatierra. Él miró su cara blanca a través del humo, las guedejas de cabello rubio apenas escapando bajo la pamela, unos labios grandes y húmedos, los ojos verdes protegidos por unas pestañas larguísimas. Volvió a sonreír, el pucho colgado de un lado de la boca, y musitó una frase, siempre repetida, siempre mentira, siempre creída…

-Para que un maula como yo pueda abrazar a una mina como vos se inventó el tango…

Alicia se sintió desfallecer, y en ese momento Salvatierra empezó a mover los pies, arrastrándola. El hampón la tenía sujeta contra su pecho, dejando entre sus cabezas el espacio justo para no quemar a la bella con el cigarrillo. El tiempo se detuvo mientras Salvatierra la manejaba a su antojo, como una muñeca desmadejada entre sus brazos. Alicia lo siguió, y sus primeros pasos hicieron que los últimos restos de su reputación se filtraran por los espacios entre los adoquines de la plaza. Él se retiró un paso, dejando que el cuerpo de la mujer perdiera el equilibrio y se viera obligada a dejar que su pecho descansara sobre el del hombre para evitar caerse. La voz cascada, como de otro tiempo, seguía resonando por la plaza.

“Si soy así, ¿qué voy a hacer? Pa’ mí la vida tiene forma de mujer. Si soy así, ¿qué voy a hacer? Es Juan Tenorio que hoy ha vuelto a renacer”.

El tango parecía coordinarse con el cigarrillo pegado a los labios de Salvatierra para correr juntos hacia el fin. Marcelo lo sabía, el hechizo se acababa, y su baile se hizo salvaje, obsesivo. En uno de los cortes, sujetó a Alicia con fuerza, haciendo que la cabeza ella se doblara hacia atrás y la pamela acabara en el suelo. Luego la hizo girar vertiginosamente, y ella vio a la gente de la plaza como si estuviera en medio de un gigantesco zoótropo. Las piernas se entrelazaban, y ella sintió la mano de él atenazando su muslo, lo notó detrás, jadeándole al oído su aliento envuelto en el humo del tabaco, la levantó del suelo con un brazo, sujetándola contra su cuerpo, mientras el quejumbroso sonido del disco desgranaba los últimos versos del tango.

“Por eso, nena, no sufrás por este loco, que no asienta más el coco, y olvidá tu metejón. Si soy así, ¿qué voy a hacer? Tengo una esponja donde el cuore hay que tener”.

De manera súbita, el canto cesó, y los últimos ecos del bandoneón parecieron flotar sobre la plaza, mientras Marcelo Salvatierra pareció dejar caer a la mujer, sujetándola en el último instante, antes de que cayera de espaldas sobre los adoquines, en un último gesto de posesión. Ella abrió los ojos y vio la cara de él, recortada contra el cielo plomizo de la mañana, sintiendo cómo su corazón quería escapar de su boca, jadeando, sintiendo humedades olvidadas recorrer su interior. Sabía lo que Salvatierra había hecho con ella, pero no pudo sino espetarle un “canalla” en el que se entremezclaban el odio y el deseo. Durante unos instantes permaneció así, sujeta por la mano del hombre, hasta que el hampón la incorporó, dejándola de pie, jadeante, sudorosa, con rizos de pelo rubio pegados a su frente. Marcelo Salvatiera la miró, con su perenne sonrisa burlona y seductora bailando en la cara, ajustó el ala de su sombrero, lanzó la colilla del cigarrillo con un gesto displicente y se encaminó silbando hacia las escalerillas que conducían al patíbulo.