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23 de mayo de 2007

Van por libre

Trabajo de noche y tengo un hijo de cinco años. Su madre trabaja en Barcelona, a unos 50 kilómetros de aquí. Se va a eso de las 7 de la mañana, media hora después de llegar yo de trabajar. Así que tengo que esperar hasta las 10 de la mañana para acostarme, después de llevar al fruto de mi lujuria al desasnadero municipal. Jodido, pero es lo que hay. Por eso me alegré cuando, ingenuo de mí, la chica de la agencia de mensajería UPS (el enlace es hacia una página de recetas de mejillones, porque no me sale de los huevos hacerles publicidad a estos impresentables) que me atendió me preguntó por la hora de recogida del sobre que tenía que enviar a ING, el banco del Fresh Banking (que alguien me explique urgentemente qué cojones significa eso). Coño, un poco de eficiencia, para variar. Pues que se pasen a partir de las 5 de la tarde. Opsss, problemas, me dijo la chica. No sé qué problemas de ruta y blablabla. Bueno, pues a partir de las 3, ya pondré el despertador para estar atento. Muy bien, señor, pues a partir de las tres pasaremos a recoger el sobre. Esta mañana, tras intentar leer infructuosamente un par de páginas del libro que tengo entre manos, he caído en un profundo coma. Normal, si llevas más de 24 horas sin sobar. Súbitamente, un par de timbrazos, dos pulsaciones breves pero hechas con un par, me arrancan de los atercipelados brazos de Morfeo (momento mariconcillo, con perdón) para transportarme sin solución de continuidad, esto es, sin esos momentos en los que uno vaga plácidamente por tierra de nadie, ya no dormido pero todavía no despierto, a la dura y puta realidad. En un estado similar al de los zombis de George A. Romero, miro el despertador. Las 11,24 de la mañana. No pueden ser ellos. España es un país moderno, la chica apuntó la hora, deben ser testículos de Jehová, algún político en campaña, un vendedor de enciclopedias, una promoción de una empresa de putas a domicilio, un amigo al que llevo años sin ver. Me levanto, a mis gayumbos verdes les falta un botón y, orgulloso, constato que a pesar de mis 40 años todavía hay partes de mi que saludan a la mañana con alborozo y alegría. A continuación, mosqueo inmenso: ¿Y si en sueños me estaba beneficiando a Cristina Ricci? Voy a matar a ese cabrón (bueno, si es la de la empresa de putas a domicilio igual miro cómo está la hucha de efectivo). Camino hacia la ventana del comedor. La estampa es impactante. Un tipo sin afeitar, medio dormido, con una camiseta verde desteñida y unos gayumbos también verdes por los que asoma la minga en estado de semierección (¿habíamos dicho que ya tengo 40 años?). Me asomo a la ventana, y... sí, el colega de UPS, ocupando la estrecha calle con una enorme furgoneta y esperando con expresión beatífica. Llamo su atención, y saluda al zombi mientras murmura: "UPS, recogida de paquete". Por unos instantes pienso si puedo aprovechar la citada semierección y asomar mi propio paquete por la ventana mientras grito: ¡De acuerdo, llévate éste, jodido cabrón!. Pero, amigos, uno, aparte de cobarde, pusilánime, perezoso, catastrofista y otras simpáticas virtudes, es asquerosamente educado. De manera que mascullo un ¡Ahora bajo! y corro a colocarme unos ridículos pantaloncillos de pijama a topos, mientras pienso constantemente en Chus Lampreave en pelotas para devolver a mi viejo compañero de empujones a su estado normal de recogimiento. Le doy el toque al colega de la fragoneta, discretamente, claro, repito que la puta educación siempre está ahí, y el hombra asiente mientras mueve la cabeza como diciendo: "es que no se enteran", le echa la culpa a los fulanos de las oficinas (y yo le doy la razón, temeroso de que si lo mosqueo use el sobre para limpiarse el ojete) y, supongo que ante la vista del triste despojo humano que a duras penas se aguanta de pie en el umbral de la puerta, musita un "siento haberle despertado". Me extiende el recibo y me pregunta cómo salir de mi pequeño callejón. Durante unos momentos valoro la posibilidad de decirle que siga todo recto, a ver si hay suerte y encalla la puta furgoneta en la calle cuando ésta se estreche más todavía, pero... sí, la puta educación. Le indico cómo salir del pueblo y vuelvo a suplicarle a Morfeo que me acoja de nuevo entre sus brazos, mientras pienso incoherencias sobre el asqueroso grupo El sueño de Morfeo y pienso que a ellos sí deberían dormir hasta que el único elemento vivo sobre la tierra fueran las amebas, pero yo mismo me doy cuenta de que estoy perdiendo los papeles, y me meto en la cama antes de que me de por limpiarme el culo con el resguardo.

2 comentarios:

  1. Me dosifico leyendote cada día,me meto en tu personaje,porque eres tu de verdad?.Me tienes con la sonrisa permanente,arrugas de expresión es lo que me estas dejando.Mañana más.

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  2. Sí, soy yo, desgraciadamente, jajaja. Es lo que hay, Celebro que, por lo menos, mis pequeñas desventuras sirvan para arrancarte una sonrisa. Besos.

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