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13 de octubre de 2010

La criatura más desdichada del mundo

Jodido. Así me encontraba yo cuando entré en los servicios del hospital. Jodido, cansado, harto y deprimido. La puta crisis de los 40, que hasta el momento había capeado a base de buen vino y mis últimas reservas de humor, se me abalanzaba sin que no pudiera ni siquiera intentar apartarme. Llevaba varios meses con la puta rehabilitación. Operaciones y más operaciones, dolor, grapas clavadas en la piel, tubos de drenaje que salían de mis rodillas, y el colmo de los colmos, en la última operación una sonda insertada en la polla, que había hecho que durante dos insufribles días mi “pack” genital se asemejase a uno de esas peras de goma llenas de agua con un tubo de plástico conectado a una flor de pega, que cuando las oprimes mojas al pardillo que lo sea tanto como para picar con ese viejísimo truco de payasos de circo de tercera. Así me había sentido yo, como un “clown” cuarentón, triste y lloroso, desmadejado en la cama del hospital, escuchando los pedos y ronquidos del viejo de la cama de al lado y contemplando estúpidamente el tubo que me salía de la minga. No necesitaba ni colocarme la cuña, el bote de plástico donde había meado siempre en mis otras operaciones, simplemente el orín salía por el tubito y caía en un bote de plástico que la enfermera vaciaba regularmente. A veces me preguntaba qué pasaría si me oprimía fuertemente los cojones. ¿Saldría orina a presión por el tubito de plástico? Afortunadamente no lo había hecho, más por el dolor de huevos que por otra cosa, claro. Luego estaba lo del trabajo, no sabía si podría seguir conduciendo el puñetero toro durante ocho horas cada noche, moviendo palés desde las 10 hasta las 6. La verdad, si volvía estaba jodido, y si no también. Con 43 años a mis espaldas no era precisamente carne apetecible para un empresario, y más en una situación de crisis, con el mercado laboral transformándose a marchas forzadas en un maquillado mercado de esclavos, o en la entrañable institución de los siervos de la gleba. Y allí estaba yo, tras la diaria sesión de rehabilitación, encarado a uno de los urinarios del hospital, con las muletas apoyadas en la pared, la pierna colgando dolorida, y sintiéndome la criatura más desdichada del mundo.
El gordo entró mientras yo acometía la delicada operación de sacudirme la minga para eliminar el riesgo de la molesta y asquerosa mancha de orina en los calzoncillos, operación que, como es sabido, unas veces da resultado y otras no. Yo conocía al gordo de vista. Era la suya una gordura paquidérmica y deformante, de esas que te cubren el cuerpo con pliegues y más pliegues de grasa y te hinchan las piernas hasta el extremo convertirlas en algo similar a esos rollos de carne insertados en un pincho de metal que se van asando mientras dan vueltas, los de los garitos de comida rápida de los pakistaníes. El gordo tenía una barriga de proporciones oceánicas, y siempre que lo veía no podía evitar pensar cuándo habría sido la última vez que aquel hombre se habría visto la polla. Era alto, lo que confería a su extrema gordura proporciones cuasi mastodónticas. Solía verlo sentado en un banco, en uno de los lados del hospital, donde paraban los autobuses. Al principio me pareció extraño que hubiera elegido ese sitio, pero con el tiempo le encontré al asunto su lógica. Realmente el lugar, dadas las condiciones del gordo, tenía sus posibilidades. La más importante, la cercanía de la entrada de Urgencias. Supongo que al gordo no se le escapaba, aunque fuera de forma inconsciente, la posibilidad de sufrir un colapso o un síncope provocado por cualquier enfermedad desarrollada por cualquiera de sus castigadas vísceras. Con la entrada de Urgencias justo al lado, el gordo se vería como esos toreros a los que cornea el toro, que son rápidamente llevados a la enfermería mientras los subalternos alejan al toro a base de capotazos. Allí tenía un grupo de subalternos con bata blanca, sustituyendo los capotes por jeringuillas y goteros para alejar, aunque fuera momentáneamente, al toro esquelético y huesudo que tarde o temprano vendría para cornear sus fofas carnes. Desde el banco, bien orientado al solecito, el gordo contemplaba un continuo trasiego de gente, los que entraban, los que salían, los que subían y bajaban del autobús, toda un continuo fluir de personal con un plus de diversión para un estático contemplador sin demasiados alicientes. Instalado en el banco, con las piernas abiertas para que su inmensa barriga encontrara acomodo, el gordo veía desfilar cojos, mancos, inválidos en sillas de ruedas, lustrosas embarazadas de tensas barrigas, yonquis demacrados, las espectaculares visitadoras de los laboratorios farmacéuticos dispuestas a colocarles a los doctores, a golpe de caderazo o sugerente muslo, la última chorrada inútil que hubieran parido los químicos de la empresa, familias gitanas desplegadas en oleadas por la acera para visitar a algún pariente, con las orondas mujeronas luciendo mandiles y lutos perpetuos. Todos pasaban por delante del gordo, cómodamente instalado en el banco, con una jaula para pájaros envuelta en un trapo al lado. También tenía el hombre, justo al lado, un quiosco donde una ciega malencarada vendía cupones para el sorte diario de la ONCE, aunque ignoro si el gordo jugaba. Y, para finalizar, estaba el váter del hospital. Justo al lado y con evidentes ventajas con respecto al meadero de un bar. Para empezar, nadie lo iba a mirar mal por entrar a echar una meadita cuando se le antojara, mezclado con la marea humana que accedía continuamente al hospital. Y además el váter, por estar donde estaba, solía estar bastante limpio, nada que ver con los hediondos pozos de mierda que uno se encontraba a veces en un bar.

Así que allí estaba yo, abatido y medio lloroso, sacudiéndome la minga, mientras el gordo abría trabajosamente la puerta de los servicios, congestionado y resoplando como una vieja máquina de los tiempos del vapor a la que se le exige un último esfuerzo. El hombre debía de llevar un apretón de mil pares de cojones, porque se afanaba en alcanzar la puerta de uno de los retretes libres, extrayendo de su cuerpo los últimos vestigios de una agilidad desaparecida hacía años. Llevaba la jaula colgando de una mano por el nudo del trapo que las envolvía. Jadeaba y resoplaba como si fuera a reventar de un momento a otro. Por un momento pensé que iba a caer fulminado por una apoplejía a mis espaldas, pero milagrosamente el hombre alcanzó el retrete, entró y cerró por dentro.

Si alguna vez habéis usado muletas sabréis que no es fácil reemprender la marcha tras una visita al lavabo. Todo se ralentiza. En mi caso, tenía que abrocharme la bragueta basculando sobre mi pierna izquierda, coger luego las muletas, lavarme las manos y colocarme los guantes que usaba para que no se acabaran de joder las manos con el roce del asidero de las muletas. Como podréis suponer, en ese intervalo el gordo había tenido tiempo de sobras de comenzar su faena, a pesar del tiempo que le tuvo que tomar bajarse los pantalones en aquel cubículo tan estrecho. Estaba yo acabando de lavarme las manos cuando empezaron a oírse los pedos y los apretones sobrehumanos del gordo. Intenté pensar en otra cosa, pero era imposible abstraerse de ese escatológico despliegue sonoro. Joder, era como el punto de no retorno de un orgasmo. Te piden que no te corras, sabes que no debes correrte, intentas pensar en el Papa de Roma sentado en un retrete, en las ubres colganderas de tu vecina octogenaria, pero no hay vuelta atrás. Yo no podía sacarme de la cabeza, mientras me apresuraba a secarme las manos, la visión del gordo cagando a escasos metros de mí, con la cara congestionada por el esfuerzo y el culo sobresaliendo por los bordes de la taza. Fue entonces cuando pensé en el pájaro. Un animalito bello y simple, nacido para volar, para dejarse llevar perezoso por las corrientes, para desplegar sus alas bajo el sol, para llevar una vida sencilla y sin complicaciones... Ahora se veía metido en una puta jaula, estrecha y maloliente, cubierta con un trapo viejo, comiendo alpiste y pisando su propia mierda. Y por si todo esto no fuera suficiente, se encontraba a escasos centímetros de una monstruosa defecación. Porque, a tenor de los espantosos ruidos que salían del retrete ocupado por el gordo, su monstruoso estómago debía de estar vomitando al exterior kilos y kilos de hedionda materia fecal. Pensé y pensé en el pobre pájaro, y de repente me vinieron a la memoria los versillos de la fábula del sabio pobre, el que se alimentaba de hierbas del camino y que, mientras se quejaba de su triste destino, vio a otro sabio comiendo lo que él dejaba. Ni recordaba cuando había leído la fábula por primera vez, pero en ese momento comprendí su simple pero contudente sabiduría. Me tomé todavía unos segundos en compadecer al pobre pajarillo, antes de salir a la calle, levantar la cara al sol y sentirme, a pesar de todo, bastante bien.


1 comentario:

  1. Anónimo5:07 p. m.

    Impresionante. Magnífica. Una obra que hace de lo escatológico, algo digno de ser leído.
    Nacho

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