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21 de marzo de 2017

El señor Joan

Ayer se llevaron al señor Joan. El Jordi, que vigilaba nuestra cabaña, vino a avisarnos, que había visto unos camiones militares por el camino, que corriéramos, que iban para donde el señor Joan y la señora Rosita. Fuimos corriendo y los espiamos escondidos detrás de unas piedras. Los vimos bajar de los camiones, con unos uniformes muy chulos pero que daban bastante miedo, con aquellas máscaras de goma y unas metralletas negras, pequeñas. Apartaron a empujones a  la señora Rosita, que lloraba y gritaba, que no se lo llevaran, por Dios, que ella lo tenía bien vigilado, que no se podía escapar, pero ellos no le hicieron caso y luego los perdimos de vista cuando entraron en las tomateras apuntando hacia delante con las metralletas. Escuchamos un golpe, y el sonido de una madera rota. Nosotros sabíamos que era la habitación donde la señora Rosita escondía al señor Joan. Escuchamos más ruidos y gritos de los soldados, y después de un rato sacaron al señor Joan arrastrándolo por el suelo hacia uno de los camiones, con los brazos sujetos y la boca tapada con una máscara. La señora Rosita corrió detrás gritando y llorando, no os lo llevéis, por lo que más queráis, no os lo llevéis, yo lo vigilo, siempre está atado, pero ellos volvieron a apartarla mientras subían al señor Joan a uno de los camiones, la voz de los soldados sonaba rara cuando le decían que se mantuviera alejada y clavaban la punta de las metralletas en la barriga de la señora Rosita, pero ella siguió gritando que no se lo llevaran, no paraba de gritar mientras los camiones arrancaban y se iban, y ella los siguió, y nos daba mucha pena, hasta que no pudo más y se paró en medio del camino y se dejó caer de rodillas al suelo. No sabemos quién se lo habrá dicho a los soldados.  De verdad que nosotros no fuimos. No dijimos ni una palabra, ni a nuestros padres ni a las personas que contestan el teléfono que sale siempre por la tele. Lo juramos en la cabaña y hasta el Oriol, que a veces se chiva de alguno de nosotros en el cole cuando nos vamos detrás del vestuario a fumarnos un cigarrillo, juró que nunca diría nada y que se murieran sus padres y su hermanita si él se chivaba. A nosotros nos caía bien el señor Joan.  Hacía como que se enfadaba con nosotros cuando nos pillaba en su huerto robándole melocotones, pero al final se le escapaba la risa, que chiquilllos estos, son de la piel del diablo, y nos dejaba que cogiéramos unos cuantos mientras nos explicaba historias de cuando él era joven. A veces la señora Rosita, que también era muy amable, nos sacaba limonada de una nevera que tenían en la habitación. Cuando llovía todos los niños salíamos a buscar caracoles para venderlos, y siempre guardábamos los mejores para el señor Joan. Le gustaban mucho. A veces, nos llevaba a pasear por el campo y nos explicaba cosas del pueblo, o nos enseñaba cuevas escondidas, o fuentes tapadas por las hierbas. Cuando salía solo se iba muy lejos, y la señora Rosita le regañaba, porque a veces al señor Joan se le olvidaba ponerse la pulsera. El señor Joan la escuchaba y luego se reía. Que sí, que  era un despistado, pero  que tampoco había para tanto, que qué quisquillosa se estaba volviendo con la edad… Y ella, que no te rías, Joan, que ya no eres tan joven, que la tele ha dicho que el bosque todavía no es seguro, que a ver por qué narices te molesta tanto la pulsera, si apenas se nota, mira, yo la llevo hasta para ducharme… A mí una vez, con las prisas por salir con mis amigos, se me olvidó ponerme la pulsera. Cuando volví, mi padre estaba muy enfadado. Nunca lo había visto así. Me gritó y me pegó como si estuviera loco. Mi madre lo sujetaba y yo lloré mucho. Estuve horas encerrado en mi habitación. Luego mi padre entró. Tenía los ojos rojos. Me abrazó y me pidió perdón, y me dijo que salir a la calle sin la pulsera era muy peligroso, y que si me pasaba algo él se volvería loco, y muchas cosas más. Tenía razón, pero aquel día yo lo quise un poco menos. Eso sí, ya nunca se me olvida ponerme la pulsera. No sé a dónde se habrán llevado al señor Joan. Nadie en el pueblo sabe dónde se los llevan, y nadie quiere hablar de eso. Bueno, nadie de los mayores. El Hassan dice que los llevan a un sitio que tiene unos hornos, y que allí los matan y los queman, y el Arnau le dice que no, que ya no hacen eso, que ahora los llevan a una especie de laboratorio muy grande con unos muros muy altos, y que allí experimentan con ellos.  Yo creo que ninguno de los dos tiene ni idea, y que lo dicen para hacerse los chulitos, pero me da igual. Cuando los camiones han desaparecido a lo lejos hemos salido del escondite y hemos ido al camino. La señora Rosita seguía llorando de rodillas, tosiendo por el humo del camión y tragando el polvo que habían levantados las ruedas al marcharse. No hemos sabido qué decirle, y el Toni le ha dado unas flores que hemos cogido entre todos. Al final la hemos ayudado a levantarse. Sólo lloraba y decía te lo dije, Joan, ponte la pulsera, que un día te van a morder por ahí, te lo dije, te lo dije, te lo dije, y así todo el rato. La hemos sentado al lado de la habitación y hemos visto las cadenas tiradas en el suelo. Todos teníamos ganas de llorar, hasta el Arnau, que va de duro por la vida, pero nos hemos aguantado las lágrimas y al final nos hemos marchado. Teníamos que ir a ver al Xavi, que nos esperaba en la cabaña. Bueno, lo de esperar lo decimos nosotros, porque parece que al Xavi le dé igual que vayamos o no. Parece mentira que no nos reconozca. Con la de veces que hemos jugado juntos… Pero nos da igual. Nos sentamos en la cabaña con él y hacemos ver que no ha pasado nada, y le contamos cosas del colegio, que el Jordi le ha pedido de salir a la Marta y ella le ha dicho que no, y que ayer le pinchamos las ruedas al coche del  profe de Física, y le decimos no te preocupes, Xavi, que no te encontrarán nunca, que la cabaña está muy bien escondida. Le damos la comida que nos ha preparado su madre, que llora siempre cuando nos da el cubo y nos pide por favor que vayamos con cuidado, que no nos vean los vecinos,  pero no se lo decimos, aunque si se lo dijéramos le daría igual,  y hablamos de nuestras cosas.  Nos da un poco de asco verle comer, y huele mal, pero es nuestro amigo, y yo digo lo que me dijo una vez mi padre, que los amigos son lo mejor del mundo y que nunca, nunca, hay que darles la espalda. Bueno, en el caso del Xavi, más todavía, porque si te descuidas te muerde. Pero no se lo tenemos en cuenta. Es nuestro amigo y lo queremos. Nuestra cabaña está muy bien escondida, y los soldados nunca lo encontrarán. Ni siquiera el chivato del Oriol se atreverá a decir nunca nada. Se lo hemos hecho jurar por sus padres y por su hermanita. 

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