Páginas vistas en total

9 de noviembre de 2011

Corazones suspendidos


Damián Betancourt llevaba más de tres horas encerrado en el ascensor, entre los pisos 8 y 9 del edificio donde residía, cuando sintió un agudo pinchazo en el pecho y cayó de rodillas, boqueando como un pez fuera del agua por el dolor. Aferrando su pecho con la mano izquierda, buscó en el bolsillo de su americana el bote con las pastillas; tras ímprobos esfuerzos, logró desenroscar la tapa y colocarse la píldora salvadora bajo la lengua. Poco a poco el dolor lacerante se fue convirtiendo en un latido sordo y lejano que disminuía por momentos. Ahora notaba dolor en sus rodillas y, mentalmente, bendijo ese dolor, cotidiano e integrado en su persona, en contraste con la cuchillada asesina y traicionera que acababa de soportar. Se incorporó levemente hasta quedar en cuclillas y, agotado y sudoroso, se sentó en un rincón del ascensor. La garganta le dolía. Tres horas. Tres largas, inacabables horas, en las que se había desgañitado gritando hasta la extenuación, intentando llamar la atención de sus vecinos. Damián no tenía claustrofobia. No le suponía ningún problema subirse a un ascensor o permanecer un tiempo en un espacio estrecho. No era la primera vez que se quedaba atrapado en el ascensor de su edificio. Pero nunca durante tanto tiempo. Y, lo que era más extraño, sin que nadie acudiera a rescatarlo. Cuando el ascensor se paró con un crujido brusco y siniestro de su vieja caja de madera, Damián pulsó, como siempre, el botón de llamada que activaba el timbre de la portería. Esperó pacientemente escuchar la cazallosa voz de Matías, el portero, un tipo que refunfuñaba y maldecía entre dientes ante el más mínimo contratiempo o alteración de su sempiterna rutina de televisión y periódico deportivo. Pero Matías no apareció. Cuando se cansó de apretar el botón y esperar al portero, Damián comenzó a gritar. Cada vez más nervioso, cada vez más fuerte, cada vez más desesperado. Hasta que llegó el pinchazo en el pecho.

Damián se acomodó, apoyando su espalda en una esquina del viejo ascensor. No lo comprendía. No vivían demasiados vecinos en el edificio, pero los suficientes como para que alguno hubiera escuchado sus gritos de socorro. Era un día laborable normal y corriente, y el ascensor se había parado a las 10 de la noche. Era imposible que nadie le hubiera escuchado. ¿Acaso ignoraban deliberadamente sus gritos? Un silencio ominoso planeaba sobre la cabina del ascensor, apenas iluminada por la lánguida luz de una bombilla sucia y desnuda que parecía a punto de morir amenazada por la densa negrura que se adueñaba de las esquinas del habitáculo. La débil luz y la inquietante oscuridad se combinaban para dotar al reducido espacio de una atmósfera onírica e irreal. Damián estaba asustado. Asustado y débil. Notaba en su boca el amargo sabor químico de la pastilla que se deshacía lentamente bajo su lengua. Intentó analizar con frialdad su situación. Su situación debía tener una explicación lógica. Resultaba ilógico el hecho de que nadie, ni el portero ni ninguno de sus vecinos, acudiera a rescatarlo, pero más peregrinas se le antojaban las teorías que elaboraba a partir de ese hecho. ¿Una broma pesada de sus vecinos? Era absurdo. Eran gente seria y agradable, no un hatajo de descerebrados gamberretes amantes de las gansadas. Además, todos sus vecinos estaban al tanto de su enfermedad. No habrían llevado tan lejos una broma de ese calibre.

Damián siguió dándole vueltas al asunto mientras intentaba calmar sus nervios y desechar las perturbadoras teorías que su mente elaboraba sin cesar. Cerró los ojos e intentó calmarse, pero su imaginación creaba terroríficas criaturas que nacían en sus párpados cerrados, ejecutando siniestras cabriolas antes de desaparecer y ser sustituidas por otras, en espeluznante y continuo desfile. Damián se sintió niño de nuevo. Un niño desvalido, inerme y presa fácil de pesadillas nocturnas, de monstruos en el armario, de manos que surgen de debajo de la cama aferrando los pies, de ojos amarillos e inyectados en sangre que observan desde un cajón entreabierto. Abrió los ojos con brusquedad. Agitó el botecito de las pastillas, haciéndolas entrechocar, y su sonido le tranquilizó. Sofocó una risa nerviosa. A sus años. Un niño. Un mocoso de 70 años imaginando monstruos en un ascensor y agitando un grotesco sonajero para ahuyentarlos.

Damián decidió esperar. Tarde o temprano vendrían a buscarlo. Había, eso era evidente, una explicación razonable que escapaba a su entendimiento. Tenía que calmarse y esperar. Tenía sus pastillas. Apretó el bote con fuerza. Se concentró en calmar los latidos de corazón. En la soledad de la cabina le pareció escucharlos, rompiendo el silencio desde dentro de pecho. Recordó un cuento que había leído hacía tiempo, el del hombre que asesinaba a un anciano y ocultaba sus restos bajo unas tablas de una habitación. El que creía escuchar los latidos del corazón del viejo bajo el suelo y acababa delatándose a sí mismo. Damián se estremeció rememorando el ojo abierto y entelado del anciano del relato. Su mano izquierda recorrió la madera pulida y gastada de la cabina, y de repente se detuvieron en una rugosidad sobre uno de los listones. Damián recorrió los contornos de lo que parecían ser letras talladas sobre la madera. Helena. Hacía ya tantos años... Los recuerdos estallaron dentro de su cabeza, adueñándose de su mente en tromba. Se recordó a sí mismo, y a Helena, cogidos de la mano, girando por una esquina, con una bolsa de champán barato y golosinas, atrapados por una ráfaga de viento, danzando entre las hojas que giraban a su alrededor. Besándose y riendo entre los remolinos de aire, restallantes de presente e ignorantes del futuro. Se recordó tumbado en el suelo del ascensor, tallando torpemente el nombre de Helena y el suyo propio encerrados en un corazón mientras ella se moría de la risa. Pero no podía ser... no era aquel ascensor... Damián se sintió cansado. Sintió como un sopor preludio de un sueño reparador se apoderaba de su cuerpo. Sin darse cuenta, Damián se quedó dormido.

Matías, el portero, abrió la puerta del ascensor con su llave de seguridad, apenas unos minutos después de escuchar el timbre de emergencia. Desbloqueó el mecanismo e hizo subir el ascensor hasta que las puertas de la cabina de metal pudieron abrirse. Los fluorescentes lo deslumbraron durante unas centésimas de segundo, y cuando sus ojos se acostumbraron a la intensa luz del interior pudieron contemplar el cadáver de don Damián, sentado en una esquina del habitáculo, la mano derecha aferrada a su pecho y la cara contraída en una mueca de intenso dolor. En una esquina, donde había rodado fuera de su alcance, había un bote de plástico con unas pastillas en su interior. Su mano izquierda, posada en el bruñido metal, parecía reseguir una forma inexistente...

7 comentarios:

  1. Describes una muerte entre sombría y dulce que puedo imaginar, con fotogramas, en una vuelta al pasado sin retorno de un niño con sus miedos, de unos jóvenes enamorados, de unos recuerdos que no volverán. El bote plástico rodando antes de quedar quieto con su nitroglicerina salvadora, que tal vez no estaban destinadas a resolver el momento, lo borda.
    Un relato muy visual, que me ha encantado Hank.
    Un fuerte abrazo.

    ResponderEliminar
  2. La luz desnuda se va tornando blanca y subyugante, el anciano recuerda su amor perdido y la ausencia de contacto humano le lleva a buscar una razón que es la muerte.
    Me ha encantado, un saludo

    ResponderEliminar
  3. Muchísimas gracias por vuestros amables comentarios. Me alegra mucho que el relato os haya gustado.

    ResponderEliminar
  4. Bueno de verdad! me gusta y mucho!
    Un abrazo escritor! ML

    ResponderEliminar
  5. ¡Muchas gracias, guapetona! Tú siempre tan amable... Besos desde Barcelona.

    ResponderEliminar
  6. coleoptero10:31 p. m.

    Sigue escribiendo. Tú vales. Saludos.

    ResponderEliminar
  7. ¡Muchas gracias, cole! Me alegra que te haya gustado, un saludo.

    ResponderEliminar