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3 de junio de 2014

El blues de la ciudad abrasada.

El viejo del traje negro parecía estar en las últimas, pero bailaba bien, con chulería de bluesman alcohólico. Me gustaba cómo sonaban sus zapatos sobre el asfalto caliente. Mi ciudad, esa puta cara, sonreía y me mostraba sus encantos. Olía a piel de mujer acariciada por un sol perezoso, lúbrico. Y todo era gratis. De pronto, me di de bruces con él. Sentado en una vieja silla de ruedas, aferrado a un micrófono conectado a un magnetófono destrozado. Cantaba, intentaba cantar. Cerré los ojos, pidiendo que parara, por favor. Su alma supuraba y el aire se pudrió de golpe, la tregua acabó, y él era joven, sólo nos separaba un golpe de mala fortuna, un mal nacimiento, una mala caída. La puerca mala suerte. Cuando volví a mirar él callaba, fatigado, y una puta vieja y devastada desafinaba al micro. Seguí caminando, y ya nada era gratis, y el sol sólo un jodido disco molesto y abrasador en el cielo.

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