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18 de febrero de 2011

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Charles volvió a besar a Jeanne con la urgencia de quien sabe que en cuestión de días alguien le pasará un revólver con una sola bala en la recámara y le obligará a disparar contra su sien repetidas veces, cifrando su suerte únicamente a los caprichos del azar. En eso se había convertido Europa a finales de Marzo de 1918, en un gigantesco y enloquecido juego de la ruleta rusa, aunque sin el rápido e indoloro final de una bala en la cabeza. Todo el continente era un inmenso matadero donde la gente moría mutilada por las bombas, asfixiada lenta y dolorosamente por gases venenosos, aplastada por tanques, bombardeada por los novedosos aviones... todo el ingenio científico de la época dirigido a masacrar al enemigo. La firma del armisticio con los bolcheviques rusos había permitido a los alemanes lanzar un último y desesperado ataque contra las tropas aliadas. Charles, acantonado desde hacía un año en París, había sido movilizado inmediatamente para partir al frente. Abrazado a Jeanne, apuraba sus labios como el condenado a muerte apura la última copa de vino antes de ser conducido al patíbulo. La había conocido casualmente en un pequeño café, mirando abstraída el perezoso fluir de las aguas del Sena. Apenas sabían nada el uno del otro. En aquellos tiempos de locura y muerte casi todo el mundo tenía un drama que ocultar, una historia desgarradora sobre la que no quería hablar. Las personas habían aprendido a respetar los silencios, a descartar pasado y futuro e intentar destilar del erial del presente alguna gota de esperanza, de placer, de satisfacción inmediata. Durante semanas volvían una y otra vez a una destartalada pensión, víctimas de un deseo enloquecido e insaciable. Charles no concebía ya la vida si no la podía dedicar a trazar ríos de deseo sobre el cuerpo menudo de Jeanne, su pequeña doncella, como a él le gustaba llamarla. Su corta estancia en París no lo había alejado de la muerte. Había tenido que formar parte de los pelotones de fusilamiento encargados de ajusticiar a desertores, criminales y espías, como aquella famosa bailarina a la que solamente le habían acertado cuatro de las doce balas que deberían haberse alojado en su cuerpo. Él había apuntado a su corazón, como le habían enseñado a hacer. Matar a quien le señalaban, sin importar el cómo ni el porqué.

El tren comenzó a resoplar, y los dos cuerpos seguían abrazados, intentando fundirse el uno con el otro, ajenos a los empujones de los viajeros, a los lloros y gritos de desesperación de madres, esposas o amantes eventuales de los soldados que partían a nutrir de sangre y vísceras las trincheras. Por fin, con un largo beso, se separaron, sin promesas, sin decir ni una palabra. Ella se dio la vuelta y su frágil cuerpo pareció desvanecerse entre la multitud. Charles subió al tren y partió hacia el matadero.

Semanas más tarde, Charles rozaba la locura, atrapado junto con un centenar de soldados de su regimiento en una trinchera rodeada de tropas enemigas. Llevaban casi una semana allí, sin comida, sin médicos, sin ayuda. No podían ni asomar la cabeza. Los francotiradores alemanes los eliminaban con sus rifles o con sus ametralladoras. Habían intentado salir un par de veces, pero no habían podido avanzar ni unos pasos. Las ametralladoras tableteaban, las granadas volaban y los cuerpos de sus compañeros se doblaban como macabros guiñapos, o estallaban en pedazos. La trinchera se habían convertido en un sumidero de sangre y vísceras. Resbalaban sobre restos humanos, pisoteaban a compañeros agonizantes, enloquecían escuchando gritos de dolor, desvaríos de moribundos. Soldados jóvenes, casi niños, llamaban a sus madres mientras la vida se les escurría poco a poco entre los dedos ensangrentados. Iban a morir todos en cuestión de días, de horas.

Charles escuchó la voz de Jeanne al amanecer del séptimo día. Había aprovechado para dormitar antes del comienzo de la lluvia de plomo candente sobre la trinchera. Pensó que estaba soñando, o que había muerto, pero los gemidos de sus compañeros heridos, el olor metálico de la sangre y el dolor de sus propias heridas le convenció de lo contrario. Vio un resplandor, un fulgor de blanca luz que creaba un aura dentro de la niebla. Sin miedo a la muerte, se alzó trabajosamente y la vio, de pie en tierra de nadie. Jeanne. Envuelta por aquella aura blanca. Ataviada con una anacrónica armadura que brillaba como el Sol. Charles no supo si había enloquecido, pero quiso creer. Jeanne, su pequeña doncella. Sonriendo, recordó cómo se burlaba de su leve acento de Orléans, en la vieja pensión de París. Ella se había entregado a él para salvarlo de la locura, y ahora venía a salvarlo, a él y a sus compañeros franceses. Le hizo señales con la mano para que la siguiera. Charles despertó a sus compañeros, y con una mirada febril en los ojos les obligó a saltar de la trinchera. Nadie les disparó. Jeanne se internó entre la niebla. Charles la siguió. Sus compañeros, estupefactos, aunque sin nada que perder, también empezaron a caminar. Ellos no veían nada más que a su compañero.

Caminaron durante aproximadamente media hora. Comenzaron a creer en la posibilidad de salvarse. Por eso su sorpresa fue mayor cuando salieron súbitamente de la niebla y se encontraron frente a un nido de ametralladoras alemán. El enemigo también pareció sorprendido, pero tras unos segundos de indecisión comenzó el monótono y letal tableteo de la ametralladora. Los soldados franceses cayeron muertos en un confuso montón de cadáveres. Charles los vio morir, presa de la confusión. Él mismo cayó de rodillas, el cuerpo atravesado por las balas. Levantó penosamente la cabeza. Jeanne estaba a su lado, pero ya no era ella. Su cara era la de una mujer de unos 40 años, de rasgos levemente orientales en un rostro de lividez cadavérica. La armadura había desaparecido, y en su lugar unos ropajes vaporosos, exóticos, dejaban ver una piel muerta y apergaminada. Cuatro agujeros de bala sangraban en su pecho, uno de ellos justo sobre el corazón. Charles alzó las manos, suplicando: “¿Jeanne?”. Ella, con una horrible mueca desdeñosa en su rostro, negó desdeñosa. Con una voz que parecía surgida del mismo infierno, le escupió a la cara: “No, Jeanne no. Mi nombre es Mata-Hari”. Charles, el grito ahogado en su boca, ni siquiera notó la bayoneta alemana que partió su corazón en dos.

1 comentario:

  1. Muy bueno;y un ritmo narrativo estupendo...pobre,pobre Mata-Hari.

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