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14 de mayo de 2017

Rubicón.

Así que quieres que te cuente lo del río… Bien, chaval, eso te va a costar un par de jarras de vino, y no de esa mierda aguada que viene de Hispania, sino de buen vino italiano. Qué sorpresa, el viejo Lucio Pullo y su hijo… Así que vas con Tiberio a darles patadas en el culo a esos germanos… Es buen general. De los que cabalgan con sus soldados. Serio y estirado, sí, pero justo. Eso sí, chaval, ten cuidado, te arrancará las tripas con sus propias manos si no cumples. En eso se parece un poco a César. ¿Será tu primera vez en combate? Lo harás bien, seguro que eres digno hijo de aquí tu viejo. Tendrás miedo, claro. Yo me cagué encima en mi primera batalla, en la Galia. En cuando escuché los alaridos de aquellos galos locos que se venían contra nosotros medio desnudos, altos como árboles, se me aflojaron las tripas, así de claro. Otros vomitan, se mean… Te aconsejo que te pongas un pañuelo en la cara mientras la tortuga esté formada, te va a hacer falta. Pero una cosa, chaval, aguanta, aunque tengas que morder el escudo con los dientes, aguanta, o esos germanos serán tu último problema. Luego ya todo es fácil, mucho grito y mucho golpe de escudo, pero se estrellan contra la tortuga y ya todo es sencillo. Ah, por fin está aquí el vino. ¡Es la hora de beber, amigos! Ah, cómo echaba de menos las tabernas de la Subura… Sí, César nos dio tierras, tengo una buena mujer, algunos esclavos, voy tirando… Pero, entre nosotros, ahora mismo me iba contigo a vengar lo de Varo. Echo de menos el campamento, el olor a sangre, el botín…  y mira que las he pasado putas, como aquí tu viejo, ¿eh, Lucio? Aquellas marchas con César, cargados como mulos, echando las tripas por los caminos de la Galia… Pero bueno, tú quieres que te cuente lo del río, ¿eh? Ya vamos quedando pocos de aquella decimotercera de César. Menudos éramos, ¿eh, Lucio? ¿Te acuerdas de cómo le dimos lo suyo a aquel salvaje, Vercingetórix? Cómo se agachó el tío a dejar la espada a los pies de César, y el calvo todo digno con su toga, sentado en su silla, más tieso que un palo… Bueno, me estoy liando. Sí, lo del río… Tu padre te habrá contado lo de la marcha, siempre íbamos juntos, aunque casualmente aquel día iba un par de filas por detrás de mí. Lucio Pullo y Tito Voreno. Un buen par de cabrones éramos, sí… El caso es que César nos había soltado el rollo aquella misma tarde. Todo muy digno, mucha salvación de la Patria, mucha traición de los optimates… Daba igual, si hubiera subido al estrado, se hubiera tirado un pedo y hubiera gritado “¡A Roma!”, le hubiéramos seguido igual. Vale, sí, hubo algunos murmullos, al fin y al cabo aquello era un crimen, un ejército romano marchando contra Roma… pero fueron pocos, y se callaron rápidamente. Al fin y al cabo Sila ya se había follado a la loba hacía tiempo, no le iba a venir de nuevo uno más, y todos teníamos ganas de volver a casa. Ocho años llevábamos dándoles por el culo a los galos. Yo perdí la cuenta de las ciudades que conquistamos, de los bárbaros que maté, y después de lo de Alesia la cosa ya ni tenía gracia. Ya estábamos hartos del frío, de la cerveza y de las mujeres galas, esas salvajes que te podían clavar un cuchillo en la garganta en pleno polvo. Echábamos de menos el calor de Italia, el vino, las putas de la Subura… De todas maneras, hubiéramos seguido a César hasta al mismo Hades. Adorábamos a ese cabrón. Peleaba con nosotros, marchaba con nosotros, comía la misma mierda que nosotros. Y ahora cuatro burócratas de Roma le querían joder. El picapleitos de Cicerón, Catón, y Pompeyo, que de grande ya solo tenía el culo. Menuda tropa. César enviando carros de oro y plata, miles de esclavos, conquistando territorios, y ellos conspirando para despojarle de todo el honor y enviarlo a una puta isla en mitad del mar. Así que, en cuanto el calvo acabó de soltar su rollo, la decimotercera en pleno empezó a gritar “¡César, César, César!”, y yo creo que hasta en el Senado lo escucharon. Bueno, a lo que iba, el caso es que aquella misma tarde abandonamos el campamento y marchamos hacia el sur. El gran hombre iba muy ufano sobre su caballo, supongo que pensando en las patadas en el culo que le iba a dar a Pompeyo en cuanto se le pusiera a tiro. Caminamos durante toda la tarde, y llegamos al río cuando el sol hacía rato que había desaparecido tras los Apeninos. Hacía un frío de cojones. Fue entonces cuando nos dieron la orden de parar. Más de tres mil soldados, más auxiliares, carros y toda la pesca, parados delante de un puto riachuelo. Porque, entre nosotros, aquello de río nada. Un torrentillo de mierda, un poco crecido por el deshielo del invierno. Pero César dio la orden de parar. Solo se escuchaba el viento y el golpeteo de nuestros pies contra el suelo para quitarnos aquel frío que te helaba los huevos. Yo estaba en primera fila, y tenía al general a unos pocos metros de mí, parado delante del agua. Sin moverse. Los oficiales estaban un poco más allá, también quietos, esperando la orden de avanzar. Pero César no daba la puta orden. Paseaba por la orilla, giraba la cabeza, nos miraba, miraba hacia el frente. Chaval, estaba dudando. El tío que había conquistado la Galia, el que hizo cortar las manos a los supervivientes de Uxeloduno, el que se había cepillado una y otra vez a ejércitos diez veces más numerosos, dudaba. Sabía que se la estaba jugando. ¡Eh, Máximo, trae otra jarra para mis amigos! El caso es que Pompeyo era un viejales gordo, pero todavía tenía sus seguidores, y no paraba de decir que daría una patada y toda Italia correría a apoyarlo. Nosotros éramos cuatro gatos, tampoco sabíamos cómo nos iban a recibir en Italia. Además, César también tenía sus reparos, supongo. No era como nosotros. A aquellas alturas, a nosotros nos la sudaba avanzar hacia Roma. Como te he dicho, solo queríamos volver a casa. No, no lo tenía tan claro como nos hizo pensar aquella tarde. Sabes lo que es el discrimen, ¿no? Ese momento en el que te la juegas de verdad, en el que todo lo que has hecho no va a importar una mierda si tomas la decisión equivocada… Pues allí estaba César, en pleno discrimen, arrebujado en su capa, mirando el puto Rubicón, y nosotros detrás, pelados de frío, esperando a que al gran hombre se le pasaran las dudas. Fue entonces cuando se giró, miró hacia las primeras filas y vino hacia mí. Lo siento, perdonad que este viejo soldado se emocione. Ahora, bebamos. ¡Por César! Bueno, pues el general vino hacia mí directamente. Me había felicitado en persona cuando lo de Alesia, pero uno siempre piensa que a un general esas cosas se le olvidan. A César no. El cabrón tenía memoria para las caras y los nombres. Sabía cómo camelarte. El tío se me plantó delante, y juro que me temblaron más las piernas que en mi primer combate. Puro su cara a un palmo de la mía, y me dijo, “Tito Voreno, ¿verdad?, le diste bien por el culo a aquellos galos en Alesia”, y yo totalmente acojonado, “Sí, general, se hizo lo que se pudo”. El calvo sonrió, me puso una mano en el hombro. Lo vi más viejo, más cansado, hecho un lío. Hubiera muerto por aquel hombre, lo juro una y mil veces. “¿Qué hacemos, Tito?”. ¿Os lo podéis creer? El mismísimo César preguntándole a un puto legionario si avanzaban hacia Roma. Quizás podría haberle dicho alguna chorrada rimbombante, pero solo me salió un guiño del ojo y un “Tengo ganas de jugar unas partidas de dados en la Subura y echarle un polvo a una buena furcia romana”. Vale, lo dije así, ya me conoces, Lucio, luego me arrepentí, pero a César le hizo gracia. Soltó una carcajada que se escuchó más allá de los Apeninos. Me golpeó con el puño en el escudo y me dijo, “Bien, legionario Tito, en unos días estarás follando en la Subura, te lo prometo”. Ya no dudaba, era el viejo César de siempre. Se giró, dándome la espalda, avanzó unos pasos y dijo algo en voz alta. Yo no lo entendí, ya sabes, a esos patricios les gusta decir las cosas importantes en griego. Me dijeron luego que algo sobre la suerte y unos dados, no sé, la verdad. El caso es que subió a su caballo, se dirigió a sus oficiales, dio la orden y sonaron las trompetas, y de nuevo la decimotercera en pleno, “¡César, César, César!”. En menos de una hora dejamos el Rubicón atrás y avanzamos hacia el sur. El resto ya lo conoces, ¿eh, chaval? ¿Qué te pasa, por qué pones esa cara? Ah, ya, sé, ya sé… Te preguntas qué hubiera pasado si le hubiera dicho a César que nos quedáramos en las Galias. Bueno, no creo que la cosa hubiera cambiado una mierda, pero… ¿quién sabe, chaval, quién sabe?

5 comentarios:

  1. Me encanta el ritmo! Parece q lo escribas tal y como lo piensas... Enhorabuena!

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    1. Pues así ha sido, Marta, es un momento que me fascina, debió ser impresionante. De hecho, tengo por ahí otro relatillo, "Discrimen", en el que intento describir ese momento desde el punto de vista de César. Por ahí anda. Gracias por leer, me alegra mucho que te haya gustado.

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    2. Fantástico

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  2. Mola. Da gusto leerte. Pareces emocionado mientras lo cuentas. Como si hubieras estado allí.

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  3. Me ha encantado! Muy bien escrito, ágil.. gran relato. A ver si encuentro más posts..

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