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9 de octubre de 2016

M.A.R.Y.

El doctor Poch, responsable del Proyecto Planeta 5, permanecía hierático e inexpresivo, arrellanado en su confortable sillón frente a uno de los enormes monitores de la sala 36 del Centro de Control de Experimentos Evolutivos. Parecía hechizado por el parpadeo del cursor en la caja de la contraseña, justo en medio de la pantalla. Por fin, como si un invisible hipnotizador hubiera chascado los dedos liberándolo del encantamiento, suspiró largamente, se enderezó en su asiento y tecleó la clave: MARY27P5. Instantáneamente, todas las pantallas de la sala cobraron vida, mostrando con nitidez las imágenes que enviaban las cámaras de la zona de experimentación y las naves de observación estacionadas a varios kilómetros de altura sobre ella. El doctor Poch sonrió. Le gustaba el experimento 27. Básicamente consistía en lo mismo que los otros 26, esto es, abandonar en un planeta inhóspito a un numeroso grupo de presidiarios a los que se les había borrado completamente la memoria, devolviéndolos a un estado salvaje y primitivo, y estudiar su evolución, introduciendo algunas variables que cambiaban en cada experimento. Más tarde o más temprano, los descendientes de los presidiarios, tras miles de generaciones, llegaban al Punto de Colapso que hacía inevitable la limpieza total del planeta y sus habitantes y el comienzo de un nuevo experimento con un relevo de condenados y nuevas variables en sus inicios. El motivo de su regocijo era que se había permitido una pequeña travesura, relacionada con la variable Religión. Según el protocolo, tras unas generaciones sin apenas intervención de los responsables del experimento, en las que los presos se limitaban a cazar, pescar, recolectar y, en definitiva, a sobrevivir en un ambiente hostil, se introducía el Elemento Religioso. En el estado primitivo del grupo, cualquier cosa les proporcionaba un punto de partida para desarrollar un embrionario concepto de la explicación sobrenatural a su presencia en aquel inhóspito planeta. La travesura que tanto divertía al doctor Poch consistía en ese catalizador inicial. Desdeñando las habituales apariciones revestidas de mágica majestuosidad de algunos androides de las naves de observación, acompañadas de un espectacular despliegue de luz y sonido, él había optado por escoger un objeto salvado de la limpieza del Experimento 26, uno de los que más se había desarrollado antes del habitual Colapso Total. Un pequeño divertimento sin importancia, al fin y al cabo, pero con un toque de originalidad que, dentro de la absoluta rigurosidad del experimento, le proporcionaría algunos momentos de solaz para sobrellevar mejor la tediosa contemplación del proceso evolutivo de los individuos. El doctor Poch ajustó algunos parámetros, dictó algunas observaciones y se dispuso a observar…
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Ainui, con total conciencia de su importancia como Sumo Sacerdote de la Diosa, encabezaba con majestuosidad el cortejo que se encaminaba con parsimonia, entre cánticos y danzas de los habitantes del valle, hacia la enorme gruta donde moraba la deidad benevolente que les favorecería en una nueva temporada de lluvias. Unos pasos por detrás de Ainui, también imbuidos de la solemnidad que la ocasión requería y orgullosos del honor que se les había hecho,  caminaban los elegidos para servir a la Diosa y obtener su favor antes de que el agua comenzara a caer. Los dos desfilaban ataviados con los trajes rituales, hechos a imagen y semejanza de las sagradas imágenes que reposaban junto al cetro de la diosa en la habitación de los muros mágicos. Los tejedores habían hecho un gran trabajo, y nada tenían que ver los atuendos actuales con las burdas y lamentables imitaciones de antaño. Se había conseguido imitar con bastante fidelidad los amplios ropajes de la Diosa, la tela que llevaba al cuello y el tocado negro con flores de la cabeza. También se notaba el esmero en la elaboración de la vestimenta del muchacho que representaba al esposo de la diosa, con sus ropas negras ceñidas y la cara tiznada con restos de madera calcinada por el fuego. Los dos portaban sobre sus hombros los cetros sagrados. El del muchacho era prácticamente igual que el original, un largo palo coronado por unos pelos tiesos que se habían podido imitar bastante bien con delgadas lianas teñidas de negro. El cetro de la muchacha era otra cuestión, ya que distaba mucho de parecerse al auténtico, expuesto en toda su magnificencia dentro de la pequeña habitación de los muros mágicos. Ainui pensaba que era ingenuo pretender igualar la sobrenatural perfección del sagrado instrumento, por lo cual se daba por satisfecho con la pobre imitación hecha con ramas de árbol y hojas de palma teñidas.
Por fin, la comitiva llegó a la gruta que albergaba la habitación de los muros mágicos. El gentío cesó en sus danzas y cánticos y entró ordenadamente en la inmensa caverna, iluminada por la cientos de antorchas cuyas sombras danzantes producían un temor supersticioso entre los congregados. La minúscula habitación de los muros mágicos estaba en medio de la caverna, sobre un pequeño montículo de piedra. Unos rayos de luz cenital, filtrados por unas aberturas en el techo de la gruta, caían sobre el cubículo transparente, iluminando el cetro sagrado y las imágenes de la diosa. Los habitantes del valle lo miraban arrobados de fervor religioso. El largo palo curvado en un extremo y tallado con extrañas inscripciones, las varillas brillantes que surgían de la parte superior, sujetando un tejido negro y brillante como nadie había visto jamás. Ainui se arrodilló frente a la habitación, tocando con las palmas de las manos el material frío y transparente que protegía el cetro. Musitó las oraciones que se habían transmitido de sacerdote en sacerdote, de generación en generación, luego se volvió hacia los muchachos, que aguardaban entre él y la multitud, y levantó las manos en alto para que comenzara la danza ritual. La muchacha levantaba su cetro en alto, mientras el chico danzaba en torno a ella, imitando las posiciones de las imágenes. Lo hacían bien, la diosa estaría complacida. Tras el baile, el sacerdote los condujo tras el pequeño montículo donde descansaba el cubículo, hasta el borde de la sima que los conduciría directamente al servicio de la Diosa. El pueblo cantaba una letanía obsesiva, un crescendo que pronto llenó hasta el último rincón de la caverna con una plegaria monocorde. Tras un leve momento de vacilación, la pareja saltó, ella siempre con el cetro en alto, en medio del rugido de satisfacción de la multitud.
Ainui estaba solo. Todos se habían marchado, confiados en que la Diosa estaría satisfecha y la temporada de lluvias sería favorable. Musitó una breve plegaria frente a la habitación del cetro, y una vez más examinó, sin entender, los extraños signos trazados en una placa de metal dorado. Los podría dibujar de memoria, pero le resultaban ininteligibles:

PARAGUAS USADO EN EL RODAJE DE LA PELÍCULA “MARY POPPINS”
MUSEO DEL CINE DE SAN FRANCISCO
1964

 Algún día la Diosa le daría el entendimiento para interpretarlos, pero entretanto, solo cabía tener Fe… Salió caminando despacio de la caverna, sintiendo, como siempre, aquellla extraña e inquietante sensación de escuchar una carcajada sofocada en medio del aire denso de la cueva.


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