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17 de diciembre de 2016

Dallas 1963

A Abraham Zapruder, un sastre con cara de sastre de cincuenta y ocho años de edad, le dolía la mano. Hacía tiempo que esperaba en su privilegiada posición, en lo alto de uno de los pilares cercanos a la pérgola de la Plaza Dealey. Aguardaba, como gran parte de los ciudadanos de Dallas, a John Fitzgerald Kennedy, y cada elevación del murmullo de los ciudadanos, nerviosos y alterados ante cualquier sonido proveniente de Houston Street, provocaba que de manera automática alzara la cámara para no perderse la aparición de la caravana presidencial. Por fin, tras una sucesión de falsas alarmas, el típico estruendo de las Harley Davidson anunció la entrada en Elm Street de los motoristas que encabezaban la comitiva. Abraham respiró hondo y volvió a levantar el tomavistas, intentando controlar su respiración para estabilizar la máquina y que la película no saliera movida. Tras filmar a los motoristas durante unos breves instantes, giró con rapidez el tomavistas y volvió a enfocar la curva, frente al almacén de libros escolares. Tras unos segundos de incertidumbre, el Lincoln Continental donde viajaba el Presidente tomó la curva con pausada majestuosidad. A Zapruder le recordó, por la forma en la que casi parecía deslizarse por el asfalto, al lento navegar del barco en el que había llegado a América más de cuarenta años atrás. El hombrecillo de las gafas redondas, el emigrante huido de la Rusia revolucionaria, pensó en la historia que le contaba su madre cuando era pequeño, sobre la ocasión en la que había visto de lejos la comitiva del Zar en un viaje a Moscú. Y allí estaba él, a miles de kilómetros, mirando a través de la lente de su tomavistas al hombre más poderoso de la más poderosa de las naciones. No obstante, durante unos brevísimos instantes, no fue el saludo del Presidente, o su sonrisa, o el vestido de Chanel que lucía Jackie lo que llamó su atención, sino un niño de pantalones rojos y camisa blanca que corrió en paralelo al coche de Kennedy durante un par de metros, antes de quedarse parado sobre el césped de la plaza.

Abraham no asoció el primer estampido a un disparo. Pensó, como muchas otras personas ese día, en un petardo, o en la explosión de la rueda de un coche. Estaba maldiciendo mentalmente al letrero que durante unos instantes le tapó la visión de la limusina cuando sonó la segunda detonación. Cuando el cartel desapareció y el coche volvió a aparecer en el visor de su tomavistas, observó estupefacto cómo el Presidente y el Gobernador Connally se retorcían en sus asientos, como zarandeados por una mano invisible. El brazo de Abraham se tensó, y en uno de los revoloteos inexplicables de la mente humana en una situación de tensión, el sastre agradeció que esa tensión le ayudara a mantener el tomavistas estable en su mano.

Cinco segundos. Una fracción de tiempo que normalmente se desliza de manera intrascendente por la Historia, pero que a Abraham Zapruder, aquel día de noviembre de 1963, se le antojó una eternidad. El mundo pareció frenarse, avanzar al ralentí, como si imitara el lento avance de la limusina presidencial, mientras Jackie, la Primera Dama de sonrisa deslumbrante que enamoraba a América, pasaba un brazo por encima de los hombros de su marido, como si en lugar de un balazo fuera víctima de una indisposición repentina. Cinco segundos inacabables en los que el desconcierto se adueñó del público de la plaza Dealey, congelando los aplausos, convirtiendo las risas en muecas de estupor, transformando a los ciudadanos que vitoreaban a Kennedy en autómatas sin alma súbitamente desconectados a la vez. Abraham sintió que hasta la brisa se paralizaba, y un atronador silencio se apoderaba de la plaza. Fue entonces cuando sonó la última detonación y el lado derecho de la cabeza del Presidente se volatilizó en una macabra lluvia de fragmentos de hueso, sangre y trozos de cerebro. De manera súbita, el tiempo pareció querer recuperar su velocidad habitual, e incluso a superarla, como si fuera una bobina de cine manejada por un operario inexperto, y a Abraham le pareció que todo discurría a una velocidad disparatada. El escolta trepando a un estribo del Lincoln, Jackie gateando desesperada por la parte trasera del coche, el conductor acelerando en medio de los gritos histéricos de la gente… todo se tiñó de vértigo, de prisas y de confusión.


Abraham Zapruder tuvo la impresión de que jamás podría bajar el tomavistas, como si estuviera hechizado por el monótono ronroneo de la máquina, prisionero de aquel momento terrible que solo él había podido filmar. Por fin, apelando a toda su fuerza de voluntad, detuvo el tomavistas y lo dejó caer laxo a lo largo de sus piernas, mientras permanecía parado mirando estúpidamente la calzada vacía. Durante los años venideros le preguntarían hasta la saciedad cómo había vivido esos momentos, hasta el punto de convertir sus respuestas en una sucesión de tópicos repetidos con desgana. Jamás dijo que en aquellos momentos, cuando fue consciente de lo que había pasado, solo pudo pensar en el niño de los pantalones rojos y la camisa blanca, y en cómo se habría sentido cuando vio la cabeza del presidente estallar como una sandía madura.

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