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5 de marzo de 2015

Todos ríen.

Ha pasado mucho tiempo desde que escribí un relato. Demasiado. Bloqueo, pereza... no sé explicar las razones. La verdad es que echaba de menos la sensación de dar por terminadas las correcciones del texto, suspirar y pensar: otra criatura al mundo. La nueva "criatura" se llama "Todos ríen". Un cuento largo, mucho más de los que estaba escribiendo últimamente. Hacía años que no escribía un cuento de casi cinco paginazas... Como siempre, la idea apareció un buen día, y aquí está. Obviamente, el relato es deudor de Poe (Edgard, Edgard, ¿cuándo dejaré de ir a parar a ti?), ahí están "La carta robada" y, quizás de una manera más tangencial, "El corazón delator". Como siempre, no lo busqué, pero ahí están las lecturas y las imperecederas influencias del maestro. Espero que disfrutéis de su lectura tanto como yo he disfrutado escribiéndolo.

TODOS RÍEN

Todos ríen

Todos se ríen de mí. Desde el alcaide de la prisión hasta el último preso que ha llegado, ese que avanza muerto de miedo por los pasillos, con su hatillo de ropa en las manos, escuchando los insultos y amenazas de los presos más veteranos. Incluso ese preso, que por las noches ahoga el llanto con la cabeza incrustada en la almohada de su jergón al pensar una y mil veces en su penoso destino y en los años que pasará en esta ratonera, estalla en carcajadas incontrolables cuando le hablan de mí y de las circunstancias que me llevaron a la cárcel. ¡Cuánto más hubiera yo preferido ser recibido como él, con insultos, gritos, gestos obscenos…! Una y mil veces hubiera optado por ese desfile vergonzoso, entre los escupitajos, las amenazas y el ruido infernal de los presos agitando las rejas de sus celdas, que caminar como lo hice, entre el estrépito de las carcajadas, viendo cómo los presos se doblaban de la risa a mi paso, las caras congestionadas por una incontrolable hilaridad. Las risotadas me atormentan por las noches, cuando la galería queda en silencio y solo algún sollozo sofocado rompe el sosiego de la prisión. Ni siquiera el recuerdo de las cosas perdidas, mi familia, mi libertad, mi honor, todo lo que había sacrificado en aras de una venganza obsesiva y enfermiza, era tan lacerante como esas risas incontrolables que, aún en el silencio nocturno, restallaban dentro de mi mente. Ni un solo momento, desde que la policía vino a buscarme para llevarme al invernadero del viejo y enfrentarme con el cadáver de mi víctima y, ¡ay de mí!, con la concluyente e hilarante prueba de mi culpabilidad, he dejado de escuchar las risas. Debo reconocer que, en un principio, los agentes intentaron mantener la compostura, supongo que más por respeto a mi aterrorizada familia que por deferencia hacia mi persona. Mas, cuando los agentes lograron zafarse de mi suplicante esposa y me arrastraron por las escaleras hacia el coche que nos esperaba frente a mi casa,  sólo bastó un atisbo de risa en uno de ellos para que todo el grupo estallara en las risotadas que, desde aquel momento, no dejarían de acompañarme. Rieron ellos, rió el agente que nos esperaba frente al invernadero y de risa moría el juez que me enfrentó al chapucero resultado de mi pretendidamente perfecto crimen. No hizo falta investigar. Confesé. ¿Qué otra cosa podía hacer? Acepté, como no podía ser de otra manera, mi culpabilidad. Obviamente, hubo un juicio, y todavía recuerdo la cara congestionada del juez al intentar contener su risa mientras pronunciaba una sentencia que me condenaba de por vida a permanecer entre los muros de esta prisión, convertido en el hazmerreír de los presos, sin ni siquiera el consuelo del respeto que ofrece la triste veteranía de los años muriendo en vida o el haber cometido a sangre fría el terrible crimen que me ha traído hasta aquí. Todo se acaba perdonando entre los presos. Todo… menos la estupidez, el supremo error que me ha convertido en blanco de mofa, objeto de chanzas y mortificantes burlas sin fin.
¿Cómo pude ser tan necio? ¿Cómo pasé por alto un detalle tan evidente, después de tanto tiempo planeando el asesinato perfecto, el crimen sin fisuras que evitaría la más mínima sospecha sobre mi persona? Durante meses valoré de forma obsesiva las diversas opciones que la ejecución de mi plan me ofrecía, contemplé objeciones, imponderables, hasta la más mínima variable que pudiera relacionarme con la muerte del viejo. ¿Cómo pude no ver lo que tenía prácticamente frente a mis ojos?  Muchas veces, en medio de mi obsesivo rumiar sobre el fallo que me había llevado a la cárcel, y que seguramente me arrastraría a la locura, creía ver la cara burlona de Edgar Allan Poe, musitándome al oído: “Recuerda La carta robada…”. Era ese uno de los raros momentos en los que me permitía unirme al coro general de carcajadas y contemplarme desde fuera, como el necio que se había enfrentado a una evidencia tan grande que, simplemente, no había sabido ver. Como en el genial relato del maestro, la carta siempre estuvo frente a mis narices.
He repasado una y mil veces en mi cabeza el plan que me habría de llevar a asesinar al viejo de una manera, llamémosla así, limpia, aséptica, que no habría de mancharme las manos ni implicarme en su muerte. No creo que a un hipotético lector le interesen los motivos que me llevaron a planear la muerte del viejo. Simplemente, un día ya muy lejano decidí que tenía que matarlo, y deposité cuidadosamente esa idea en el fondo de mi mente, larvada pero incuestionablemente viva, sin que el paso del tiempo limara aristas ni  erosionara el germen que llevaría a la inevitable muerte del anciano. Nada ni nadie me hizo desechar esa idea. Ni siquiera mi matrimonio, o el nacimiento de mis hijos, hicieron que me replanteara la cuestión. Por supuesto que estos acontecimientos cambiaron mi vida, pero de una manera sucia, orientada al crimen que rumiaba constantemente. Los celebré, en parte, porque la existencia de una familia en mi vida, de una mujer adorable y de unos niños encantadores, de un trabajo que me permitía una vida sin preocupaciones ni sobresaltos económicos, recubría el germen del crimen, la idea obsesiva del asesinato, con la coartada moral de una vida plácida y sin preocupaciones. ¿Qué persona, en su sano juicio, pondría en peligro todo lo bueno que en su vida existía para llevar a cabo una venganza enquistada en su mente desde hacía años?  Ahora, escribiendo estas líneas bajo la luz mortecina de la lámpara de mi celda, reconozco que era tan grande mi odio hacia el viejo, tan enorme mi deseo de venganza, que el precio de perder familia, trabajo y posición me hubiera parecido razonable con tal de haber disfrutado, después de tantos años, del placer de mi tardío y terrible desquite.
Aún recuerdo la salvaje excitación, la criminal energía con la que afronté, después de meses de planes, de vigilancia, de evaluar y desechar alternativas, el día tan deseado, el día en el que mi venganza se culminaría de una manera tan macabra y definitiva que sosegaría mi alma hasta el fin de mi existencia, que me permitiría, ahora sí, disfrutar plenamente de cuantas cosas buenas había podido atesorar. Ni siquiera puedo argumentar que esa sensación de poder extremo obnubilara mi entendimiento hasta el extremo de llevarme a cometer un error de proporciones tan oceánicas como el que dio con mis huesos en este pudridero humano, con el agravante de hacerlo convertido en el grotesco bufón que afronta su encierro como el blanco de bromas sin fin. Aunque sabía que el viejo jamás cambiaba unas rutinas que podría enumerar de memoria, desde que desayunaba en la cocina hasta que, un par de horas después de ponerse el sol, depositaba en una mesita de la biblioteca el libro con el marca páginas de plata para dirigirse al dormitorio, no dejé de vigilar la casa, atento a cualquier variación de sus costumbres, por nimia que fuese. Fueron cientos de horas, agazapado y escondido en un bosquecillo que dominaba la vivienda, atento a su cansino deambular por la casa, horas fácilmente justificables gracias a un trabajo que bien podía absorber todo ese tiempo, dado que no estaba atado a un horario rígido ni a una presencia obligada en la empresa que dirigía. Todo lo planeé tan minuciosamente que pude combinar con facilidad visitas a delegaciones, inspecciones y controles, con tal de arañar las horas que necesité para constatar que las rutinas del viejo seguían siendo tan invariables como treinta años atrás.
Y por fin llegó el día. Era un miércoles. Tenía que ser un miércoles, el día después de que el viejo aceptaba una mínima invasión de su sagrada soledad, en forma de repartidor de las provisiones para toda la semana. Nadie volvería a la casa hasta el martes siguiente, lo cual suponía un tiempo más que suficiente para que el viejo pereciera en medio de la espantosa agonía que le tenía preparada. No temía visitas inesperadas de familiar alguno, puesto que los pocos que le quedaban se habían desentendido del viejo hacía ya muchos años. Tampoco temía por apariciones inoportunas. Nunca, en mis muchas horas de vigilancia, había visto a nadie acercarse a aquella vieja construcción ruinosa que amenazaba con derrumbarse en cualquier momento. A pesar de no hallarse a demasiada distancia de la ciudad, su situación, incrustada en la tupida vegetación de una pequeña colina, no invitaba a visitas intempestivas. Abandoné con sigilo mi casa un par de horas antes del amanecer. Nadie se sorprendería al no encontrarme por la mañana, ya que había advertido el día anterior que marcharía temprano para inspeccionar unos terrenos en los que mi empresa estaba interesada de cara a una posible inversión, terrenos que yo ya había inspeccionado durante la semana anterior y cuyo informe guardaba en un cajón de mi despacho. Tenía por delante, por lo tanto, toda una mañana para llevar a cabo mi plan.
El plan. La magistral maquinación, sin fisuras ni errores, del Crimen Perfecto. ¡Qué poco podía sospechar, mientras me deslizaba con facilidad dentro de la casa del viejo, que lo que yo suponía la impecable urdimbre de un asesinato que quedaría impune e irresoluble acabaría convirtiéndose en una de las mayores chapuzas de la historia del crimen! Mi espíritu se inflamaba de una alegría bestial e incontrolada a medida que mis acciones se ajustaban como un guante a mi meticulosa planificación. Me orienté sin problemas en la semioscuridad de la cocina, localicé el bote de los azucarillos y los impregné con la toxina que causaría la lenta y agónica muerte del viejo, y sin hacer el más mínimo ruido me retiré por donde había entrado, dirigiéndome a mi puesto de observación en el bosquecillo, desde donde podría observar al viejo entrar en el invernadero y hacer mi aparición estelar, una vez que los efectos de la toxina se hicieran evidentes.
No tuve que esperar demasiado. Con británica puntualidad, el viejo salió por la puerta de la cocina, con su taza de té bien cargada de emponzoñada azúcar, y uno de los viejos periódicos cuyas olvidadas noticias releía de manera obsesiva mientras desayunaba. Vi cómo los gatos y sus pajarracos lo rodeaban, entorpeciendo su camino, y me pareció escuchar las cariñosas palabras del viejo, que sólo para aquellas bestias albergaba amor en su negro corazón. Sonreí al pensar que los únicos destinatarios de su afecto contribuirían a que su agonía fuera aún mayor.
El regocijo siguió adornando mi cara mientras observaba cómo el viejo removía su té, disolviendo en él los terrones envenenados, y apuraba la taza a lentos pero constantes sorbos. Era cuestión de minutos que la toxina empezara a circular por su torrente sanguíneo, y un enorme suspiro de alivio destensó mi cuerpo. Estaba hecho. Efectivamente, al cabo de unos pocos minutos el viejo lanzó un grito escalofriante, su cuerpo se envaró, rígido, y cayó pesadamente al suelo, espantando a pájaros y gatos en su caída. Fue entonces cuando me dirigí confiado hacia el invernadero, con la seguridad de que el viejo ya no podría escapar al fatal destino que le había preparado. Entré en el habitáculo, y en seguida me asaltó un calor bochornoso que casi al instante empapó mis ropas de sudor. Avancé hacia donde estaba tirado el anciano, boca arriba, pidiendo ayuda. La toxina que había ingerido había paralizado todos sus miembros. Podía mover la cabeza, pero sus brazos y piernas estaban afectados por una parálisis que ya no desaparecería. Silbando despreocupadamente, cogí una silla y me senté frente al viejo, de manera que pudiera verme y escucharme perfectamente.
No me extenderé sobre la charla, por llamarla así,  que mantuve con el viejo. En ella le informé de los motivos por los cuales había invertido gran parte de los esfuerzos de mi vida en prepararle una muerte espantosa. También le comuniqué que pasaría el tiempo que le quedaba de vida sin poder moverse ni un ápice del sitio donde estaba tirado. Sin comida, sin bebida, y con decenas de animales cada vez más hambrientos pululando a su alrededor. El viejo, claro está, suplicó, lloró, imploró por su vida o, cuanto menos, por un final piadoso, pero le dejé claro que no había dedicado buena parte de mi vida a urdir un plan tan meticuloso para obtener una venganza incompleta. Al fin, tras disfrutar durante un buen rato de las desgarradoras súplicas del anciano, me despedí de él con una burlona reverencia y me alejé del invernadero. Los llantos del viejo se mezclaban con los graznidos de los pájaros y los maullidos de los gatos, conformando una estridente barahúnda que me alegró dejar atrás.
Pienso ahora, mientras las lágrimas fluyen por mis mejillas y las líneas que escribo bailan difuminadas ante mis cansados ojos, en la sensación de cruel alegría, de incontestable triunfo, que embargó mi cuerpo durante los siguientes días. Entonces era yo el que reía, a menudo en los momentos más inoportunos, imaginando la pavorosa agonía del viejo. Esperaba, sobre todo, al siguiente miércoles. Supuse que el repartidor de las provisiones acabaría por encontrar el cadáver en el invernadero. El carcamal, a pesar de su voluntaria reclusión, había sido alguien importante, y la noticia de su horrible muerte no dejaría de ocupar un espacio en los diarios de la zona. Pero el miércoles no tuve tiempo de comprar la prensa, porque ya estaba encerrado a la espera de un juicio que a todas vistas era un mero trámite para certificar mi muerte en vida, dado lo incontestable de la prueba que me incriminaba en la muerte del anciano.
Como ya he dejado escrito, la policía vino a buscarme a mi casa. He de confesar que en un primer momento achaqué las risotadas de los agentes a mi cara de pasmo, reflejando sin duda el estupor que me producía haber sido descubierto, tan sólo unas horas después de haber descubierto el cadáver. Porque sí, fue el repartidor de las provisiones el que encontró el cadáver del viejo en el invernadero, tras llamar a la puerta de la casa infructuosamente. El plan no había fallado en lo que se refiere a la muerte. Tuvo una semana por delante para morir, y los gatos y pájaros tuvieron buena parte de culpa en sus padecimientos. Sobre eso me informaron, con frases entrecortadas por ataques de risa, los agentes que me custodiaban en el coche, mientras nos acercábamos a la casa del viejo. Yo callé, mientras mi cerebro trabajaba a toda velocidad intentando descubrir qué había podido fallar, qué parte de mi elaborado plan tenía una fisura que me había pasado desapercibida.
No tardé en descubrirlo. Entre risotadas de policías, fotógrafos y funcionarios judiciales, me enfrenté al cadáver, prácticamente devorado por sus animales. No sé si fue por la conmoción que me produjo enfrentarme a los deplorables restos de mi enemigo en circunstancias tan, llamémoslas así, tragicómicas, pero me dio la impresión de que lo que quedaba de sus labios se curvaba en una sonrisa burlona. Me preparé para hacer las más firmes protestas sobre mi inocencia, pero el sonido murió en mi garganta casi al instante de nacer. Con la boca abierta por la sorpresa, escuché mi nombre por todo el invernadero, acompañado de la palabra “asesino”. Fueron unos instantes de estupor, de pasmo sin límites, hasta que por fin comprendí que el viejo, en sus días de agonía, había tenido tiempo de sobra para enseñarle el nombre de su asesino a sus malditos pajarracos, los loros del invernadero. Y por fin, cuando una de las aves se posó solemne sobre mi cabeza y, al mismo tiempo que me acusaba sin cesar, depositaba una pestilente deyección en mi coronilla, no me quedó sino unirme al enloquecido coro general de carcajadas.
  

8 comentarios:

  1. Anónimo8:38 p. m.

    Sencillamente genial. Felicidades.
    @bamoonr

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  2. Anónimo6:48 p. m.

    Relato irónico en clave de humor y final inesperado. A mí me ha gustado, pero tampoco es que sea una erudita yo.
    Un placer leerte siempre ;)

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  3. Gustazo hankiano tu texto. Bueno donde los haya.

    Un abrazo

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  4. Hola, ya sabes que Albada nos ha presentado y (al menos a mí) nos a puesto una linda responsabilidad, la de considerarnos diferentes.
    Leí tu historia, en principio me gustó que no fuese uno de esos odiosos llamados "micros", así andamos microrrelatos, microescritores.
    Me gusta el tono y la historia, el estilo todavía no podría definirlo (tampoco sé si importa), para ello iré leyendo otros relatos, pues con uno no hay comparación, por otra parte, no sé si te sucede igual que a mí, pero jamás repito temas o "climas".
    Un abrazo, Hank, seguimos en contacto, que tengo que preguntarte algo.
    HD

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  5. ¡Hola, Humberto! Bueno, si has seguido mirando por mi blog verás que también toco el tema de los microrrelatos, me hace gracia condensar una historia en pocas palabras, y me han dado algunas satisfacciones en forma de premios, poca cosa, pero ha merecido la pena. No sé si tengo un estilo definido, más allá de que me gustan los finales sorprendentes, eso creo que sí es una constante en mis relatos. Lo de los temas, bueno, normalmente me asalta una idea y no me paro a pensar si he escrito algo similar, aunque no suele ocurrir.
    Pregunta lo que quieras, para eso estamos.
    Un saludo.

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  6. Incertidumbre hasta el final.
    Un abrazo Hanks.

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  7. Incertidumbre hasta el final.
    Un abrazo Hanks.

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