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11 de octubre de 2010

Ectoplasta

No era un fantasma quien surgió entre la niebla que formaba en aquel garito el humo de cientos de cigarrillos. Por lo menos no lo era en forma literal. Más bien en forma “ectoplástica”, porque el fantasma (fantasmón mas bien) de Peter era un plasta de cuidado. Harto estaba yo de sus bravuconadas. Que si las bellezas que se llevaba a la cama, que si su bien pagado trabajo, que si sus vacaciones en lejanos paraísos... Años llevaba aguantando su sempiterno rollo de lo bien que le iba, y asumiendo por contraposición lo mal que me iba a mí. La eterna historia del triunfador y del perdedor. Y allí estaba yo, el perdedor, en aquel antro lleno de borrachos, aguantando su última fantasmada. El muy mamón había ganado el concurso de relatos al cual yo me había presentado y ahora exhibía las 300 libras con jactancia ante mis narices. Le seguí la corriente, como hacía siempre, más que nada porque estaba pagando las copas, pero al cabo de media hora ya no pude más. Miré a mi alrededor. La persona más serena del bar estaba al borde del coma etílico. Saqué de mi bolsillo la bolsita de polvos mágicos, la puse discretamente ante las ansiosas narices de Peter y enfilé el camino hacia el servicio. Él, ansioso por empolvarse la nariz, me siguió como un corderito. Nadie nos prestó atención. Ni siquiera cuando abandoné el local, sólo. Y es que aquel tipo al final había acabado con mi paciencia. Reí por lo bajo al imaginarme la cara de quien lo encontrara. No verían las 300 libras incrustadas en su recto, eso lo dejaba para el forense, pero sí la frase (muy ingeniosa, según mi modesto punto de vista) que había tatuado en su pecho, justo bajo el tajo de su garganta: “Ego, te absolvo”

1 comentario:

  1. Creo que conozco a ese tipo o al menos a un par que son como el ...No iría mal que entraran a ese bar también jajajaja.
    Muy bueno Hank.

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