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1 de marzo de 2011

El extraño suicidio de la familia Pochinger


No pretendo, al escribir estas líneas, humillar a mi familia ni desmerecer los sobrehumanos esfuerzos que hizo mi padre para maneternos con vida en aquellos fatídicos días, tras la entrada de los rusos en Berlín. De hecho, todavía no he decidido si permitir que alguien más las lea. Es posible que esta historia muera conmigo, pero no puedo sustraerme a la tentación de consignar por escrito los hechos que sucedieron durante la que iba a ser nuestra última comida, el domingo 6 de mayo de 1945. Berlín había caído, el Führer se había suicidado y nos llegaban continuas noticias de la despiadada venganza de las tropas rusas en nuestra ciudad. Mi familia estaba aterrorizada. Aunque me avergüence reconocerlo, mi padre, el doctor Wolfgang Pochinger, había medrado durante el régimen nazi, y su prestigio como estudioso del cerebro humano se había acrecentado de forma extraordinaria bajo la férula de Hitler, a la par que su fortuna personal. Era uno de los científicos mimados por el régimen, aunque justo es reconocer que en el transcurso de sus estudios y experimentos jamás torturó ni asesinó a nadie, fuera prisionero, judío o gentil. No obstante, mi padre, como buen científico, era realista, y no creía que el hecho de no haber participado en los experimentos que el calificaba como “matanzas inútiles en nombre de la ciencia” le librara, ni a él ni a su familia, de la fiera venganza soviética. Por eso, aquella comida que disfrutábamos en el salón de la clínica de mi padre a las afueras de Berlín, a la sazón vacía y abandonada, iba a ser la última. Mi padre, aterrorizado por la inminente llegada de los demonios rojos, había convencido a su familia para llevar a cabo lo que él, con su extravagante sentido del humor, calificó como “delicioso suicidio en grupo”. Una muerte indolora y rápida para evitarnos las humillaciones, los campos de concentración, las torturas y, en definitiva, cualquier salvajada que dispusieran los vencedores como  contraprestación a las barbaridades que nosotros habíamos tenido la gentileza de infligirles a ellos en su país. Aunque el resto de la familia no acababa de estar conforme con tan dramática solución, al final todos habían cedido a la idea del suicidio, ante los horripilantes cuadros de maldad y destrucción que mi padre les había descrito. Así que allí estábamos, vestidos de punta en blanco y devorando las últimas reservas de la despensa con la alegre despreocupación de quien sabe que no las necesitará al día siguiente. Aparte de mi padre, se sentaban alrededor de la mesa mi madre, mis abuelos, el hermano de mi madre, mi hermana y yo, Manfred Pochinger, que a la sazón contaba diez años de edad, aunque a decir de mis padres aparentara algunos más a causa de un carácter juicioso y reflexivo. Para la fúnebre ocasión mi padre había arramblado con las botellas de vino y espumoso que quedaban en su bodega, y a los postres mi familia, salvo mi hermana y yo, iba un tanto achispada. Mi abuela comenzó a canturrear por lo bajo una melodía que yo no conseguía identificar, y mi madre lucía un esplendoroso color rojo en sus mofletudas mejillas. Por fin llegó la hora de ingerir el veneno. Entregó ceremoniosamente una cápsula letal a cada uno de los miembros de la familia (incluidos en ellos la única sirvienta que había permanecido fiel a la familia y nuestro enorme mastín) y todos en pleno (salvo yo, que me olí la tostada y me guardé la píldora disimuladamente en el bolsillo del pantalón) se tragaron el veneno. Acto seguido, cogidos de la mano y con digna apostura prusiana, la familia Pochinger se aprestó a recibir a la Parca.
Aunque mi padre siempre ha eludido ciertos detalles sobre esa jornada, arguyendo que la memoria le fallaba, yo estaba allí, dueño de mis actos y con toda la lucidez que pueda tener un niño de diez años. Supongo que mi padre, presa del nerviosismo, se confundió al coger del laboratorio el bote con las cápsulas de veneno. El personal de la clínica había saqueado la farmacia y la había convertido en un caos. Mi padre, corto de vista, se hizo un lío. En lugar de suministrarle a la familia un mortal veneno, les hizo ingerir una potentísima droga euforizante con la que había experimentado con vistas al tratamiento de cuadros depresivos. No voy a extenderme sobre la progresiva transformación de mi familia, que mis infantiles ojos contemplaban horrorizados, más aún cuando comencé a escuchar movimiento en el jardín de la clínica y furiosas voces en un idioma extranjero. Mis ojos, abiertos como platos, oscilaban entre mi familia y la puerta del salón. Por fin, la madera cedió ante los golpes de los culatazos. Unos veinte soldados soviéticos, armados hasta los dientes y comandados por un sargento de fieros bigotazos, hizo su aparición en el umbral. Se quedaron paralizados. Yo también lo estaba, y no solamente por la aparición de los sanguinarios rojos.
Mi familia, completamente drogada por el error de mi padre, ofrecía un cuadro al cual el adjetivo “grotesco” no le haría justicia. Mi padre había decidido,  a la vista del vacío de poder en Alemania, autoproclamarse Emperador. A falta de púrpura imperial, se había apoderado de una bata de boatiné de mi madre, por corona se había colocado un viejo orinal de bronce, recuerdo de su familia, y subido en la mesa arengaba a las multitudes, esgrimiendo con gesto amenazador un paraguas que hacía las veces de sable. Mi madre, que siempre se había comportado como una respetable, severa e intachable matrona prusiana, se había dejado llevar por su vena más frívola, y sacando a flote una escondida admiración por Carmen Miranda, se arremangó su casto vestido hasta quedarse con las piernas y su voluminoso vientre al aire, se colocó el frutero sobre la cabeza y se lanzó a danzar por toda la estancia, cantando el “Tico Tico” mientras las frutas se iban derramando, ora sobre el suelo, ora sobre su abundante pechuga, que pronto quedó cubierta de un copioso manto frutal. La venerable abuela Frederika también cayó presa del paroxismo musical. Supongo que recordando su viaje de bodas por España y su visita a un típico “tablao”, se soltó el pelo, se colocó una alcachofa en la boca, a falta de flor, y se entregó a un furioso taconeo que solapó con autoridad el ruido de los cañonazos, mientras sustituía las típicas castañuelas con su dentadura postiza. Mientras tanto el respetable abuelo Sigfrido, notario jubilado siempre mesurado y comedido, perseguía a la criada por la sala arrancándole las ropas con manos y dientes, preso de una efervescencia erótica largo tiempo olvidada. La fámula, anulado el efecto euforizante de la pastilla por el horror de verse perseguida por semejante sátiro octogenario, corría dando gritos mientras intentaba taparse sus partes pudendas con la sopera. Al tío Jacob, hermano de mi madre, un sujeto pusilánime, sin oficio ni beneficio, la droga le proporcionó un ansia de vivir desconocida. Urdió rápidamente un plan y lo puso en práctica sin más dilación. Decidió hacerse pasar por ruso, para lo cual se apoderó de una estola de visón de mi madre, la cual enroscó sobre su cabeza a modo de gorro ruso (con el inconveniente de que la petrificada cara del visón le tapaba los ojos) y de un abrigo de piel de camello de mi padre (del cual recortó parte de la solapa para hacerse unos bigotones de pega que intentó pegarse con restos de mermelada). Acto seguido intentó poner en práctica una danza cosaca mientras repetía constantemente las palabras “Kalinka” y “Ostrogonoff”, aunque al segundo salto acabó con la cabeza incrustada en la olla del estofado. Mi hermana, por su parte, y siguiendo la patriótica arenga de mi padre, montó alegremente sobre nuestro enorme perro Parsifal y se dedicó a cabalgar por toda la habitación sobre el tambaleante animal.
Éste es, en resumidas cuentas, el cuadro que se encontraron aquellos fieros rusos. Mi familia, alegre y despreocupadamente entregada a su locura química, no les hizo el menor caso. Se miraron unos a otros, estupefactos. Por fin, el sargento, moviendo la cabeza lentamente, como apesadumbrado por el penoso espectáculo que ofrecían lo que él sn duda había tomado por una pandilla de lunáticos sin remedio, gritó una orden y los soldados nos abandonaron a nuestra suerte.
No voy a explicar aquí cómo amaneció mi familia al día siguiente, las torpes explicaciones y la resolución de abandonar definitivamente la idea del suicidio. A partir de ese día, mi padre se entregó a la tarea de salvarnos a todos y lo consiguió. Un hombre extraordinario. Aunque, entre nosotros, cuando se pone pesado y nos endilga la historia de sus esfuerzos por salvarnos en aquellos días de locura y muerte, no puedo por menos que llevármelo a un aparte y enseñarle unas fotos que tomé en una comida de un domingo de mayo del 45. Deberían ver su cara.


Para Mapy, con la esperanza de arrancarle una sonrisa. Sant Quintí de Mediona, 26 de Febrero de 2011.

4 comentarios:

  1. Menuda historia !
    La verdad es que ha conseguido sacarme algo mas que una sonrisa,Gracias.
    Besos

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  2. Anónimo10:36 a. m.

    Muy buena la historia, original y fresca. Felicidades...
    Nacho

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  3. eres terribleee! bueno buenooo!
    abrazos! ML

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