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23 de abril de 2017

Tango

El tango duró lo que duró encendido el cigarro en la comisura de los labios de Marcelo Salvatierra. Alguno de los asistentes al acto podría haber reaccionado, pero lo cierto es que todos permanecieron inmóviles durante ese intervalo de tiempo, como si formaran parte de un decorado de cartón en el que el argentino y la joven esposa del gobernador se deslizaron durante un minuto que nadie olvidaría jamás. Con el tiempo, los asistentes llegaron a una especie de acuerdo tácito según el cual nadie se movió debido a la sorpresa provocada por el descaro de Marcelo Salvatierra, algo que nadie se esperaba y que los dejó petrificados en sus asientos, incapaces de reaccionar ante tamaña muestra de desfachatez. Ciertamente, el inesperado gesto del porteño podría explicar la inmovilidad del gobernador, y quizás de algunos de los invitados presentes, pero no de los guardias que vigilaban la plaza, acostumbrados a intervenir ante la más mínima alteración del orden. Sea como fuere, nadie quiso reconocer en público que no se movió porque en realidad quería ver cómo el malevo Salvatierra trazaba una última muesca en su incontable lista de corazones rotos, nada menos que la esposa del hombre más poderoso de la región. En sus mismísimas narices, y aunque ella lo negara el resto de su vida entre protestas y desanimadas muestras de enfado. Ella lo achacó a la sorpresa, al miedo de que Marcelo pudiera hacerle daño ante la impasibilidad de guardias e invitados, pero en realidad nadie la creyó. En realidad nadie se lo reprochó, y mucho menos las damas asistentes, que en secreto deseaban que el argentino las hubiera elegido a ellas para aquel baile que saqueó el alma de Alicia, haciéndola derretirse de pasión en las barbas de su temible esposo.

Marcelo Salvatierra bajó del coche policial, y todas las conversaciones se acallaron durante unos eternos instantes. Los hombres lo contemplaban con una mezcla de envidia y odio, y algunas mujeres no pudieron evitar morderse los labios en un íntimo gesto de deseo mal disimulado. Marcelo vestía de manera impecable, como siempre, un traje negro que parecía haber sido modelado expresamente sobre su cuerpo alto y fibroso. El sombrero caía levemente sobre un lado de su cara, ensombreciendo parte de su rostro moreno y rasurado. Un pañuelo blanco de seda acariciaba su cuello. De entre la multitud que se arremolinaba bajo los pórticos de la plaza surgió un grito, un “¡MALEVO GUAPO!” que hizo sonreír levemente a Marcelo mientras iniciaba el camino entre el pasillo que dejaban las sillas de los invitados de más postín, su mano izquierda introducida con chulería en el bolsillo de la chaqueta y el sonido de sus botines de cuero negro repiqueteando sobre el empedrado de la plaza.
Fue justo cuando a Marcelo Salvatierra le faltaban unos diez metros para llegar al final del pasillo. Por una ventana se filtró el sonido de un disco que crepitaba sobre el lecho redondo de una gramola. En el silencio, apenas roto por los murmullos respetuosos del gentío que se agolpaba en la plaza, el sonido del bandoneón resultaba claramente audible. Cuando Marcelo, que caminaba con la cabeza alta y mirando al frente, escuchó las primeras notas del tango, volvió a sonreír, y en su rostro de chulo guapo se perfilaron dos hileras de dientes blanquísimos. Con un gesto burlón se encogió de hombros. Sacó el cigarrillo que guardaba y lo colgó de sus labios, mientras en su mano derecha aparecía una cerilla. Marcelo Salvatierra tenía una manera particular de encenderlas, con un gesto rápido de sus dedos pulgar e índice. Indefectiblemente, el fósforo aparecía encendido entre los dedos. Nadie había visto a Marcelo fallar al hacer esa operación, y muchos perdían el tiempo intentando imitar el ademán brioso y aparentemente sencillo que hacía aparecer, como por arte de magia, el fósforo llameante entre los dedos del hampón. Salvatierra encendió el cigarro, protegiendo de la desganada brisa matutina la llama con su mano izquierda. Exhaló una bocanada de humo que pareció juguetear con su rostro bajo el sombrero, antes de diluirse en el aire fresco de la plaza. Justo entonces, la voz arrastrada del tanguero, salpicada de los chispazos de un disco mil veces reproducido, empezó a caracolear por el aire de la plaza.

“Si soy así, ¿qué voy a hacer? Nací buen mozo y embalao para querer”.

Salvatierra miró a su izquierda, y su mirada burlona bajo el fieltro del sombrero se posó en la mujer sentada que lo miraba intentando disimular su turbación, los ojos muy abiertos bajo la pamela blanca. Alicia. La joven esposa del gobernador, de quien las voces maledicentes decían que había sido bailarina en algunos tugurios de mala nota, antes de que el viejo rijoso la deslumbrara con su poder y su dinero. Ella, no obstante, se había comportado siempre de la manera más intachable, como decía César que tenía que ser su mujer. Hasta aquella mañana, en la que el hampón Salvatierra, mirándola con unos ojos negrísimos que brillaban bajo el ala del sombrero, extendió su mano hacia ella, mientras el tango seguía sonando por toda la plaza.

“Si soy así, ¿qué voy a hacer? Con las mujeres no me puedo contener. Por eso tengo la esperanza que algún día me toqués la sinfonía de que ha muerto tu ilusión. Si soy así, ¿qué voy a hacer? Es el destino que me arrastra a serte infiel…”.

Alicia, como tantas otras, se derritió, las piernas le flaquearon, y el corazón hizo que su pecho se agitara. Nunca supo cómo, de repente, acabó entre los brazos de Salvatierra, pero allí estaba, sintiendo en la nuca la mirada furiosa de su marido y la mano suave del hampón en la curva de su espalda, mientras su mano se entrelazaba lánguida entre la de Salvatierra. Él miró su cara blanca a través del humo, las guedejas de cabello rubio apenas escapando bajo la pamela, unos labios grandes y húmedos, los ojos verdes protegidos por unas pestañas larguísimas. Volvió a sonreír, el pucho colgado de un lado de la boca, y musitó una frase, siempre repetida, siempre mentira, siempre creída…

-Para que un maula como yo pueda abrazar a una mina como vos se inventó el tango…

Alicia se sintió desfallecer, y en ese momento Salvatierra empezó a mover los pies, arrastrándola. El hampón la tenía sujeta contra su pecho, dejando entre sus cabezas el espacio justo para no quemar a la bella con el cigarrillo. El tiempo se detuvo mientras Salvatierra la manejaba a su antojo, como una muñeca desmadejada entre sus brazos. Alicia lo siguió, y sus primeros pasos hicieron que los últimos restos de su reputación se filtraran por los espacios entre los adoquines de la plaza. Él se retiró un paso, dejando que el cuerpo de la mujer perdiera el equilibrio y se viera obligada a dejar que su pecho descansara sobre el del hombre para evitar caerse. La voz cascada, como de otro tiempo, seguía resonando por la plaza.

“Si soy así, ¿qué voy a hacer? Pa’ mí la vida tiene forma de mujer. Si soy así, ¿qué voy a hacer? Es Juan Tenorio que hoy ha vuelto a renacer”.

El tango parecía coordinarse con el cigarrillo pegado a los labios de Salvatierra para correr juntos hacia el fin. Marcelo lo sabía, el hechizo se acababa, y su baile se hizo salvaje, obsesivo. En uno de los cortes, sujetó a Alicia con fuerza, haciendo que la cabeza ella se doblara hacia atrás y la pamela acabara en el suelo. Luego la hizo girar vertiginosamente, y ella vio a la gente de la plaza como si estuviera en medio de un gigantesco zoótropo. Las piernas se entrelazaban, y ella sintió la mano de él atenazando su muslo, lo notó detrás, jadeándole al oído su aliento envuelto en el humo del tabaco, la levantó del suelo con un brazo, sujetándola contra su cuerpo, mientras el quejumbroso sonido del disco desgranaba los últimos versos del tango.

“Por eso, nena, no sufrás por este loco, que no asienta más el coco, y olvidá tu metejón. Si soy así, ¿qué voy a hacer? Tengo una esponja donde el cuore hay que tener”.

De manera súbita, el canto cesó, y los últimos ecos del bandoneón parecieron flotar sobre la plaza, mientras Marcelo Salvatierra pareció dejar caer a la mujer, sujetándola en el último instante, antes de que cayera de espaldas sobre los adoquines, en un último gesto de posesión. Ella abrió los ojos y vio la cara de él, recortada contra el cielo plomizo de la mañana, sintiendo cómo su corazón quería escapar de su boca, jadeando, sintiendo humedades olvidadas recorrer su interior. Sabía lo que Salvatierra había hecho con ella, pero no pudo sino espetarle un “canalla” en el que se entremezclaban el odio y el deseo. Durante unos instantes permaneció así, sujeta por la mano del hombre, hasta que el hampón la incorporó, dejándola de pie, jadeante, sudorosa, con rizos de pelo rubio pegados a su frente. Marcelo Salvatiera la miró, con su perenne sonrisa burlona y seductora bailando en la cara, ajustó el ala de su sombrero, lanzó la colilla del cigarrillo con un gesto displicente y se encaminó silbando hacia las escalerillas que conducían al patíbulo.

3 de abril de 2017

Señales

Tal y como describen las sagradas escrituras, un gigantesco agujero se ha abierto en el cielo. Negro, tan oscuro que parecía absorber el color azul que lo rodeaba. Un círculo perfecto. Lo he visto. Hasta hoy, he vivido para escudriñar el cielo,  una nueva señal, y he sido el elegido para verla. Cientos de generaciones de Contempladores, desde tiempos inmemoriales, vivimos observando el cielo, esperando, rezando, sin apartar la vista del sector que nuestros preceptores nos señalan. Nadie más puede contemplar el cielo sin arriesgarse al castigo. Lo más normal es morir sin ver nada más que las nubes o la lluvia cayendo sobre nuestros ojos, pero los dioses son caprichosos. El Agujero puede tardar miles de años en volver a abrirse, o unos pocos meses. No hay manera de saberlo. Pero hay algo más duro todavía que pasar una vida entera mirando el cielo sin que nada ocurra, y es estar contemplando un sector del cielo mientras el Agujero se abre en otro. La apertura y el Descenso suceden durante un brevísimo instante. Si el Agujero se abre detrás de un Contemplador, este no va a tener tiempo de verlo. Como mucho, si se gira con rapidez, podrá ver la parte final del Descenso, pero no podrá contemplar la mano de Dios lanzando la Señal. Yo la he visto. Ahora pienso en la vida de los Contempladores que me han  precedido, y en la de los hermanos que no han tenido mi suerte. Rezo por ellos, y viviré para dar testimonio de un breve instante que ha justificado la existencia de miles, de millones de Contempladores.

Esta vez, Dios no ha tenido compasión, y su puño ha golpeado el centro de la ciudad. Casas, iglesias, personas… todo aplastado, desaparecido en un instante. Es la voluntad de Dios. La aceptaremos, y rezaremos con el mismo fervor con el que lo haríamos si la Señal hubiera caído en las afueras de la ciudad, como la vez anterior. No importan los muertos, ni los desaparecidos, ni los barrios arrasados. Dios ha decidido enviarnos un templo, una nueva maravilla ante la cual los ciudadanos se arrodillarán para darle gracias por su magnificencia y pedir perdón por sus pecados. El cielo se ha abierto, una nueva muestra del poder de Dios se alza en medio de la ciudad. Mi misión contemplativa ha terminado, a partir de ahora podré caminar entre las personas, hablar con ellas, explicarles cómo se abrió el Agujero y el nuevo templo cayó del cielo. Ellos, claro está, recordarán el brutal estruendo, la gigantesca nube de polvo, las ruinas de las casas aplastadas, el gemir de los heridos, pero yo les hablaré del Descenso, de cómo la enormidad que ahora se alza en el centro de la ciudad parecía un simple juguete en la mano de Dios, que yo pude entrever durante un brevísimo instante que perdurará para siempre en mi memoria y en mi corazón.
El nuevo templo no se parece en nada a los anteriores. Este es rectangular, de un intenso color amarillo, y de un material que no conocemos, suave, liso, sin fisuras ni aristas. Los que se han atrevido a tocarlo dicen que es cálido al tacto. Los dos lados alargados están decorados por una especie de columnas incrustadas en la pared, a intervalos regulares. El templo, desde uno de sus lados cortos, se eleva hasta una increíble altura. Es hueco por dentro, una hendidura semicircular se abre en uno de los extremos cortos, y se prolonga por toda la longitud del edificio en forma cónica. Desde las colinas de las afueras de la ciudad se puede distinguir perfectamente cómo el otro extremo corto del templo está cerrado y cubierto por el extraño material amarillo, y cómo el agujero final del cono ocupa casi toda su extensión. Una inmensa placa de un metal desconocido, que refulge bruñido al Sol,  recorre gran parte de la longitud del templo, tapando en parte la hendidura cónica, hasta un punto en el que es sustituido por la singular materia amarilla común al resto del edificio. Esta placa enorme, extraordinariamente lisa y pulida, parece fijada a la parte superior del templo por un gigantesco tornillo con una hendidura en forma de estrella.

Como he dicho, este templo no se parece en nada a los que Dios nos ha enviado con anterioridad. No parece haber ningún rasgo común entre ellos, pero eso es algo que escapa a nuestra humana comprensión, y que solo Dios sabe. El anterior, el que cayó hace 875 años, era cuadrado, sólido, hecho de un material blando y desconocido. El alargado, que nos fue enviado hace 1732 años, tiene forma de lanza, veteado de líneas amarillas y negras, con una punta negra afiladísima. Este parece un observatorio. Esa es la opinión de la mayoría de sacerdotes que lo han estudiado, y también la mía. El enorme agujero de uno de los extremos encierra un sector concreto del cielo, y el primer Contemplador ya se ha situado en el otro extremo, con la mirada fija en la porción de bóveda celeste que el cono dentro del templo parece enfocar.

Mi misión ha terminado. Como ya he dicho, a partir de hoy serviré a Dios dando testimonio de su inmenso Poder, que me fue revelado por su gracia divina, y serviré en el Templo Amarillo hasta el fin de mis días…


El niño, de unos diez años de edad, ríe y aplaude mientras contempla cómo el sacapuntas amarillo desaparece en el agujero que parece flotar, abierto en medio de su habitación. Le parece mágico. Anteriormente ha lanzado un lapicero y una goma de borrar, que se han esfumado a través del agujero. Ahora ve cómo la abertura se hace más pequeña, se está cerrando. No tiene más objetos que arrojar, no encuentra nada en su mesa de estudio. Súbitamente, una idea parece iluminar su rostro. Sale corriendo de la habitación, y tras unos instantes vuelve a situarse frente al agujero. El petardo mide unos diez centímetros de largo, su padre piensa que él no sabe dónde los esconde, pero él vio dónde guardaba la caja. Con un gesto maligno, lo enciende, lo mantiene frente a él durante unos instantes, mirando hipnotizado cómo las chispas avanzan por la corta mecha, y por fin, con un gesto rápido, lo arroja por el agujero que se va haciendo más y más pequeño. 

27 de marzo de 2017

Chúpalo

Adrián, con la respiración entrecortada, contemplaba la pantalla de su ordenador. Los pezones de Ana, enhiestos por la excitación, se agitaban frente a la cámara. Sus labios carnosos dibujaron una sonrisa pícara. En su mano derecha sostenía un vibrador de color rojo, su asistente, como a ella le gustaba llamarlo. Comenzó a pasárselo con suavidad por el cuello, la barbilla, jugueteando con la punta por toda su cara, hasta que el hombre no pudo más, “chúpalo, Ana, por favor”, y ella asintió con una sonrisa, “como tú quieras, cariño, tú mandas”. Adrián sintió un escalofrío cuando vio la boca de Ana abrirse lentamente y acariciar el látex rojo con la punta de la lengua. Con estudiada parsimonia, la mujer introdujo lentamente el grueso plástico en su boca, haciéndolo penetrar milímetro a milímetro. Ana sabía que eso haría estallar en mil pedazos hasta el último vestigio de autocontrol de Adrián, que empezarían los gemidos, las barbaridades musitadas entre dientes, “así, chupa, ¿te gusta, eh zorra?, más adentro”, mientras con una mano nerviosa bajaba la cremallera de su pantalón, buscando con urgencia el pene erecto para comenzar a acariciarlo sin prisas, buscando la prolongación del placer. Ana sacó el vibrador de su boca, y Adrián contempló extasiado cómo ella comenzó a acariciarse los pechos con el plástico, “¿sabes donde lo voy a meter ahora, cariño?”, reluciente y húmedo de su saliva. Los ojos de Ana permanecían entrecerrados, la lengua asomaba entre sus dientes, con aquella pequeña pieza díscola, torcida, que a él tanto le gustaba, “odio la perfección, cariño, ese diente torcido te hace maravillosamente imperfecta”, y ella se reía, “¿perderé mi encanto si algún día lo arreglo?”. Adrián desplazó la cámara para que Ana lo contemplara, repantigado en la silla, masturbándose sin quitar ojo de la pantalla. Ella se separó de la cámara, ampliando el ángulo de visión para que el hombre se deleitara con el lento y sinuoso recorrido del falo de plástico por su piel, abandonando los pechos, bajando con lentitud exasperante hacia su entrepierna, apenas cubierta por unas bragas sucintas que él imaginó humedecidas, pegajosas.... Adrián sintió que su deseo viajaba por el ciberespacio y se transmitía al falo de látex, y gimió cuando Ana apartó hacia un lado el breve triángulo de tela que cubría su sexo. La velocidad de la mano que aferraba su pene aumentó. Ana lo miró con la sonrisa que siempre hacía tambalear sus últimas resistencias, “dale fuerte, cielo dale, mira cómo me pones”, mientras la punta de plástico del falo se posaba sutil sobre su empapada vagina. Adrián la contemplaba con los ojos entrecerrados, la cabeza caída hacia atrás, gimiendo sin control. Abandonado a su propia excitación, durante unos breves instantes achacó el cambio en la expresión de Ana a un espasmo de placer provocado por el vibrador, pero esa idea desapareció cuando un rictus de dolor desfiguró la cara de la mujer, que dejó caer el falo de látex al suelo y se llevó las manos al pecho mientras boqueaba con ansia, buscando un aire que parecía no llegar a sus pulmones. Adrián contempló cómo la mujer se ahogaba, mientras seguía masturbándose por inercia, hasta que contempló su mano subiendo y bajando por su pene, como si fuera otro quien estuviera haciéndolo. Dejó la mano quieta, mientras veía a la mujer que buscaba aire desesperada, agitándose en el sillón, agarrada al borde de la mesa. Adrián, por fin, reaccionó. Sus manos volaron hacia el teléfono inalámbrico que tenía al lado. 112. Emergencias. No había marcado el primer número cuando el hombre apareció al lado de Ana, “¡Cucú, hola, Adrián!” Su cara familiar,  con la perilla cuidadosamente recortada, apareció al lado de la mujer, dibujando una sonrisa burlona que no cuadraba en absoluto con la dramática urgencia del momento. Adrián gritó, y el teléfono cayó al suelo. El hombre, de una manera que le recordó a un pésimo y sobreactuado actor de teatro, se inclinó en una parodia de reverencia.

“Perdón, perdón, veo que te he asustado, Adrián. Bueno, en vista de las circunstancias creo que me puedo permitir tutearte, ¿verdad? Vale, me tomo tu silencio como un sí... El caso es que  vamos a tener una charla informal, aunque más que una charla va a ser una especie de  monólogo. Tranquilo, tranquilo, no te alborotes, lo de Ana está bajo control. Sabes que soy médico. Claro que sí. Me conoces. Soy ese señor que sonríe feliz del brazo de Ana en esa foto que puedes ver en la pared. Su marido. Fernando. ¿Cómo dijiste una vez? Ah, sí, “menuda pinta de gilipollas tiene tu marido, cielo”, y Ana, “va, no seas malo, no es mala gente”, y tú, entre risas, “un gilipollas con suerte, cariño”…  Pues ese soy yo. El gilipollas. Lo que igual ya no te cuadra tanto es que yo te conozca a ti, pero ya ves, letrado, al fin descubrí vuestro pequeño secretillo, vuestras sesiones vespertinas de vídeo, por así llamarlas… Ah, sí, lo de Ana. Como te he dicho, está todo bajo control, aunque no de la forma que tú piensas. Verás, Ana va a morir. Veo que estáis sorprendidos… Bueno, a Ana se le nota menos, está demasiado ocupada agonizando, y no es muy agradable, te lo puedo asegurar. Es sorprendente la velocidad con la que este veneno actúa, y los efectos son muy curiosos. Así por encima, causan un colapso del sistema respiratorio, pero no demasiado intenso, de tal manera que la víctima nota la misma sensación que un submarinista que consume todo el aire de su botella y nota que el aire empieza a llegarle a los pulmones cada vez en menor cantidad.  Como ves, Ana sigue respirando, aunque ella nota que se ahoga. Te anticipo que todo esto derivará en un ataque al corazón dentro de unos cinco o diez minutos, pero no anticipemos acontecimientos. Veo que estás volviendo a coger el teléfono… Antes de que marques un número, escucha, por favor. Como te he dicho antes, Ana va a morir. Es posible que si avisaras ahora mismo a Emergencias pudieran salvarla, siempre y cuando se dieran mucha prisa, pero en ese caso, si yo te viera marcar un número, incluso si te viera apagar la pantalla, depositaría en la preciosa boquita de mi mujer una cantidad de veneno que anticiparía el ataque del que te he hablado antes. Si quieres prueba a hacerlo, creo que ella te lo agradecería. En confianza, no lo está pasando bien. En fin, que lo de Ana es irreversible. No puedes hacer nada por ella, y es ahora cuando te pido que me prestes toda tu atención. Tengo que hacerte una proposición, o más bien plantearte una disyuntiva, digamos… moral. Siento hablar tan deprisa, pero a partir de que Ana muera, y entre nosotros, no tardará demasiado, el tiempo contará. Verás, durante una breve temporada estuve tentado de incluirte en el plan de envenenamiento y veros agonizar a los dos, pero deseché ese plan. Primero, por demasiado complicado, los riesgos eran muy elevados, y segundo porque, en realidad, no tengo nada contra ti. Analizando mis sentimientos, llegué a la conclusión de que solo quería ver muerta a mi adorada mujercita. Supongo que ahora es cuando te preguntas tu papel en esta pequeña escenografía que he montado. Bueno, lo de “pequeña” es relativo, claro... Si tuviéramos más tiempo te explicaría lo complicado que ha sido planearlo todo para llegar a este punto en el que estamos. Quizás más adelante… Bien, verás, como te he dicho antes no deseo verte muerto, pero lo cierto es que me apetece castigarte por tu papel en esta tragedia amorosa. Como muy bien te dijo Ana en una de vuestras sesiones, me encanta jugar, oh, sí ¿cómo decía? “se deja medio sueldo jugando al póker con sus amigotes, todos medio borrachos, bebiendo whisky”… Cosas así. Ella lo ha esgrimido siempre como una de las causas de su aversión hacia mí, aunque eso sería muy discutible, claro, pero lo cierto es que sí, que me encanta el juego. Y sobre todo, me encantan las apuestas a doble o nada. El riesgo máximo. Y ahí es donde entras tú. Quiero apostar contigo. Una apuesta elevada, mi libertad contra tu conciencia. Dramático, ¿eh? Sí, confieso que a veces soy un poco histriónico. De hecho, te voy a confesar que he ensayado este pequeño discurso para que quede perfecto. Otra de mis debilidades. En fin, te lo voy a explicar rápido, porque Ana se nos muere, como vulgarmente se dice, a chorros, y quiero que tengas tiempo para pensar. Allá voy, Adrián, escúchame con atención. Como los tres sabemos, Ana no va a salir viva de esta habitación. Aquí la tenemos, desnuda, sentada en su cómodo sillón, aunque ahora no lo sea demasiado,  frente a la pantalla del ordenador, su “asistente” caído en el suelo, intentando llamarte mientras agoniza. ¿No te resulta curioso cómo suena tu nombre pronunciado por una moribunda que no puede respirar? En fin, que no le queda mucho. Como ya te he dicho antes, no puedes salvarla. Y aquí es donde entra nuestro pequeño juego. Es fácil, aunque supongo que el horror y la sorpresa no te dejan razonar con claridad. No te preocupes, yo te lo explico con claridad. Veamos tus opciones. Si llamas a la policía o apagas la pantalla, Ana muere. Ellos llegan, encuentran el cadáver sentado frente al ordenador la webcam enfocada a su cuerpo desnudo, su “asistente” de látex a sus pies, “joder con la señora, menuda fiesta se estaba pegando”, “no se ría, sargento, esto es serio”, etc…  Posiblemente tú habrás apagado la cámara, pero ahí es donde yo entro en acción, porque me encontrarán sentado tranquilamente en un sofá, fumando un cigarrillo, resignado a mi suerte, “buenos días, agentes, permítanme que les explique la situación”… Habré perdido, pero claro, hablaré, y tu nombre saldrá a la luz. Mal asunto.  Eres un tipo ambicioso, Adrián. Abogado brillante, próximo aspirante a juez… Un triunfador. Nada que ver conmigo, “Fernando es un medicucho sin ambiciones, se ha estancado en ese piojoso hospital”, que te decía Ana, aquí cada vez menos presente…  Supongo, bueno, en realidad estoy seguro, que no te beneficiará demasiado que tus sesiones con mi adorable mujercita se hagan de dominio público. Vaya, veo que te sorprendes… ¿No lo sabías? Ana grababa todos los vídeos. Sí, todos.. Confieso que me reí cuando te pusiste la ropa interior de tu mujer, aquello me encantó, “oh, cariño, que culito te hacen esas braguitas, me estás poniendo muy cachonda”… Y tu voz de falsete era realmente impagable, de verdad. Ay, esta Ana, lo que no consiga… En fin, que todos los vídeos están en el disco duro del ordenador, en una carpeta nombrada, en un derroche de originalidad, “Varios”. Qué atolondrada esta mujer, qué poco cuidadosa… Como te decía, Adrián, la policía irá a buscarte. No como inculpado, obviamente, pero tendrás que declarar en el juicio, y tus pequeñas sesiones con mi mujer saldrán a la luz. Ya imagino al juez, “señor Garrido, conteste, por favor ¿es cierto que participó usted con la finada en sesiones de sexo cibernético?”. Ya te digo, mal asunto. Supongo que podrías conseguir que en el juicio los vídeos no se exhibieran, pero el caso es que he contratado a alguien que haría llegar esos vídeos a tu mujer, a los socios de tu bufete, a tus clientes… Ufff, ahora mismo no recuerdo todos los nombres, pero créeme, la lista es amplia. ¿Te imaginas a tus amigos mirando los vídeos en sus móviles, y comentando lo bien que te sentaban aquellas braguitas rosas? Resumiendo, tu matrimonio, tu carrera y tu reputación al garete, y Ana muerta. Tú única compensación será mi encarcelamiento. Resultaría deliciosamente paradójico que toda tu vida se fuera al traste por encarcelarme, tú que has dedicado tantos  y esfuerzos para librar de la cárcel a tus clientes… Pero no quiero influir en tu decisión, Adrián. Tú tendrás que valorar el nivel de tu odio hacia mí, y si te compensa arruinar tu vida para que yo pague por mi crimen. Y ahora vamos con tu otra opción. En realidad hay muchas otras, pero todas son derivadas de las dos que te ofrezco ahora, son como ramificaciones secundarias, para entendernos. A lo que iba, tu segunda opción… No me denuncias. Yo no voy a la cárcel, y mi crimen queda impune. Si esa es tu elección, apagaré el ordenador y trasladaré a Ana a la cama en cuanto muera. Todo quedará como el fatal desenlace de un ataque al corazón mientras Ana jugueteaba a solas con su “asistente”. Como ella te explicó en una de vuestras charlas, en su familia hay antecedentes de dolencias cardiacas, y ella misma fue tratada de arritmias en su juventud. Nadie se sorprendería demasiado. Un médico amigo certificaría su muerte y, en atención a los escabrosos detalles de su fallecimiento, me ahorraría la penalidad de una autopsia innecesaria. Es más, aunque la hicieran, no encontrarían nada. Como ya te he dicho, este veneno es realmente curioso…  No creo que nadie sospechara de mí. Ana no tenía dinero, solo el que yo aportaba con mi trabajo, y no voy cobrar ningún seguro de vida ni nada parecido. Ana estaría muerta, como en tu primera opción, solo que yo eliminaré los archivos del disco duro del ordenador de Ana. Claro, tendré una copia, pero hoy por hoy no tengo previsto usarla contra ti, a no ser que me vuelva loco en algún momento de mi existencia. Supongo que deberás vivir con esa espada de Damocles suspendida sobre tu cabeza el resto de tus días…  Con eso, y con el peso de tu conciencia. Habrás dejado libre al asesino de Ana, libre para siempre. Deberás poner en un platillo de la balanza a tu familia, tu carrera, tu futuro, y en el otro la libertad del asesino de Ana y la incertidumbre de la que te he hablado antes. No sé si esta metáfora es muy afortunada, pero tú me entiendes, ¿verdad? Si eliges esta segunda opción, los dos podremos seguir con nuestras vidas, tú en tu papel de abogado brillante con un rutilante porvenir, y yo con mi rutinaria existencia como médico. Anodina, que diría Ana. Siempre fue buena escogiendo palabras, lo reconozco. Pero espera, vaya, creo que Ana definitivamente nos ha dejado. Según lo previsto. Ataque fulminante al corazón. No llores, hombre, un poco de dignidad. Aunque, ahora que lo pienso, yo también lloré cuando descubrí vuestro pequeño secretillo. Qué sensibles somos, ¿verdad? Va, reponte, Adrián, la cosa ya no tiene remedio y hay cosas que hacer. Como comprenderás, no me es demasiado grato estar aquí al lado del cadáver desnudo de mi mujer. Además, mi plan está calculado milimétricamente. Como te dije antes, no ha sido fácil. Debo preparar el escenario para encontrar a mi mujer muerta en la cama, porque tu expresión me dice, amigo Adrián, que ya has tomado una decisión, ¿no? Para mí supondrá algo de ingrato trabajo, pero también la libertad y la impunidad. Y tú, pues a seguir con tu meteórica carrera hacia el estrellato de la judicatura. No te preocupes, nuestro secretillo quedará entre nosotros… de momento. Ah, por cierto, no sé si te habrás preguntado cómo envenené a Ana… Bien, ese ha sido, y perdóname la inmodestia, un toque magistral.  Podría haberlo hecho de muchas formas, impregnando la pasta de dientes, echando unas gotitas en la leche de la nevera, en el bizcocho del desayuno… El veneno habría actuado igual de bien, es muy potente, pero viendo vuestros vídeos di con la guinda a este asesinato. La verdad es que la forma que elegí para envenenarla llevaba implícita cierta dosis de incertidumbre, pero como ya sabemos, me gusta jugar. Veo por tu cara que vas cayendo… Sí, Adrián, aunque el asesino soy yo, quien empujó a Ana a la muerte fuiste tú. “Chúpalo, Ana, por favor,  chúpalo”… Adiós, Adrián.”.

21 de marzo de 2017

El señor Joan

Ayer se llevaron al señor Joan. El Jordi, que vigilaba nuestra cabaña, vino a avisarnos, que había visto unos camiones militares por el camino, que corriéramos, que iban para donde el señor Joan y la señora Rosita. Fuimos corriendo y los espiamos escondidos detrás de unas piedras. Los vimos bajar de los camiones, con unos uniformes muy chulos pero que daban bastante miedo, con aquellas máscaras de goma y unas metralletas negras, pequeñas. Apartaron a empujones a  la señora Rosita, que lloraba y gritaba, que no se lo llevaran, por Dios, que ella lo tenía bien vigilado, que no se podía escapar, pero ellos no le hicieron caso y luego los perdimos de vista cuando entraron en las tomateras apuntando hacia delante con las metralletas. Escuchamos un golpe, y el sonido de una madera rota. Nosotros sabíamos que era la habitación donde la señora Rosita escondía al señor Joan. Escuchamos más ruidos y gritos de los soldados, y después de un rato sacaron al señor Joan arrastrándolo por el suelo hacia uno de los camiones, con los brazos sujetos y la boca tapada con una máscara. La señora Rosita corrió detrás gritando y llorando, no os lo llevéis, por lo que más queráis, no os lo llevéis, yo lo vigilo, siempre está atado, pero ellos volvieron a apartarla mientras subían al señor Joan a uno de los camiones, la voz de los soldados sonaba rara cuando le decían que se mantuviera alejada y clavaban la punta de las metralletas en la barriga de la señora Rosita, pero ella siguió gritando que no se lo llevaran, no paraba de gritar mientras los camiones arrancaban y se iban, y ella los siguió, y nos daba mucha pena, hasta que no pudo más y se paró en medio del camino y se dejó caer de rodillas al suelo. No sabemos quién se lo habrá dicho a los soldados.  De verdad que nosotros no fuimos. No dijimos ni una palabra, ni a nuestros padres ni a las personas que contestan el teléfono que sale siempre por la tele. Lo juramos en la cabaña y hasta el Oriol, que a veces se chiva de alguno de nosotros en el cole cuando nos vamos detrás del vestuario a fumarnos un cigarrillo, juró que nunca diría nada y que se murieran sus padres y su hermanita si él se chivaba. A nosotros nos caía bien el señor Joan.  Hacía como que se enfadaba con nosotros cuando nos pillaba en su huerto robándole melocotones, pero al final se le escapaba la risa, que chiquilllos estos, son de la piel del diablo, y nos dejaba que cogiéramos unos cuantos mientras nos explicaba historias de cuando él era joven. A veces la señora Rosita, que también era muy amable, nos sacaba limonada de una nevera que tenían en la habitación. Cuando llovía todos los niños salíamos a buscar caracoles para venderlos, y siempre guardábamos los mejores para el señor Joan. Le gustaban mucho. A veces, nos llevaba a pasear por el campo y nos explicaba cosas del pueblo, o nos enseñaba cuevas escondidas, o fuentes tapadas por las hierbas. Cuando salía solo se iba muy lejos, y la señora Rosita le regañaba, porque a veces al señor Joan se le olvidaba ponerse la pulsera. El señor Joan la escuchaba y luego se reía. Que sí, que  era un despistado, pero  que tampoco había para tanto, que qué quisquillosa se estaba volviendo con la edad… Y ella, que no te rías, Joan, que ya no eres tan joven, que la tele ha dicho que el bosque todavía no es seguro, que a ver por qué narices te molesta tanto la pulsera, si apenas se nota, mira, yo la llevo hasta para ducharme… A mí una vez, con las prisas por salir con mis amigos, se me olvidó ponerme la pulsera. Cuando volví, mi padre estaba muy enfadado. Nunca lo había visto así. Me gritó y me pegó como si estuviera loco. Mi madre lo sujetaba y yo lloré mucho. Estuve horas encerrado en mi habitación. Luego mi padre entró. Tenía los ojos rojos. Me abrazó y me pidió perdón, y me dijo que salir a la calle sin la pulsera era muy peligroso, y que si me pasaba algo él se volvería loco, y muchas cosas más. Tenía razón, pero aquel día yo lo quise un poco menos. Eso sí, ya nunca se me olvida ponerme la pulsera. No sé a dónde se habrán llevado al señor Joan. Nadie en el pueblo sabe dónde se los llevan, y nadie quiere hablar de eso. Bueno, nadie de los mayores. El Hassan dice que los llevan a un sitio que tiene unos hornos, y que allí los matan y los queman, y el Arnau le dice que no, que ya no hacen eso, que ahora los llevan a una especie de laboratorio muy grande con unos muros muy altos, y que allí experimentan con ellos.  Yo creo que ninguno de los dos tiene ni idea, y que lo dicen para hacerse los chulitos, pero me da igual. Cuando los camiones han desaparecido a lo lejos hemos salido del escondite y hemos ido al camino. La señora Rosita seguía llorando de rodillas, tosiendo por el humo del camión y tragando el polvo que habían levantados las ruedas al marcharse. No hemos sabido qué decirle, y el Toni le ha dado unas flores que hemos cogido entre todos. Al final la hemos ayudado a levantarse. Sólo lloraba y decía te lo dije, Joan, ponte la pulsera, que un día te van a morder por ahí, te lo dije, te lo dije, te lo dije, y así todo el rato. La hemos sentado al lado de la habitación y hemos visto las cadenas tiradas en el suelo. Todos teníamos ganas de llorar, hasta el Arnau, que va de duro por la vida, pero nos hemos aguantado las lágrimas y al final nos hemos marchado. Teníamos que ir a ver al Xavi, que nos esperaba en la cabaña. Bueno, lo de esperar lo decimos nosotros, porque parece que al Xavi le dé igual que vayamos o no. Parece mentira que no nos reconozca. Con la de veces que hemos jugado juntos… Pero nos da igual. Nos sentamos en la cabaña con él y hacemos ver que no ha pasado nada, y le contamos cosas del colegio, que el Jordi le ha pedido de salir a la Marta y ella le ha dicho que no, y que ayer le pinchamos las ruedas al coche del  profe de Física, y le decimos no te preocupes, Xavi, que no te encontrarán nunca, que la cabaña está muy bien escondida. Le damos la comida que nos ha preparado su madre, que llora siempre cuando nos da el cubo y nos pide por favor que vayamos con cuidado, que no nos vean los vecinos,  pero no se lo decimos, aunque si se lo dijéramos le daría igual,  y hablamos de nuestras cosas.  Nos da un poco de asco verle comer, y huele mal, pero es nuestro amigo, y yo digo lo que me dijo una vez mi padre, que los amigos son lo mejor del mundo y que nunca, nunca, hay que darles la espalda. Bueno, en el caso del Xavi, más todavía, porque si te descuidas te muerde. Pero no se lo tenemos en cuenta. Es nuestro amigo y lo queremos. Nuestra cabaña está muy bien escondida, y los soldados nunca lo encontrarán. Ni siquiera el chivato del Oriol se atreverá a decir nunca nada. Se lo hemos hecho jurar por sus padres y por su hermanita. 

12 de marzo de 2017

El cadáver desaparecido - Versión ampliada

Os dejo con una versión "ampliada" de mi microrrelato "El cadáver desaparecido". Lo cierto es que este micro me encantó, y aprovechando un ejercicio del taller de David Monteagudo, lo he dotado de más diálogos. Obviamente, es un homenaje a "La carta robada", del Maestro Poe. Espero que esta nueva versión os guste.

EL CADÁVER DESAPARECIDO

Ángela buscaba en el bolso las llaves para abrir la cancela de su casa cuando el viejo la abordó.

-Señora  Prófumo…

Ángela Prófumo se giró para contemplar al anciano que la había interpelado con timidez, casi en un susurro. Vestía un traje barato y desgastado por el uso, que contrastaba con la engañosa sobriedad del caro vestido de la mujer. Calculó que el hombre sería unos diez años mayor que ella, aunque dio por sentado que la vida no le había tratado tan bien como a ella. Las arrugas de su rostro, su rala barba blanca, las ojeras, todo el conjunto del anciano daba una sensación de solitaria decrepitud, de alguien que espera a la muerte con hastío e indiferencia. Desde la altura de sus tacones, lo vio frágil, quebradizo. Su rostro le resultaba vagamente familiar.

-Sí, soy yo. ¿Qué quiere? –le contestó.

-¿No me reconoce?

-La verdad, tengo la sensación de haberle visto antes, pero no soy buena recordando caras. Si no le importa, tengo algo de prisa…

El hombre fijó la mirada en el rostro de Ángela, contemplando durante unos segundos el agraciado rostro de la mujer, y constató que los años no habían disminuido su belleza. La señora Prófumo, a sus casi cincuenta años, seguía siendo, como vulgarmente se dice, una mujer de bandera. Mucho gimnasio, mucha dieta, y sobre todo, mucho dinero. Una vida plácida, sin preocupaciones, sin remordimientos… Ángela abrió la boca para romper el incómodo silencio, pero el anciano habló antes.

-Soy el inspector Galindo. Perdón, perdón –dijo, moviendo las manos en el aire como si rectificara-, el exinspector Galindo. Me jubilé hace años. ¿Le resulto ahora más familiar?

Ángela, de manera súbita, recordó, y durante unos instantes el estupor se adueñó de ella. El inspector Galindo. Hacía ya más de veinte años que no lo veía. ¿Qué quería ahora? Recompuso rápidamente su gesto y adoptó una actitud levemente burlona.

-Claro, inspector… perdón, exinspector. Usted era el encargado de investigar la desaparición de mi marido. Hace ya… ¿veinte años?

-Sí, señora. Veinte años hizo hace un par de meses.

-Perdóneme por no haberle reconocido. Los dos hemos cambiado, ¿verdad, inspector? Deje que le llame así, me resulta difícil pronunciar “exinspector”. No le importa, ¿verdad?

Galindo rió, y una miríada de arrugas se arremolinó en torno a sus ojos.

-Claro que no, señora Prófumo, al fin y al cabo dicen que un policía lo sigue siendo hasta su muerte. Inspector está bien.

-Bien –dijo ella-, así nos entenderemos mejor. ¿Y a qué debo su visita, inspector Galindo? No me diga que tiene más preguntas sobre la desaparición de mi marido... Bastante me mareó hace veinte años. No se ofenda, pero me llegó usted a recordar al detective aquel de la gabardina que salía por la tele…

Galindo volvió a reir.

-¡Ah, sí, el detective Colombo! Sí, reconozco que llegué a ser muy pesado, la verdad.

Ángela le guiñó un ojo, juguetona.

-Y un poco impertinente,  ¿eh, inspector?

Galindo enrojeció de manera visible.

-Sí, señora, lo reconozco también, el caso de su marido me obsesionó, y creo que en ciertos momentos no me acabé de comportar con demasiada educación…

Ángela sacudió la mano en el aire, con el gesto aceptado comúnmente para quitarle importancia a un asunto.

-Bueno, no se preocupe, estaba haciendo su trabajo –dijo-. Mire, me sabe mal tenerle aquí de pie. ¿Le apetece un café? Así me explica con tranquilidad qué es lo que le trae por aquí después de tanto tiempo.

-Se lo acepto, señora, y no se preocupe, no la entretendré. Al fin y al cabo, solo quiero hacerle una pregunta, que por supuesto usted será libre de responder o no. Como ya le he dicho, hace años que dejé la Policía, así que este viejo jubilado no le buscará más las cosquillas.

-Pues pase, inspector, yo también tengo curiosidad por escuchar esa pregunta, después de veinte años.
Ángela acabó de abrir la cancela, y apartándose franqueó el paso a Galindo. Juntos, atravesaron un pequeño caminito de piedra que llevaba hasta la casa, lujosa pero sin ostentaciones de nuevo rico. Con clase, como ella, pensó... Cuando llegaron a la puerta, Ángela la abrió, y precedió al inspector, atravesando un amplio vestíbulo hasta llegar a una puerta que daba a una cocina, que al viejo expolicía se le antojó más grande que el cuchitril donde vivía. Ángela preparó el café con gestos gráciles y eficientes. Cuando tuvo las tazas llenas, lo colocó sobre una bandeja y, haciéndole un gesto con la cabeza al anciano, lo condujo hasta una salita, una especie de biblioteca con una mesita de madera y varios sofás alrededor. Los dos se sentaron y, durante unos segundos, saborearon el café. Ángela encendió un cigarrillo, expelió una larga columna de humo y miró fijamente al expolicía, que parecía encogido en su asiento.

-Bueno, inspector, usted dirá…

El anciano la miró, sonriendo, con la taza de café a unos centímetros de su boca.

-¿Cómo lo hizo, señora Prófumo?

El desconcierto, esta vez mezclado con un gesto de hastío, se apoderó nuevamente de Ángela Prófumo.

-Por favor, inspector… ¿otra vez? ¿De verdad? ¿Sigue creyendo que yo maté a mi marido?

El viejo sorbió su café, apurándolo. Dejó la taza sobre la mesa.

-Por favor, señora Prófumo, déjeme hablar. Verá, no es que lo crea, es que siempre he estado seguro. Sé que usted lo hizo. No me pregunte por qué, pero estoy seguro. Desde el primer momento. Usted lo mató, en algún momento de las Navidades de hace veinte años, y ocultó el cuerpo de su marido de una manera tan inteligente que no pudimos descubrirlo. Ni la más mínima evidencia. Pero sé que lo hizo. Verá, no busco justicia, ni venganza. Simplemente es curiosidad. Llevo veinte años pensando en este caso, en qué se me pudo escapar, y ni siquiera jubilarme me ha librado de esta obsesión. El crimen ha prescrito, está usted a salvo, y además le doy mi palabra de honor de que lo que usted me diga no saldrá de aquí. No sentía, ni siento, simpatía alguna por su millonario marido, que en paz descanse. Además, soy un caballero –Galindo esbozó una reverencia patosa con las manos-, le aseguro que no delataré a tan bella asesina.

Ángela, ante la última frase del anciano, estalló en carcajadas. Cuando acabó de reír, miró al viejo con simpatía, sonriendo.

-Inspector, debo reconocer que su humor ha mejorado con el tiempo –dijo-. Sé perfectamente que el crimen ha prescrito, y voy a satisfacer su curiosidad. Efectivamente, yo maté a mi marido, por motivos que no vienen al caso, pero que obviamente tuvieron que ver con sus muchos millones y sus demasiados años. Pero a usted lo que le interesa es dónde oculté el cuerpo. ¿Aceptaría otra taza de café de esta asesina?

-Por supuesto –dijo Galindo, guiñando un ojo-, me arriesgaré a acabar envenenado, total, tampoco me queda ya mucho tiempo, y sería un buen precio para satisfacer mi curiosidad…

-Tranquilo, inspector, sé que no me delatará. Se lo voy a explicar –dijo Ángela, mientras rellenaba de nuevo las tazas-. Verá, decidí envenenar a mi marido. Sí, ha acertado usted, fue el veneno, nada de sangre. La casa estaba llena de gente, invitados, familia… Eso era un riesgo, pero al mismo tiempo me proporcionaba una estupenda coartada. Claro, tenía que ocultar el cadáver en la casa, no podía salir por el jardín arrastrando un saco enorme y saludando a las cámaras…

-Lo sabía –dijo Galindo-. Pero… registramos la casa, no dejamos rincón sin mirar… analizamos las cenizas de la chimenea… nada…

-Sí, sí, lo pusieron todo patas arriba. Yo lo sabía, obviamente la beneficiaria de la fortuna de mi marido sería la principal sospechosa, era muy evidente… y esta es la palabra clave, “evidente”. Inspector… ¿ha leído usted “La carta robada”, de Poe?

-No, creo que no, lo siento…

-Bueno, se lo explico por encima. En ese relato, alguien oculta una carta comprometedora. Sabe que van a registrar su casa de manera tan concienzuda como sus policías lo hicieron con la mía, de manera que decide, simplemente, no esconderla, sino dejarla en un sitio tan evidente que nadie pensará que pueda estar allí. Eso es lo que hice yo con el cadáver de mi marido. No tenía demasiado tiempo desde que el veneno lo mató, apenas media hora, pero fue suficiente para esconderlo de manera que nadie, ni siquiera un policía inteligente como usted, lo descubriera. Luego, durante todos estos años, he pensado que en realidad fue un enorme riesgo, pero… ¿qué es la vida sin una cierta sensación de peligro?

Galindo la miraba, con una expresión que mezclaba la admiración y la estupefacción.

-¿Dónde lo escondió, señora Prófumo?

Ángela dio un último sorbo a su café, apagó su cigarrillo en el cenicero y miró, burlona, al anciano expolicía.

-Verá, inspector, sus hombres hicieron un buen trabajo, registraron la casa de una manera metódica, científica, muy profesional,  pero lo cierto es que ninguno de ellos, ni tan siquiera usted, le prestó la más mínima atención a un muñeco de Papá Noel que colgaba del balcón de la biblioteca…

6 de marzo de 2017

Reciclaje

Arnau encontró el cuerpo tras unos setos, semienterrado en la tierra blanda y cubierto parcialmente por hojas y pinaza. Era un hombre negro, con barba, y estaba boca arriba, los ojos muy abiertos, con los brazos en cruz. Iba vestido con unas zapatillas ennegrecidas, unos ajados pantalones cubiertos de manchas grasientas y una camiseta negra. Arnau arrugó la nariz y sofocó una arcada, mientras retrocedía unos pasos de forma apresurada. Miró hacia los lados, girando la cabeza de manera frenética mientras musitaba un “Madre mía” apenas audible. Aspiró profundamente y, con la mano temblorosa, empujó el cuerpo con su rastrillo. Las puntas metálicas presionaron en uno de los brazos del hombre, pero este no se movió. Arnau presionó más fuerte, empujando con decisión hasta que las delgadas puntas comenzaron a doblarse. El hombre negro siguió inmóvil.

-¡Joder!

 La exclamación, sonó tras la espalda de Arnau, que dio un brinco mientras el rastrillo caía de su mano. Se giró con rapidez y casi topó con la nariz de Álex, que miraba el cuerpo con su cabeza prácticamente sobre el hombro de Arnau.

-¡Hostia, Álex, qué susto me has dado, coño!

-Perdona, tío, pensaba que me habías escuchado. ¿Está muerto?

Álex recogió el rastrillo del suelo y lo volvió a presionar, esta vez sobre el abdomen del hombre tirado sobre la tierra, presionando con más fuerza.

-Hombre, pues o este tío tiene el sueño muy profundo o vamos, está más muerto que mi abuela –dijo-.

-Espera, espera –dijo Álex-, yo tengo un método que no falla nunca.

Antes de que Arnau pudiera reaccionar, Álex se situó delante del cuerpo y lanzó su pie derecho, protegido con una bota de puntera metálica, contra la entrepierna del hombre negro. La fuerza del impacto hizo que el cuerpo se estremeciera ligeramente, pero después siguió inmóvil.

-Bueno, Arnau, yo diría que este tío está muerto y bien muerto.

-Ya, y si no lo estaba te lo acabas de cargar tú, so bestia –repuso Arnau-. Si quieres ahora le pisoteamos un poco la cara para acabar de cerciorarnos…

-Mira, Arnau, no me vengas con gilipolleces, que al que se le ha ocurrido pasar por el seto este un viernes cuando faltan tres cuartos de hora para irnos es a ti. Toda la semana limpiando el puto parque, y hoy precisamente al señor se le ocurre darse una vueltecita por aquí.

-Pues ya me puedes dar las gracias por darme la vueltecita, porque si este fin de semana pasan los de la inspección del Ayuntamiento y se encuentran aquí al colega se nos cae el pelo, nene –repuso Arnau-.

Álex resopló largamente, sin quitar la vista del cuerpo inmóvil del hombre negro.

-Bueno, vamos a dejarlo. A ver si podemos quitarnos el muerto de encima antes de que vuelva el jefe. Venga, ayúdame a llevarlo al contenedor.

-Espera, espera, espera, joder. ¿No pretenderás tirarlo así por las buenas?

-Hombre, si quieres me lo llevo a mi casa y lo siento en el sofá para ver juntos el telediario…

-Déjate de hostias y de cachondeitos, Álex. ¿Tú no estuviste conmigo en la charla sobre el reciclaje del martes?

-No me jodas, tío, que no tenemos tiempo…

-Mira –dijo Arnau-, si nos damos prisa dejamos el tema listo antes de las tres y el jefe ni se entera. Cuando vuelva del bar el colega este ya está en el contenedor y encima no nos podrán decir nada del puñetero reciclaje.

Álex volvió a resoplar, mientras cabeceaba lentamente.

-Venga, va, échame un cable y ayúdame a desnudarlo.

Los dos se afanaron sobre el cuerpo, despojándolo de la ropa. Al cabo de unos diez minutos, el hombre negro yacía sobre la tierra completamente desnudo, con sus prendas apiladas al lado. Arnau y Álex lo contemplaron, jadeando entrecortadamente.

-Joer, tu amigo iba bien equipado, ¿eh? –dijo Álex, dándole un codazo a Arnau.

-Madre mía, tío, estás enfermo –repuso Arnau-. Siempre tengo que limpiar con los más tarados. Anda, ayúdame a llevarlo.

-No, no, no, señor Reciclaje, falta una cosita. Ábrele la boca.

-¿Qué?

-Lo que oyes. ¿No querías reciclar? Pues comprueba que aquí el colega no tenga ningún diente de oro…

-¡Pero si es un puto vagabundo! ¿No lo ves? ¿Cómo va a tener un diente de oro este tío?

-Tú ábrele la boca y mira, y si no te gusta no haber empezado con la mierda del reciclaje.
Arnau suspiró, se inclinó sobre el cuerpo desnudo y le abrió la boca.

-¡Joder! –gritó-, el tío tiene una muela de oro.

-Premio para el caballero, ¿eh? –dijo Álex-. Anda, toma, nene, todo tuyo. Y la pasta del diente a medias, ¿eh?

Arnau se giró y se encontró con un sonriente Álex que le tendía unos pequeños alicates. Se los arrebató y empezó a manipular en la boca del cadáver. Álex encendió un cigarrillo y fumó mientras miraba por encima del hombro de Arnau. Tras un buen rato de forcejeos y palabrotas, Arnau se giró y le mostró la pieza de oro entre las puntas de los alicates manchados de sangre.

-Venga, ya está –dijo-. ¿Contento?

-Da gracias de que no te haga mirar si lleva marcapasos, don ecologista, pero vamos, ya sería demasiado. Va, ahora sí lo podemos llevar al contenedor. Vamos a darnos prisa, no nos vaya a ver alguien.

Arnau guardó los alicates con la muela en uno de los bolsillos de su pantalón. Agarró el cuerpo por debajo de las axilas y aguardó a que Álex lo sujetara por los tobillos. Lentamente, entre bufidos y maldiciones, comenzaron a trasladar el cadáver desnudo a través del parque, hacia una fila de contenedores de diferentes colores situada en la acera que lo separaba de la carretera. Cuando llegaron, dejaron caer el cuerpo frente a uno de los enormes contenedores, resoplando y secándose el sudor de la frente.

-Joder, cómo pesa el tío este –dijo Álex-. Menos mal que por lo menos nos ha subvencionado unas cervecitas…

-Venga, va, vamos a tirarlo ya, que no nos vea nadie, y nos piramos de una vez –repuso Arnau, volviendo a sujetar el cuerpo por debajo de los brazos-. Venga, agárralo y a la de tres.

Álex volvió a sujetar el cuerpo por los tobillos y ambos comenzaron a balancear el cuerpo, apuntándolo a la abertura del contenedor. Arnau comenzó a contar.

-Una, dos…

-¿Pero qué cojones estáis haciendo?

Arnau y Álex volvieron a dejar caer el cuerpo al suelo al escuchar el grito. Se giraron para enfrentarse a un hombre alto, calvo, de unos cincuenta años de edad, vestido con un uniforme similar al de ellos, pero con un chaleco reflectante de color naranja que ellos no usaban.

-Hombre, jefe, ya ha vuelto –dijo Álex-.

-No, todavía estoy en el bar, esto que ves es un holograma. Pues claro que he vuelto, gilipollas. Y ahora… ¿me podéis explicar qué cojones está pasando aquí? Bueno, quizás no hace falta. En principio veo que estáis tirando un cadáver a un contenedor…

-Sí, jefe –intervino Arnau-, lo encontré detrás de los setos, no queríamos molestarle, y como ya casi era la hora de irnos, pues lo hemos arreglado nosotros.

-Pero, pero… ¡Vamos a ver!… -gritó el jefe- ¡Es que no se puede ser más tonto! ¿A quién se le ocurre tirar un cadáver a este contenedor?

-Jefe, le hemos quitado la ropa para reciclar, y una muela de oro –apuntó Álex-. Todo está bien, como nos explicaron el martes…

-Todo está bien, todo está bien… -dijo el jefe-. A mí me va a dar algo, de verdad… Venga, chavales, os lo voy a explicar como a los tontitos. A ver, ¿de qué color es el tío este que pensabais tirar al contenedor?

-Pues… negro –repusieron Arnau y Álex al unísono-.

-Negro, muy bien, sobresaliente para los dos. Otra pregunta facilita, va. ¿De qué color es el contenedor al que pensabais tirarlo?

-Eh… ¿blanco?

-Muy bien, muy bien, vaya dos lumbreras –dijo el jefe-. Y ahora vamos a refrescar la memoria, que me parece que alguno se durmió en la reunión del martes. Según la nueva normativa del ayuntamiento, tenemos que tirar a los vagabundos en los contenedores que correspondan a su color. Vagabundo blanco, contenedor blanco. Vagabundo negro, contenedor negro. Más sencillo no puede ser, chicos. ¿Entendido? Venga. Y ahora, si no os importa, echáis a este señor al contenedor negro que le corresponde. Así, muy bien. Ahora recogéis la ropa, la tiráis al contenedor correspondiente y a ver si nos podemos ir de una puñetera vez, que no os puedo dejar solos ni para ir a mear. Y me vais pasando la muela de oro, que a vosotros siempre os llevan al huerto en la tienda y os dan cuatro chavos. Madre mía, si es que me estoy ganando el cielo con vosotros…


Con la cabeza gacha, Arnau y Álex siguieron a su jefe en dirección a la salida del parque. 

29 de enero de 2017

El Apagón

El apagón sorprendió a Marta cuando comenzaba a enseñorearse de ella la agradable laxitud premonitoria del sueño, y sus pensamientos se diluían y mezclaban con la irrealidad onírica. Fue una simple cuestión de mala suerte. Unos instantes más tarde, y la súbita irrupción de la oscuridad hubiera encontrado a Marta plácidamente dormida, pero sus ojos no habían acabado de cerrarse cuando los objetos desaparecieron de manera brusca para ser sustituidos por una negrura densa, sin concesiones al más mínimo resquicio de luminosidad. Marta sintió el viejo terror irracional, el espanto que se agazapaba en su corazón y que ahora comenzaba a fluir, también negro y oleaginoso, atenazándola, clavándola a la cama como si una mano invisible la sujetara por el cuello, hundiéndola en lo que hacía unos instantes era un cálido colchón y ahora se le antojaba una asfixiante mortaja. Se vio de nuevo con siete años,  encerrada en la taquilla del vestuario, gritando, llorando acurrucada en el suelo, en la oscuridad, horas después de que el eco burlón de los niños hubiera desaparecido, y los diques cedieron. Lo intentó, buscó desesperada en su mente todos los mantras, todas las pautas que le habían intentado inculcar. Pensó en su pequeño hijo, que dormía plácidamente en la cunita de su habitación y que aquella misma mañana había empezado a gatear. Las risas, los aplausos, los besos… Intentó relajarse, respirar profundamente, centrarse en la mañana, en el dormitorio bañado de luz, en su marido abriendo la puerta de la calle al volver de la fábrica. Apeló, desesperada, a la lógica. Nada había bajo la cama, lo había comprobado antes de acostarse, como siempre. Solo unos plásticos que envolvían la cómoda nueva y que habían dejado allí para tirarlos al día siguiente. La puerta del piso estaba cerrada, protegida por dos sólidos cerrojos. También se había cerciorado de que estaban bien encajados. La colcha bien ajustada entre el colchón y la piecera, sin resquicio alguno por el que se pudiera escapar el pie y quedar al descubierto, expuesto a la oscuridad. De nada sirvió. La niña seguía allí, gritando, llorando, muerta de miedo, creyendo escuchar a cada momento unos pasos que se aproximaban, los pies de algo monstruoso que abriría súbitamente la puerta de la taquilla, enfrentándola a un horror sin límites.
Marta sintió que el corazón se le desbocaba, sin dejar de bombear torrentes de pánico, mientras helados latigazos de puro terror recorrían su espalda. Intentó encoger los pies y taparse la cabeza con la colcha, pero su cuerpo no le respondía. Solo podía pensar en la luz, y se aferró con desesperación a la idea de que en cualquier momento volvería a la habitación, expulsando a la oscuridad con la misma brusquedad con la que ésta había irrumpido en la estancia. La luz expulsaría a la negrura, al monstruo que se agazapaba en el armario, a la criatura que en cualquier momento surgiría de debajo de su cama para agarrarle los pies. Ahora, ahora… Marta escuchaba el latido de su corazón, le parecía que se expandía por la habitación, ocupando hasta el último rincón con su “bum bum” frenético. Intentó tragar saliva, respirar, luchar por apaciguar las salvajes palpitaciones, por controlar el terror…
El ruido bajo la cama la hizo gritar. Un chillido más propio de una lunática que largaba amarras de los territorios de la cordura que de una mujer dueña de sus actos. Sin darse cuenta, se encontró sentada en el lecho, rodeada por la oscuridad. No tuvo fuerzas para repetir el grito cuando el sonido se repitió. De manera inequívoca, provenía de debajo de la cama. Eran los plásticos que iban a tirar el día siguiente. Algo los estaba moviendo. No podía ser el viento. Las ventanas estaban cerradas. Algo reptaba y se retorcía entre los plásticos. Pensó, quiso pensar, en un ratón, en algún pequeño roedor que desaparecería en cualquier momento, pero lo que de lógico quedaba en su mente desechó la idea en cuanto al crujir de los plásticos se superpuso otro sonido, una espantosa caricatura de respiración, algo así como el jadeo burbujeante de un asmático en una crisis. La respiración bestial de un ser que unos instantes se alzaría frente a ella, mirándola con sus ojos rojos, abriendo una boca desmesuradamente grande, erizada de colmillos afilados… Marta gritó, pero el chillido se interrumpió nada más nacer, cuando un pinchazo en el corazón de Marta tensó todo su cuerpo sobre la cama, para después proyectarla hacia atrás, mientras una oscuridad todavía más densa la envolvía.

El marido de Marta nunca logró olvidar lo que vio en su dormitorio cuando volvió de trabajar. Sus infrahumanos gritos de horror despertaron a todo el vecindario. Seguía gritando enloquecido cuando los vecinos, tras forzar la puerta de su piso, lo encontraron. Su mujer yacía boca arriba en la cama, los ojos espantosamente abiertos, las manos contraídas y agarrotadas aferrando el borde de las sábanas. Muerta. Muerta de miedo. Pero no menos horroroso fue lo que encontraron debajo de la cama. Un pequeño cuerpo que, gateando, había ido a enredarse en unos plásticos, muriendo asfixiado bajo el lecho.