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29 de enero de 2017

El Apagón

El apagón sorprendió a Marta cuando comenzaba a enseñorearse de ella la agradable laxitud premonitoria del sueño, y sus pensamientos se diluían y mezclaban con la irrealidad onírica. Fue una simple cuestión de mala suerte. Unos instantes más tarde, y la súbita irrupción de la oscuridad hubiera encontrado a Marta plácidamente dormida, pero sus ojos no habían acabado de cerrarse cuando los objetos desaparecieron de manera brusca para ser sustituidos por una negrura densa, sin concesiones al más mínimo resquicio de luminosidad. Marta sintió el viejo terror irracional, el espanto que se agazapaba en su corazón y que ahora comenzaba a fluir, también negro y oleaginoso, atenazándola, clavándola a la cama como si una mano invisible la sujetara por el cuello, hundiéndola en lo que hacía unos instantes era un cálido colchón y ahora se le antojaba una asfixiante mortaja. Se vio de nuevo con siete años,  encerrada en la taquilla del vestuario, gritando, llorando acurrucada en el suelo, en la oscuridad, horas después de que el eco burlón de los niños hubiera desaparecido, y los diques cedieron. Lo intentó, buscó desesperada en su mente todos los mantras, todas las pautas que le habían intentado inculcar. Pensó en su pequeño hijo, que dormía plácidamente en la cunita de su habitación y que aquella misma mañana había empezado a gatear. Las risas, los aplausos, los besos… Intentó relajarse, respirar profundamente, centrarse en la mañana, en el dormitorio bañado de luz, en su marido abriendo la puerta de la calle al volver de la fábrica. Apeló, desesperada, a la lógica. Nada había bajo la cama, lo había comprobado antes de acostarse, como siempre. Solo unos plásticos que envolvían la cómoda nueva y que habían dejado allí para tirarlos al día siguiente. La puerta del piso estaba cerrada, protegida por dos sólidos cerrojos. También se había cerciorado de que estaban bien encajados. La colcha bien ajustada entre el colchón y la piecera, sin resquicio alguno por el que se pudiera escapar el pie y quedar al descubierto, expuesto a la oscuridad. De nada sirvió. La niña seguía allí, gritando, llorando, muerta de miedo, creyendo escuchar a cada momento unos pasos que se aproximaban, los pies de algo monstruoso que abriría súbitamente la puerta de la taquilla, enfrentándola a un horror sin límites.
Marta sintió que el corazón se le desbocaba, sin dejar de bombear torrentes de pánico, mientras helados latigazos de puro terror recorrían su espalda. Intentó encoger los pies y taparse la cabeza con la colcha, pero su cuerpo no le respondía. Solo podía pensar en la luz, y se aferró con desesperación a la idea de que en cualquier momento volvería a la habitación, expulsando a la oscuridad con la misma brusquedad con la que ésta había irrumpido en la estancia. La luz expulsaría a la negrura, al monstruo que se agazapaba en el armario, a la criatura que en cualquier momento surgiría de debajo de su cama para agarrarle los pies. Ahora, ahora… Marta escuchaba el latido de su corazón, le parecía que se expandía por la habitación, ocupando hasta el último rincón con su “bum bum” frenético. Intentó tragar saliva, respirar, luchar por apaciguar las salvajes palpitaciones, por controlar el terror…
El ruido bajo la cama la hizo gritar. Un chillido más propio de una lunática que largaba amarras de los territorios de la cordura que de una mujer dueña de sus actos. Sin darse cuenta, se encontró sentada en el lecho, rodeada por la oscuridad. No tuvo fuerzas para repetir el grito cuando el sonido se repitió. De manera inequívoca, provenía de debajo de la cama. Eran los plásticos que iban a tirar el día siguiente. Algo los estaba moviendo. No podía ser el viento. Las ventanas estaban cerradas. Algo reptaba y se retorcía entre los plásticos. Pensó, quiso pensar, en un ratón, en algún pequeño roedor que desaparecería en cualquier momento, pero lo que de lógico quedaba en su mente desechó la idea en cuanto al crujir de los plásticos se superpuso otro sonido, una espantosa caricatura de respiración, algo así como el jadeo burbujeante de un asmático en una crisis. La respiración bestial de un ser que unos instantes se alzaría frente a ella, mirándola con sus ojos rojos, abriendo una boca desmesuradamente grande, erizada de colmillos afilados… Marta gritó, pero el chillido se interrumpió nada más nacer, cuando un pinchazo en el corazón de Marta tensó todo su cuerpo sobre la cama, para después proyectarla hacia atrás, mientras una oscuridad todavía más densa la envolvía.

El marido de Marta nunca logró olvidar lo que vio en su dormitorio cuando volvió de trabajar. Sus infrahumanos gritos de horror despertaron a todo el vecindario. Seguía gritando enloquecido cuando los vecinos, tras forzar la puerta de su piso, lo encontraron. Su mujer yacía boca arriba en la cama, los ojos espantosamente abiertos, las manos contraídas y agarrotadas aferrando el borde de las sábanas. Muerta. Muerta de miedo. Pero no menos horroroso fue lo que encontraron debajo de la cama. Un pequeño cuerpo que, gateando, había ido a enredarse en unos plásticos, muriendo asfixiado bajo el lecho.

3 comentarios:

  1. Tremendo el desenlace. Me ha gustado mucho el tempo, cómo se sujeta la tensión. Gracias por compartirlo.

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    1. Muchísimas gracias por leerlo y por tu opinión, un saludo. Celebro que te haya gustado.

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  2. Qué miedo me has hecho pasar. Muy bueno artista.

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