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16 de agosto de 2011

¡Salta, campeón!

Habían pasado treinta años. En el gimmasio, solitario y ruinoso, parecían resonar sus gritos, sus burlas, el coro de risas de mis compañeros. ¡Salta, campeón! ¡Salta, héroe! El anciano miró el plinto y me dirigió una mirada de súplica. Apreté un poco más la punta de la navaja contra el cuello del niño encapuchado. ¡Salta, campeón! ¡Tú puedes! Tras el potro, las puntas de acero afilado sobresalían del suelo como las espinas de un erizo metálico. El eco de las risas... El anciano comenzó a trotar.

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