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27 de noviembre de 2010

Enfermera de noche

Aunque la enfermera no hizo apenas ruido al entrar en la habitación, Adrián la escuchó perfectamente. Tampoco se sorprendió demasiado de que alguien entrara a esas horas intempestivas. Solían hacerlo, para tomarle la tensión o la temperatura, comprobar el gotero, o a veces incluso solo para escuchar durante breves segundos la respiración de los enfermos que dormían, o que intentaban dormir. Él no lo conseguía. Permanecía tendido en la cama, intentando abstraerse de las sondas y agujas que asaeteaban su cuerpo, esperando los zarpazos de dolor que rasgaban sus entrañas y le hacían engarfiar los dedos en las sábanas. Su compañero de habitación, un viejo campesino huraño que pasaba la mayor parte del día inmóvil, sumido en un obstinado silencio solo roto por hoscos monosílabos y una musitada oración nocturna, gemía en un sudoroso y agitado duermevela. Adrián no llegaba ni siquiera a eso. Permanecía despierto durante casi toda la noche, sin apenas moverse para no acabar empapado en sudor, siguiendo con sus ojos los contornos del austero mobiliario de la habitación, bañada por la luz mortecina que se filtraba del pasillo por la puerta entreabierta.
Apenas giró la cabeza cuando la enfermera se dirigió hacia él. No obstante, percibió algo distinto, algo inusual. Su calzado. Sonaba diferente. Un roce leve y apenas perceptible, no como el desagradable tableteo de los zuecos que solía usar el personal del hospital. Agradeció mentalmente lo que supuso una deferencia por parte de la enfermera, y extendió el brazo, esperando sentir el áspero roce de la banda de tela con velcro del aparato con el que le tomaban la tensión. Sin embargo ella permaneció quieta a su lado. La desvaída luz que llegaba del pasillo apenas le permitió constatar que lo observaba fijamente, las manos metidas en los bolsillos del uniforme. Durante unos largos e incómodos segundos Adrián permaneció mirándola, el brazo extendido de una manera que se le antojó estúpida. Por fin lo dejó caer, laxo y sin fuerzas, en la cama, y justamente cuando la interrogación nacía en su boca, la enfermera encendió la pequeña lámpara sobre la cabecera de su cama, cuya luz arrebató las facciones de la mujer a la oscuridad. Adrián la miró, primero desconcertado e incrédulo, y luego sintiendo como las lágrimas afloraban a sus ojos sin que pudiera evitarlo. El calor que sentía en su mirada contrastaba con el hielo que intuía en los ojos de la mujer. Los recuerdos, como pequeñas bombas olvidadas en su mente, comenzaron a estallar en candentes y dolorosas deflagraciones. Dos jóvenes, casi dos niños, cogidos de la mano, girando en una esquina y atrapados súbitamente por una ráfaga de viento, riendo y besándose entre los remolino de aire, restallantes de presente e ignorantes del futuro. El traqueteo de un viejo tren expreso en la noche, y los dos juntos, las caras pegadas, en una escena que tenía por banda sonora una vieja canción de Bob Dylan sobre Mozambique, mirando el paisaje bañado de luz lunar desfilando ante ellos, a través de la ventanilla . Y, por fin, ella sentada en un herrumbroso banco, en el devastado espacio entre dos edificios de bloques, llorando, aferrada a su pequeño bolsito mientras él se alejaba sin volver la vista atrás. Adrián movió la cabeza, intentando calmar los torbellinos en su cabeza y el temblor de su mandíbula.
-Ana –logró musitar-, cuanto tiempo. No pensaba... no creía... ¿ahora eres enfermera?
Ella, sin dejar de mirarlo con aquellos tizones congelados que eran sus ojos, cogió el gotero. Lentamente, sacó la otra mano del bolsillo. Adrián supo la respuesta aún antes de ver la jeringuilla brillar a la pálida luz de la lámpara.
-No.
Adrián cerró los ojos, asintiendo con la cabeza.



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5 comentarios:

  1. Muy muy bueno. Precisamente andaba escribiendo algo sobre La Mode.

    Cuando iba leyendo se me ha ocurrido que le enfermera era la misma muerte. Literalmente, con guadaña y tal. No andaba tan desencaminado. Mucho mejor así, claro.

    Un saludo!

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  2. Gracias por leer el relato, George. Mientras lo escribía no podía parar de tararear la cancioncilla de La Mode. Un saludo.

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  3. Buen relato Andres, tu cabeza no para...

    Saludos

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  4. Bufff Hank, menudos finales te gastas...

    Felicidades, corto, impactante y bien tejido.

    @tiamichelin

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  5. Bufff Hank, menudos finales te gastas...

    Felicidades, corto, impactante y bien tejido.

    @tiamichelin

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