Páginas vistas en total

8 de marzo de 2011

Como la madre de un emperador...

Avancé hacia ella con la mano extendida. Estaba de espaldas, contemplando el lugar donde incineraron al divino Julio. Siempre había flores frescas en aquel rincón. Parecía momentáneamente desconectada de la realidad, como tantos visitantes abrumados por el peso de la historia de la ciudad. Se volvió hacia mí cuando mi sombra se proyectó sobre los ramos de flores. A mí se me apareció Bogart, musitando amargamente: “de todos los bares en todos los pueblos en todo el mundo, ella entra en el mío”. No sé qué pensó ella. Los dos nos miramos, desconcertados, durante unos segundos que se me antojaron más eternos que la ciudad donde estábamos. Y de entre todas las frases estúpidas que se me podían haber ocurrido para acabar con aquel silencio asesino, escogí la más idiota de todas.

-Vaya, el mundo es un pañuelo

Ella frunció el ceño, enarcó las cejas y levantó imperceptiblemente un lado del labio superior, componiendo un gesto donde se combinaban sabiamente la sorpresa, el desprecio y el odio, aquel gesto que en contadas ocasiones me había dedicado, pero que resultaba demoledor. Me escupió la contestación, filtrándola entre los dientes.

-Yo diría que, más bien, es un sudario.

Touché. La primera en la frente. Marchando una de sarcasmo para el caballero.

-¿Qué te trae por aquí? –le contesté, obviando su estocada dialéctica.
- Vacaciones. A ti no te lo pregunto. Siempre supe que acabarías aquí, que estas piedras eran tu único amor.
-Claudia, yo...
-Es igual, déjalo. –hizo un gesto hacia los ramos de flores amontonados sobre el pequeño túmulo de tierra a sus espaldas- Resulta curioso lo de las flores. Supongo que es por la forma en la que murió. Traicionado y apuñalado por los mismos a los que había perdonado y colmado de honores. Bueno, tú sabes la historia mejor que yo. Tal vez por eso me enviaste aquel ramo cuando te largaste.

Yo seguía inmóvil, con el gesto congelado, sin atinar a pronunciar palabra, la mano extendida hacia ella. Seguía tan guapa como siempre, altiva y digna como la madre de un emperador.

-Ya nada era igual, Claudia –atiné a balbucear-. Tú nunca me llegaste a perdonar. Tu boca decía una cosa y tus ojos decían lo contrario.

Claudia agitó la mano y movió la cabeza, como intentando barrer la neblina del pasado. Discusión terminada.

-Y has acabado aquí. ¿A qué te dedicas? Porque tú no estás de vacaciones.
-No, vivo aquí. No hago nada en especial. Vivo en una pensión, intento escribir, vagabundeo por la ciudad, paseo por el Tíber, por el Circo, por el Foro, me siento a tomar un café y a mirar a los turistas... supongo que tienes razón, que estoy enamorado de estas ruinas.
Claudia recuperó su tono altanero y desdeñoso. Mi aspecto y mis harapos no la conmovieron en absoluto, más bien al contrario. Supongo que una mujer acostumbrada a provocar roturas de cuello a su paso no asume que alguien la abandone para irse a emborronar cuartillas y a vagabundear a una ciudad lejana. Sentí como, de manera instintiva, me encogía ante una nueva andanada. Mi pequeña Claudia no me falló.

-Tienes razón, este es tu lugar. Entre las ruinas. De hecho, te has convertido en una de ellas.

Alguien a lo lejos gritó: ¡mamá, mamá! Claudia se giró. A unas decenas de metros de distancia, un hombre y un niño se hacían una foto con unos hombres disfrazados de cónsules o magistrados. Uno de ellos bromeaba con el niño, que se moría de la risa. El hombre, su padre, nos miraba extrañado. Claudia le hizo un gesto, tranquilizándolo. Se volvió por última vez hacia mí, y por un momento creí ver un gesto de preocupación intentado abrirse paso entre el orgullo herido.

-Me tengo que ir. Cuídate.
-Adios, Claudia. Tú también.

Claudia inició el gesto de echar a andar hacia el niño y su padre, pero se paró un momento, buscó en su bolso, abrió el monedero, extrajo unas monedas y las depositó en mi mano extendida.

- Para un brindis por los viejos tiempos. Que seas feliz en tus ruinas. Y un último consejo: no metas la mano en la Boca de la Veritá.

Y se marchó. Altiva y digna... como la madre de un emperador.

4 comentarios:

  1. Me alegra mucho que te haya gustado, muchas gracias por leerlo.

    ResponderEliminar
  2. Es estupendo, Hank. No solo este, sino todos en general. Te leo habitualmente aunque no te comente.

    ResponderEliminar
  3. Pues muchísimas gracias, 21, me alegro mucho de que te "dejes caer" por aquí de vez en cuando. Un abrazo.

    ResponderEliminar