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22 de noviembre de 2009

"Los príncipes valientes", de Javier Pérez Andújar

¡Léelo, Andrés, léelo, es atómico, tío, atómico! Ésa fue la recomendación de mi amigo Toni, todo vehemencia y entusiasmo. "Atómico" es la máxima valoración que un libro, película, disco, etc... puede alcanzar en el particular sistema de puntuación de Toni. Y, amigos, cuando el señor Toni Gutiérrez dice: "atómico, tío, atómico", pues un servidor se da con los talones en el culo buscando el artículo recomendado. En este caso me habló de "Los príncipes valientes", de Javier Pérez Andújar, escritor totalmente desconocido por un servidor. Así que encargué el libro por correo, aflojando la bonita suma de unos 21 euracos del ala (IVA y transporte incluídos) para ver, pasados unos días, que en el catálogo del Círculo de Lectores lo ofertaban al módico precio de 9,95 (pero a un servidor ya se la habían hincado, jejeje). En fin, desdichas presupuestarias aparte, llegó el libro al cabo de unos días y un servidor se aplicó diligentemente a su lectura. ¿Resultado? Pues eso, que el cabrón del Toni vuelve a tener razón, y el libro es una maravilla. Vamos, como decía Fernando Esteso, al "desmenuzamiento filosófico del fandango sentencioso", bueno, en este caso libro en lugar de fandango.

El autor, Javier Pérez Andújar, comparte con un servidor demasiadas cosas como para que la lectura de un libro tan profundamente autobiográfico como "Los príncipes valientes" no acabe convirtiéndose también en una certera pincelada de mi infancia. Mía, y de miles de niños que crecimos en las "ciudades dormitorio" del extrarradio barcelonés, los primeros "hijos catalanes de la inmigración". Nuestros padres vinieron de Andalucía, de Murcia, de Galicia, de Extremadura, huyendo del hambre, la desocupación y el incierto futuro de un campo esquilmado por las penalidades de la guerra y los subsiguientes "años del hambre". Maletas de cartón, familias separadas, saltos desesperados del tren antes de llegar a la estación, un puñado de recuerdos envueltos en un hatillo y la tristeza de abandonar el mundo conocido para enfrentarse a la incertidumbre de la vida en Catalunya. Familias partidas para siempre o "trasplantadas" por completo de un pequeño pueblo a una inmensa y despersonalizada ciudad. Ancianos que extraían las últimas fuerzas de sus viejos y reventados cuerpos para seguir a sus hijos en el exilio, camisas blancas abotonadas hasta el cuello, chaquetas remendadas y boinas, enlutados vestidos de baqueteado paño, pañuelos en la cabeza, la confusión de quien ve germinar en su interior la certeza de que no va a morir en su terruño, de que no va a descansar al lado de sus padres, o de esos hijos que no sobrevivieron al hambre o a la enfermedad.



Nacimos en Catalunya, pero no crecimos en ella. Crecimos en la provincia del desarraigo, en barriadas creadas apresuradamente para alojar a los inmigrantes, un confuso crisol de la España rural que huía de la miseria y la humillación. Todavía recuerdo cuando un grupo actuó en Cornellá y el cantante dijo: "Estamos muy contentos de actuar en una de las ciudades más grandes de Andalucía". Todo el mundo lo entendió. Lo entendíamos los niños de la época cuando "bajábamos a Cornellá" desde el barrio de San Ildefonso, que teóricamente pertenecía a la misma ciudad. Teníamos muy clara la diferencia, la línea que cruzábamos, igual que la línea amarilla que dividía el patio de nuestro colegio entre la zona de los niños y la zona de las niñas. No era tan visible, pero no por ello era menos clara. Cornellá era el núcleo de la antigua ciudad, apenas un puñado de casas antiguas, y el resto éramos nosotros, las inmensas barriadas que se extendían como tentáculos hasta entrecruzarse con las barriadas de otras ciudades antaño aisladas, configurando un maremágnum de monstruosos bloques de cemento sin solución de continuidad, una gigantesca tela de araña que crecía vertiginosamente al ritmo del crecimiento de las fábricas.

Uno comprende muy bien lo que escribe el autor, porque también tuvo un abuelo al que nunca conoció, que sobrevivió a duras penas a la venganza de los vencedores para acabar con los pulmones reventados por la silicosis de una mina de plomo. Y también tuvo una abuela que me contaba la historia de su marido, preso en un campo de concentración, obligado a comer habas con gusanos, aterido de frío en tierras extrañas. Me lo contaba en voz baja, como una hipnótica letanía, mientras tejía con habilidad, y brillaban sus límpidos ojos azules mientras le venían a la memoria los viejos himnos de los perdedores, y a veces levantaba el puño y entonaba bajito: "Arriba, parias de la tierra...", y votaba siempre "a los del capullo", aunque los del capullo se avergonzaran de levantar el puño. Uno comprende muy bien lo que escribe el autor, porque también vio a su padre correr delante de la policía en los años 70, mientras caían las porras sobre los huelguistas y la plaza de Cataluña de Cornellá se difuminaba por los gases que lanzaba la policía y el humo de los cócteles Molotov de los obreros, y uno veía a su padre correr y correr, escaparse por los callejones de la ciudad gris y fea. Y uno también vio a su padre acampado en las puertas de la fábrica, vigilando para que los dueños no se llevaran la maquinaria, y también celebró con su familia una amarga noche de San Juan, improvisada en el campamento, entre olor a aceite industrial y humo negro, intentando olvidar por una noche la miseria y la desesperación de aquellos días terribles.



Uno también pertenece a esa generación que tuvo que aprender a ver castillos y fuertes del lejano Oeste donde solamente habían escombros, que inventó lagos poblados por misteriosas criaturas donde sólo había inmensos descampados encharcados donde flotaban gatos muertos, que improvisaba sus juguetes con tablones y pinzas porque a veces no había dinero para comprar juguetes de verdad, que navegaba por fétidos canales a bordo de planchas de madera inestables, transformando el apestoso curso de aguas fecales en un río misterioso donde cualquier aventura podía tener lugar.

Uno habla de "Los príncipes valientes" y termina con la sensación de que Javier ha destilado la historia de aquellos miles de niños, nuestra historia, y la ha plasmado magistralmente en esas páginas. Igual que nosotros nos vimos obligados a transformar la basura en magia y diversión, el autor ha convertido los agridulces recuerdos de esa época gris e incierta en pura lírica, en emotiva literatura, en un homenaje a todos los héroes que desde el papel o la televisión nos permitían elevarnos por encima de los monstruosos bloques de cemento para atisbar mundos de emoción, fantasía, aventura....

Javier Pérez Andújar rememora su temprana relación de amor con la literatura, hilvanando y entremezclando sus recuerdos con la historia de los personajes de ficción que poblaron su infancia, siempre de la mano de su amigo Ruiz de Hita, lector empedernido y obsesivo, junto al cual desarrollará ingenuas pero vehementes teorías sobre la magia de leer y escribir. El autor nos habla de sus héroes, sobresaliendo entre todos el Teniente Colombo, un policía desaliñado y casi andrajoso, que sustituye la espectacularidad y la fanfarria de los tiros, persecuciones y puñetazos por la proletaria virdud del sentido común y la simple observación.



En definitiva, un libro conmovedor, sensible pero no sensiblero, un certero retrato de una generación (de mi generación) que vivió a caballo entre los fantasmas del mundo rural que quedó atrás y la salvaje lucha por la supervivencia en la "tierra prometida". Crecimos en "tierra de nadie", sin atisbar más mundos que los contenidos en los invisibles muros de nuestro gueto. Algunos intentaron escapar de la realidad buscando los "paraísos artificales" y encontraron solamente muerte y desolación. El autor del libro se aferró a la literatura, a la imaginación, y nos ha dejado esta joya llamada "Los Príncipes Valientes", y un servidor nunca se lo agradecerá bastante. Gracias, Javier.

4 comentarios:

  1. Anónimo6:51 p. m.

    ATOMICO, ATOMICO EL RESEÑISTA,

    MIL BESOS DESDE YA.

    ANTONIO EL BESUGUITO.

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  2. Jodi Dalem10:44 p. m.

    Che!!! en la lectura estoy!! y ahi me veo!! como ha cambiado el cuento no?? anfan.... un poquito de memoria del 'donde venimos' y 'como vivimos' no nos viene mal... porque mejor... estamos... a pesar de las patas de palo no?? Igual en la nostalgia uno se cuelga de 'los grandes momentos' no??... Besossssss

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  3. ¡Gracias, chavales! No, si con la tontería vamos a batir el récord de comentarios en el blog, jajaja. Un abrazo muy fuerte, y gracias, Toni, por recomendarme el libraco, una joyita.

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  4. Hola Hank, desde ahora Andrés:

    Te devuelvo la visita y te agradezco tus comentarios. Soy muy nuevo en el mundo de los blogs y aún no me entero mucho de cómo funcionan.
    Como ya te hecho seguir repetidamente tienes un arte, entre los mimbres de la vieja escuela, el atrevimiento de los que hablan “tal com raja” y el don de los elegidos para esto. Aunque eres impulsivo, te llenas al instante de humildad y sabes ponerte las orejas de burro cuando ves que vas contra-dirección. Eres de esos tipos a los que yo llamo “noblones”.
    Eres un excelente cronista y es un placer leerte en éste mundo de locos.
    Por si las moscas he pasado el corrector, jejejeje

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