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31 de julio de 2017

1976

La arena de la playa hierve, quema los pies, y por eso has decidido correr por la arena mojada de la orilla para volar la cometa; pero no habías contado con esa ola traicionera que ha empapado la tela, y ahora te cuesta una barbaridad arrastrarla. Tampoco ayuda el polo de limón que sujetas con la mano izquierda y que gotea sobre tu brazo, marcándolo de churretes amarillos. Tiras y tiras del hilo, tus pies se hunden en la arena y la cometa se arrastra perezosa, como si se abrazara a la orilla del mar, sin ganas de levantarse. Sientes sobre ti la mirada guasona de tus primos, el cabeceo de irónica comprensión de tus padres (“ya te lo dijimos, es demasiado grande para ti…”) y, sobre todo, los disimulados destellos de los ojos verdes de Mamen, la hija de los vecinos del tercero A que hoy os ha acompañado a la playa. Es esa mirada, entre curiosa y burlona, la que te encorajina, hace que aprietes los dientes, corras más rápido y tires del hilo con todas tus fuerzas. Por fin, dando un bote desgarbado, la cometa despega y se eleva un palmo, dos, tres, y no puedes evitar un grito de júbilo cuando la larga cola de papel abandona el levísimo surco sobre la arena y se eleva dubitativa hacia el cielo. Imaginas la cara de Mamen, abriendo los ojos de admiración, y de repente el brazo no te duele, aunque la cometa parezca rebelarse y querer volver a tenderse lánguida sobre la playa. Casi caes de espaldas cuando un golpe de viento la frena en seco sobre tu cabeza, abombando el plástico, tensándolo contra el débil armazón de madera barata. Te giras, pones tu mano pringosa de helado sobre tus ojos a modo de visera, y la contemplas, quieta, rígida, desafiante como un potro salvaje que se niega a ser domado, tirando con fuerza de las riendas que sujetas con la mano derecha. El jirón de viento la eleva, jugando con ella, hasta dejarla casi vertical sobre ti, proyectando su sombra temblorosa ante tus pies. Por fin, la ráfaga la abandona, y la cometa se desploma laxa, en caída libre, solo para volver a ser atrapada por un remolino que la agita de manera espasmódica de un lado para otro. Vuelves a correr, y la cometa abandona el pequeño torbellino para iniciar un vuelo grácil, elegante, desplegando una amplia curva en un cielo sin nubes, de un azul cegador. Ahora das la vuelta, y la cometa te sigue, como resignada a ser gobernada por una mano infantil pero firme. Has vuelto al punto de partida, frente a tus primos, tus padres y Mamen, tu vecinita, que ahora sí te mira admirada, con los ojos muy abiertos bajo su pamelita de color rosa. Miras hacia el grupo, satisfecho, desafiante. Te sientes el amo del mundo, con los pies medio hundidos en la arena fresca, y le das un gran bocado a tu polo de limón mientras sujetas el hilo de la cometa, a la que ahora se disputan unos invisibles bailarines que la hacen girar en una alocada y frenética danza sobre el mar calmo. Gira enloquecida, y de repente es propulsada hacia arriba con una fuerza que casi te arranca el hilo de la mano. De forma súbita cae desmadejada, y el hilo se destensa en una larga curva. Tus primos aplauden entusiasmados, tus padres sonríen, y Mamen te mira, tus ojos van de los suyos a la cometa, y de pronto los cierras, porque no puedes soportar tanta felicidad, sientes el calor de esa mañana irrepetible, el rumor de las olas, el azul intenso del cielo que ilumina hasta el último rincón de tu corazón, y ahora una mano diminuta tira de la tuya, abres los ojos y te encuentras con una mirada inocente en una cara levemente  enfurruñada…


-Papi, ¿me devuelves la cometa?

2 comentarios:

  1. Volar cometas. Qué gozada. Aunque los hijos reclamen su juego.

    Un beso

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  2. Pues la verdad es que yo nunca he volado una cometa. Creo que va siendo tiempo, jajaja. Muchísimas gracias por tus comentarios. Y gracias por leerme.

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