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6 de diciembre de 2010

Hija de un dios mediocre

Pues nada, aquí andamos, en la escuela a mis 44 añitos. O, mejor dicho, de Taller de Escritura. La verdad es que la experiencia es buena. Me da bastante vergüenza leer mis cuentecillos en público, aunque sea un público bastante reducido, pero me obliga a escribir, lo que para un tipo perezoso y vago a la hora de enfrentarme al Word es muy importante. Y el precio de las clases (muy económico, todo hay que decirlo) se paga con gusto solamente por escuchar al "profe". Pues eso, que estoy contento, qué leches. Este sábado tocaba escribir sobre un enigmático anuncio aparecido en "La Vanguardia" el día 5 de Abril de 2002. Al "profe" le había llamado la atención y había hecho algunas averiguaciones. El "reto" o "consigna" era escribir un relato basado en el anuncio. Tras darle algunas vueltas al tema, me decidí por mis viejos recursos de fan de Poe, y salió este relatillo con el que os dejo. Se titula "Hija de un dios mediocre". Os dejo también el anuncio, aunque lo transcribo antes, por si hay dificultades con el escaneado. Espero que os guste.

"SE BUSCA. Una persona del Vuelo Amsterdam-Barcelona del 10 de Marzo"
Iberia 4263 con salida 19,20 de Amsterdam. Gafas verdes con familia (5 personas), fila 8. Noia de fila 7, seient C, no tinc el telèfon, escriu-me. Si alguien que lea este anuncio le conoce, por favor tengan la bondad de avisarle.


Apartado Correos nº 98096 - 08080 Barcelona. Email: greenglasses_8@hotmail.com"

HIJA DE UN DIOS MEDIOCRE

-Por cierto, creo que tengo algo que te puede interesar...


Confieso que me atraganté con el humo del habano que me estaba fumando al escuchar las palabras de mi amigo. Y no es que el volumen de su voz fuera exageradamente alto. Al contrario, no era mi viejo amigo, el doctor R., amigo de estridencias ni exabruptos inesperados. Habló con su acostumbrado tono mesurado, pero sus palabras me arrebataron bruscamente del estado de agradable laxitud en el que estaba sumido, rodeado por las volutas de humo que se ensortijaban alrededor de mi cabeza y absorto en la hipnótica, cuasi primigenia contemplación de los troncos de madera que crepitaban en la chimenea, lamidos perezosamente por las llamas. Nos hallábamos en el viejo ático del centro de Barcelona donde vivía mi amigo, confortablemente instalados en su biblioteca. Era una fría noche de Noviembre de 2008 , aunque los muebles antiguos, las antigüedades diseminadas por la habitación y nosotros mismos, incómodos en una época que nos desagradaba profundamente,  sugerían más bien una escena trasplantada del Londres victoriano al siglo XXI. Dos vejestorios anacrónicos a juego con los muebles, como solía decir R., medio en broma, medio en serio. Intenté recomponer mi actitud y disimular mi sobresalto.

-¿Una nueva joya de un escritor maldito y fracasado? -bromeé. El doctor R. era un fanático de los libros. Se pasaba horas husmeando en las librerías de saldo, y casi siempre salía con una pila de polvorientas y ajadas adquisiciones, que me enseñaba con indisimulado orgullo en nuestros encuentros.

Mi amigo obvió el tono burlón de mi pregunta, regalándome una de sus enigmáticas sonrisas.

-Se trata de un libro, en efecto, pero por sí solo el libro carece de importancia. Es un mediocre dramón autopublicado hace unos seis años por un autor desconocido. Más que el libro, me gustaría enseñarte unas hojas que encontré dentro. Supongo que son una broma. Es más, espero que lo sea.

Una vez excitada convenientemente mi curiosidad, se levantó. Lo vi desaparecer en la oscuridad, donde no llegaba la lánguida luz que proyectaban los troncos ardiendo en la chimenea. Lo escuché revolver entre una pila de libros, supuse que sus últimos descubrimientos, apartando con las manos las nubecillas de polvo que escapaban de los ajados volúmenes. Por fin, regresó con un libro, un feo ejemplar pobremente encuadernado, una edición barata sin aparente interés. De entre sus páginas sobresalían unas cuartillas. R. extrajo los papeles, apenas un par de folios escritos a mano, y me los tendió.

-Lee -me dijo, esbozando una media sonrisa.

Acostumbrado a las extravagancias de mi amigo, alargué la mano, cogí los folios y comencé a leer, mientras R. permanecía a mi lado, fumando indolentemente. Las páginas explicaban una extraña e inquietante historia escrita a mano y, por lo que deduje, de manera apresurada y nerviosa. Ésta es la transcripción exacta del manuscrito.

“8 de Abril de 2002: me queda poco tiempo de vida. Mi involuntario ejecutor acaba de marcharse, dejando tras de sí mi sentencia de muerte. No pretendo, al escribir estas líneas, que nadie me crea. En otras circunstancias, ni yo misma lo haría. De hecho, todavía albergo la esperanza de que los extraños sucesos que he vivido sean fruto de una mente enferma y desquiciada. Es posible que, en lugar de la muerte más o menos inmediata que espero, lo que me aguarde sea el caos de la locura, y que en lugar de abandonar la vida abandone la razón. Todo empezó el día 10 de Abril de 2002. Viajaba en un avión que había partido de Amsterdam y se dirigía a Barcelona, tras poner fin de forma rocambolesca a mi enésima aventura sentimental. La historia de mi vida. Un cúmulo de reveses amorosos que comenzaban a semejarse a las patéticas aventuras de la protagonista de un culebrón barato. Ya estaba acostumbrada. Aparte del hombre de las gafas verdes, no recuerdo gran cosa de aquel vuelo. Era un hombre vulgar, anodino, del que solamente destacaba el color verde chillón de sus gafas, contrastando con lo grisáceo del resto de su persona. Estaba sentado justamente detrás de mí. Me giré un par de veces para observarlo, más por aburrimiento que por curiosidad. Viajaba con una mujer y tres niños. En una de las ocasiones en las que le dediqué una mirada estaba regañando a uno de los niños. En la otra escribía en un cuadernito de tapas rojas. No le presté más atención.

El cuaderno debió caérsele durante el pequeño caos que se produjo cuando aterrizamos en Barcelona, con los viajeros sacando sus bolsas de mano de los compartimentos superiores, y el pasillo central lleno de gente intentando avanzar hacia la salida. Yo solía esperar a que salieran todos los pasajeros. Siempre he odiado las aglomeraciones. Cerraba los ojos y esperaba a que el avión estuviera casi vacío para salir.  Cuando por fin abrí los ojos, el cuaderno estaba en el vacío asiento contiguo al mío. Ya habían salido casi todos los viajeros, y no pude localizar al hombre de las gafas verdes. Guardé el pequeño cuaderno en una de mis bolsas de viaje, y me olvidé completamente de él.

Llegué a mi casa sin más problemas que los de intentar lamer las heridas de mi enésimo fracaso amoroso. Ni siquiera deshice el equipaje, absolutamente deprimida y sin fuerzas para hacer nada más que compadecerme a mí misma. Por fin,el 30 de marzo, saqué fuerzas de flaqueza y comencé a sacar mis efectos personales de las bolsas. Fue cuando reparé en el cuaderno. Comencé a leerlo. Repito, no espero que nadie me crea, ni siquiera espero que crean que yo existí realmente, pero juro que digo la verdad. Era la historia de mi vida. Y no hablo figuradamente. En aquel cuadernito rojo estaban escritos detalladamente todos y cada uno de los tristes pasos que yo había dado por este mundo. Una descripción exacta de mi vida. Todo concordaba. Mi fecha de nacimiento, mi nombre, el de mis padres, mis amoríos, mis fracasos, mis más oscuros pensamientos....  creí enloquecer. Era imposible. Alguien estaba escribiendo la historia de mi vida, al mismo tiempo que yo la vivía.

Puse un anuncio en los diarios, el más grande y llamativo que pude. No sabía el nombre del hombre de las gafas verdes, pero necesitaba hablar con él. Incluso incluí en el anuncio una fotografía con un texto en inglés que había encontrado entre las páginas del cuaderno. Creé una dirección de correo electrónico que comprobaba a todas horas. Por fin, ayer mismo el hombre de las gafas verdes contactó conmigo. Hubo un intercambio de correos. En efecto, estaba escribiendo un libro. Sí, era sobre una chica y sus desventuras amorosas. Me agradecía que me hubiera tomado la molestia de intentar localizarle, y aunque había conseguido acabar el libro, pasaría por mi casa para recoger el cuadernito y darme las gracias personalmente.

Hace un rato que el hombre de las gafas verdes se fue. El mismo hombrecillo insignificante que recuerdo del avión. Supongo que se ha marchado pensando que estaba loca. Escuchó mi historia con aparente interés, pero sentí su miedo, su mirada huidiza buscando una puerta de salida. Estaba aterrorizado ante la demente que le acusaba de... ¿inventarla? ¿robarle su vida? Solamente atinó a balbucear unas excusas y dejarme un ejemplar de su maldito libro.

Lo dejé ir. No sé qué otra cosa podría hacer. Leí su libro con avidez, buscando las páginas que correspondían al final y no figuraban en el cuaderno. El hombre de las gafas verdes es un escritor mediocre. Un drama barato y previsible merecía un final barato y previsible. He comenzado a mirar la ventana con ansia. Diez pisos. Me atrae. Cada vez más....”

Sostuve las cuartillas entre mis manos durante un buen rato. Por fin las dejé caer sobre mis rodillas. Miré a mi amigo, el doctor R.

-Una broma, sin duda -dije-.
-Sí, una broma -me contestó R.-.

Pero ninguno de los dos sonrió.


6 comentarios:

  1. Muy bien Hank!
    No te voy a decir que es lo mejor que he leído tuyo ( por que la historia del abuelo me encanto)pero si es la segunda mejor historia que he leído tuya (Opinión personal e intransferible)

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  2. Anónimo12:26 p. m.

    Hola, que bonito escribes. Admirio a los que sabeis inventar historias que parecen reales. Me las creo y todo.
    Yo en un taller de escritura creativa, por mas que me sirtuara en un avón con la mochila de mi vida, no podias salir de descriptiva. Al final, un grupito, nos inventamos una ciudad en que todo funcionaba con xips, a nuestra voluntad. Incluso alli me puse a solucionar mis conflictos y los del mundo segun los veo.

    Y, valorando las posibilidades de la nueva tecnología, parece que fue factible un encuantro tan difuso. Nº de asiento y día.
    Hay una anécdota real, de un hombre en un pueblo cercano al mio. Bajo e un tren por primera vez, de aquellos que estaban 7 horas Lérida Barcelona. Iba a ver a su hija. Al bajar pruntaba a la gente con ansiedad: "Que han vist a Maria nostra per astí"? ...
    Soy arena... Saludos.

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  3. Estoy segura que el mismo anuncio puede desencadenar mil posibilidades narrativas más pero sin saber de otras, me quedo con esta.
    El nivel del listón está muy alto esta vez.Con la descripción de mil y un detalles he podido imaginar con precisión la escena del ático.
    Enhorabuena. Gracias por compartir esta exquisitez.
    Albada

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  4. Muchísimas a gracias a las tres, animáis "tela". Un saludo.

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  5. Desde luego ¡que coco tienes Andrés! muy bien hilvanado todo el relato y el final genial. Me alegra poder leer algo tuyo de vez en cuando.
    Suerte en la escuela, jeje

    Un abrazo

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  6. ¡Gracias, Josep! ¡Qué bueno volver a saber de ti! Muchas gracias por tu comentario. Por cierto, se me olvidó felicitarte por el libro. Aunque te parezca un bandarra, todavía estoy en ello. La verdad es que tenía muchísimas lecturas atrasadas, pero prometo darle un último "empujón". Entre nosotros, el primero de los autores me parece un tanto "farragoso", me cuesta bastante seguir sus relatos.

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